27 febrero 2006

Cock Rock

Unos enérgicos acordes de guitarra emergen de tus altavoces, entra en escena una voz no menos poderosa y, de repente, sin explicación racional alguna, sientes el impulso de bajarte los pantalones e ir ondeando el carallo por el salón. Amigo mío, acabas de afrontar la experiencia del cock-rock.

“Yo siempre consigo todo lo que quiero y, nena, te quiero a ti”

Esta perla provenía de la boca del mítico Paul Rodgers (cantante de Free y Bad Company, al que, de ahora en adelante, llamaremos “Baby Baby”) y resume impecablemente la esencia del cock-rock: glorificación del machismo, de la propia potencia sexual, y reducción del género humano femenino al palabro “baby”: todas son igual, un número más en las estadísticas de “a cuántas me puedo tirar”.

Por supuesto, el machismo no es lo único que define al cock-rock. Falocracia tenemos desde el principio de los tiempos en todas las artes, no sólo en la música. E incluso, dentro de la música, hay gente que está todo el día con el sexo en la boca, mucho más que mi bienamado “Baby Baby”. Lo del sexo en la boca va en sentido figurado, aunque, vistas las nulas aptitudes vocales de Daddy Yankee cuando canta “Gasolina” uno puede pensar que, realmente, algo tiene dentro. O no. No quiero pensarlo. ¿Por qué he tenido la desgracia de verle el careto a ese tío? ¿Por qué los bares ponen 40 Latino? ¿Quieren fomentar la xenofobia? Ah, preguntas…

Así que, aunque “cockers” son muchos, ser cock-rockers tiene otros requisitos. A la actitud “baby baby” ante la vida hay que añadir un estilo musical que es, en esencia, el hard rock americano setentero, posteriormente evolucionado hacia el hard melódico putero de los ochenta. En consecuencia, ni un sórdido como Jerry Lee Lewis puede entrar en el cockrockismo (su rock’n’roll primitivo no está lo suficientemente evolucionado, aunque sí sus hormonas) ni unos gloriosos hard puteros como Bon Jovi pueden lograr un puesto en el olimpo del cock rock (su música suena a ese estilo, pero las letras y la actitud muestran un gran romanticismo y respeto a la mujer; si el Batería Tico Torres hubiese sido el cantante en la época en la que se beneficiaba a Eva Herzigova, probablemente estaríamos ante una de las mejores cock rock bands de la historia, pero el sensible Jon nos enseñó que en el heavy también hay un sitio para el amor, y todo eso que hemos ganado).

A continuación, con todos ustedes, el glorioso olimpo del cock-rock. Feministas, no se abstengan, es mejor conocer al enemigo, sobre todo cuando termina siendo el “enemigo derrotado”.

Paul Rodgers: nacimiento y muerte del cock rock

“Quiero darte la luna, baby, y todas las estrellas del cielo, baby baby, porque tengo ganas de hacerte el amor”

Cuánta sinceridad en este hombre. Que un inglés capturase tan bien el espíritu de la América profunda es algo ante lo que maravillarse. Sus mayores hits fueron “All right now” (sí, a continuación decía “baby”), “Wishing Well”, “Rock Steady” y “Feel Like Making Love”. Sobran comentarios.

Paul… perdón, “Baby Baby” merece pasar a la historia como el padre del cock-rock, aunque algunos quieran otorgar ese honor a Mick Jagger o a Roger Daltrey. ¿Por qué “Baby Baby” y no esos otros señores? Es un debate tenso pero, como no tengo ahora mismo delante a ningún adversario, voy a ganarlo. Creo que Roger Daltrey era un gran cantante con la voz enérgica y poco sutil propia de los mejores cock-rockers y, cierto, también era un ser poco sutil, propenso a ondear el carallo por la vida, pero la música de los Who no suena ni por asomo a cock-rock, ni siquiera sus letras más misóginas se aproximan al género. Y, por lo que se refiere a Mick Jagger, si bien muchas canciones de los Rolling son machistas y ofensivas hasta para el cock rocker medio, su estilo musical va más allá del simple hard rock y, sobre todo, Mick Jagger es mucho más irónico, ambiguo y deliberadamente bisexual que nuestro monolítico “Baby Baby”.

Oooops, ¿he escrito “bisexual”? Atención, acabo de poner el dedo en la llaga. En efecto, la misoginia del cock rock comienza a ser preocupantemente parecida a la de muchos músicos homosexuales, especialmente Elton John y Freddie Mercury, más machistas que nadie pero demasiado "sospechosos" para el macho heterosexual consumidor medio de cock-rock (y estamos hablando de un consumidor que tolera cardados y licra, ojo). Una vez más, los extremos se tocan y, como el mundo es poliédrico y cascada de colores, el cock rock, que debería ser la expresión definitiva del macho, se termina convirtiendo en el primo hermano del glam. “Hard Glam” es, de hecho, un sinónimo de cock-rock. Esa contradicción es la que conduce a nuestro amado “Baby Baby” a ser… ¡¡¡¡¡¡Cantante de Queen!!!!! Cosas de la vida: después de grabar canciones como “Straight Ahead” (uséase, “Hetero a la vista”) “Baby Baby” acaba en los zapatos de Freddie Mercury. Para añadir insulto al dolor, “Baby Baby” tiene que ponerse en forma para la gira: adelgaza, se hace unos implantes en sus desmesuradas entradas y se pone fundas en los piños. El resultado es que aquel macho inglés termina siendo el clon de Parada. O, si no, intenten distinguir al uno del otro en este fotomontaje perpetrado por lanavajaenelojo.



Contradicciones como ésta son las que convierten al cock-rock en gran arte, y no en algo que despachar en una sola frase despectiva en una web feminista. Y, si no, vean al siguiente peso pesado.

Robert Plant: cock-rock de qualité

“Baby, aprieta mi limón hasta que el jugo se deslice por mi pierna”

Este verso – “poesía eres tú” - proviene de “The Lemon Song” de Led Zeppelin, uno de los mejores grupos de la historia y, sí, culpables de cockrockismo. Qué se le va a hacer, en ningún sitio estaba escrito que el gran arte fuese moralmente intachable. “Contamíname” consigue que me quiera hacer miembro del Ku Klux Klan mientras que “Whole Lotta Love” consigue que me quiera cardar y decir a las chatis que se monten en mi Mustang “En tu interior, baby, sabes que lo necesitas, te voy a dar cada centímetro de mi amor”. Yo no soy así, pero son mis reacciones ante el gran arte, qué se la va a hacer: el ser humano – sobre todo el masculino – es asín de manipulable.

Sería mentir no reconocer que Led Zeppelin es un grupo con mucha más enjundia que la del mero cock rock: la innovación melódica de Jimmy Page, su reinterpretación del blues, afortunados experimentos como Kashmir… Pero, admitámoslo, sus letras eran lamentables: o cockrockismo o fantasía heroica de tercera división o drogadicción mongoloide. Y, por supuesto, la calidad de “cock” provenía de Plant, aunque una biografía de Led Zeppelin muestre un duelo de cuatro titanes a la hora de ver cuál de ellos era el más putero.

Una vez se disolvió Led Zeppelin, Plant tuvo una interesante carrera en solitario en la que, a la que se deshizo de los sintetizadores ochenteiros y de misticismos absurdos, nos regaló alguna pequeña gran joya del cock rock como “Manic Nirvana”. Jimmy Page, por su parte, encadenó un desastre tras otro hasta que se decidió a hacer un disco con el mejor imitador de Robert Plant. Esa persona es nuestro siguiente cock-rocker.


David Coverdale: los 80 fueron suyos

“Qué se supone que tiene que hacer un hombre como yo/ Cuando lo único que quiero es hacerte el amor”

Sin excusas, ambages, cortapisas o trapisondas. David Coverdale debutó en Deep Purple sustituyendo a Ian Gillan (para un servidor, el mejor cantante de la historia, incluyendo su papel en “Jesuschrist Superstar”, pero no cock-rocker) y, de repente, las palabras “baby baby” aparecieron en la música de la banda. Pero como lo hicieron en un temazo como “Mistreated”, nadie se dio mucha cuenta. Claro que, cuando llegaron coplillas como “Acuéstate y no te muevas” o “El amor me importa un carallo”, estaba claro que ya nada era como antes.

En medio de excesos sexuales, de droghas y muerte por sobredosis del guitarrista, Deep Purple se disolvió y David Coverdale decidió dar rienda suelta a todo su talento en una banda que se acabaría convirtiendo en el grupo de cock rock más grande de los 80: Whitesnake.

“Llévame contigo, te daré todo lo que una mujer necesita” ¿Amor? ¿Comprensión? ¿Seguridad? Eso necesitaría una mujer, pero Coverdale, aunque diga “woman”, en realidad quiere decir “baby”, con todo lo que eso conlleva. Esta canción es de 1978, debut de Whitesnake, pero pasarían varios excelentes discos hasta que, en 1987 salió a la luz el álbum que todos esperábamos: “1987”. Si alguien no ha oído hits como “Is This Love?”, “Here I Go Again”, “Still of the Night” o “Gimme All Your Love Tonight” es que ha vivido en otro planeta. ¡Descargaos ese disco! Sólo el primer LP de Bad Company tiene tal densidad de grandeza. Como muestra, este vídeo:


Actitud de prepotencia, king of the world, y esas muchachas del vídeo… Todo en ese disco es así. Una clave: en los años 80, si una canción contenía la palabra “night” en su título, eso siempre era sinónimo de puterío y calidad.

Whitesnake no volvió a hacer nada tan grande, pero da igual. La otra cumbre putera de los 80, el “Slippery When Wet” de Bon Jovi, del mismo año, no le llega a este disco a la suela de los zapatos. “Still of the Night” es un plagio de “Black Dog” que deja en ridículo al clásico de Zeppelin. Y si algún fan de los Zep se enfada, añadiré que Coverdale es más guapo que Plant, y que el disco que David hizo con Jimmy supera a la posterior reunión Page+Plant, sobre todo la canción “Sacude mi árbol”.

En el interior de todo hombre hay un Coverdale que lucha por salir, pero el sentido común, la decencia y el respeto a la mujer nos lo impide. Eso no quita que, cuando vemos a David, melena cardada en ristre, diciéndole a su baby “No te vayas antes de que se acabe la noche” (esto es, “lárgate de mi habitación por la mañana”) algo atávico del primate del cual procedemos se agita en nuestro interior y, en ese momento, nos vamos a la peluquería a por una sobredosis de laca.

Rod Stewart: fino y sexy ¿no crees?

“Con tu lengua tan persuasiva vienes a mi casa a que te dé toda clase de diversión. Baby, soy un hombre que tiene que ir al trabajo. Te puedes quedar esta noche, pero lárgate por la mañana. Piernas calientes… ¿vas todavía al colegio?”

Los que conozcáis a Rod por su hit pop “Do You Think I’m Sexy” o por sus últimos y nefastos discos de versiones estilo Julio Iglesias, no os llaméis a engaño. Rod, en la primera y más gloriosa fase de su carrera, además de baladas como “Maggie May” o “Sailing”, era capaz de cantar, con una impresionante voz, cumbres del cock rock como la citada “Hot Legs”. Desde aquí os invito a redescubrir a un artista al que la historia reciente a desfigurado, aunque, si conocéis sus ligues por el Hola o el Diez Minutos, podrías haber llegado a intuir la grandeza de la cual este hombre, en su momento, fue capaz.

Paul Stanley y Gene Simmons: él se tiró a Samantha y el otro a Cher

“Baby, déjame usar tu puerta de atrás, sabes que no tienes nada que perder”, “Te gustan mis veinte centímetros… de tacón de cuero, pero… ¿me quieres?”, “Cuando esa zorra se agacha, me olvido de mi nombre” "Tú aprietas el gatillo de mi arma del amor"

“Si Paul dice que se ha tirado a tres mil, entonces yo me habré tirado a diez mil” decía Gene Simmons, luciendo innúmeros álbumes de fotos con todas sus conquistas en bolas. En los ‘70, KISS, con sus maquillajes, llevaron el descerebre a nuevas dimensiones nunca antes conocidas por el ser humano: sus letras cockrróckicas, atrozmente simples hasta para “Baby Baby”, su propio comic-book de Marvel, Gene Simmons vomitando sangre mientras vuela, Paul Stanley diciéndole “Eres muy bonita” a una chica en el concierto de Madrid… En definitiva, KISS personificaban la ausencia absoluta de vergüenza y, ante esa actitud, sólo cabe la admiración y posterior sumisión. Admiración que, por cierto, también compartía
una estudiante de arte llamada Cynthia, la cual realizó un molde en escayola del carallo de Gene Simmons, entre otras muchas estrellas de rock. ¿O debería decir, con más razón que nunca, “Cock-rock”? Os podéis bajar el documental “Plaster Caster” de la mula y, ya que estamos, escuchar la canción que Gene dedicó a esta chiquilla, “Plaster Caster”: “El molde se está poniendo duro, y una parte e mi amor va a su colección. Mi amor está en sus manos, y ella sólo quiere que la inyecte otra vez. Si queréis ver mi amor, preguntadle”.

Cuando llegaron los ‘80, KISS se quitaron el maquillaje, pero sólo en teoría. En la práctica, ni Marujita Díaz iba tan repintada como ellos. Después de haber reinado en los ‘70, tenían que afrontar la competencia de nuevas bandas, y no les quedó más remedio que seguir el camino marcado por grupos como Whitesnake, Poison o Motley Crue. Así y todo, su sabiduría les permitió mantener un toque de distinción entre tanta gentuza. Como muestra, un botón:



Hoy en día, KISS vuelven a tener maquillaje, y por mucho que se les intente recordar que en el siglo XXI ya no tiene cabida el cock-rock, ellos prefieren ignorarlo: Gene Simmons llena el gigantesco monitor del escenario con la imagen de su paquete bamboleante, con la convicción de que el “rock’n’roll all nite and party every day” no ha terminado aún. Y tiene razón, este siglo XXI tiene envidia a KISS: “¿Sabéis por qué nosotros tenemos un KISSmóvil y REM no tiene un REMmóvil? Pues porque nosotros podemos y ellos no”. Estoy con Gene, qué más quisiera el sidático de Michael Stipe que haber nacido para que le amasen, pero, en vez de ello, recurre a aburrirnos hablando sobre la opresión del Nepal. Prefiero un show de strippers que aguantar dos segundos al Dalai Lama. Y Paul y Gene también. Por eso “Losing My Religion” se olvidará y “I Was Made For Lovin’ You” permanecerá, baby.


Steven Tyler: mejor que Jagger
“Jackie está en el ascensor: lencería, planta segunda. Amándonos en el ascensor, bombeando mientras descendemos”

Un amigo mío de Tafalla se emocionaba con “Love in an elevator” recordando un bello instante sórdido en el que aprovechó un parón del ascensor para tener su momento cock-rock. Creo que Paul McCartney nunca habrá conseguido una respuesta emocional tan intensa.

Steven Tyler y Joe Perry, fundadores de Aerosmith, decidieron plagiar alegremente a los Rolling pero sin complicarse la vida. Quítense psicodelias, drogadicciones, cualquier tipo de conciencia social, sutilezas musicales y aaaaaaaaaa… ¡folgar! Su rock’n’roll cerdo es ya historia de la música, y si temas como “Dream On”, “Walk this Way” o “Love in an Elevator” no bastasen para convertirlos en leyendas, el golpe de gracia llegó de la mano del mejor productor de cine de la historia: Jerry Bruckheimer. Si Steven Tyler es un cock rocker, entonces Jerry es EL cock-producer. El encuentro entre estas dos personalidades de la América más sórdida era inevitable y el resultado fue una de las power ballads más intensas jamás compuestas: “I Don’t Wanna Miss a Thing”, para la banda sonora de “Armageddon”. El momento en el que Liv Tyler hace el amor con Ben Affleck y cierra los ojos para oír la voz de su padre mientras folga es una de las apoteosis máximas de la belleza en el cock-rock. La sabiduría de Michael Bay para armonizar las imágenes con la música nunca será repetida en la historia del séptimo arte, baby.


Bon Scott: y luego llegó Brian Johnson

“…Y el tiene los cojones grandes, y ella tiene los cojones grandes, pero yo tengo los cojones más grandes de todos”.

La actitud “al que no le guste, que le den” de Bon Scott, primer cantante de AC/DC es la que hace que muchos no respeten a su sustituto: Brian Johnson. Sí, el sórdido de la gorra de camionero y camiseta de tirantes con lamparones. Éste último era un cock-rocker más básico e inconsciente de las consecuencias de sus actos, como en canciones como “Ella me la sacude toda la noche” (vale, he traducido un poco libérrimamente el “She shook me all night long”, pero soy fiel al espíritu de la letra), mientras que Bon Scott, dentro de su alcoholismo tenía más sutileza mientras cantaba “Ella me dio su mente, y luego me dio su cuerpo ¡pero se lo daba a todo el mundo!”. Bueno, así escrito, la verdad es que no suena mucho mejor. Aunque no me emocionen como cock-rockers, me veo obligado a glosar a uno de los grupos de más éxito (sí, el “Back In Black” es el disco más vendido de la historia, después del “Thriller”). Pero como fan de David Coverdale que soy, exijo belleza, cardados y glamour. Bon y Brian fracasan en ese apartado, pero no nuestro siguiente invitado.


David Lee Roth: just a gigoló

“He traído mi lápiz, dígame donde puedo escribir mis ejercicios, señorita. Qué mal rollo, me pone tan caliente la profesora”

Uno de los discos más vendidos de 1984 fue el “1984” de Van Halen. Tres años antes de Whitesnake, Eddie Van Halen y David Lee Roth ya eran uno de los grupos más importantes del mundo: Michael Jackson les adoraba y miles de niños querían acostarse con David Lee Roth, y miles de mujeres con Michael. Es la prensa canallesca la que nos quiso hacer creer lo contrario.


El caso es que David Lee Roth, como bien nos explicaba el crítico ruso George Starostin

, tiene una muy relevante aportación al cock-rock: si este género musical consiste en ir a carallo sacado por la vida, "Diamond Dave", por lo menos, decide aderezarlo con canela y ponerle un lazo. No es exactamente la actitud más masculina del mundo (a estas alturas del artículo, la masculinidad del cock-rock ya debería haber quedado en entredicho) pero, por lo menos, dota a David de un brillo propio en cock rockers’ Hall of Fame. Sus pantalones de seda a ras de pubis golean cualquier posible logro de Robert Plant, a la par que sus glúteos descubiertos en la portada de sus grandes éxitos justifican por qué su versión de “Just a Gigoló” supera holgadamente al original.

El talento incomparable de David debió ofender a Eddie Van Halen, que lo sustituyó por Sammy Hagar: un cock rocker gordo, sórdido y carente de gracia. ¿Cuál fue su tarjeta de presentación en su primer disco con Van Halen, “5150”? Habéis acertado: gritar “baaaaaaaaaabyyy” nada más comenzar. Un grupo se hundió y David comenzó una carrera en solitario desde donde repartir canela a todo aquel que quisiese probarla.


Últimos clásicos del cock-rock

Dijera yo al principio que el cock-rock es una música propia de los ‘70 y los ‘80. En efecto, las proclamas machistas tan descaradas iban quedando fuera de lugar en el mainstream musical de los ‘90. Las poses de machito envejecieron de golpe cuando drogadictos suicidas sin excesiva energía ni joie de vivre tomaron por asalto la escena musical. Ojo, no me parece mal el grunge, ni tampoco que se suicidaran, para qué engañarnos. Cada época tiene sus necesidades, y los ’90, en muchos aspectos, fueron un gran avance: entre otras cosas, los yonkos del polígono donde vivía murieron de sobredosis, aparecieron más tiendas de tebeos, España se modernizó aún más y, en general, la vida fue mejor. Si el precio a pagar es la muerte del cock-rock, pues qué se le va a hacer.

Así y todo, en los últimos ’80 y primeros ’90 el cock-rock dio coletazos dignos de mención. El más relevante, sin duda alguna, el de Axl Rose. La laca sólo hizo su aparición en algunos videoclips del “Appetite For Destruction”, pero la cenutriez sureña dominaba todo el disco. Axl era un anormal como el rock no conocía desde Jery Lee Lewis. La gente lo odiaba de verdad, hasta yo en mi época más thrashmetalera. Pero, pasada la tormenta, hay que aplaudir su legado. “¿Sabes donde estás baby? ¡Estás en la jungla!” fue considerado como uno de los momentos más excitantes de la historia del rock por el mismísimo David Coverdale. La sinceridad homófoba y racista de “One in a Million” resultaba algo maravilloso si tenemos en cuenta que Slash era mulato y que, vergonzantemente, el sueño de Axl era ser como Elton John. De alguna forma, lo logró con la desmesurada “November Rain” y… ¡Cantando con Elton en el concierto homenaje a Freddie Mercury! El mundo es cascada de colores… Para redondearlo, Axl fue el último gran lucepaquete del rock: gracias al pantalón de ciclista logró hacer aceptables para los ’90 las poses clásicas de Robert Plant y David Lee Roth.

Como dato anecdótico, podríamos hablar de Lenny Kravitz como el único cock rocker negro. Incorrección política: si se busca machismo desaforado en la música actual, el 90% de los ejemplos serán músicos de hip hop o RnB, y luego estaría el reaggeton. Pero en esta época de respeto multicultural queda mal decirlo, así que diré que el “colectivo afroamericano” ha hecho méritos para aspirar al cock pero, desde Chuck Berry, ha hecho muy pocos para conseguir la parte del rock. No pasa nada. El caso es que Lenny Kravitz, como anecdótico pastiche de los ’70 que es, se ve forzado a adquirir la pose de megastar y, de paso, de cock rocker. Tampoco es tan malo: pelax y tíax. Pero hablamos de una fotocopia que no merece mayor atención que el hecho de que el chaval está aún más bueno que David Lee Roth: las mujeres no tienen por qué soportar sólo la parte mala del cockrockismo.

Otra parte buena sería la entrepierna de Tommy Lee, de Motley Crue. “¿Truco o trato? ¿Quieres comer mi caramelo?” cantaban en “Girls Girls Girls”. Bueno, ya sabemos qué es lo que decidió Pamela Anderson. Aún hoy en día Tommy Lee sigue consiguiendo algunos titulares, con lo cual podemos considerarlo como el último cock rocker de la etapa clásica en activo.


El cock rock hoy: la postmodernidad

“Nena, cuando yo te la meta/ Y esté tatuado en tu teta/ Cerca del Corazón/ No habrá más que un peta entre los dos”
“Una vez, te quiero, dos veces, te quiero, tres veces, cuatro veces, cinco veces ooooohhhhhh, oh, oh, te quiero, oooohhhh”


El mundo ha cambiado, ya lo dijimos, y la expresión clara, manifiesta y directa de cipotismo masculino ya queda recluída a ciertos sectores sociales dispuestos a autonegarse la redención mientras escuchan una y otra vez la “Gasolina”. Así que, si quieres dirigirte al público que, en su época escuchaba a Whitesnake sin darse cuenta de las barbaridades de Coverdale, lo único que se puede hacer es tomarse el tema de chiste. En España podemos estar orgullosos de Gigatrón
. Pinchad ese enlace y podréis descargaros sus obras maestras. Su tributo a Europe diciendo “Así me lo monto nena/yo para ligar./Les cuento mis penas/ y les doy por detrás/ cuando se lo cuente a la peña/ van a alucinar/ (coro: vamos a alucinar)/ por algo me llaman el supositorio del metal/ porque les peto el cacas” es ya historia de la música, y Charlie Glamour, su cantante, lo más grande que ha dado el cock rock nacional.


El gran hit de cock-rock postmoderno, habida cuenta de la poca repercusión de Gigatrón, es The Darkness. “El amor es sólo un sentimiento” o “Creo en una cosa llamada amor” son celebraciones gozosas de unos tiempos pasados que no volverán. The Darkness, con sus hits y su unitardo, demuestra que si Plant, “Baby Baby” o Coverdale triunfaron fue por algo más que por vivir a carallo sacado. Fue por componer himnos insuperables del rock que, pese a quien pese, quedarán en la memoria colectiva. Así que no tengáis miedo a poner vuestros cds o mp3 de Whitesnake, Rod Stewart o Free. ¿Sabéis qué? It was all right then and baby, it’s all right now!

Mi amigo UBA

La primera contribución a este diario y ya ando revelando el principal problema mental que me hace ser bastante paria en los círculos cinéfilos (a propósito, una palabra esta última que aborrezco por culpa de mucho talibán del cine con complejo de superioridad que hay suelto por ahí).

El problema al que me refería, y que comparto con muchos otros desgraciados (mal de muchos, consuelo de freaks) es la fascinación por las películas malas.

Si nos ponemos en plan académico, podríamos enunciar la fascinación por mirar a los ojos de la medusa para justificar esta actitud. Pero, mira por donde, no sólo es eso una chorrada, sino que además no es ni lo que más me apetece escribir ni lo que a la mayoría querría leer. Así que vayamos al grano.

Hoy por hoy, me tiene obsesionado un tipo con pinta de maestro salchichero alemán de vacaciones en Puerto Banús llamado Uwe Boll (pronúnciese UBA BOL), también conocido como ‘El amigo Uba’, ‘Uba, el anticristo’ o como el causante del 90% de las hemorragias cerebrales de espectadores el año pasado. (El otro 10% está confinado a espectadores de ciertas películas de los cines Renoir de Madrid y al club de fans de Theo Angelopoulos).

Bien, pues resulta que este buen señor es el director del que más se habla últimamente por Internet. Y no por sus logros artísticos, sino por todo lo contrario. El caso es que sus películas son tremendamente malas. Esto de por sí no es motivo suficiente para levantar grandes polvaredas y airados debates. Al fin y al cabo, directores terribles los ha habido siempre, y si no que le pregunten al pobre desgraciado que se encargaba de seleccionar las películas de Antena 3 cuando empezó (todavía recuerdo con cariño y ardor de estómago cuando programaron la tremenda Yor, el cazador que vino del futuro un fin de semana a las cuatro de la tarde). Pero la cosa se comienza a poner graciosa cuando empezamos a observar el recorrido presupuestario y de ‘casting' que ha seguido este señor.

Uwe llegó a los EEUU tras hacer algunas películas en Alemania de las que apenas se encuentran referencias por la red. Ya eso, de entrada, acojona, pues recordemos que estamos en un mundo en el que puedes hallar en Internet hasta capítulos de la Biblia con Legos y casi todas las revistas de Microhobby escaneadas. El caso es que el desembarco se produjo con algunas cosas directas a video, con grandes luminarias del submundo videoclubero como Caspa Van Dien o Michael Paré comandando los repartos. Una de ellas casi la veo hace unas semanas pero la copia resultó estar en italiano. Sé que esto podría haber convertido el visionado en algo sumamente divertido, pero tampoco soy TAN raro.

De repente, Uwe parece descubrir el maravilloso mercado de las adaptaciones de video juegos, y engaña a Sega para que le deje hacer House of the Dead, basada en un mata-mata de esos de pistola y 1 euro la partida en la recreativas.

El flim se vende a bastantes mercados, sobre todo gracias al éxito reciente de Resident Evil, también basada en un juego y también con su buena dosis de zombis cabreados.

La película resulta ser un desastre en cuanto a la calidad. No es que nadie esperara que una cosa con ese título y antecedentes fuera un Fitzcarraldo de la vida, pero es que no llega ni a niveles de entretenimiento estilo Paul W. S. Anderson (tipo muy vilipendiado, pero que me da amor en su chunguez). Lo realmente apasionante es que, vistas algunas escenas o planos aisladamente, el amigo Uwe parece tener cierto ojo visual. Bueno, más bien vista para plagiar ideas de otros realizadores. Concretamente sangrante es el uso abusivo del tiempo bala, que llega a momentos de delirio, vicisitud y gran regocijo en la escena en la que un zombi lanza un hacha (como es normal, con una voltereta sobre una muy visible colchoneta) y vemos cómo la protagonista, lógicamente, salta para dispararle al muerto viviente. Porque, como todos sabemos, saltando se dispara mejor.

Tampoco puede dejar de hablarse de la gran idea de meter imágenes del video juego. Como broma camp no está mal. El caso es que Uwe las utiliza para todo: como cortinillas entre secuencias, como contraplano de los disparos de los personajes e incluso al azar dentro de las escenas. Una muestra clara de que lo que le pasa a este señor es que no tiene criterio. Como el que memoriza frases de otro idioma y luego las suelta sin ton ni son.

Así y todo, la película costó sólo 7 millones de dólares, y con preventas y el DVD la cosa probablemente diera beneficios (esto es un dato bastante importante, como veremos después). En entrevistas posteriores, Uwe echa la culpa de todo al guión (en verdad horrendo, todo sea dicho) y promete algo mejor para su siguiente película.

Alone in the Dark es la adaptación de un videojuego lovecraftiano que me dio bastante canguelo en mis noches solitarias de PC años ha. Para esta ocasión, nuestro salchichero favorito contrata a actores de nivel medio bastante más conocidos: Christian Slater, Tara Reid y Stephen Dorff. Incluso encarga un póster plagio de H. R. Giger la mar de resultón. Todo esto, una vez más, le sirve a Uwe para vender bastante bien la película internacionalmente. El caso es que el presupuesto alcanza ahora los 20 millones de dólares, lo cual no es ya moco de pavo.

El estreno en Estados Unidos se salda con un fracaso absoluto. Lo cual es lógico, una vez vista la película: Una especia de plagio de Aliens y The Relic sin mucho sentido (circula por Internet un artículo de los primeros guionistas que fueron despedidos que pone hilarantemente en evidencia las limitaciones del Sr. Boll). Sigue, por supuesto, la abundancia de recursos de procedencia variada (plano subjetivo de Posesión infernal incluido) y la ya habitual falta de criterio para aplicarlos, así como el montaje caótico y el nulo ritmo, elementos de los que no hablé para House of the Dead, pero que seguro que dabais por supuestos.

Por estos momentos, por internet ya se estaba elevando a nuestro héroe a la categoría de ‘El nuevo Ed Wood’. Sin embargo, la comparación no es del todo acertada. Yo lo veo más bien como el nuevo Albert Pyun. Y si alguno de vosotros sabe quién leches es ese tipo, pues debería preocuparse por su cordura y empezar a salir más.

Hasta aquí tenemos a un mal director que hace películas de presupuesto medio comprando licencias de video juegos de popularidad media. Nada del otro mundo y nada que merezca más de un párrafo. Pero, una vez más, la cosa se pone graciosa con los siguientes pasos del Bollmeister.

Uwe anuncia su siguiente película: Bloodrayne, una de vampiros con Michael Madsen… y Ben Kingsley. La gente (bueno, los tres freaks y medio que leen noticias de cine por Internet) empieza ya a escamarse. ¿Cómo un director con dos películas en Bottom Top 100 de la Internet Movie Data Base no sólo sigue haciendo películas para cine, con buenos actores y con unos señores 25 millones de dólares de presupuesto? A continuación, a lo largo de un año frenético, nuestro amigo anuncia cerca de cinco proyectos más (todos basados en video juegos) mientras está rodando Bloodrayne. Y una vez concluida la filmación, enlaza inmediatamente con el rodaje de la siguiente película... y aquí ya la gente no puede creer lo que lee.

Para Dungeon Siege (más tarde titulada In the Name of the King, para parecerse lo más posible a la película que está plagiando ahora) no sólo reune a Jason Stratham, Ray Liotta, Burt Raynolds, Ron Pearlman, Leelee Sobieski y varias caras reconocibles más, sino que, encima, la presupuesta en… 60 millones de dólares.

Es como si a Albert Pyun (vale, para que todo el mundo lo entienda, diremos Ed Wood) le dieran el dinero para hacer Pánico Nuclear. Esto es muy interesante desde el punto de vista de la historia del cine, pues es la primera vez que un verdadero y reconocido manta hace una película de esa envergadura. Seguro que ahora saldrá el listillo de turno diciendo que si Michael Bay es un mierda o que el ya mencionado Paul W. S. Anderson es un cutre. Pero eso lo señalaría el tipo de personas que dicen que Armageddon es la peor película de la historia del cine. Gente, como Uwe, sin criterio y que evidentemente no han visto Ator 2 ni Manos, the Hands of Fate. Y mejor para ellos, he de añadir.

A partir de aquí, entran en juego dos teorías. Una de ellas es la normal: que Uwe es simplemente un mal director que conoce a la gente adecuada y que con suerte podría ir mejorando un poco con el tiempo (cosa que alguna crítica de la aun inédita por aquí Bloodrayne apunta). La otra, si bien algo enrevesada y con algún punto oscuro, es muuuucho más divertida:

Según parece, hasta hace unos meses ha habido en Alemania una ley de apoyo al cine que funciona de la siguiente manera: Quienes invertían dinero en una película que no obtenía beneficios en taquilla, gozaban posteriormente de una importante deducción de impuestos. Pero esto sólo se aplica a la recaudación en salas. Lo que los seguidores de la ‘Teoriá de la Conspiración Uwe’ apuntan es que el Sr. Boll y sus inversores hacen (atención, que esto tiene tela) PELÍCULAS MALAS A PROPÓSITO, pero con la intención de que obtengan ciertos beneficios con la explotación en DVD y las ventas internacionales.

Así pues, se trata de hacer flims con actores reconocibles y basados en una franquicia (de ahí lo de los videojuegos de segunda categoría: marca reconocible, pero barata), para asegurarse que se compra en el mayor número de países posible, lo cual significa una parte importante de la financiación en derechos de distribución. Luego hay que intentar que poca gente vaya a verla al cine, pero, al mismo tiempo, debe de tener un look aceptable para que otro público menos informado la alquile o compre en DVD. Para esto, se dice que el mismo Uwe ha alimentado los odios de los críticos de Internet (sobre todo en páginas que siguen el cine de género, como ‘Aint it cool news’) y ha alentado su leyenda con comentarios y declaraciones puramente polemistas…

Toda esta elaborada teoría tiene, sin embargo, algunos problemas:

En primer lugar, está House of the Dead (en la foto), que, vistos los datos de taquilla americana, es probable que diera beneficios a nivel internacional. Y, en un momento de locura nacional colectiva, Alone in the Dark hizo 230 millones de pelas por aquí este Enero...
En segundo lugar, la propia In the Name of the King. Una cosa es intentar levantar películas de hasta 20 millones. Pero, ¿por qué hacer una de más de 60? Yo me inclino a pensar que el Dr. Boll (pues el buen señor tiene un doctorado y todo) relamente considera este film su magnum opus.

Y, en tercer lugar, el sentido común detrás de todas las ‘teorías de conspiración’: es mucho más divertido pensar en ellas que en la cruda realidad. Y como muestra, un señor de ustedes, que le ha dedicado casi tres folios al tema. Tengo que buscarme otro hobby. Desde luego, nadie diría que hasta tengo novia. Aunque claro, seguro que ahora todos pensáis que será como la novia fantasma de Paco, el del videoclub de la grandísima Aquí No Hay Quien Viva.

De todas maneras, como decía varios párrafos más arriba, la nueva canciller alemana ha acabado nada más llegar al poder con ese sistema de ayuda al cine. Por lo tanto, el tiempo nos dará la respuesta sobre el misterioso caso de el amigo Uwe y el Doctor Boll…

24 febrero 2006

Sordidez.

Cualquier persona asocia el término “sordidez” con la imagen de un viejo que, en un bar portuario, mete mano a los chavalucos que están jugando al futbolín. Bueno, con esa imagen o con otra parecida. No, pensándolo mejor, vivo en el convencimiento de que todo el mundo piensa en pederastas portuarios a la hora de visualizar la sordidez. En qué si no.

Bueno, pues éste no es mi caso. Como persona portuaria que soy, prefiero obviar la existencia del futbolín y considerar la sordidez como la expresión máxima de la alegría de vivir. O, por lo menos, de tomarnos nuestra lamentable existencia con alegría.

Vean a continuación este vídeo que expresa a la perfección la esencia de lo que yo entiendo por sordidez:



“The hair, the look, the attitude”… Es todo tan gozosamente sórdido. ¿Os seducen los efectos de vídeo? ¿La convicción con la que Mr. T expresa su loable mensaje? Bien, toda la vergüenza ajena experimentada es la conclusión de la experiencia de la sordidez.

Otro ejemplo. Véase esta foto del Fary. Si la lección de Mr. T ha quedado suficientemente clara, lo único que se puede exclamar ante tal visión es un mayestático “¡SÓRDIDO!”.

Los ejemplos no tienen fin: Mayra Gómez Kemp en topless, Aznar en pareo, el video de Ricardo Bofill “Chabeli: enamorada”, el álbum de fotos familiares ochenteras de las infantas… Pero cuidado, ésta es sólo una de las formas más evidente de la sordidez. Hay muchas más. Por ejemplo, ¿cómo definiríais los tapetes de encaje encima de los sofás y televisores de tu salón (no me engañéis, todos hemos convivido con ellos)? Bien, la palabra es “Sórdido”. ¿Los pantalones a la altura del sobaco, cual actor porno alemán? ¿Jugar al bingo? O mejor aún ¿Despertar en la cama de un hospital y pronunciar “¡bingo!” como forma de vuelta a la consciencia? Creo que ya nos vamos entendiendo…

Por supuesto, podemos descender al matiz y negarle el beneficio de la sordidez a todo aquello ya asimilado por la contracultura – y por la cultura – con apelativos como “camp”, “kitsch”, “serie Z”… La sordidez auténtica, la que vale, la que emociona, no busca el reconocimiento de nadie, simplemente es sórdida porque sí. Cuando Camela emocionan a las masas con su “Corazón Indomable”, cuando Junco proclama en sus hits de gasolinera que querrá a su hijo aún no nacido aunque sea subnormal, no existe ironía, no hay falso cool, sólo sordidez en su máxima y sublime expresión.

Bienvenidos a este blog, lugar de celebración de la sordidez cotidiana. Esperemos que también seáis unos sórdidos cum laude. Y si no, al tiempo.

15 febrero 2006

Vicisitud.

"Por esos días Mastropiero enfrentó grandes problemas: chocó con la bici... con las vicisitudes más adversas".

"El Acto en Banania", de
Les Luthiers (texto completo aquí).

“Vicisitud hay que decirlo más” sería una buena consigna para este blog. Desde luego, vicisitud aquí no va a faltar, ni sordidez, ni ignominia (sí, ya sé que no está en el título del blog, pero me gusta cuando se me llena la boca de España).

¿Y qué es la vicisitud, me preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul? (Nota: a estas alturas del partido, citar a Bécquer sin ser en la carpeta de una estudiante de la ESO, es una sordidez). Bueno, no se me ocurre mejor ejemplo que este magnífico artículo de un no menos magnífico blog.

Que un ser anónimo identifique tus braguitas de corazones caídas en el patio y te las deje en la puerta de tu piso no puede producir otra cosa que vicisitud. Podría ser peor: que alguien anónimo identifique tus gayumbos marca Día antes de haber sido enviados a la lavadora. No sé qué mecanismo provoca que unos gayumbos con pegatina caigan por un patio de luces, pero hay gente para todo. En fin, si esos gayumbos apareciesen colgados en la puerta de tu casa, la vicisitud sería aún mayor. ¿Y si, además, te los hubiesen lavado? ¿Sería un acto de amor y de respeto o una causa aún superior de vicisitud? Ahí queda la pregunta.

Por supuesto, “¡Vicisitud!” a secas, cual grito de guerra, es algo plenamente aceptable – no por el diccionario, pero sí por mi, que, al fin y al cabo, es lo que importa – en momentos en los que se experimente profunda vergüenza ajena, como, por ejemplo, el proyecto de convertir la sierra de Madrid en un parque temático de “El Señor de los Anillos”.

Por supuesto, la vicisitud se puede redoblar cuando, ante noticias de ese jaez, nos encontramos con respuestas tan gloriosas como las de esos ecologistas que, concienciados ante la posible especulación urbanística que tal sordidez supondría, toman cartas en el asunto enviando unas ídem a… ¡los herederos de Tolkien! Por favor, sean todos libres de experimentar una profunda vicisitud. Si San Agustín pasó por ello, por qué no nosotros. Más méritos tendremos para que nos canonicen que ese conspicuo putero.


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