30 noviembre 2006

Mi novia está explotada en el trabajo y yo me aburro mucho: Las pelis post-apocalípticas italianas

Efectivamente. Justo después de acabar el master, mi novia ha entrado a trabajar en una empresa de publicidad famosa por hacerle a sus trabajadores lo que el resto del mundo querría hacer con Scarlett Johansson.

Una gran oportunidad para volver a regodearme en mi chunguez y seguir viendo películas espantosas de mis tiempos de videoclub. Porque recordémoslo: lo importante de las pelis cutres de género de los 80 era lo mucho que se curraban las carátulas, y eso se queda en la mente de un chaval cual canción de Milli Vanilli.

En principio, el objetivo era concluir el repaso a las películas de bárbaros de mi infancia. Pero la experiencia de ‘Hawk the Slayer’ fue más de lo que un ser humano está dispuesto a auto-inflingirse. Porque una cosa es que los italianos entreguen bazofia tras bazofia. Pero de un film inglés de recuerdo nebuloso puedes esperar una cierta solvencia. Pues no. No sólo tiene la misma originalidad que un capítulo de Benny Hill, sino que encima gasta menos dinero que uno de ‘Dentro del laberinto’. Sólo que en lugar de estar todo rodado en cuevas de cartón piedra, se nos deleita con planos del mismo bosque atrezado con dos o tres mesas. Por no olvidar el lado actoral. El protagonista tiene menos registros emocionales que Keanu Reeves haciendo de sonámbulo (y, a pesar de eso, ha seguido teniendo trabajo: actualmente es el padre de Jack en ‘Perdidos’). Pero la pena más grande es ver a Jack Palance, una vez más, con un gorro de carnaval. Después del retrete portátil de ‘Outlaw of Gor’, el nuevo villano interpretado por el fallecido ganador del Oscar se ve forzado a llevar una escupidera con una espumadera pegada a un lado. Que, por si a alguien le interesa, le sirve para tapar su desfigurado rostro, el cual es lamido a distancia por medio de rayos láser por un demonio todopoderoso que no hace nada en toda la película. Toma ya.

Pues bien. Esta experiencia descorazonadora hizo que cambiara de planes. Dejando a un lado un ramake bárbaro de Yoyimbo con David Carradine y una coproducción hispano-americana con absolutamente nadie, decidí volver a los italianos. Porque de esos siempre me espero, de entrada, lo peor y no puedo llevarme desilusiones.
Pero el ciclo de barbaridades encontrables por Internet estaba un poco agotado, y, a la espera de tener la ignota ‘Thor el conquistador’ en mi disco duro, volví la vista a otra serie de películas que nuestros amigos sórdidos perpetraron con la misma voracidad a principios de los 80, justo un año antes de la fiebre de Conan...

En 1981 se estrenaron dos filmes esenciales en la historia del cine fantástico futurista: ‘1997, Rescate en Nueva York’ y ‘Mad Max 2’. Esenciales no sólo por su calidad, sino por lo que supusieron para varios productores de serie Z a lo largo y ancho del mundo: dos ideas fácilmente plagiables tanto por separado como combinadas. Y eso es algo muy importante, por el daño neuronal que causó en una generación de chavales que acudía hambriento de producto a los antiguos videoclubes. Como yo.
En Estados Unidos, la fiebre ‘Mad Max ‘2 dejó sendos clásicos del cine espantoso. Por un lado, la mítica ‘Megaforce’, que confieso no haber visto, pero que siendo del director de ‘Los Caraduras’ sólo puedo esperar un buen cachondeo. Por otro, ‘Cazador del espacio (Aventuras en la zona prohibida)’, que no es tan mala y que, encima, era en 3D. En el mismo formato se rodó ‘Metalstorm, The Destruction of Jared-Syn’ (¿no es un título adorable?), la cual venía con la garantía de Charles Band. Y con ‘garantía’ quería decir ‘líate la manta a la cabeza y échate a temblar’.
En Filipinas, el peligroso Cirio H. Santiago atacó con ‘Stryker’, finstro de poster memorable, pues comprendía perfectamente que la estética leather erótica de ‘Mad Max’ era lo que vendía más entradas. Una pena que no haya conseguido encontrar una foto. Lo mejor es que, al igual que cierto clon de combate de Tiburón que hizo Castellari, la peli era un plagio tal de la serie de George Miller (en vez de gasolina, faltaba agua, y, según cuentan, todo se solucionaba con un diluvio) que en España se distribuyó como ‘Stryker – Mad Max 3’

Y luego, están los italianos, que fueron capaces de esputar un buen puñado de películas en apenas tres años. Y muchos de los sospechos habituales del género entraron a saco. El panadérico Enzo G. Castellari (una vez más) nos dio su binomio del Bronx protagonizado por el amigo Mark Gregory, un tipo que parecía sacado de una portada de cassette de heavy de gasolinera italiana. Éstas bebían principalmente de ‘Rescate en Nueva York’ y, con todo, tenían cierto ritmo. Poco después, el avieso Joe D’Amato haría una especie de secuela apócrifa (atención: aprovechar el éxito de una película serie Z que fagocita el de otra americana. Joe tenía menos vergüenza que Borat) titulada ‘Bronx, Lucha final’. Lo cachondo es que probablemente sea su mejor película. Al menos, parece ser que era su favorita. Así que decidí empezar por ahí.
Porque tengo serias lagunas en esta serie de flims. Mi problema con todos estos clones fue de edad. Por si no se recuerda, ‘Mad Max’ fue una de las películas no eróticas que se ganaron una bonita ‘S’ en España. El resultado es que no pude ir a verla al cine. Naturalmente, también me vetaron la secuela y todo lo que oliera a copia de ésta. Así pasé media infancia fascinado por las portadas de estos películos, que prometían un mundo de aventuras y acción sin límite que no estaba a mi alcance. Desde aquí agradezco a mis padres la prohibición, pues si con esa edad me hubiese expuesto a otra cosa de Joe D’Amato después de Ator, habría acabado peor de lo que estoy.

Pero ahora puedo resarcirme y perder mi tiempo miserablemente recuperando estas perlas del pasado. Total, hay gente que se dedica a quitarse la espinita de acabarse juegos de spectrum y recreativas gracias a los emuladores. Lo malo es que yo también soy uno de esos.

De esta manera, no tardé en ponerme manos a la obra con ‘Bronx Lucha Final’, más conocida por Internet por el título americano de ‘Endgame’. Unos meses antes, D’Amato ya había cometido su irrupción en el género con ‘Anno 2020 - I gladiatori del futuro’ (que al menos tenía uno de los posters más chuletes de todos). Quizá intentando mejorar el resultado de aquella, probablemente por pura inercia, volvió a reunir a un equipo muy similar (hasta el punto de co-dirigir ambas con el amigo Luigi Montefiori, alias George Eastman, alias Gomia, alias el tipo alto de barba de las pelis chungas italianas de los 80) y, según dicen, se marchó a las mismas localizaciones (un cacho de desierto feo y una fábrica abandonada) para hacer su obra magna.
La idea principal de la película es la de un programa de televisión en una sociedad futurista, el cual es utilizado por el gobierno totalitario para aborregar al vulgo. En él, un grupo de gladiadores persigue a un concursante. Una trama que, si suena familiar, es porque es casi la misma que la novela (y posterior película) ‘The Running Man’, de Stephen King. Que, a su vez, era sospechosamente similar a una historia de un tal Robert Sheckley. ¿Plagio continuado o grandes mentes pensando igual? Da absolutamente igual.
Porque D’Amato pronto abandona la trama del juego y sale de la fábrica abandonada, quiero decir, de la ciudad en ruinas (esto es, los momentos ‘Rescate en Nueva York’) para entregarse a una aventura en el desierto con persecuciones, motos y monjes guerreros ciegos (salvo por lo último, los momentos ‘Mad Max 2’)
Y es ahí donde la peli cobra más vidilla. Se nota que esta vez, el amigo Aristide (verdadero nombre de Joe) se entregó más a su película. Se nota cierto cariño y no la mera intención de hacer un producto de explotación. ¡Si incluso sale Laura Gemser y NO ENSEÑA LAS TETAS!
¡Que estamos hablando de la mismísima Emanuelle negra (con una sóla ‘m’ por aquello de los pleitos por plagio), la cual seguro que, cual Valerie Astro, no salía en las películas vestida a no ser que lo exigiera el guión! ¿Quería D’Amato hacer un verdadero espectáculo para todos los públicos? ¿Es que iba en serio esta vez? Pues teniendo en cuenta sus declaraciones, puede que sí.
Pobre en la realización, triste en sus recursos y patética en su protagonista (el único hombre con menos labio que Kenneth Branagh), sospecho que ‘Bronx, Lucha final’ es, sin embargo, una película hecha con amor, por lo que podría ser de lo mejorcito y menos doloroso que me deparará esta nueva aventura en las entrañas de la serie Z italiana. Así de bajas tengo las expectativas.

Por lo tanto, he decidido seguir adelante con más títulos. El primero será, como no, una de Lucio Fulci: ‘Roma, Año 2072 DC, Los Gladiadores’, una cuya trama parece muy similar a la de ‘Bronx: Lucha final’. A continuación, tengo en parrilla ‘2019, tras la caída de Nueva York’, que, por lo que sé, será mi primer encuentro con el temible Sergio Martino. Que dios me pille confesado.

27 noviembre 2006

Ente onvre (part III)

Podría parecer que en un trabajo vinculado al audiovisual se conoce a muchos personajes curiosos. Pues no. La mayoría son culturetas chungos o, peor aun, actores. Algunos pensarían que La chistorra de mi hermano, inmortal mote que se ganó una pseudointérprete que en una fiesta se lió con casi todos los presentes para luego amenazar con tirarse por el balcón de un segundo piso, merecería un lugar en esta serie de artículos. Y estarían equivocados, pues esas actitudes son menos fascinantes que los grandes éxitos de la Onda Vaselina.

Estos dos personajes sí que merecen un lugar en este pandemonio de vicisitud:

Grabriel, el neojebi del cacaolat

Grabriel es un rico heredero neojebi. De esos que no son fans de Iron Maiden, pero que tienen todos los discos de In Flames. Ahora sí, su larga melena está muy adecuadamente acondicionada y cuidadita como la de un buen cock rocker, lo cual no nos deja lugar a dudas de que es un putero de corazón.
Grabriel no tomó otra cosa que cacaolat hasta los tres años. Lo que sin duda explica muchas de sus idiosincrasias. O eso espero, pues en caso contrario perdería mi fe en la raza humana.
Pero Grabriel es mi ídolo simplemente por realizar una hazaña heroica digna de Franco Nero o cualquier onvre con bigote: es el primer y único jebi que ha entrado en un bar gótico y ha pedido una horchata. Y creo que eso es suficiente para considerarlo como una entrada válida en esta serie. Mucho más que cualquier otra persona de más amplio currículo de chunguez. O que una actriz.


El Ciudadano Soberano

Si la idiosincrasia fuera un bocadillo de chope, el Ciudadano Sobreano acabaría con el hambre en el mundo. Este gran señor es el mayor experto en España (¿o el planeta?) en democracia participativa. Es, así mismo, profesor de filosofía del derecho en la pintoresca Sevilla y e investigador en la lejana Harvard. Es lo que se dice un HOMBRE RESPETABLE.
Pero el Ciudadano Soberano, pseudónimo que se debe al título de su primer valium-libro, es, cual Gollum de la vida, un señor de dos caras. Esto es, un ONVRE DE VERDAD.
Su sordidez ilimitada comienza por su afición a una estrella esencial del celuloide: el mono Clyde, para él el actor más carismático de la historia sólo por detrás de los hermanos Hanson, la santísima trinidad del secundario chungo. También es fan absoluto de Alf. Permítanme repetirlo: de Alf. La serie más vilipendiada y menos reivindicada de todos los clásicos ochenteros. ¡Eso sí que es actitud! Por no mencionar ese gran DVD de Epi y Blas (¡en brasileño!) que no cejó de ver un buen día en pleno viaje internacional en su reproductor portátil ante el asombro de sus compañeros de periplo.
Pero lo que hace más particular a ente onvre es su gran afición hacia lo escatológico. Sólo El Ciudadano Soberano es capaz de cagar con la puerta abierta cuando hay visita. Sólo él puede escribir sobre el ‘Greater London Council’ mientras hace bolillas de cascarrias. Claro homenaje, por otra parte, a ‘Pelotilla’ el gran personaje de La revancha de los novatos.
Con todo, su mejor momento se produjo durante una excursión al campo. El Ciudadano salió del coche en el que viajaba conmigo a hacer ejercicio. Se adelantó un poco, pues era un camino forestal por el que íbamos a 5 km/h. Y al rato, ahí en lo alto de un cambio de rasante, apareció esa imagen icónica, casi mística, que me acompañará hasta la tumba: Este gran señor, cagando cual Borat de la vida al lado de la carretera. Cualquier persona sin personalidad ni idiosincrasia se habría metido un poco en el campo. Pero El Ciudadano es Soberano y, cuando se ruraliza, caga donde quiere, pase el coche que pase.
Por todo esto admiro y amo a este pro-onvre sórdido. Este jrande de España. Esta persona de inigualable lucidez. Porque el Ciudadano Soberano… ¡es mi hermano! (coño, parece una canción de Pimpinela). ¡Compren su libro y apoyen así su estilo de vida! ¡Seamos todos ciudadanos soberanos! ¡Que si los royalties son buenos, lo mismo me cae algún buen regalo por navidades!
Actualización: Tras el comentario de La navaja en el ojo, Mosca cojonera ha realizado esta obra artística de inmejorable diseño gráfico que puede ilustrar a la perfección ese viaje del sr. Paco Fox junto con Ciudadano Soberano.

26 noviembre 2006

Elegía a Robert Altman, uno de los más grandes

El 20 de noviembre recibíamos consternados la noticia de la muerte a los 81 años de Robert Altman, una gran pérdida para los cinéfilos del mundo, ya que este gran autor permanecía en activo, y muy en especial para los sórdidos, puesto que, aunque la industria y la crítica acaben siempre comulgando con ruedas de molino y subiéndose al carro de los que al principio tanto habían denostado, Altman era uno de los más puros y bellos ejemplos de iconoclastia, irreverencia y sordidez. Cuando la palabra independiente se ha convertido en una vomitiva etiqueta que utilizan los últimos directores culturetas trepillas que aspiran a entrar en Hollywood, o los miles de nuevos grupejos musicales indistinguibles entre sí que perpetran el penúltimo pastiche de los Beatles, conviene recordar que sí existen, o al menos existieron, indies de verdad, francotiradores con un estilo personal, y que este hombre fue uno de los pioneros.

¿Por qué Robert Altman debe ser referente de la comunidad sórdida, y todo sórdido de pro que no conozca sus películas debe descargárselas, verlas y reverenciarlas? Primero por su actitud ante el cine: Altman anteponía la cantidad a la calidad. Frente a idiotas sobrevalorados como Kubrick, que desesperaban a su equipo durante horas para decidir si la cámara debía estar colocada un milímetro más arriba o más abajo, y se echaba años para hacer una peli que a veces era buena, a veces regular, y a veces un pestiño, nuestro hombre, como Woody Allen, David Bowie, Corín Tellado, y todos los realmente grandes, prefería ser prolífico y hacer muchas pelis y rápido: unas saldrían mejor y otras peor; la mayoría, bastante mejor que las de los perfeccionistas. Su concepto televisivo de la inmediatez y de captar la espontaneidad de los actores en el momento le llevó a la estética y moralmente sublime decisión de optar masivamente por el zoom, el más bello y sórdido de los recursos narrativos del cine. Por si eso fuera poco, se especializó en un cine, más que coral, multitudinario, con cantidad de personajes que pasan por ahí, pronuncian diálogos improvisados, a poder ser hablando todos al mismo tiempo, preferentemente fuera de campo, mientras la cámara se detiene en objetos absurdos que no tienen relación alguna con la trama. Altman inventó el cine de los años 70, lo practicó con gran alegría, y lo mejor, siguió viviendo en la sordidez setentera para los restos.

En conclusión, ¿cumple Altman todos los requisitos para ser aspirante al título de mejor cineasta ever? Hagamos un sencillo test para comprobarlo:

1. ¿Sus pelis tienen despelote? Síííí, generalmente muchos y joviales.

2. ¿Hace cine familiar como el memo de Spielberg? Nooooo, sus pelis, por temática y forma, son para público adulto.

3. ¿Tiene moralina y contenido social didáctico y paternalista del gusto de progres fans de Fernando León? Noooooo.

4. ¿Por el contrario, lejos de querer ser edificante, muestra a personajes con chungueces psicológicas variadas, incluyendo esquizofrenia, dillingerismo, suicidio y demás transtornos que provocan la vicisitud de los espectadores? Sííííí.

5. ¿Su cine es de postalitas bonitas y musiquilla suave, como las gilipolleces de moda de Wong Kar Wai y Sofia Coppola? Nooo, es anárquico y guarro.

6. ¿Acaso tiene entonces un tono grave, pomposo y pretenciosamente desagradable à la Michael Haneke o Lars Von Trier? Nooooo, estamos hablando de alguien listo, con sentido del humor y que nunca caería en la obviedad ni la sociología de salón

7. ¿Utiliza el zoom? Sííííí, sólo Claude Lelouch y Valerio Lazarov se pueden poner a su altura.

8. ¿Va de rebelde por pose y luego mataría a su madre por ganar el Oscar y dirigir blockbusters con Tom Cruise, como el engañabobos de Spike Lee? Nooooo, siempre que lo han nominado al Oscar ha acudido a la ceremonia sin montar pollos infantiles para llamar la atención, y cuando no lo han nominado se la ha traído floja.

Sé que todos estos argumentos habrán convencido de sobra a los lectores con criterio, mientras que el resto ya hace tiempo que habrán dejado de leer y estarán escuchando el nuevo disco de Alejandro Sanz, así que ahora paso a hacer recomendaciones para los que deseen hincar el diente en la filmografía altmaniana. Podría hablar de MASH, pero es una comedia hippiosa coyuntural sin importancia, o de obras de más interés como Nashville y Un día de boda, típicos productos altmanianos. Están bien, pero si son tan imprudentes que quieren seguir mi consejo, ahí van mis altmaniadas predilectas, rigurosamente ordenadas de menor a mayor nivel de depravación:

The player / El juego de Hollywood (1992)

Si usted ha visto demasiado a menudo el programa de Garci, comete el grave error de leer críticas de cine en los periódicos o, peor aún, compra la revista Dirigido, y por lo tanto tiene problemas para asimilar la sordidez, puede entrar en Altman sin indigestarse demasiado con esta peli, que después de todo comienza con un gran plano secuencia tipo Orson Welles, aunque con gente hablando fuera de campo. A continuación vienen 120 estimulantes minutos de un curioso híbrido entre un anti-thriller donde a nadie le importa si el asesino será castigado o no, y una crítica al sistema de producción hollywoodiense. Entre otras joyas, podemos disfrutar de ejecutivos pensando en hacer una secuela de El graduado que sea un producto de terror en la línea de Psicosis, o a Whoopi Goldberg haciendo de comisaria que interroga a un sospechoso mientras juega con sus tampones.

Short cuts / Vidas cruzadas (1993)

Otro de los Altmans más apreciados por la crítica, y por lo tanto todavía softcore comparada con otras, aunque la cota de chunguez ya va subiendo peligrosamente respecto a The player. Nuestro hombre capta a la perfección el espíritu de Raymond Carver, un escritor tan sórdido como él, en una adaptación que bucea en la América menos edificante a través de las pequeñas historias de muchos personajes unidos por pequeños lazos. Quien espere una peli amable de valores cristianos tipo Grand Canyon o Crash se horrorizará ante Annie Ross cantando To hell with love, Lori Singer suicidándose, Huey Lewis orinando en un río y descubriendo un cadáver en el agua, Jennifer Jason Leigh atendiendo el teléfono erótico mientras da de comer a su bebé, o Tim Robbins de policía chuloputas que intenta usar el uniforme para ligar ante la gran indiferencia de su mujer, que pasa de todo. Aunque la mejor escena del film es Julianne Moore demostrando que es pelirroja auténtica cuando una copa de vino cae sobre su falda, se la quita y descubrimos con gran regocijo que no lleva bragas. Como decían en la obra maestra de John Waters Cecil B. Demente, ¡queremos desnudos frontales!

Gosford Park (2001)

En sus últimos años, nuestro hombre adquirió el insólito talento de vender al público masivo propuestas de lo más iconoclasta. Sin que podamos entender como, Gosford Park se coló en los mejores cines de las ciudades como peli de época con intriguilla tipo Agatha Christie, y lo que es más, el público no levantó una ceja ni salió echando pestes ante una depravación de tres horas con montones de personajes hablando a la vez y fuera de campo, un sinfín de pistas falsas acerca de un asesinato cuando es evidente que al director le importa un rábano quien es el asesino, y una peli típicamente inglesa ambientada con música jazz. Quien esperara un drama eduardiano sobre caballeros con altos valores o ideales románticos la llevaba clara, y no digamos quien pensara que Altman es un Ken Loach de la vida e iba a hacer un discursito maniqueo y demagogo sobre lo mala que es la clase alta y lo buenos que son los criados ...

Dr. T and the women / El doctor T y las mujeres (2000)

Entramos ya en el Robert Altman totalmente hard, que, sin embargo, consigue otra vez camuflar como comedia para marujas con Richard Gere una peli que es todo un catálogo de personajes alienados a cada cual más delirante. Servidor se lo pasó bomba ante la mismísima Farrah Fawcett empelotándose en un centro comercial pijo delante de la tienda de modas Godiva, una guía turístico informando del punto exacto en el que Kennedy fue asesinado mientras la cámara muestra a los coches pasando por encima con toda la indiferencia (me imagino el gran escándalo de Oliver Stone ante la escena), o un bellísimo final donde un vendaval metafórico irrumpe sin contemplaciones en una boda.

The gingerbread man / Conflicto de intereses (1998)

Imagínense que un ejecutivo oligofrénico de Hollywood buscara un director de prestigio para el último bodrio basado en una novela de John Grisham, leyera por ahí que Robert Altman tiene nominaciones a los Oscar, y se le ocurriera llamarlo para dirigir la peli. Bien, pues este sinsentido no fue un suceso sino que fue verdad, y el demencial resultado es esta obra. En teoría, como todos los guiones-basura de Grisham, se supone que estamos ante un relato de género en el que un íntegro y sanote joven busca la verdad oculta, pero al director, como a cualquier persona con dos dedos de frente, esa historia se la suda y se dedica a aniquilarla sembrando la confusión con una puesta en escena de planos con espejos, un recital de zooms, y, por enésima vez, gente hablando sin parar fuera de campo. Robert, el mainstream no era lo tuyo.

Come back to the five-and-dime Jimmy Dean Jimmy Dean (1982)

De entre toda la subproducción que hizo Altman durante los 80, destacaremos su peli más gay, la filmación de una obra teatral estilo Tennessee Williams con varias mujeres que se reencuentran en su pueblo después de muchos años sin verse: el psicodrama y los tirones de pelos están garantizados. Para mayor petardeo, una de ellas es Cher, y la misteriosa visitante que se une al grupo acaba desvelándose como el mejor amigo de todas en la adolescencia, que ahora es transexual. ¿Qué hacen que no se la están bajando?

Images / Imágenes (1972)

La obra más Dillinger de nuestro hombre, con clara influencia de pelis tan alegres como Repulsión de Polanski, y con el gran agravante además del setenterismo y los zooms. Trata de las visiones de una mujer, un poco alienada ella, a la que se le aparece el fantasma de un antiguo amante muerto años ha. Cuando la visitan unos amigos, ni ella ni el sufrido espectador saben si estos personajes son reales o forman parte de su delirio. Robert Altman entrando en el cine fantástico, no se lo pierdan.

Fool for love / Locos de amor (1985)

Si usted es de los nuestros, un sórdido recalcitrante e impenitente que no tiene bastante con todo lo anterior, entonces está en condiciones de ver la obra más enajenada de Altman, que no es decir precisamente poco. Un psicodrama incestuoso de primerísimos planos, sinfín de zooms, y donde la esquizofrenia campa a sus anchas. Si la resisten entera preocúpense, pero si además les gusta y, sobre todo, si la entienden y le encuentran lógica, pidan ayuda antes de que sea demasiado tarde y acaben escribiendo en este blog.

23 noviembre 2006

Borat: La cumbre de la vicisitud fílmica

Hace unos meses hacía una breve reseña sobre lo que para mí era la mayor vicisitud nunca perpetrada por un músico. Y justo ahora, el destino (o la mala suerte, según se mire), nos ha servido en bandeja el mayor producto de vicisitud cinematográfica de la historia.
Vergüenza ajena proyectada desde la pantalla con alevosía ha habido siempre. Tanto intencionada (sobre todo de la mano del idolatrado y odiado Peter Sellers y ese jran onvre llamado Blake Edwards) como casualmente (mis amigos Uwe Boll, Albert Pyun y toda la caterva de italianos ochenteros). Pero nunca había llegado a este nivel. Claro que tantos años de sordidez nos han preparado para esta cumbre. Así que, el fin de semana de su estreno, con la cara lavada y bien peinada, me puse voluntario para ver… ¡BORAT!


La película está escrita y protagonizada por un tipo sórdido que responde al nombre de Sacha (parece un personaje de El Osito Misha). No voy a ahondar en la carrera de este señor, que ya de eso se han encargado todas las revistas y sitios webs durante los últimos días. Sólo diré que, además de ser así de chungo, está liado con Isla Fisher, pelirroja de gran erotismo que salía haciendo de pija guarrilla en ‘De Boda en Boda’. Y sólo por eso, ya merecería todo mi respeto.


La película es un falso documental que sigue las andanzas por Estados Unidos de un supuesto reportero de Kazajistán (¿por qué no de Chiquitistán? ¿Acaso pensaban que en la américa profunda alguien sabría que es un país falso?) poniendo en aprietos políticamente incorrectos a todo el que se le pone por delante. Vamos, como el momento ‘Gibatrtá, E-pañó’ de ‘To Er Mundo e… ¡Mejó!’, pero con chistes de homofobia, xenofobia, misoginia (coño, parece una lista de enfermedades), pamelanadersonfilia y, por supuesto, cacafilia. Porque no hay nada más bello que un chiste de caca. Bueno, sí: Borat y su agente de 180 kilos peleándose. Totalmente desnudos. Ante todo un cine descojonándose. Y ni una persona saliendo despavorida de la sala en busca de ayuda psicológica.

¡Cine de calidad!

15 noviembre 2006

Ángel (espíritu libre) o el poder de la libertad

Autor: Panadero

A menudo me sucede, tanto viendo películas como en la vida diaria: por alguna extraña razón me desentiendo de los personajes principales, de los protagonistas, para quedarme hechizado por secundarios gloriosos, gentes que no se exceden de su línea de diálogo y se refugian en su discreto plano.


Es una idea que vieve a mí continuamente. Porque en el cine y la vida –que a veces vienen a ser sinónimos- ningún elemento de atrezzo es accesorio; ningún detalle es dejado al azar. La casualidad se funde con la causalidad haciendo que las historias más anónimas, los personajes más residuales, acaben siendo los más atractivos.

De aquí, de este gusto por esas anécdotas intrascendentes cargadas de importancia, es de donde viene mi fascinación por Ángel (espíritu libre). La primera vez que oí hablar de él fue a través de unos amigos, hace unos siete años. Al parecer, estaban en la plaza del Dos de Mayo un sábado por la noche, atracándose a patatas sabor vinagreta y cerveza, cuando se les acercó un tipo de aspecto hippie-folk que rondaría la cuarentena, con melena y barbas de mesías, talante comunicativo y pacífico. Era él.

El tipo iba de iluminado, intentando endosarles la grabación del disco de rock sinfónico que él mismo había compuesto y autoeditado. Claro, resulta que mis amigos eran modernikis, de los que llevan el pelo estilo coliflor, y aquello del rollo illuminatus de corte neo-cristiano les hizo muchísima gracia y se empezaron a mofar de él. Por suerte, entre ellos se encontraba Denver, más respetuoso y tolerante, y entabló una amena conversación con Ángel (espíritu libre) acerca de sus discos favoritos del sinfónico: Camel, Jethro Tull, Alan Parsons, Bloque

Esta anécdota ya se quedó en mi disco duro, pues me pareció admirable que un buen hombre saliese en plena noche madrileña a defender aquello en lo que cree, a vender su producto, abriéndose al diálogo con espíritus afines. Aunque ni volví a saber de él ni hablé más del tema. Hasta que en el verano del año 2000, después de una fiesta de techno-pop de los 80 en la sala Ocho y Medio, iba callejeando con mi amigo Denver a eso de las cinco de la madrugada. A esas horas se ve de todo en la Gran Vía madrileña: borrachines que andan sin rumbo fijo, musculocas, chinos vendiendo tallarines a precio de regateo, algún indigente despistado… Y Denver se acercó a uno de éstos.

-¡Ángel!

Entonces fue cuando le puse rasgos. En seguida asocié ideas y supe que se trataba del espíritu libre.

Estuvimos hablando con él sin prisas, pues a los tres nos hermanaba el gusto por el rock sinfónico. Y además
Ángel (espíritu libre) no tenía ganas de estar solo. Acababa de morir su madre y andaba meditabundo, quizás más de lo habitual en él.

Nos contó cómo empezó en esto del rock, el ambiente que se respiraba en su barrio, que es Vallekas, en los tan traídos y llevados años ochenta. Resulta que empezó en el heavy metal, y en esos ambientes estaba muy bien relacionado. Solía salir de juerga con los míticos Tritón y con muchos otros, pero no tardaría en darse cuenta de que el metal no era lo suyo. Un espíritu delicado y de tan altas aspiraciones como el de Ángel necesitaba otras formas de expresión.

No le gustaba la pose violenta que solían llevar los heavys. Una vez iba en coche con los Tritón, y éstos, por dar la nota más alta, empezaron a conducir montando el coche sobre la acera. Todo esto se empezaba a ir de las manos.

Pero el punto de inflexión vino con las drogas. Una vez, Ángel había tomado LSD. Estaba precisamente en el Dos de Mayo. Y se obsesionó con un banco. Cuando permanecía a un lado del banco, se sentía heavy. Si saltaba al otro lado, pasaba a sentirse sinfónico. Y así estuvo toda la noche, saltando el banco hasta que se decantó por el lado sinfónico de la vida.

El disco que grabaría pasados los años, el que iba vendiendo a los chavales del Dos de Mayo, contaba con portada de
Toro Bravo, famoso pintor, filósofo y profeta alcalaíno al que también he tenido la suerte de conocer, del que os hablaré en otra ocasión. Y lamentablemente no he escuchado el disco, pero me comentan que lo grabó con las guitarras desafinadas –confirmando una vez más que lo esencial es el entusiasmo-.

Después de aquella noche en que Denver y yo hablamos con Ángel (espíritu libre) no he vuelto a saber mucho más de él. Alguna vez se le ve tocar en la estación de metro de Bilbao, y en un par de ocasiones me lo he cruzado por la mañana en el bulevar de Vallekas, ya a horas tempranas con la lata de medio litro de cerveza –la que yo llamo la yonki-lata- en la mano. No me atreví a sacarle de su ensimismamiento. Los ídolos también se merecen un descanso.

No sé qué será de él ahora. Quisiera imaginarlo en el campo, bien lejos de la ciudad, respirando aire puro, fumando la mejor marihuana, rodeado de feligresas voluptuosas, flotando como el espíritu libre que es. Y con suficiente dinero en el bolsillo como para pagarse unas cuantas rondas.

07 noviembre 2006

Ente onvre 2: Blanco

Blanco era el apellido de un compañero de colegio cuyo considerable amaneramiento hacía de él un personaje singular. Su escasa masculinidad no era un valor muy apreciado en el colegio de curas de mierda al que íbamos, aunque tampoco recuerdo ninguna escena especialmente dramática de acoso, seguramente porque hasta para unos pijos imbéciles es aburrido meterse con alguien al que tus burlas se la traen al fresco, o marginar a quien ya de por sí vive, como todo buen freak, recluido en su propio universo.

Y es ya que con catorce o quince años, Blanco tenía muy claras cuales eran las cosas buenas de la vida, y era lo bastante listo como para ver que el trato con sus compañeros de clase no era una de ellas. La primera de sus pasiones era ir a hacer la compra al Corte Inglés y al Alcampo, mirando con desprecio tanto a las tiendas pequeñas como a cualquier otra forma de consumismo y ocio fuera de casa: nunca comprendió por qué la gen
te perdía yendo a bares, cafeterías, recreativos, y no digamos discotecas, un valioso tiempo que se podía emplear en ver las ofertas del hipermercado o en disfrutar de una buena telenovela en el salón. Y ahí entramos en la segunda adicción de este hombre: por las tardes entraba con retraso a clase para no perder ripio del culebrón de sobremesa, lo cual le hacía objeto de bronca y escarnio por parte del típico profesor locaza de literatura (¿y de qué si no?) que, dada la escasa capacidad intelectual que intentaba compensar poniéndose histérica y empezando a soltar berridos, se sentiría importante al demostrar que era más culto que un crío de quince años. Pero, se preguntarán nuestros avispados lectores, si en esa época ya había video doméstico, ¿por qué nuestro amigo no grababa el culebrón? Respuesta: porque ya estaba grabando el que emitían por otro canal, ¿o creían que alguien como Blanco se iba a contentar con una sola teleserie diaria cual maruja mediocre?

Pero la solidez de criterio y la moral férrea e inquebrantable de
este hombre no sólo se reflejaba en su condición de experto en culebrones sino, por encima de todo, en sus gustos musicales. Recuerdo una discusión con él en la que me expuso la indiscutible superioridad de Milli Vanilli sobre las Bangles, ambos superventas por entonces. Aunque mi cariño por los cardados y la jovialidad de Bangles nubla mi mente, sé que estoy equivocado y que Blanco, como siempre, tenía razón. Me avergüenzo de no haber apreciado la sordidez de Milli Vanilli hasta que se descubrió para cachondeo general que hacían playback e intentaron patéticamente volver a empezar como Rob y Fab, pero nuestro amigo no necesitó tanta obviedad: las lentillas verdes, las rastas postizas, las canciones ñoñas y las hombreras gigantescas fueron más que suficientes para convencerlo. Pero no se confundan creyendo que Blanco no iba más allá de la radiofórmula: yo vi ante mis atónitos ojos como se compraba el CD original de Sara Montiel Purísimo Sara, con temas de letras tan épicas como Macho en toda la extensión de la palabra o comprobarás que cuando muerdo dejo la señal. This is hardcore. Y todavía tuvo un momento de mayor gloria al adquirir la casete de Danuta (cantante tetona de la época que hacía parecer refinada a Sabrina) y rechazar el poster de la susodicha en bolas que venía adjunto, para gran sorpresa del dependiente. ¡A él sólo le interesaba la música! Un año después otro compañero de clase se compró una cinta de Samantha Fox y, aunque todos disfrutamos luego en su casa de las canciones, sin duda el poster de regalo había sido un gran aliciente para la compra: ¡que guai, que de pajas me voy a hacer! manifestaba con alegría. Comparando las dos actitudes, aún mereciendo toda nuestra aprobación la del pajillero, está clara la pureza y superioridad ética y estética de Blanco: más adelante, eso sí, nuestro amigo entró más en el mainstream llenando su carpeta de clase de fotos de Madonna, y la última vez que lo vi fue años más tarde cuando Mónica Naranjo actuó en Vigo; una evolución hacia gustos tal vez más convencionales, pero siempre dentro de una total coherencia. No sé que habrá sido de él, pero si no está contratado como crítico musical, y no me refiero a ser un hombrecillo patético que aspira a gurú de gafapastas sin cerebro en ignominias como Popular 1, Radio 3 o Rock de Lux, sino a uno de los grandes, como Joaquin Luqui, Iñigo o Deboraombres, será porque el mundo es un lugar muy injusto.

03 noviembre 2006

El principio más absurdo de la historia del cine

Andaba el otro día buscando información por Internet (lo cual es una forma fina de decir “rascándome los mondongos en el trabajo”) cuando me encontré con una película que me trajo entrañables recuerdos. No porque fuera buena, válgame dios. Más bien porque contiene uno de los comienzos más gloriosamente ridículos que he visto nunca. Y eso lo digo yo, que he visto pelis de Albert Pyun.
El flim en cuestión se llama The Stuff, y fue perpetrado en 1985 por Larry Cohen, uno de los directores/guionistas más curiosos de las últimas décadas. Un tipo glorioso que ha sido capaz de hacer desde películas de niños mutantes con música de Bernard Herrmann hasta thrillers mainstream con Colin Farrell.

Pues bien, The Stuff es una especie de versión de The Blob, pero con espuma de afeitar en lugar de chicle rosa. Por lo que recuerdo, el comienzo nos muestra una estación minera en el ártico. Dos personajes se acercan a cámara. En frente suyo, una especie de agujero del que surgen pompas de una sustancia blancuzca. ¿Y qué hace uno de nuestros amigos?
Pues lo normal:
Mete el dedo y se lo chupa.
Y, no contento con regalarnos este sin par acto de oligofrenia aguda, el buen señor, (quien seguro aparece en los créditos como ‘Perturbado mental #1’) dice:
- ¡Está bueno!

A partir de ese punto se dedican a vender la cosa blanca, que no sólo está buena, sino que ni llena ni engorda.
¡Ah, el cine de calidad…!

02 noviembre 2006

Cómo ser fan de Ingmar Bergman y no morir en el intento

Lo confieso: si obviamos las comedias de Billy Wilder y los Hermanos Marx, a la edad de 16 años lo más “artístico” y “cinematográfico” que había visto este servidor de ustedes era “Y si no, nos enfadamos” de Terence Hill y Bud Spencer. Y, sí: me hacía más gracia “Yo hice a Roque III” que “Con faldas y a lo loco”. Pero, claro, llegó ese momento donde, de repente, te convencen de aquella cosa de que el cine es un arte y todo eso… La culpa la tuvieron Oliver Stone y Woody Allen, pero ya se lo he perdonado.

El caso es que, además de ver otras películas que no fuesen de
Don Mariano Ozores, hice algo mucho peor… ¡¡¡leer crítica cinematográfica!!! Eso sí, era joven y vivía en Vigo, lo cual hizo que, al final, mi guía espiritual en eso de las calidades del cine, en vez de ser “cahiers du Cinema”, terminase siendo “El Jueves”. Allí aprendí una serie de cosas que me sirvieron de poco en mi vida adulta, pero que me parecían palabra de Dios por aquel entonces. A saber: que Spielberg era Dios, que Carlos Saura era el demonio y, lo más importante, que LO PEOR que nadie se podía plantear, LA MÁXIMA tortura cinematográfica imaginable, eran dos señores desconocidos llamados Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni. Asustadizo e impresionable como era, pensé “Gracias a Marx que no conozco a esa gentuza”.

Un día, deseoso de adquirir más culturilla de cine, hablé con mi tía Tatá, que tenía como que su bagaje cultural, y le pregunté: “¿A ti qué películas te gustan?”. Sin alterarse, me contestó “Sobre todo las de Bergman y Antonioni”. Si me llegan a decir que soy adoptado me hubiese quedado menos aturdido. Peich santo, mi bienamado tía Tatá está haciendo apología de Satán y yo teniendo que lidiar con el temporal.

Confundido, como aquel día que al gran Juan Cuesta le metieron un dedo por el culo y, para su sorpresa, le gustó, me refugié en la lectura del Faro de Vigo para, en una de esas casualidades cósmicas, descubrir que esa noche emitían un extenso documental sobre Satán himself Ingmar Bergman y, a continuación, su películo “
De la vida de las marionetas”. En ese momento, pensé “Esto es una prueba por la que tengo que pasar, al igual que hizo San Ignacio de Loyola”. Así que introduje una cinta de tres horas y media en mi vídeo Betamax y programé aquel demencial programa doble nocturno.

Al día siguiente, empecé por la película: largos planos con la fotografía velada en blanco y negro se sucedían ante unos ojos que hasta hace sólo dos días habían visto un par de películas de Burt Reynolds. A continuación, se pasaba a unos planos de colores chillones donde un señor que no quería aceptar su homosexualidad asesinaba a una prostituta. Todo esto con cartelillos entremedias del tipo “Dos horas antes de la tragedia Peter Eggermann…” y una estructura temporal desordenada que yo nunca había experimentado en títulos como “El liguero mágico”. Sin embargo, el momento que se quedó grabado en mi impresionable psique fue cuando una alemana (=sórdida) señora dice “Durante nuestro matrimonio, hemos hecho el amor 788 veces. 742 de ellas he tenido que ir a terminármelo yo al váter. El resto de las veces, he vomitado”. Joder, Andrés Pajares follaba con más jovialidad. Aturdido, me puse el documental sobre toda su filmografía para oír perlas como Bibi Andersson diciendo “En ‘Fresas Salvajes’ lo hice mal. Ingmar quería que fuese una chica joven queriendo ser joven. Pero, al final, sólo fui una chica joven”. O el gran diálogo de ‘Los comulgantes’, cuando una señora se acerca al cura en un eterno plano fijo y, tras una no menos eterna pausa, le pregunta “¿En qué piensas, Thomas?” para que le respondan “En el silencio de Dios”. La leche. Aunque nada como la escena del suicidio de Liv Ullmann en “Cara a cara”. Al acabar el rodaje, Bergman dijo un inédito en él “Perfecto” para luego decirle a Liv “Ya no tengo que suicidarme. Lo has hecho tan bien que, aunque tuviese la idea de suicidarme después de este rodaje, tú ya lo has hecho por mi”. Por el amor de Peich, ¿Éstas son las cosas – pensé – que me esperan en la vida adulta?

Los años pasaron, fui a Madrid, y por aquello del deslumbrón cultural de la capital del Imperio, me hice talibán del enfermo de Ingmar. Pero de la manera equivocada. Ha tenido que ser una “madurez” – o vuelta definitiva al Ozorismo que me hizo amar el cine, yo que sé – la que me enseñe a idolatrar a Ingmar como realmente se merece. Hoy, quiero compartirlo con todos vosotros y daros todas las claves necesarias de supervivencia para poder disfrutar, y MUCHO, de un gran sueco que en nada desmerece el legado de ABBA, Europe, Roxette e Yngwie Malmsteen. Allá va:

1. ¿Por qué debo molestarme en perder el tiempo con ese pesado?

La gente aburrida y sin criterio cree que Bergman es bueno por aquello de tratar temas existenciales y lo de las crisis de fe, la religión y Kierkegaard. No les hagáis caso: son anormales del culo. Con dedicar unos catorce segundos a razonar, queda claro no sólo que Dios no existe, sino que tomarse en serio al perroflauta melenas de Cristo es una soplapollez. Bergman no interesa por sus temas, sino por la depravación con qué los trata. Así, el tonto “creo no creo”, se convierte en un “veo a Dios en mi hermano y luego me lo intento follar sólo para luego confundir a un helicóptero con Dios transformado en araña que viene a castigarme” ¿Vamos ya entendiendo por dónde van los tiros? Esa escena es de la excelente “Como en un espejo”.

2. ¿Las pretenciosidades de ente onvre no son de un gafapastismo atroz?

Si recordáis, ya habíamos explicado, en el caso de Carlos Saura, que enseñar las tetas de Florinda Chico es un desaforado caso de depravación y sordidez. Bergman juega en esa liga de campeones. Como los grupos de rock sinfónico setentero, cuando Ingmar hace el ridículo, lo hace a lo grande y a conciencia, y entonces todo se convierte en épica y amor. No estamos hablando de las postalitas de mierda de Sofia Coppola o Wong Kar Wai para gafapastillas anémicos mentales, no señor. Por poner un ejemplo, aquí tenéis el demencial y metalingüístico inicio de “Persona” (filme por el cual nuestro Panadero estuvo a punto de retirarle la palabra a nuestro jalop):



Al lado de esto, el vídeo maldito de “The ring” parece un videoclip de Bisbal. ¡Y encima mete un fotograma de tremendo pollón! Para que David Finstro se crea que ha inventado la pólvora con “El club de la lucha”… Caso parecido a éste es cuando Bergman, intentando ser “moderno” como Godard, pero sin terminar de entender qué carallo es eso de la modernidad, interrumpe la acción principal en su película “Pasión” para, a golpe de claqueta, introducir parlamentos de los actores a cámara diciendo “Pues yo creo que mi personaje en esta película…” Vamos, parece que uno hubiese ripeado mal el dvd y estuviese viendo los extras mezclados con la película. Sublime. He de admitir que, además, mi disfrute de esta cinta fue maravilloso, dado que era una demencial versión cutredoblada al inglés ¡por los propios actores! Y ¡subtitulada en gallego! El momento “Pobre Karin, fan dela un pandeiro” me parece imbatible. Que ahora alguien me diga que se ríe con “Supersonic Man”. Al lado de Bergman, no tiene nada que hacer.

3. ¿Cumple Bergman los requisitos obligatorios para considerar correcta a cualquier película, esto es: empelote, escatología y zooms?

Por supuesto. Y no sólo eso. Deberíais saber que Woody Allen vio su primera peli de Bergman, “Un verano con Mónica”, porque le habían dicho que la hermoseja Harriet Andersson se dedicaba a pasearse en pelotillas por las costas suecas. Eso se llama historia del cine: “The Jazz Singer” no tiene nada que hacer ante las excelsas posaderas de Harriet. Ingmar demostró que con unos muchachos paseándose semidesnudos se podía hacer una película: lo de los guiones de Billy Wilder o Charlie Kauffman palidece ante esto.

Respecto a la escatología, conviene recordar la frase del gran John Waters: “Yo no soy el rey del vómito. Ese honor corresponde a Ingmar Bergman. En casi todas sus películas alguien vomita, y lo hace muy bien. Ya me gustaría a mi”. ¿Quién soy yo para quitarle autoridad a John Waters cuando se trata de hablar de caca con un sentido filosófico detrás? ¿Eh?

Y los zooms… Pues por muy bonita y esteta que resulte la excelsa fotografía de Sven Nykvist, este señor era un sueco tan sórdido como el vídeo de “Take a chance on me”, con lo cual el guarreo con zoom estaba casi garantizado. Aunque Bergman fuese reacio en un principio, al final tuvo que apearse de la burra. Aprovecho para decir que los que no sepan valorar un zoom como la máxima expresión del amor cinematográfico (Lelouch, Verhoeven…) tienen un grave problema de sensibilidad.

4. Vale, de acuerdo, me ha convencido usted, ¿Qué películas debería ver y en qué orden para terminar de ser un experto admirador?

Lo que muchos dirían es: “empieza por las de los años 50, que parecen más normales, de cierta aventurilla y no se sufre tanto”. No les falta razón, pero aquí ya hemos decidido que somos unos sórdidos amantes del death metal. Así que, con permiso de obras maestras como “El séptimo sello”, “Fresas Salvajes”, “El manantial de la docella” y – sobre todo – “El rostro”, estas son mis recomendaciones:

La trilogía del “Silencio de Dios” (
Såsom i en spegel, 1961; Nattvardsgästerna, 1962; Tystnaden, 1963)

De “Como en un espejo” ya hemos glosado sus virtudes. La segunda parte, “Los comulgantes” nos relata un momento en la vida del cura de pueblo más sieso de la historia, hasta para estándares suecos. En ella, el gran Gunnar Bjornstrand nos regala unos diez primeros minutos de película ¡que son una puta misa! Pero una misa impagable donde ya pillas, con pocos datos, quién es el tonto del pueblo y quién la maestra con deficiencias sexuales, entre otros especímenes. Luego, entre suicidios varios – obligatorios en toda película que se precie de serlo – el cura comienza a perder su fe cuando la feligresa interpretada por la gran Ingrid Thulin se lo intenta ligar con cartas (leídas a cámara en largos primeros planos por los propios remitentes) tan seductoras como “Cuando el eczema pasó de mis manos a mi cara, tu repugnancia hacia mi aumentó aún más”. Ele ese erotismo sueco. Harto como está Gunnar, que encima está perdiendo la fe a pasos agigantados - ¿y cómo no iba a perderla en ese pueblucho? – decide que Ingrid le deje de tocar los cojones lanzándole los insultos más largos, crueles y destructivos de la historia del cine. Cualquiera se suicidaría después de tamaño repaso, pero Gunnar lo redondea con la gran frase “Y paro para no decir cosas peores”. A los amantes del death metal psicológico: ninguna peli de la historia gets any better.

La tercera parte de la trilogía, “
El silencio” es un absoluto delirio visual con demenciales movimientos de cámara y con personajes tan épicos como un grupo de enanos de circo que hablan español. Si sois de los que apreciáis a David Lynch, “El silencio” es vuestra película, sobre todo por el tremendo pajote - que a punto estuvo de entrar en la mítica lista de las catorce mejores masturbaciones de la historia - que se marca Ingrid Thulin en la cama del sórdido hotel en que reside. Lo de Naomi Watts en "Mullholland Drive" es casi cine familiar al lado de ESTO. Añádesele además un poco de lesbianismo incestuoso y la “sutil” metáfora del cañón de un tanque apuntando a la habitación donde Ingrid se está masturbando y ya tenéis todos los ingredientes de la obra maestra. Como anécdota, los dueños del hotel, que tan amablemente acogieron a Bergman y a su troupe, a la que vieron “El silencio” no sólo les retiraron el saludo sino que, además, vetaron la entrada en su hotel a “aquella gente que parecía tan amable”.

Persona (Persona, 1966)

La película definitiva sobre vampirismo no es como que para todos los públicos, pero, aparte de las dudosas virtudes metalingüísticas de las que ya habíamos hablado, la peícula es un ensayo depravado sobre el vampirizar la personalidad que encuentra sus momentos cumbre en: a) El largísimo plano en el que Liv Ullmann rompe una botella y espera sus buenos minutos a que Bibi Andersson los pise, cosa que acaba sucediendo; b) El monólogo repetido EN SU INTEGRIDAD por las dos actrices, en sendos planos secuencia seguidos: perece un chiste ¿lo es? C) ¡Norl! Porque luego, en uno de los trucajes más sórdidos de la historia del cine, aparece un plano que es una combinación de la jeta de las dos actrices. “Sus dos mitades menos favorecidas” decía un depravado Bergman en su momento más locaza.

En el umbral de la vida (
Nära livet, 1958)

En la obra máxima de la crítica cinematográfica – me estoy refiriendo al capítulo “Placeres culpables” del libro “Majareta” de John Waters – el genio de Baltimore confiesa que lo que en realidad le gusta a él es el cine de arte y ensayo. A continuación, enumera sus películas favoritas entre las que se encuentra esta desconocida obra de Ingmar. Transcribo su breve e ilustrador texto: “Tres mujeres embarazadas, que coinciden en una sala de maternidad, se sienten angustiadas por cuestiones como el aborto, la frigidez, el miedo, los hijos no deseados y muchas otras neurosis que parecen ser para Suecia lo que los tulipanes para Holanda. Las salas de reestreno casi nunca sacan esta película de las estanterías, y me gustaría que lo hiciesen. Venga, Ingmar, qué tal una segunda parte de “En el umbral de la vida”?”

Cara a cara, al desnudo (Ansikte mot Ansikte, 1976)

La estética setentera golpea de lleno a Ingmar, y éste se deja querer. Esta es, visualmente, una de sus películas más gozosamente sórdidas. Vamos a ver, todas lo son. La gente cree que “Gritos y susurros” es fina y elegante por aquello de las mujeres vestidas de blanco en habitaciones íntegramente rojas. Pero sólo el ojo desentrenado se dejaría de dar cuenta que los tonos rojos fotografiados por Sven Nykvist son tan sumamente setenteros que una entrada en cuadro de Shaft no desentonaría. Bueno, o eso o una sesión de fotos para una revista porno danesa. Pero, insisto: eso es algo bueno. Lo malo es el mierdas de Wong Kar Wai.

En “Cara a cara, al desnudo” (adoro ese apéndice que la sociedad española del destape añadió al título original) se nos narra el descenso de una psiquiatra a los abismos de la locura a lo largo de dos horas y cuarto. El one-woman-show de Liv Ullmann es tan desaforado como maravilloso, incluyendo la narración de una violación que sufrió de joven y un mítico intento de suicidio. Citando una vez más a John Waters ¿Por qué las promociones de películas de arte y ensayo se hacen citando frases elogiosas de críticos de periódico que harían bien en morirse en vez de decir “¡Venga a ver cómo Liv Ullmann se corta las venas!”? Ah, preguntas…

Secretos de un matrimonio (
Scener ur ett äktenskap, 1973)

Todos los que apreciamos la grandeza ética y estética de un culebrón como Abigail, despreciamos profundamente las ínfulas de un imbécil como Lars Von Trier, intentando “insuflar dignidad” a un género ya perfecto que no precisa de un gilipollas como él. ¿Si tengo un “Eres un delincuente, René, ¡vete de mi casa!” para que leches tengo que padecer “Rompiendo las bolas” o “Bailar en la oscuridad”? Bergman, que sabe de arte, y no de tontería como el Lars, decidió que si hay que hacer un culebrón, pues hay que hacer un culebrón. Así, pues, hizo una miniserie para la televisión sueca titulada “Secretos de un matrimonio”, donde a lo largo de varios capítulos, los aparentemente felices y normales Liv Ullmann y Erland Josephson terminan literalmente a ostias: uséase, la tira del sofá y la emprende a patadas con ella.

El estilo de Bergman, fundamentado en primeros planos (como Tony Scott, fijaté) se adaptaba de maravilla a este feliz culebronismo, del que me permito destacar la escena en la que Liv Ullmann intenta sincerarse con su marido y abrirle el corazón sólo para que éste se eche tremenda siesta con bostezos mientras ella habla.

Pasión (En Passion, 1969)

Ya he hablado de ella, sólo añadir que recuerdo que, a la que me tragaba el peacho ciclo que, en su época, hizo La 2 de Bergman, mi abuelo, que se sentaba estoicamente en el salón a aguantar lo que le echasen, terminó cogiéndole el estilillo a Ingmar. A la tercera película me decía “Voy a hacer un crucigrama. Avísame cuando llegue el momento del odio”. Y qué razón tenía: siempre llegaba. En “Pasión” el odio desaforado llega cuando Max Von Sydow, después de inflar a ostias a Liv Ullmann intenta cargársela a hachazo limpio. Impagable. El resto de la película, incluía zooms, empelote, parlamentos a cámara y un incomprensible plano final rodado en vídeo que aún me sigue intrigando. Ah, y un bello detalle sórdido: para una escena onírica, Bergman utiliza una escena que había descartado en el montaje de “La vergüenza”, que debe ser lo que no tiene nuestro sueco favorito.

De la vida de las marionetas (
Aus dem Leben der Marionetten , 1980)

Del periodo alemán de Bergman, esta es la peli más conseguida, auque debo admitir que “El huevo de la serpiente” tiene más fans. No es de extrañar: una peli de Bergman con ostias y protagonizada por David Carradine está llamada a ser de agriculto. Y más con una traca final tan chunga como la de hacer un experimento con una matrona y un bebé con una lesión cerebral que le impide dejar de llorar. Se trata de ver cuánto tarda la matrona en desesperarse e intentar asfixiar al bebé. Happiness of the huerting.

De “De la vida de las marionetas” he de decir que no sólo fue mi estreno con Ingmar, sino también de mi amigo Manolo. Y aún no lo hemos superado. A la sordidez intrínseca de Ingmar se suma la extrínseca de rodar en Alemania. Era de esperar que esta peli no tuviese parangón. ¡A verla, coñe!

Y eso es un buen principio, si lo superan pueden seguir por su cuenta con depravaciones infanticidas con despelote como “La hora del lobo” o el inaudito intento de rodar una comedia en “Sonrisas de una noche de verano”. Para el sector gay de nuestros lectores, recomiendo incluir “Sonata de Otoño”, protagonizada por Liv Ullmann y… ¡Ingrid Bergman! La jugada comercial más lamentable de la historia, que estuvo a punto de ser redondeada cunado les propusieron que, ya que estaban juntos, adaptasen una obra de teatro de… ¡Hjalmar Bergman! Al final hicieron un guión normalito con sus clásicos momentos “de odio” y tal. Por supuesto el “duelo interpretativo” tan del gusto drag-queen está garantizado. Liv Ullmann gana de calle, pero también es cierto que jugaba en casa.

Ingmar y su universo de sensaciones suicido-incestuoso-violento-existencialistas os están esperando. ¿Qué más se puede pedir? ¡A buscarlas en la mula!

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