23 agosto 2006

Bigotón

Hace ya unos quince lejanos años, estando reunido un grupo de cuatro amigos, uno de ellos pronunció esta oligofrenia: “Si tu padre no se hubiese afeitado el bigote, y el mio tuviese bigote… Entonces, nuestros cuatro padres tendrían todos bigote”. Yo era – y soy – uno de los afortunados poseedores de un padre (y un abuelo, y un bisabuelo en la foto…) con bigote. Y creo que eso ha marcado mi existencia. O no.

El caso es que, por mi padre, o por mi abuelo, o por lo que fuese, el bigote ha sido para mi un referente moral de comportamiento y autoridad. De esa manera, sigo pensando que la máxima expresión de la grandeza putera y, de paso, del sueño americano, es Burt Reynolds.



También que el mejor cantante de la historia fue Freddie Mercury (y, fíjense en esta merecida estatua que le erigieron en Montreux: ni apostaron por el clasicismo lampiño de la época de Bohemian Rhapsody ni por la decadencia lampiña sidática del Show Must Go On: the one and only Freddie es con bigotón y cantando I Want To Break Free. ¡Hombre ya!). Igualmente, el piloto de F1 que más sense of wonder me ha inspirado es Nigel Mansell: el último campeón del mundo con bigote (de la misma forma que, como apuntó Panadero, Franco Nero merece particular atención dentro de los héroes de acción que saben entender el derechismo precisamente por el bigotón que lo hermana con titanes como Chuck Norris y Charles Bronson). Feck, la primera revista del corazón que recuerdo fue un Diez Minutos que decía: “La noticia más insólita del verano: Iñigo se afeitó el bigote”. A mi tierna edad aprendí qué carallo significaba “insólito” pero no logré entender quién era Iñigo. Sólo me quedé con el hecho de que si alguien se afeitaba el bigote, eso era una noticia traumática para la sociedad. Perplejo, acepté esa verdad. In fact, no consigo asimilar que mi padre no tuviese bigote en la foto de su boda. Pero de esa foto no conseguí asimilar muchas cosas, como ya había comentado aquí.

Pues qué mala época ésta para los bigotones, me diréis. Y no os faltará razón. Proscritos de la vida pública, sus últimos representantes españoles más notorios han sido los ignominiosos Julián Muñoz y José María Aznar. Pero, como el gran Tom Selleck nos recordaría, la historia del bigotón es demasiado rica en matices como para dejar que dos mediocres como esos se la apropien. Josemari sólo quería disimular la parálisis de su labio superior, mientras que un grupo como Black Sabbath (75% de bigotones) tiene intenciones mucho más profundas. O no.

Pero yo tengo esperanzas. De la misma forma que vuelven las peores modas capilares de los 80, como los lolailos, el bigotón postmoderno está a la vuelta de la esquina. Coño, después de mi viaje a Suiza he de decir que la decadencia del bigotón es un fenómeno español, porque en Europa todavía mantienen un cánon estético donde ese vello es sinónimo de virtud. Como prueba, la foto que hice de este gran señor. A su bigotón une unos lolailos y tupecillo de peluquería, adornados convenientemente por mechas varias, que todavía me producen admiración y respeto.

Tristemente, o afortunadamente para mi novia, mi único intento de dejarme bigotón fue un rotundo fracaso: lo hice para hacer de padre de familia en el que iba a ser mi primer cortometraje. La barba creció fermosa y cerrada, pero el bigotillo no llegaba al triste nivel de Cantinflas. Así pues, me lo afeité y mi look resultante me obligó a cambiar el guión del corto. Pase, pues, a hacer de Abraham Lincoln. No lo vean.

Como colofón, expongo brevemente mi opinión sobre el fútbol: es un coñazo con sobredosis de marketing y jugadores como Beckham y Ronaldinho que sólo merecen mi desprecio. La única forma en la que volveré a respetar el fútbol – esto es, dotarlo de la aureola mítica que tuvo durante la era de Naranjito – es que vuelvan los bigotones. Queremos ese bigotillo de actor porno alemán de Schuster, o de actor porno alemán de Stilike (esa es la bendición de los teutones: todo inglés es un actor, y todo alemán es un actor porno), el bigote orensano de Vicente (el mejor defensa “a sachar” del Celtiña), y ese rollo neandertal de gentuza como Migueli o Zamora. Por lo pronto, he fundado la asociación “Cómeme el bigote” y diseñado este póster. Bájenselo, imprímanlo, cuélguenlo por ahí y aporten su grano de arena a la hora de crear un deporte – y un mundo – mejor.

El Rey Arturo sobre hielo: la cumbre de la vicisitud musical

Autor: Paco Fox
Recientemente, un compañero de trabajo me trajo de su pueblo una pieza única de coleccionista. Un cd cuya existencia desconocía. Un descubrimiento de los que marcan época: ‘Siéntelo’, de Javier Cárdenas.
La visión de tamaña chunguez perpetrada por este gran artista renacentista (periodista, cantante, actor, director y guionista de cine) me condujo a pensar en la posibilidad de escribir algo sobre famosos metiéndose a cantantes. Pero me pareció facilón. Y lo que es peor, falto de amor. Porque estas cosas son curiosidades divertidas, pero la grandeza está en las sordideces mayúsculas, en las obras que pasan de las más grandes cimas de épica a los más profundos pozos de vicisitud. Esto es, en el rock progresivo.
El mismo día, cuando llegué a casa, y tras servirme un Aquarius Versión 3, esa nueva bebida con sabor a poloflash de cocacola aguado, me metí en internet a mirar cosillas. Por algún motivo, me dio por ver el final de ‘Xanadu’, película que llevó el género musical a su lógica cumbre: Olivia Newton-John, Gene Kelly, música disco y patinaje. ¿Qué puede haber más sórdido que eso?


Tras mucho pensar y una visita al señor Roca cortesía del brebaje antes mencionado, di con la respuesta. Chunguez musical progresiva y patinaje rock se unieron una vez en una conjunción mágica que alumbró una criatura digna de ‘La Parada de los Monstruos’: El Rey Arturo sobre hielo.

Rick Wakeman. El cruzado de la capa. El único músico que puede pasar de lo sublime a lo ridículo en cuestión de nanosegundos. E incluso ser ambas cosas al mismo tiempo.
Y es que una parte importante de la música cultureta de los 70 era así de maravillosa. En los 80 había que aguantar a gentuza de pose cool y niñatos que se creían profundos por escuchar a los Smiths. O peor todavía: a Sonic Youth. En los 90, llegó la explosión de la música indie, que era lo mismo que el pop del resto, pero con pose gafapasta. Pero el rock progresivo da mucho más amor, porque era verdaderamente pretencioso en sus composiciones y no sólo en su pose. Se creían la música del futuro y su misión era darle respetabilidad al rock. Y, vistos hoy, dan a menudo mucha risa. Son el anatema de cualquier crítico rock actual, y por eso los amo. Excepto, claro está, a Robert Fripp. Pero eso es otra historia que no puedo contar sin tomarme antes dos litros de Aquarius Versión 3 y provocarme un enema monumental.



Como puede verse en el video, lo único que se le ocurrió a Wakeman para presentar su disco ‘The Myths And Legends Of King Arthur And The Knights Of The Round Table’ (¡toma ya!) fue hacerlo a lo grande. ¡Y qué hay más grande que poner a tipos con caballos de cartón patinado sobre hielo! Quizá unos enanos bailando junto a un Stonhenge en miniatura, como en ‘This is Spinal Tap’. Pero por poco.

El show se saldó con un lleno absoluto y un rotundo fracaso económico. Rick volvió momentáneamente a Yes y luego tuvo que refugiarse en la new age, realizando unos trescientos discos al año para pagarle la pensión a todas sus exmujeres. Lo cual no es malo. Porque también defiendo a la new age. Es un género más odiado y menos de moda que el propio progresivo. Y todo lo que enerve a un crítico de la Rock DeLuxe me complace a mí.


Así que ya estáis todos escuchando esta inmensa obra. Y, cuando lleguen los momentos más épicos, imaginaos torneos medievales con lanzas y patines. ¿Qué mejor forma de pasar una tarde de verano? Sin duda, una experiencia mucho más enriquecedora que escuchar los 39 minutos del disco de Javier Cárdenas (con dos bonus tracks con versiones alternativas) o beber un litro de Aquarius Poloflash.

18 agosto 2006

El género Dillinger: entre el cine experimental y la depravación

Autor: Jalop
Quien piense que los géneros cinematográficos son sólo la comedia, el melodrama, el fantástico, el musical, el western y algún otro es porque tiene una visión cuadriculada y joseluisgarciana del cine y la vida en general. Un buen sórdido sabe que existe todo un descenso a los infiernos de subgéneros tan interesantes como el era yo y el que aquí proponemos y bautizamos como cine Dillinger.

Una película Dillinger (bautizada de tal guisa en honor de la piedra angular del género, Dillinger ha muerto de Marco Ferreri) narra las andanzas de un personaje autista, o movido al autismo por las circunstancias. ¿Que como se puede sostener una película con un solo personaje? He ahí el mérito y la sordidez de estas obras. Si la alienación y / o enajenación del protagonista son importantes, y las cosas que hace son absurdas y sin sentido, entonces estaremos ante un dillingerismo puro y encomiable. Naturalmente, los diálogos deben ser escasos o inexistentes en una película Dillinger, salvo que el protagonista hable consigo mismo o con objetos y seres imaginarios (aunque cuidado, porque si esos seres se visualizan y se comportan como personajes normales estaríamos haciendo trampa, El sexto sentido y las películas era yo no reciben diploma Dillinger).

El dillingerismo real ha sido vivido a lo largo de la historia por anacoretas, ermitaños, agorafóbicos, esquizofrénicos, y seres antisociales de toda índole, y también expuesto en otras artes además del cine, teniendo uno de sus más bellos ejemplos en los comics de Peter Bagge con el personaje de Junior, un freak cuya máxima aspiración vital es no tener que salir de casa y vivir feliz viendo gente simpática y sonriente en la tele en lugar de horribles personas reales, y que nos propone una útil guía práctica de cómo conseguir alcanzar este nirvana.

Pero existen otros teóricos de fuste de la filosofía dillingeriana, verbigracia:
  • el personaje de Bridget Fonda en Jackie Brown, que tiene muy clara su actitud ante la vida (“colocarme y ver la tele”, algo loable cuando su programa favorito es Cheeks who love guns)
  • el grupo Statler Brothers, otra referencia tarantiniana, puesto que su canción Dillinger Flowers on the wall aparecía en Pulp fiction (me voy de aquí, mis ojos no están acostumbrados a tanta luz ..... tengo que contar las flores de la pared, fumar y ver Capitán Canguro, ¡¡¿cómo dices que no tengo nada que hacer?!!)
  • los geniales Depeche Mode con Enjoy the silence (words are very unnecesary, they can only do harm)
  • el deliciosamente sórdido grupo femenino Divinyls con su sensata oda al onanismo I touch myself (I don’t want anybody else, when I think about you I touch myself, aunque luego matizan que when I feel down I want you above me, frase igualmente sabia pero que se desvía del dillingerismo ortodoxo)
  • la ilustre María Teresa Campos, uno de nuestros grandes ídolos espirituales, en un memorable programa en el que, estando ausente la marujilla que debía darle la réplica en un debate, decidió discutir consigo misma: ella argumentaba frente a su oponente imaginaria, luego se cambiaba de sitio y se rebatía esquizofrénicamente lo que ella misma acababa de decir: uno de los más grandes y sórdidos momentos de la historia de la televisión nacional.
  • Last but not least, la injustamente incomprendida Yoko Ono. El mundo sigue equivocado pensando que el que tenía talento era el cursi de John Lennon, un cateto con aspiraciones de cultureta creador de himnos de la ñoñez tardoadolescente tan vomitivos como Imagine, Woman o Give peace a chance, que además tenía la poca vergüenza de cantar él mismo con una insufrible voz a medio camino entre la psicofonía y el gato al que le pisan el rabo; Yoko, en cambio, no era una quiero y no puedo como John, sino una pedante pura y genuina con ideas tan divertidas como que el lenguaje estaba demasiado intelectualizado y que la gente debería comunicarse a través de formas de expresión más sencillas como el grito. Lo mejor es que ella llevó a la práctica sus delirantes teorías en temas tan imprescindibles y dillingerianos como Why; bájeselo ahora mismo, y amenice sus fiestas poniéndoselo a sus amistades y provocándoles ataques de pánico y de risa a partes iguales. Yoko forever!!

Bien, una vez demostrada, a través de estos ilustres referentes, la gran entidad intelectual del dillingerismo, podemos pasar a conceder los diplomas Dillinger; entre los films reconocidos hay un abismal predominio del cine de autor depravado, ya que el género resulta demasiado bizarro para los encorsetados cánones del cine clásico. De hecho, Billy Wilder tuvo que recurrir a flash-backs y tretas varias para narrar la historia del primer aviador que cruzó el atlántico en la poco interesante e inmerecedora del diploma Dillinger El héroe solitario. Como siempre, son todas las que están, pero no están todas las que son, para esas lagunas está la sección de comentarios, ¡aporten ustedes!

Diplomas Dillinger:

El viejo y el mar (The old man and the sea, John Sturges, 1958)

Spencer Tracy solo en un barco durante 90 minutos merece de entrada un diploma Dillinger sin más contemplaciones. Reconociendo este gran mérito, como lo cortés no quita lo valiente, lo cierto es que esta película es prueba de lo anteriormente dicho, el cine clásico de Hollywood y sus corsés comerciales no dejan que la depravación dillingeriana fluya con alegría; la película resulta tan castaña pilonga como el relato de Hemingway en el que se inspira, y se sostiene a base de voz en off. Un Dillinger con todas las de la ley, pero menor.

Naufrago (Cast away, Robert Zemeckis, 2000)

Aunque esta película tenga un grave error de raíz, que es que si hay un accidente de avión ninguna persona de bien va a querer que el único superviviente sea un individuo como Tom Hanks, autor de crímenes contra la humanidad tan imperdonables como Philadelphia, Forrest Gump y Salvar al soldado Ryan, no podemos obviar la valentía de Robert Zemeckis al recrear la dillingeriana historia de Robinson Crusoe sin apoyarse en ningún Viernes (aunque seguramente lo haga en parte para evitarse lecturas gays, porque en estos tiempos pocos se iban a creer que con tanta soledad Crusoe y Viernes no se dieran consuelo mutua y jovialmente). Lo de los náufragos, por otra parte, recuerda a la gran canción de Police Message in a bottle, en la que un hombre Dillinger envía un mensaje en una botella y al día siguiente se encuentra miles de botellas de otros autistas en respuesta. ¡¡Todos somos Dillingers!!

Episodio de navidad de Mister Bean (Mr. Bean, John Birkin, 1990-95)

El inefable Mister Bean, un personaje ya habitualmente dillingeriano, prepara las navidades. Escribe sus postales, sale para echarlas al correo, pero ... ¡las introduce en su propio buzón y luego lo abre y las recibe alborozado! Tal grado de autosuficiencia solo se vio superado por el caso real de la mujer que se casó consigo misma, una noticia dada por Alfonso Arús hace años y que no he tenido ocasión de verificar ni confirmar. Se agradece cualquier información al respecto.

Terror ciego (Blind terror, Richard Fleischer, 1971)

Thriller protagonizado por Mia Farrow haciendo de ciega. La trama no tiene mayor interés salvo por una magistral escena de más de veinte minutos en la que Mia va por su casa haciendo su vida cotidiana, entrando aquí y allí, y poco a poco nos damos cuenta de que en su hogar han ocurrido cosas chungas. Finalmente llegamos a la conclusión de que las habitaciones .... ¡están llenas de cadáveres! Unos hombres malos han matado a su familia y la pobre mujer tendrá que huir de ellos y sufrir múltiples vicisitudes, pero esa trama es un simple apéndice a la gran secuencia Dillinger que vertebra la película.

Las aventuras de Jeremiah Johnson (Jeremiah Johnson, Sydney Pollack, 1972)

Robert Redford, siempre ecologista él, se apartaba del mundanal ruido para vivir rousseaunianamente con los bichillos y las flores en este western revisionista, con una mínima interacción no verbal con un indio durante los últimos 20 minutos de película. Kevin Costner se inspiró probablemente en este one man show de Redford para la parte más interesante de Bailando con lobos, su experiencia Dillinger en el fuerte abandonado, antes de que aparezca el buenrollismo con los indios y el film caiga en el panfletillo y las buenas intenciones perdiendo el derecho a diploma.

La pesadilla (Chasing sleep, Michael Walker, 2000)

Curioso cruce entre Polanski y David Lynch, en el que Jeff Daniels se preocupa porque su mujer todavía no ha vuelto a casa; la expresión chunga de nuestro amigo y las cosas no menos malsanas que empiezan a ocurrir nos llevan pronto a la conclusión de que la mujer no va a volver, a lo mejor porque el propio Jeff la ha quitado de en medio ... El insomnio, sumado a la propia enajenación del personaje, provocará un desfile de delirios que incluyen agua que desborda de la bañera, dedos humanos que se pasean libres por la casa, y lindezas similares, un estimulante paseo por los infiernos del dillingerismo.

Hierro 3 (Bin-jip, Kim Ki-Duk, 2004)

El dillingerismo a dúo parece una contradicción a priori, pero Kim Ki-Duk nos demuestra que es posible. Una mujer maltratada le pone los cuernos a su marido con un hombre tan sumamente Dillinger que nadie nota su presencia salvo ella, por ser igual de depravada, formando una pareja dillingeriana capaz de comunicarse sin hablar, y hasta sin estar (¡!?). Por si alguien tenía alguna duda, el director ha vuelto a demostrar que no es trigo limpio con su última película, El arco, también poco pródiga en diálogos.

Une vraie jeune fille (Catherine Breillat, 1976)

Que si la mujer ofrece sexo para conseguir amor mientras que el hombre ofrece amor para conseguir sexo .... que si el hombre es polígamo por naturaleza y la mujer monógama .... que si la mujer necesita seguridad y estabilidad en una relación y el hombre aventura .... Quien haya trabajado o colaborado en servicios de atención a señoras de la tercera edad, que ya no tienen nada que perder y se han quitado todas las caretas, puede atestiguar la TREMENDA MILONGA que son todos estos tópicos sexistas y llegar a la conclusión que la grande y sincera Catherine Breillat plasmó en su opera prima: la mujer es igual de sórdida que el hombre y está igualmente salida. ¡Viva la igualdad! Como muestra, esta chica Dillinger que le da alegría a su cuerpo Macarena y descubre su sexualidad protagonizando un sinfín de secuencias a cada cual más delirante. Diploma cum laude.

Tamaño natural (Luis García Berlanga, 1973)

Michel Piccoli, digno acreedor del título de l’acteur le plus sordide de l’histoire du cinéma, unía al rosario de fetichistas y gente chunga que constituyen los personajes de su carrera el del propietario de una muñeca hinchable que inicia con ella toda una relación de pareja: chico conoce muñeca, se enamoran, se enfadan, discuten y tienen celos como todas las parejas .... ejem. ¿La película acaba con que la chica se desinfla? Tendrán que comprársela de oferta o bajársela del emule para saberlo.

Medalla de bronce: Spider (David Cronenberg, 2002)

Cronenberg no engaña: la película empieza con Ralph Fiennes, muy enajenado él, llegando a un campo de tierra, echándose al suelo y poniéndose a escarbar o hacer movimientos absurdos .... gran cumbre del dillingerismo. A partir de ahí, cuesta arriba de visiones esquizofrénicas del amigo Spider, que se pasea por las calles de un Londres imaginario y desierto, construye telas de araña en su habitación y reinterpreta su infancia y la historia de su familia, confundiendo un poco los personajes. Nada sorprendente en una película del director de Videodrome, para que nos vamos a engañar, aunque ahora con la complaciente y cultureta Una historia de violencia Cronenberg corre el peligro de hacerse respetable.

Medalla de plata: Repulsión (Repulsion, Roman Polanski, 1965)

Las mujeres Dillinger son escasas, y Catherine Deneuve brilla con luz propia entre ellas. Primero intenta con poco éxito salir a la calle e ir a trabajar, pero luego se da cuenta de que lo suyo es encerrarse en casa, sumirse en morbosas pesadillas de violación y cargarse a todo hombre que entre en su apartamento con intenciones libidinosas ... claro que esta chica se toma muy en serio el consejo de la abuela de que todos los hombres llevan intenciones libidinosas, así que mejor no intentar venderle enciclopedias. Polanski posteriormente se ha ganado a pulso el premio especial al director más Dillinger ever al repetir la jugada en la todavía más sórdida El quimérico inquilino, donde él mismo interpreta a un freak pelín paranoico al que no le llega con obsesionarse con que a la anterior arrendataria de su piso se la cargaron sus vecinos, no, el señor tiene además que asumir la personalidad de la mujer y travestirse para gran vicisitud de los espectadores. No contento con tanta depravación, Roman nos deleita en su última obra maestra, El pianista (porque lo de Oliver Twist es un rollo), con media película de dillingerismo total por parte del prota intentando sobrevivir en un piso vacío. Dentro de Adrien Brody hay un Dillinger, y dentro de Polanski, unos cuantos.

Medalla de oro: Dillinger ha muerto (Dillinger è morto, Marco Ferreri, 1969)

No jugamos la baza de la sorpresa final si decimos que la mejor y más pura película Dillinger es ... Dillinger. Michel Piccoli, como no, se aliena y, mientras en la radio suenan cancioncillas italianas de los 60 en consonancia con los colorines pop de la fotografía, empieza un recital de actos absurdos como lavar una pistola y pintarla de colores, proyectarse películas en el salón, bailar danzas indescriptibles y demás sinsentidos ante los ojos abiertos de par en par del incauto espectador. ¿Una obra maestra? Sin duda. ¿Una tomadura de pelo? También. Nos hallamos probablemente ante la película más importante de la historia, aunque en dura pugna con Un hombre y una mujer de Claude Lelouch, y Femme fatale de Brian de Palma. Ya sabemos que la gente sin imaginación dirá que su película favorita es Ciudadano Kane o El padrino, pero estoy seguro de que lo afirman de carretilla sin verdadera fe, y de que, en el fondo de su corazón, saben que son obras claramente inferiores.

14 agosto 2006

Último diploma "Era yo"

Por si había alguna duda y el SPOILER no era lo bastante hijoputa, concreto más: la niña jovencita rubita era Charlize Theron de pequeña. Y ella fue la que prendió fuego a la caravana donde follaban su madre (Kim Basinger) y Joaquim de Almeida.


The Broken ya comienza con un claro "era ella", pero es que la (SPOILER) sorpresa final de la película es una vuelta de tuerca a ese "era ella". Por supuesto, desde el primer momento se ven venir ambas cosas.

Creo que es más honrada esta versión del póster:



En este caso, se trata de una serie de televisión: "My Own Worst Enemy".





Conózcalo todo sobre el género "Era yo" en el post con más spoilers del mundo.

13 agosto 2006

¡¡¡Era yo!!!

Lo primero es lo primero. Como dijo un erudito, “El que avisa no es traidor, aunque sí un poco gilipollas”, así que: *SPOILER*SPOILER* ¿Clarito? De hecho, éste va a ser el artículo más spoiler jamás escrito, así que te concedemos como unas diez líneas antes de decir si quieres seguir leyendo o no.

¿Qué tienen en común películas como “El club de la lucha”, “Psicosis” o “Sospechosos Habituales”? La respuesta se da en dos palabras: “¡Era yo!”. Y que nadie me venga ahora a tocar las narices: si a estas alturas del partido no sabías que Anthony Perkins era su madre, que Brad Pitt y Edward Norton eran la misma persona o que Kevin Spacey era Kaiser Xosé, es que no te importan una mierda esas películas. O el cine, for that matter. O, peor aún: que eres un espectador cándido que ve las pelis inocentemente cuando las ponen un día en la tele. Si eres así… ¿Qué haces en este blog? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Buscando “implantes mamarios acróbatas” en el Google?

Vale, ya ha pasado el plazo para abandonar la lectura. Si estás en este párrafo ya sabes lo que hay. Vamos a realizar el más grande análisis jamás fecho sobre ese “género” cinematográfico de incógnito que son las películas “¡¡¡Era yo!!!” tan de moda últimamente. Si odias el género de puro repetitivo y falto de originalidad hoy en día, enhorabuena: este artículo te avisará sobre qué películas debes evitar. Si, por el contrario, eres un fans depravado del género, aquí tendrás una selección de obras para disfrutar de antemano con los maravillosos bodrios que se avecinan. Es bello imaginarse a los colegas reuniéndose en el salón diciendo “¡No, una de Uwe Boll no pongáis! ¡Ni una de Lucio Fulci! ¡Hoy toca una de “Era yo”!

Pues eso, hoy toca.

¿El primer “¡¡¡Era yo!!!”?

Podríamos ser unos culturetas aburridos y hablar de lo del destino ineludible del héroe trágico y que si Edipo era el primer era yo mundial o Segismundo, en “La vida es sueño” era el primer “¡¡¡Era yo!!!” español. Pero eso es un rollo y esos “¡¡¡Era yos!!!” no son joviales. Por ese motivo, concedemos nuestro galardón a la sutilmente sórdida Agatha Christie y su mítica novela “El asesinato de Rogelio Ackroyd”.

Esta novela, narrada en primera persona por el ayudante de Poirot, avanza jovialmente en la investigación hasta que, en una de esas típicas reuniones finales de todos los sospechosos… Habéis adivinado. ¡Era él! El “Era usted” que le espeta Poirot es tan brillante y original como decididamente sórdido. Agatha había abierto la caja de Pandora. Había creado un monstruo. Y el mundo nunca fue igual, como ahora vamos a comprobar.


¡Soy mi propia madre y soy mi propio abuelo!

Nos hallamos ante el “¡¡¡Era yo!!!” más celebrado de la historia del cine. Para muchos, la mejor película de la ídem. Ahí es nada. “Psicosis”, dentro del género “¡¡¡Era yo!!!” pertenece al subgénero de películas de esquizofrenia/disociación de la personalidad, perfectamente analizadas por il nostro jalop en este artículo de obligada lectura. Dentro de ese subgénero también se podrían englobar demencialidades como “Santa Sangre” de Jodorowsky donde el prota, en vez de ser su madre, se convierte en los brazos de su padre. Vivir para ver…

A todo esto, debo decir que yo vi “Psicosis” a la tardía edad de dieciséis años y… ¡Sin saber que Anthony Perkins era su propia madre! Demostración inapelable, me temo, de que soy una secta dentro de mi mismo.

Por supuesto, si hubiese visto “Psicosis” a día de hoy, con tal cultura del “¡¡¡Era yo!!!” acumulada, me hubiese mosqueado sobremanera el no ver nunca a la madre de Norman. Sin embargo, lo que sí me seguiría cogiendo por sorpresa, sería la aterradora revelación del oligofrénico Tom Arnold en la obra maestra no reconocida del gran John LandisLa familia Stupid” – peli a la que un día dedicaré un artículo, temblad. Bien, Stanley Stupid, por estúpidas vicisitudes de la vida que ahora mismo me aterra resumir, termina en uno de esos realitys chungos de la tv americana en el que, de pronto, tiene que sacarse una historia sorprendente de la manga. Tranquilamente, se levanta de su silla y proclama “Yo soy mi propio abuelo” para, acto seguido, explicarlo con una canción que pondrá a prueba vuestra cordura. Bajadla aquí, os juro que os arrepentiréis.


Mi hermano, mi hermano… ¡Mis cojones van a ser!

Dentro de los trastornos de personalidad, el parentesco que más evidentemente se presta al “¡¡¡Era yo!!!” es el de los hermanos. La culpa de todo la tuvo Robert Mulligan con su clásico del terror psicológico “El Otro”. Un chaval, bastante cabrón e infanticida él, tiene un hermano bueno que muere. Del shock resultante, absorbe su personalidad y se dedica a cosas bellas como tirar bebés al pozo. Por supuesto, toda esta información sobre el hermano muerto es obviada por un Robert Mulligan ávido de realizar un clásico del “¡¡¡Era yo!!!”. Y, la verdad, es que lo consiguió.

De entre las muchas imitaciones generadas por “El Otro” debemos destacar la despelotada “Hermanas” del gran Brian de Palma: una cinta pletórica de asesinatos con pantalla partida y demás sordideces que tanto celebramos en este nuestro blog. Por supuesto, si títulos como “El Otro” o “Hermanas” ya tienen como que un tufillo “¡¡¡Era yo!!!”, no os cuento qué ocurre si cometéis la torpeza de titular a una peli “DOS hermanas”, en el caso del film de Ji-woon Kim. Joer, a eso se le llama dispararse en el pie. Y, encima, la peli es un pestiño lentísimo que sólo se la metió doblada a los necios de El País. El poster, eso sí, me parece de una gran belleza erayóica.



¡Era Brian de Palma!

Acabamos de hablar de “Hermanas”, pero esa no es la única incursión de Brian – probablemente el mejor director sórdido de la historia del cine – en el (in)noble género del “¡¡¡Era yo!!!”. Antes bien, como buen discípulo de Hitchcock – quien, además de “Psicosis” ya había coqueteado antes con el género en “Alarma en el expreso”, como luego veremos – Brian rodó obras como “Vestida para Matar” con el apoteósico travestismo de Michael Caine (¡era él!) o la gloriosa “En Nombre de Caín” (¡Todos eran John Lithgow!) sin olvidarnos de la superlativa “Femme Fatal” donde, para variar… ¡no era ella!

Obras todas estas, en definitiva, de gran calado ético y que, por su relevancia, analizaremos en los siguientes apartados. Lo importante ahora es decir que, si no admites la santidad irrefutable de Brian de Palma, Yahvé hará que los buitres devoren tus testículos o, si eres mujer, que tengas que hacerle una bajadita al pilón a Ruiz-Mateos mientras en la habitación del hotel suena música de Santiago Rouco.

¡Era un travelo! O ¡Era mi pilila! O ¡No tengo pilila! O…

Si lo de la disociación de personalidad cansa, una alternativa muy bella para seguir militando en el “¡¡¡Era yo!!!” es la de disfrazarse. Como persona que, en ocasiones, se ha maquillado de Gene Simmons he de decir que es una opción que me resulta más sana y jovial que la de creerse tu propia madre y, desde luego, más saludable que la de ser tu propio abuelo.

La película fundacional del travestismo erayóico es “Vertigo” de Hitchcock donde, sin embargo, Alfred renunciaba a la sorpresa del “¡Era ella!” para el final. Antes bien, nos lo adelantaba en una escena cutremente rodada en la que Kim Novak lo cuenta todo en una carta… ¡que al final rompe!.

Si Hitchcock lo hizo, sus razones tendría, pero un servidor prefiere la réplica que Brian de Palma dio al maestro con “Vestida para matar”.

Nunca se podrá insistir lo suficiente en la grandeza del pelucón y medias de Michael Caine. Si, encima, lo rematas poniéndole un traje de enfermera en una escena final que… ¡era un sueño! Entonces la grandeza se hace insuperable. Ford, Hitchcock, Wilder, pueden retirarse… Brian de Palma es el elegido para ser azafata del Un Dos Tres. Ah, aquellos castings de Chicho

El mejor discípulo con bigote de Brian de Palma, Richard Rush, también se lució de lo lindo con “El color de la noche”, una de mis películas favoritas ever. En ella, Jane March se disfrazaba de hombre o mujer según le diere para lograr fornifollarse a todos los miembros de una terapia de grupo mientras un ninja iba cometiendo asesinatos múltiples y variados. Los polvos incluían su dosis de lesbianismo y una set-piece en una piscina repleta de zooms a unos decepcionantes genitales de Bruce Willis censurados en la versión americana. “Es como quitarle las gárgolas a una catedral gótica” dijo un inspirado Richard Rush. He de confesar que, perdido entre zooms y delirios varios, yo fui de las pocas personas que no se dio cuenta de que el chico freak del principio era, en realidad, Jane March. Así que el “¡¡¡Era yo!!!” tuvo todo el efecto en mi impresionable ser. Pero fue sólo un deliro más en una obra maestra irrepetible que mucho necio no sabría apreciar así les pusiese Jane March el potorro en la cara.


Y no puedo terminar este apartado sin citar los delirantes cambios de sexo de Kenneth Branagh en “Morir todavía”, su película más dePalmiana. En un momento de las sesiones de médium a las que asiste, descubre que, en realidad, él era una mujer. Por supuesto, todo esto se rebate en las múltiples y magníficas piruetas finales del guión, pero es un momento “¡¡¡Era yo!!!” por el que, si yo fuese director, firmaba ya mismo.



¡Era yo y era mentira! ¡Era yo y era verdad!

Sospechosos habituales”, con sus trampillas – que han dado lugar a sesudos análisis de guión – lleva a sus últimas consecuencias el truco inventado por Hitchcock en “Stage Fright”. El truco consiste, como ya sabemos, en que el flashback relatado es mentira. El maestro inglés se arrepintió de lo que consideraba “una trampa inaceptable al espectador” pero Bryan Singer no sólo no se arrepintió sino que, además, se refociló añadiendo insulto al dolor cuando Kevin Spacey “¡¡¡Era yo!!!” digo, ¡¡¡era Kaiser Xosé!!! (y galleguizo el nombre porque me sale de los pendexelines).

Una vez deslumbrados con uno de los mejores finales de la década, una modesta y poco conocida película, “Escalofrío” de Bill Paxton, nos sorprendió a unos cuantos haciendo exactamente lo contrario que “Sospechosos Habituales”. “Escalofrío” consiste en el relato que un sospechoso de homicidio – como Kevin Spacey – hace a un policía. En él cuenta cómo su padre cree no sólo que oye a Dios himself sino que éste, en un arrebato de cabronada inédito desde el Deuteronomio, le pide que se dedique a ir por el mundo matando pecadores. El chaval se resiste, pero el padre convence a su hermano. Al final, el niño logra liberarse cargándose al padre y al hermano. Una vez explicado esto al madero, los espectadores nos decimos “Ya, y al final él es el propio hermano psicópata que matará al policía”. En efecto, esto sucede y decimos “¡¡Vaya “¡¡Era yo!!” más cutre!!”. Pero quietos paraos. Cuando va a matar al madero le dice que la razón de su muerte se halla un ignominioso episodio inmoral de la corrupta vida de ese innoble servidor de la ley. Y así es cómo descubrimos que sí, que él sería su hermano, pero lo chungo y lo gordo es que la voz de Dios impulsándote a cometer homicidios… ¡era verdad! Aún tengo mal cuerpo…

La película que inventó el “¡¡¡Era yo!!!”

Una de las formas más lamentables de pasar el puente de la Constitución consiste en meterse ocho horas en un coche y viajar de Madrid a… ¡¡¡Gibraltar!!! Tal fue el monumento a la sinrazón que perpetramos Paco Fox, un servidor y nuestras respectivas y nunca bien ponderadas sufridoras. Como colofón a dicho viaje, nos metimos en unos multicines calorros de Algeciras para ver lo que fuere. La madre de Paco Fox nos invitó amablemente a cambio de elegir la película que sus hormonas le dictaren. Ganó “Timeline” de Richard Donner, protagonizada por Paul Walter y Gerard Butler (las razones que nos metieron en la sala).

La peli trata – malamente – de viajes en el tiempo. En una escena del presente, al principio de la película, una arqueóloga se escandaliza cuando se encuentra con un relieve románico destruido. “¿Quién puede haber sido capaz de hacer esta monstruosidad destruyendo el gran arte?”. Hacia el final de la película, la chica está encerrada en un túnel en plena Edad Media. De pronto una pared suena a hueco y ¡oh, sorpresa! ¡En esa pared está ese relieve románico intacto! Y, lo más importante, la chica se da cuenta de quién había sido tan hijoputa de cargárselo. “¡¡¡Era yo!!!” exclamó. Y un nuevo género cinematográfico quedó acuñado en nuestros corazones. Por supuesto, otro tío dice “¡¡¡Era yo!!!” al final de la peli, cuando se da cuenta de que la escultura de un tío sin oreja “¡¡¡Era yo!!!”. Por supuesto, lo aprende por las malas, cuando su apéndice auditivo es rebanado por un señor medieval desalmado.

A raíz de “Timeline”, hay que decir que toda película de viaje en el tiempo que se base en la teoría de los universos consistentes acaba cayendo en el “¡¡¡Era yo!!!”. ¿Qué significa ese palabro? Pos mu fócil. Si viajas en el tiempo, hay dos opciones. La primera, que con tus acciones cambies el devenir del mundo tal cual lo conocemos. Por ejemplo: matar a Hitler. Estaríamos en una peli del tipo “Regreso al futuro”. La otra opción, la del universo consistente, impide cambiar nada. Antes bien, la historia es cómo es porque ya contiene tu viaje en el tiempo. Así, si viajases a Austria para matar a Hitler, lo más probable es no sólo que no lo encontrases sino que, además, te follases y preñases a la futura madre de Hitler. Esta es la diferencia entre “Terminador 2” (mal) y “Terminador 3” (bien).

Así pues, grandes películas de viaje en el tiempo con universos consistentes y, por cojones, con “¡¡¡Era yo!!!” serían la soberbia “Doce Monos
(la mejor de Terry Gilliam) y “El final de la cuenta atrás”. ¡Sus las veáis!


¡¡¡No era yo!!!

La aparición de este subgénero es inevitable. En su forma más primitiva tenemos, una vez más, a Hitchcock con la filogay “Alarma en el expreso”. En dicho film se le hace creer al protagonista que nunca hubo una viejecilla en un tren, sino que todo es producto de su imaginación. “¿Era yo?” se debe preguntar el prota. Pero no, al final no era él.

Más profunda es, sin embargo, “El rapto de Bunny Lake” del sórdido Otto Preminger. La columna vertebral de la película es saber si esa niña, Bunny Lake, que la madre dice ha desaparecido, existe o es sólo un producto de su imaginación. La policía piensa esto último no sólo porque abunden indicios sino porque la madre es… ¡¡¡¡soltera!!! ¡¡¡¡Y por elección propia!!! (recordemos que es una peli de 1964…). Lo más interesante de la película es cómo Preminger administra la información para que pensemos que la niña es ficticia: entre otras cosas, nunca la muestra. A ese respecto, habría que comparar “El rapto de Bunny Lake” con la reciente “Plan de vuelo: desaparecida”. En los fascinantes treinta primeros minutos de esta última, vemos muchos y extraños planos de Jodie Foster con su hija pero, como todos ya estamos acostumbrados al “¡¡¡Era yo!!!”, pues nos imaginamos que es una ilusión y que Bruce Willis estaba muerto. Ay, no, eso es otra película… Por supuesto, al final de ambas las dos cintas, las niñas existen. ¡¡¡No eran ellas!!!

En la película “El Escondite” ya no es la niña la que no es ficiticia. Para variar, es ahora la chunga infante llamada Dakota Fanning la que tiene preocupada a su pobre padre- a la sazón Robert de Niro – hablándole de un señor llamado Cahrlie que le dice toda suerte de inconveniencias. Cualquier persona normal sabe que nadie contrata a De Niro para que haga de buen señor sobrio. Eso ya lo intentó en la ignominiosa “Enamorarse” y ninguna persona de bien temerosa de Marx se lo ha perdonado. Así que, a mitad de la película, lanavajaenelojo, medio dormida en el sofá, me dijo “Tengo una teoría sobre esta película”. Creo que, a estas alturas, ya sabemos que “teoría” es sinónimo de… Sí, de “¡¡¡Era yo!!!”. De Niro era Charlie y la vergüenza ajena volvía a desfilar triunfante.

Otra variante del no era yo está en la camp kitsch trash y, a la vez, magistral “Canción de cuna para un cadáver” de Robert Aldrich. En ella, Bette Davis vive traumatizada por haber matado hace trainta años a su marido, pero, al final… ¡¡no era ella!! Era el cabrón de su doctor, Joseph Cotten, que se lo había hecho creer… Supongo que lo haría con el convencimiento de que, décadas después, ese film sería citado en este magno artículo.


¡¡¡Eran el mismo señor!!!

Al César lo que es del César: el final de “El club de la lucha” se veía venir a la legua, pero Edward Norton tiene el dudoso honor de ser uno de los principales actores “¡¡¡Era yo!!!” después de su actuación el “Las dos caras de la verdad”. Si en una tenía múltiple personalidad, en la otra era todo mentira, que dirían Pimpinela. Entre la de Richard Gere y la de Brad Pitt, me quedo con la primera mil veces. De hecho, creo que la definición de gafapasta oligofrénico en la enciclopedia Espasa es “Le parece magistral “El club de la lucha” o “Se creía que Matrix se planteó originalmente como una trilogía”. Ahora mismo no estoy seguro.

¿A quién tenía que buscar el detective?

¡Pues a él mismo! La verdad es que, en un despropósito como “El sueño eterno” de Howard Hawks lo podrían haber hecho y no hubiese pasado nada. Feck, hasta Bogart podría haberse empelotado, enseñar el potorro, y decir que era su propia abuela y todo habría sido coherente con el desarrollo del film. Pero no. Hubo que esperar hasta que el gran Alan Parker nos regalase “El corazón del ángel” para tener el primer “¡¡¡Era yo!!!” detectivesco del cine. Robert de Niro – again – contrata al guarro de Mickey Rourke para que busque a un hombre malo de la pradera. ¿Tengo que contar el final? El problema es que, a mi por lo menos, me dio igual que Mickey Rourke fuese él: la complicada escena de menstruación de Lisa Bonet eclipsó al resto de la peli. A Bill Cosby se le debieron caer todos los pelos del escroto de golpe cuando vio aquello.


Hubo, pues, que esperar a “La noche de los cristales rotos” de Wolfgang Petersen para tener un verdadero clímax detectivesco erayoíco. En esta peli, Tom Berenger tiene un accidente que le provoca no sólo tamaña amnesia sino también una reconstrucción facial. Investigando las extrañas circunstancias del accidente, cree que su mujer – Greta Scacchi – y el amante de ésta estuvieran en compló para asesinarle. Pero, al final… ¡él era el amante! Curiosamente, este tipo de amnesia, que es al que estamos más acostumbrados en las películas, es el menos frecuente. Lo más habitual es la amnesia a corto plazo que tan bien retrató la magnífica “Memento”. Ni que decir tiene que de la amnesia el “¡¡¡Era yo!!!” hay un paso, y “Memento” no duda en darlo. El prota, Guy Pearce, se lanza a una búsqueda desesperada del asesino de su mujer sólo para que, al final, el espectador descubra, que fue él quien accidentalmente la mató por sobredosis de insulina. Incapaz de aceptar el hecho, el protagonista se inventa una trama de malos para investigar sin fin. Eso sí, la peli es tan complicada que esto último nadie lo pilló, como también ocurrió en otra película sobre la amnesia. En este caso, nos referimos a una variante de la enfermedad llamada fuga psicogénica. En ella el enfermo huye de su entorno experimentando amnesia total o parcial respecto a su vida anterior. De esta forma, puede construirse una nueva identidad y, ya que estamos, protagonizar una película del género “¡¡¡Era yo!!!”. Esto es lo que ocurrió en la inconmensurable “Carretera Perdida

de David Lynch. Pero, como ya dijimos, al igual que con “Memento”, nadie entendió que Bill Pullman y Baltazhar Getty eran la misma persona. Hubo que esperar algo más para conseguir otro “¡¡¡Era yo!!!” detectivesco que se entendiese. Eso sí, menuda frikada de peli.

La marcianada en cuestión fue “Wallace y Gromit: La maldición de las verduras”, donde los múltiples desvelos del anormal de Wallace por encontrar al conejo malvado que desbarata todos los huertos de la oligofrénica e inglesa comunidad en la que reside… ¡¡¡era él!!! Pero creo que el espectador medio estaba más pendiente del monederito filogay del cual el perro asesino sacaba sus peniques. Qué se le va a hacer…


¡¡¡Era un cachondeo!!!

Scary Movie 3” fue una llamamiento a la cordura en medio de tanto caos y despelote erayoíco. Hacia el final de la película, a la protagonista le revelan que su hijo es ficticio. Turbada, comienza a replantearse el mundo, descubriendo , con estupor, que Papa Noel también era ficticio. Hasta Leslie Nielsen, que hace presidente de los USA se plantea si es real o ¡¡¡era ella!!! Para poner orden en el caos, la pobre mujer, a voz en grito, ordena a todos los personajes de la película que se coloquen a la izquierda si son reales y a la derecha si son ficticios. Esto es: si eran ella.

Desafortunadamente, los productores de la película debieron encontrar todo esto muy intelectual (o una falta de respeto al noble género del “¡¡¡Era yo!!!”, vaya usted a saber…) y cortaron este final, condenándolo a ser un mero extra del Dvd. Y, de aquesta manera y modo, no se pudieron prevenir varios “¡¡¡Era yo!!!” que traspasaban los límites de la vergüenza ajena.

En primer lugar, tenemos la peli de terror gabacho “Haute Tension”, adaptación del relato “Intensity” de Dean Koontz. El director, Alexandre Aja, se vió en la obligación de creerse más listo que nadie (por aquello de estar haciendo un remake…) y decidió darle un giro original a la historia. ¿Adivinan ustedes cual? Sí, al final, el asesino Santiagosegúrico que perseguía a la prota, Cécile de France, y a su bollérico objeto del deseo, tras haber asesinado a la familia de esta última… ¡¡¡era la propia prota!!! Estuviera yo en el cine y, a la que veo que un asesinato es filmado por una cámara de seguridad, ya me quedó clarérrimo que, al final, vería la cinta de video demostrando que la asesina… ¡¡¡era ella!!! El problema no es que se vea venir, sino que no tiene ningún sentido ni coherencia con el resto de la peli. Es un pegote innoble que degrada, aún más, a este nuestro género.

Lo mismo ocurre en “Llamada perdida 2”. Si en la primera parte, rodada por ese incomprensible ídolo de gafapastas que es Takashi Miike, la historia hacía múltiples aguas y el final no se entendía, en la segunda parte, para añadir insulto al dolor, deciden perpetrar tamaño cristo narrativo y, cuando uno ya se quiere abrir las venas, de pronto se encuentra con un chinillo grabando una escena con su videocámara. En ese momento, empiezo a preguntarme qué sentido tiene en el conjunto de la trama que “¡¡¡Era ella!!!” y no consigo encontrarlo. ¿Era ella la asesina? ¿Qué hacía yo viendo aquello? Para cuando llegó el momento en el que lo grabado por la videocámara del chinillo nos daba la monumental sorpresa de que “¡¡¡Era ella!!!” no había logrado entender nada aún. Ni a día de hoy. Sólo recuero el estupor de lanavajaenelojo quien, viendo la peli conmigo, y habiendo renunciado a entenderla, dijo “¡¡¡¿¿¿Cómorl???!!!” y yo, tranquilamente, le respondí “No, si ya lo sabía yo…”.


¡¡¡Todos eran yo!!!

En medio de tanta sinrazón, la película “Identidad” decidió lanzarse al abismo y cachondearse del espectador con cierta elegancia. En ella, varios personajes, a cada cual más friki, se reunen por extrañas circunstancias en un hotel y, de pronto, comienzan a ser asesinados. Hacia el final de la película nos damos cuenta de que todo sucede en la mente de un perturbado con personalidad múltiple, que intenta conseguir que sólo una de sus personalidades de imponga al resto. ¡¡¡Todos eran él!!

La peli merece nuestra aprobación con ciertas reservas. Todo lo contrario que “En nombre de Caín”, que merece nuestro amor incondicional: el travestismo múltiple al que se somete John Lithgow para hacer la mitad de los papeles de este desquiciado film es un monumento al despelote que justifica el brillante tagline de la pinícula: “De mente, De generado, De pravado, De Palma”. Si no AMAS esta película, que te jodan sin mantequilla, hombre ya.



¡¡¡Era España!!!

Y termino este artículo con una nota patriótica, porque yo no digo “el estado español”, sino que soy de los que se le llenan la boca de España. Y respeto a la selección.

¿Cuál es la cumbre del “¡¡¡Era yo!!!” patrio? Resulta tentador volver a echar mano de Victoria Abril y Almodóvar, como hice con lo de las masturbaciones. En este caso, sería en la única escena buena de “Tacones Lejanos”. En ella, Victoria Abril, locutora del Telediario, da la noticia de la muerte de su marido. A mitad de la noticia, dice a todos los hogares de España que no es necesario proseguir con las pesquisas policiales, porque el asesino de su marido “¡¡¡Era yo!!!”.

Sí, resulta tentador, pero, en su lugar, hay que quedarse con el fascista de Sanz de Heredia y su clímax final de la inmensa “Historias de la radio”. En él, un pobre hombre va a un concurso radiofónico para conseguir el dinero que su pobre nieto necesita para una operación. El locutor es más borde que Carlos Sobera con diez lonchas encima y le hace, una tras otra, múltiples preguntas para putearle. Con gran tensión, el vejete las logra responder, hasta que llega la última, la más hijaputa… No lo cuento, mejro véanlo. Eso sí, creo que está muy claro cuál va a ser el final. ¿No?



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