26 junio 2009

Historia de la huevera

Primera fila en un concierto de Kiss: a escasos centímetros de mis extasiados ojos Gene Simmons menea su huevera plateada mientras proclama que es el dios del trueno y del Rock’n’Roll. Por si alguien del público se lo había perdido, proyectan dicha huevera en la pantalla gigante del escenario. En ese momento, pienso que, de poder viajar al pasado para ver un concierto legendario, a lo mejor no iría a ver a Queen con Freddie o a Deep Purple en Osaka, sino que vería, por sexta vez, a Jethro Tull ¡pero en los 70 y cuando Ian Anderson era el rey indiscutible de la huevera!

Es curioso: siempre consideré que mi desprecio absoluto hacia la ropa, mi cara de asco cada vez que la gente habla de cosas textiles y el vómito que me produce el ir de compras (antes prefiero sufrir una hora la tertulia de Jiménez Losantos en un taxi atascado en el que me estén tangando un pastón) era uno de los pocos reductos que le quedaban a mi heterosexualidad. Sin embargo, los momentos en los que puedo escribir algo que no sea F1 (para el blog o para Grand Prix Actual) los dedico o hablar de Hierro y Albero o, en el caso que ahora nos ocupa, a hablar de algo tan hetero como las hueveras. Ante esto, Paco suele tener siempre una palabra a mano.

Maricón.

Asumámoslo pues, pongámonos de rodillas ante el tra-la-la y el ding ding dong, y glosemos la historia del mejor atuendo indumentario que un ONVRE de verdad haya podido conocer.

Al principio de los tiempos, la gente fue feliz al ponerse unas pieles de animal a las que se les había practicado un agujero para, así, poder resguardarse del frío. Pero, claro, conforme la vida se va haciendo más fácil, uno pasa de preocuparse por sobrevivir a preocuparse por FARDAR. Y por “fardar” quiero decir no sólo el demostrarle al prójimo que puedes tirarte a alguien que está más bueno/a que su compañero/a sino que, además, tienes más dinero, estás más bueno/a y puedes obligarle a hacer cosas como guardar el ayuno en cuaresma, no follar si no es para procrear, tener derecho de pernada con su cónyuge e, incluso, forzarle a que anime a Lewis Hamilton. Evidentemente, ello implica demostrar, también con la ropa, que eres superior ¡Qué poco hemos evolucionado desde las cavernas hasta “Física o química”!

De esta forma, surgió la moda y, mal que les pese a todos los fans de llevar los huevos colgaderos o de poder cagarte en la chilaba sin que se note, la evolución lógica de la moda siempre tendió a ser ceñida (¿O es que alguien quiere ver al Duque o a Amaia Salamanca en túnica no semitransparente?) y, lo que es más importante para el caso que nos ocupa: la moda tenía que ayudarte a ser ALTO (sí, Paco, esa maldición ya venía de antiguo). Ahora piensen: ¿Qué ocurre si, en una época en la que no existen los calzoncillos, haces que los señores lleven medias ceñidas y, progresivamente, recortas la longitud de la túnica/protocamisa? ¡Acertaron! Si se pasase sobre la boca del metro tendríamos una escena como la de “La tentación vive arriba” pero con señor medieval en vez de con Marilyn. Y con carallo al aire en vez de con braguitas. ¿O es que se creían que en esa época existía el pantalón, pudiendo llevar unas calzas bien ceñidas? ¿O que se iba a cubrir toscamente el carrallo con pieles ceñidas para convertir el acto de sacársela para mear en una compleja labor de hora y media? ¡Que estábamos en la Edad Media, for feck’s sake! Allí la gente tenía prioridades de verdad y, entre la metrosexualidad de sufrir indumentarias cool imbéciles para posar en el Sonar o la comodidad de poder, simplemente, agacharte para cagar en medio de la carpa central del Sonar, tenían clara su elección. Y yo también.

Vale, sé que no había metro en la Edad Media, pero llegaba con subirse a un caballo para enseñar tus poderes a la concurrencia: se subía un poquitillo la túnica y...

Obviamente, este perenne estado de erotismo festivo, con los señores enseñando sus encantos cada dos por tres, no podía ser tolerado por la Iglesia, siempre dispuesta a cargarse una de las pocas cosas buenas de la Edad Meda (junto con cagarse de forma instantánea en el Sonar). El escándalo fue mayúsculo y ya en obras maestras como “Los cuentos de Canterbury” podemos deleitarnos con párrafos como el siguiente:

“la desordenada y horrible parvedad en el vestir se refleja en esos menguados vestidos o jubones, que al ser tan cortos, con depravado propósito, no cubren las partes vergonzosas del hombre. Por desgracia, algunos de ellos muestran el bulto de los órganos genitales y los repelentes testículos henchidos, de modo que se parecen a una hernia, envueltos en sus calzones; y también hacen ostentación de sus nalgas como si fueran las posaderas de una mona en plena luna llena.(...) El espectáculo que proporcionan sus posaderas resulta horripilante, pues esta zona del cuerpo por donde se evacuan los fétidos excrementos se muestra a los demás con orgullo, en detrimento de la modestia que Jesucristo y sus seguidores guarda¬ron en vida de modo palpable.”

¿Creen que a la gente le importó? Of course not: la moda continuó su curso inexorable – y, por una vez, lógico – y las túnicas siguieron reduciéndose hasta que, a principios del siglo XV la gente ya vivía en la perenne exposición del carallo por la vía pública. Así que alguien terminó tomando medidas (nunca mejor dicho). La primera de ellas, en un alarde de clasismo inglés - no podía ser de otra forma -autorizaba sólo a las clases más altas el privilegio de vivir a carallo sacado pero, ya se sabe, la gente siempre quiere aparentar estatus social, y el efecto terminó siendo el contrario. Al final, surgió una idea más simple: “¿Y si ponemos un trozo de tela con un lacito que no impida que los señores puedan acceder inmediatamente a la minga y, de aquesta manera mear sin mayor dilación en medio del escenario del Sonar?”. Y así nació la huevera.

¿Fue un triunfo de los moralistas frente a una visión Güntheriana del universo? La historia nos ha demostrado que no. El pene – no cubierto de requesón, claro - de cualquier señor – que no sea tipo Roldán, claro – ha terminado por resultar una imagen más casta y limpia que la de, por ejemplo, estos clásicos retratos de Enrique VIII.


Y es que lo que empezó siendo algo chungo de tela tuvo una evolución a todas luces fantástica. No podía ser de otra forma: como sabemos los fans del cock rock, “donde hay una polla hay acción”.


¿En qué consistió dicha evolución? Pues en la transición lógica del “carallo al aire” hacia el “paquete”. Mucho antes de que Parada dijese su mítico “Hombre, tú me dices paquete, eso es más bien un paquetíns”, los onvres de verdad sabían que el volumen importaba. Así, con la excusa de “hacer más cómoda” la huevera, los señores comenzaron a poner sutiles rellenos para acomodar sus atributos con todo el mimo que merecían. Lógicamente, quien ponía un poco de tela podía sentirse tentado de poner un poquito más... ¿Adivinan la cómo termina la historia? La rivalidad más mítica de esta época se produjo entre Enrique VIII y el duque Fabrizio de Bolonia. En una rivalidad anglo-italiana anterior a la de Max Mosley y Luca Cordero di Montezemolo, el rey Enrique decidió que “Mis hueveras deben compararse de forma favorable a las de Fabrizio”. Esa es la verdad verdadera sobre el volumen de su huevera, y no la teoría de que se ponía vendas con medicamentos contra la sífilis: así solo piensan los que creen que Letizia Ortiz es “delgada natural”.



Siguiendo la senda de Enrique VIII, pasamos de paquetes sobredimensionados a hueveras que indicaban que su usuario vivía en un permanente estado de erección. Y no, no se crean que esa huevera erecta era una invención de los episodios clásicos de “Black Adder”. (black, his codpiece made of metal) Cualquier museo de armaduras que se precie mostrará hueveras de metal que demuestran que la frase de “La chaqueta metálica” de “A Dios se le pone dura cuando matáis” no iba tan desencaminada.

Ojo, que no solo de ingleses vive la huevera. Hay que resaltar que, en la época en la que España era una sórdida superpotencia, también los conquistadores del nuevo mundo tenían su necesidad de decir “baby baby” posando con hueveras que no tuviesen nada que envidiarle a las de Enrique VIII. Still, deber es reconocer que los ingleses han definido un sinónimo de minga en función de un rey y una huevera, lo cual no es poco: al rey Rihard III (llamado con su diminutivo “Dick”) se le desabrochó un día la huevera y... el resto es historia de la lengua inglesa.

Visto el espectáculo de las hueveras, es posible que más de un Papa añorase aquellos tiempos en los que la prístina pureza de un penecillo al aire desterraba la desaforada sordidez de la huevera, pero el mal ya estaba hecho. La humanidad, por mal que la pongamos, siempre tiene una bella tendencia a seducirse por y aferrarse a lo sórdido y sólo la lucha de una élite de diletantes puede intentar convencer a alguien de que “Los Soprano” no es un pestiño. Afortunadamente, al final “Sin tetas...” triunfa. Y también la huevera, claro. Probablemente el usarla sea condición sine qua non para la obtención de la grandeza absoluta. Por eso “Sueñan los androides...” es mejor que “Blade Runner” porque, en ningún director’s cut de la película se atreven a añadir lo más importante de la novela: que el polvo radiactivo que cubre la tierra hace que todos los onvres de verdad lleven hueveras de plomo para evitar el quedarse estériles. De igual forma, si bien Metallica se meriendan a los WASP, está claro que imágenes como esta hacen que queramos a Blackie un poquito más que a James. Y que, por supuesto, idolatremos a Ian Anderson, Tom Jones, Batman Forever Gay, Manowar, Gene Simmons y, por qué no, a Enzo G. Castellari. Porque lo de sus hueveras en el flim-colonoscopia postapoclíptico “The New Barbarians” no tiene nombre.



O sí lo tiene: JGRANDIOSO.

22 junio 2009

Mi final favorito en una película-colonoscopia

Hace ya un tiempo, en aquellos días felices en los que la mayor parte de los artículos de ente blós apenas llegaban a los cuatro párrafos, hice un pequeño post con mi comienzo favorito de una película colonoscópica. A continuación, pensé en hacer el del final que más gracia me había hecho. Pero el plan se pospuso por un motivo: que no podía pensar en ninguno que resaltara especialmente.

Obviamente, eso cambió hace poco. En una reunión de cine-colonoscopia que celebro un par de veces al mes junto a tres perturbados amigos, descubrimos una maravilla inesperada: el final de ‘Staying Alive: la fiebre continúa’. O, con su título extraoficial, ‘Staying Alive: Aceite, bombillas de colores, canciones malas de los Bee Gees y temas ochenteros chungos de Frank Stallone’.

Dicha película es la bastante ridícula y tardía (¡1983!) secuela de ‘Fiebre del Sábado Noche’, con Travolta repitiendo su papel de Tony Manero, pero cambiando las campanas y las solapas de chaqueta de dimensión épica por la cinta para el pelo y un gaycismo hilarante. Dirigida y escrita por Sylvester Stallone, la trama…

Un momento.

No, en serio. Stallone la dirige. ¿O acaso creíais que la presencia de su hermano en la banda sonora era por méritos propios? Curiosamente, el famoso actor de cara paralizada ni siquiera sale. Bueno, hay un cameo para dejar claro que él puede molar más que Manero:

Pero antes de que penséis que los lumbreras ejecutivos de Paramount que tomaron esta decisión estaban hasta arriba de coca, tened en cuenta una cosa: que probablemente estuvieran hasta arriba de coca. Pero tampoco se trataba de una opción alocada. Pensad que, por entonces, el amigo Sylvester todavía aspiraba a ser un artit-ta serio. En primer lugar, había dirigido, además de Rocky 2 (hagamos lo mismo que la primera, pero que ahora gane, joer) y Rocky 3 (soy la hostia y le puedo a Mr T.), un drama titulado ‘La cocina del infierno’. El cual, aunque parezca lo contrario, no va de Stallone en plan cocinero vengador matando a malos a sartenazos. Ese concepto idiota tendría que esperar años a que Steven Seagal hiciera su plagio de Jungla de Cristal.

En segundo lugar, nunca olvidemos que Stallone obtuvo una nominación al Oscar por su guión de ‘Rocky’. Así que los cocainómanos trajeados vieron lógico que el creador de la película más exitosa sobre un underdog llevara a cabo la gran historia de Tony Manero saliendo de Brooklyn y reclamando Manhattan para él solito.

Stallone planteó la película como la historia de un Tony Manero que tiene que aceptar que es sólo un chulo de barrio. Un desgraciado que, fuera del mundo de las discotecas de barrio, no es más que un don nadie buscando triunfar. A medida que avanza la trama (es un decir), vemos como el objetivo del guión es mostrarnos como el protagonista se humaniza y aprende de sus errores.

Y, al final, pasa absolutamente de todo y sigue siendo el de siempre.

En serio. No hay moraleja. Tras discursos sobre la importancia del trabajo, el valor de la humildad y el saber trabajar en equipo con el director y la protagonista de la obra de Broadway en la que está trabajando, Tony Manero hace exactamente lo que mejor se le da: el chulo. En el increíble número final, un espectáculo de sadomaso y rayos láser que está sólo a un paso de elegancia y contención estética de todos los de ‘The Apple’ de Menahem Golan (y quien no conozca esa maravilla, por favor, que vea este trailer), Travolta se adueña del escenario y se marca un solo desobedeciendo las órdenes del director.



Tras la actuación, deja a la bailarina principal y estrella del espectáculo, a la que se había follado y en parte gracias a la cual consiguió el papel, con un palmo de narices. Y se va a besar a su novia corista (¡interpretada la preñada de Dirty Dancing!). Cuando creemos que, al menos, va a celebrar su triunfo con la chica a la que lleva toda la película poniendo los cuernos, llega el maravilloso final:

Tony: Quiero que sepas que si no te hubiera conocido, no hubiera podido hacer lo que he hecho esta noche. ¿Sabes lo que quiero hacer?
Novia corista: ¿Qué?
Tony: ¿No sabes lo que quiero hacer? FARDAR.

Deja tirada a la chica. Abre la puerta y entra, tras toda una película de canciones de desecho, esa inmensa melodía de bajo de ‘Staying Alive’:


Garbeo por Times Square menando el trasero, fotograma congelado y fin. ¡Glorioso!

La liga fantástica de F1. Round 8: Silverstone.

En uno de los momentos más críticos de la historia de la F1, con Max Mosley llamando “lunáticos” a gente como Flavio y Luca… ¿Cómo es posible que todos los equipos hayan mantenido la compostura y la sobriedad? ¿Por qué nadie ha hecho bromas con la muerte del hijo de Max por sobredosis? Creo que cualquier gaditano podría asesorar a los miembros de la FOTA con trescientos chit-tes incorrectos sobre yonkis que lograrían que te crucificase una turba de asistentes a conciertos de Manu Chao, Andrés Calamaro o Lou Reed. Aunque todos sepamos que la combinación letal de música y farlopa se da en los shows de las autonómicas. Pero esa es otra historia.

Por ello, ante tanta corrección, esta vez la star of the race va para un onvre que ha decidido insultar usando lenguaje soez ¡y en plena rueda de prensa! Me refiero, claro, al gran Mark Webber. La primera vez que el australiano pisó el pódium y fue entrevistado, aprovechó para contar hasta la parte de la peregrinación al Cristo de Medinaceli que la gentuza de los Oscar no dejó relatar a Almodóvar. En esta ocasión decir “no sé si Kimi iba dormido o borracho o qué cojones le pasaba” es sólo motivo de alegría para todos los que hemos presenciado la aplastante superioridad del nuevo paquete aerodinámico de Red Bull: vamos a tener ruedas de prensa de Mark durante un buen rato. 1 punto de violencia verbal, más 5 por hacerlo en rueda de prensa más 10 de estilazo y otro puntillo por haber sacado la mano desde el monoplaza. Sumando los 10 de star of the race, Mark se lleva 27.

Por lo demás, la acción en pista fue patrimonio exclusivo de Sutil en entrenamientos (2 más 6 de puro estilazo destructivo que incluyó bandera roja) y de Kovalainen en carrera. Heikki cambió suicidamente de trayectoria con un coche que ya no tiraba para gran regocijo de Bourdais (que gana un punto por dedicarle un sonoro “stupid” al finlandés: está claro que beber Red Bull tiene más de un efecto secundario). Que luego no rematase la faena estampándose contra un logo del Santander en su posterior salida de pista fue una lástima, pero nada le quita el botín de 6+6.

No puedo dejar sin elogios, por otra parte, al casco que Button lució con un forsálico “Push the Button” impreso. Que un fan te quiera no significa necesariamente lo mejor para ti. 3 puntos.

En los equipos, tan sólo un deplorable repostaje de Bourdais (en que la manguera tardó media hora en llegar al Toro Rosso) fue lo que otorgó los 10 puntos del star of the race.

Un rollo, en suma, pero… ¡como no felicitarse de la decepción del público inglés! Acudían a Silverstone para presenciar un triunfo patriotero y tuvieron que acabar escuchando el himno alemán. Y ver cómo el Mierda se arrastraba por fuera de la pista, ya fuese empujado por Alonso (1x2 para el asturiano), o por sus propios méritos (1 más 2 de estilo por la excursión y por la cara que se le quedó a su novia).