31 mayo 2007

Ente Onvre: H’Angus The Monkey y Ariel Santamaría

La política es sórdida. Eso lo sabemos todos. Pero pertenece a una categoría de sordidez en la que rara vez se encuentra amor o jocosidad. Sin embargo, a veces puede darnos gratas sorpresas en forma de entradas de blog que se escriben prácticamente solas.

La política local es, lógicamente, la más proclive a engendrar perturbados. Muchos recordamos con cariño gente como el alcalde rockero del PP. Pero este buen onvre se queda en pañales a la hora de hablar de los dos casos que nos ocupan:

H’Angus The Monkey:

En un pueblo de Inglaterra votaron para alcalde a la mascota del equipo de fútbol. Estas cosas hay que decirlas así, rapidito y sin preámbulos. Son tan acojonantes y chungas que no hay introducción que valga. Es una bofetada de vicisitud que no sólo te deja la cara enrojecida, sino que además hace que te replantees hacia donde va la sociedad actual. Y va hacia el lugar correcto: al cachondeo. Si todo lo que hiciéramos estuviera dictado por esta máxima, otro gallo nos cantaría. O no, porque seguro que habríamos sustituido el gallo por un disco de Santiago Rouco.

Pero estoy desvariando. La historia fue la que sigue: En 2002, un tal Stuart Drummond, que se vestía todos los domingos como ‘H’Angus el mono’, le pidió al presidente del club de fútbol de Hartlepool, de algo así como tercera división, el dinero para presentarse a alcalde con el fin de lograr un poco de publicidad para el equipo y, de paso, echarse unas risas. El lema de su campaña era, por supuesto, “Plátanos gratis para todos los escolares”. Si eso escondía un subtexto anti-bollicao u homoerótico es algo que desconozco, pero que no creo probable. Supongo que Drummond era simplemente un gran actor del método.
Tan bueno que ganó. Y lo mejor de todo no fue eso: encima, justo un par de años antes, el gobierno había reformado la figura del alcalde, hasta entonces un cargo testimonial, para darle poderes reales. Y así, el primer alcalde con potestades ejecutivas de Hartlepool fue un tipo vestido de mono cuyo nombre proviene de una tradición algo denigrante de la ciudad (se dice que, en las guerras napoleónicas, los habitantes juzgaron y colgaron a un mono por espía).
El epílogo de la historia es que Drummond volvió a arrasar en las elecciones de 2005. Pero ya no era H’Angus. Justo tras su primera victoria, decidió colgar el disfraz. Había descendido un grado en la escala evolutiva, y ahora era sólo un político.

Ariel Santamaría:

Lo que son las cosas. Yo tenía escrito lo de H’Angus el Mono para publicarlo en el blog desde hace unos días. Pero como no me apetecía sacar artículos sobre actualidad, lo había dejado aparcado durante la campaña electoral. Sin embargo, el Ciudadano Soberano (que me permito recordar, en una de esas casualidades que acojonan, tiene como estrella favorita de cine al mono Clyde), me mandó esta mañana un link a un artículo sobre ente onvre. Y ya tenía demasiadas razones como para dejarlo pasar.

Ariel Santamaría es uno de los nuevos concejales del ayuntamiento de Reus. Ha accedido al cargo con su partido con nombre de actor ochentero, el CORI. Y va vestido de Elvis. Y no sólo eso. Esta es la descripción que hace Ricard García en El País:
“Ariel Santamaría, que así se llama la criatura, ha optado por un programa de impacto o petrificación al ciudadano. Ya ha anunciado en sus mítines-conciertos su programa. Es partidario de plantar marihuana en las zonas verdes (nunca mejor dicho), que la Guardia Civil lleve un GPS para que la gente con ganas de encender un canuto obtenga su ayuda... así podríamos seguir hasta incluso, pintar el ayuntamiento de rosa.”
Además, García nos regala en su columna un video con un mítin-concierto del susodicho:

Todo esto viene a demostrar varias cosas:
- Que Cataluña no son sólo los gafapasta barceloneses.
- Que en la política también hay espacio para el amor.
- Que cada vez estamos más cerca de no tomarnos nada en serio. Porque, como todos sabemos, todos los grandes errores de la humanidad (guerras, genocidios, Campo de Batalla la Tierra…) vienen de tomarse las cosas demasiado en serio.

23 mayo 2007

Cumplimos 100 posts

¿Realmente hay tantas sordideces que glosar? ¿De verdad podemos perder tanto tiempo faciendo odas a tantas cosas causantes de vicisitud en el mundo? De momento, los fríos e inapelables números dicen una cosa: 100 sordideces publicadas. Y eso merece celebración.

Y qué mejor que este post número 100 incluya también una celebración: ya que todos los padres deciden pasárselo bien veraniegamente, tanto Paco Fox como un servidor de ustedes – y hasta la novia de
The Devil, y más de un sórdido amigo de la blogosfera – han nacido el mes de Mayo (días 16 y 19 respectivamente). Ergo, japiberdeiparty habemus en cósmica coincidencia con el post número 100. Y si, encima, jalop ha podido venirse desde Vigo, todo está en su debido lugar. Pena que Panadero no pudiese asistir, pero sus responsabilidades editoriales (sí, edita cierta revista gratuita desde la que corromper sotilmente a la juventud que acude a cierta hamburguesería) se lo impidieron. En suma, que podemos ser gente muy seria a la par que responsable, aunque a seriedad nadie supera a Snowymary. Su dedicación al trabajo no sólo llevó a Paco a verse películas italianas de dudosa catadura, sino que, además, hace unos meses, desaprovechó la oportunidad de estar un buen rato de cháchara jovial con… ¡Adrià Collado! A Paquito, que le cayera muy bien, dijo “No, si encima voy a tener que tirarme yo al Adrià… ¡Esto ya es el bollerío supremo!”.

De entre toda esta bella noche, es de justicia reconocer que fue Paquito el que puso la nota de calidad con el épico regalo que me fizo. En esta blogosfera de frikis en la que habitamos, donde llega con susurrar “Dragonlance” para que todos los fistros de este mundo abandonen el ínfimo barniz de civilización que poseían, un artículo recurrente es el comentar la edición de lujo de la última obra maestra que te hayas comprado: desde
Superman hasta el Watchmen. Bien, pues Paquito, desde los Steits, y ante la sorpresa de quienes se lo vendieron (“¡alguien ha tenido los cojones de llevárselo!”) me compró la edición en DVD to end all ediciones en DVD.

“The greatest movie ever made!”

“Incluye un tutorial para aprender a bailar un buen lapdance”

“Es como ‘Eva al desnudo’, pero en tanga”

Lo habéis adivinado: la VIP edition de “Showgirls”. Donde casi todo el mundo diría “¡Cabrón!” yo sólo pude articular un emocionado “Gracias”. Para redondear el raccord, en una de esas coincidencias cósmicas, jalop – sin estar en compló con Paco – me regaló “The Devil’s Guide to Hollywood”, la Biblia del superlativo Joe Eszterhas.

La edición VIP, aparte de los extras y comentarios clásicos, incluye toda una serie de complementos para jugar mientras se ve la película. Básicamente, las decisiones principales implican echarte un lingotazo con los vasos oficiales ® oficiales de la película o empelotarte. Así, si tienes un 5 de la baraja ® oficial, cada vez que Henrietta se baja el top, tienes que pimplarte o empelotarte. Supongo que habrá empelote extra cuando diga “Estoy más caliente que la puta virgen María” o “Estoy tan gorda que tendría que mearte encima para que me encontrases el coño”.

De entre toda la colección de juegos destaca, empero, una bella variación de “ponerle la cola al burro”. En este caso, la edición VIP contiene, además del bello antifaz ® oficial, un poster de la gran Elizabeth Berkley a la que deberás ponerle, a ciegas, un par de ventosas para pezones ® oficiales. Como podéis ver, todo son ventajas. Si alguien, a día de hoy, no es capaz de entender que ‘Showgirls’ es una de las piedras angulares sobre las que se sostiene el cine, si alguien no es capaz de ver que, al lado de la inspirada puesta en escena de Paul Verhoeven, Mankiewicz no es más que un becario cutrón, si alguien no mataría porque Nomi Malone le hiciese las uñas, si no juzgas que CADA frase de ‘Showgirls’ debería figurar en todos los manuales de guión… entonces ese alguien ha sido víctima de un cruel lavado de cerebro. Soy un mitómano, coñe, que me hice una foto en el hospital en el que nació Paul (ahora casa okupa) y estuve en el mismo hotel en el que durmió Gina Gershon. Un momento que me hizo tener fe en la humanidad fue cuando, en la escuela de cine, el godardiano crítico Antonio Weinrichter, me puso un 10 por un trabajo sobre el lap dance de “Showgirls” (
aquí lo podéis leer, aunque el estilo resulte demasiado anticuado y académico; casi mejor que no lo hagáis, es sólo para die hards). Luego, me comentó que era fans de la peli y que le había influido, a la hora de ponerme la nota, que incluyese un vídeo del lap dance con la pieza de Toxeiro y Pederastia ’96 como bonus tracks.

Of course, todos los demás regalos tuvieron su importante dosis de amor, que nadie se me cele (incluyendo cosas de Terenci Moix, Ian Gillan, o una sórdida y amorosa foto con el Adrià ¿tendré que tirármelo también?).

Como contrapartida, el ciclo de la vida avanza implacable: conforme celebramos nuestros 100 primeros posts,
Bruno Mattei, acaba de dejar el mundo de los vivos, que no el corazón de los sórdidos. A todos nos corresponde recoger la antorcha: después del invierno, siempre llega la primavera. A los que nos miran con cariño paternal porque ya hace tiempo que han superado su post número 100, a los que aún les queda, a todos los que estáis leyendo esto: gracias por aguantarnos. Por vosotros, y por Elizabeth Berkley, seguiremos, como mínimo, otros 100 posts más. Homme alors!

17 mayo 2007

Literatura masoquista: Las Crónicas de Thomas Covenant, el Incrédulo

Hola, me llamo Paco Fox y he leído nueve libros de la Dragonlance.


Así debería empezar cualquier conversación sobre literatura. De esta manera, el interlocutor estará, de entrada, prevenido ante tres hechos:

a) Que soy un freak
b) Que mi cota de tolerancia hacia el género fantástico no sólo supera con creces lo saludable, sino que más bién coge lo saludable, le da una paliza, lo emborracha y lo enrola en la legión extranjera.
c) Que me pongo voluntario para ser objeto de cachondeo.

Mi problema es que no puedo parar de leer libros de fantasía heroica. Y todo aquel que ha entendido la carga trágica de la primera frase del artículo sabrá que he tenido que lidiar con mucha mugre. Aunque, gracias a dios, nunca he caído en las garras de R.A. Salvatore o Christopher Paolini, mi infancia me llevó por los tortuosos caminos de, por ejemplo, Margaret Weis y Tracy Hickman.

Con todo, el haber seguido durante la adolescencia toda la obra de estos dos personos es hasta disculpable. Personos que, a propósito, son una munjé y un onvre, a pesar de lo que parece indicar el nombre ‘Tracy’. Una vez me comentaron que los de la empresa de rol que los contrataron le pusieron el pseudónimo para poner calentorros a los adolescentes. ¿Dos mujeres freaks escribiendo sobre dragones? Eso sí que era una fantasía sexual casi a la altura de María Whittaker en la portada del Barbarian.

La trama es más sencilla que… bueno, más sencilla que el inicio de un juego de rol. Un guerrero, un semi-elfo, un mago, un enano, un caballero y un plagio de hobbit que hace de ladrón (esto parece un chiste de ‘un alemán, un francés…’) se reúnen en una posada y emprenden una aventura para derrotar a la Entidad Indeterminada Maligna® mediante el uso del Objeto Mágico® Dragonlance, que es, como su propio nombre indica, una lanza de dragones. Para matarlos, supongo. Aunque también había dragones buenos. Creo. Yo qué sé. Ya no me acuerdo de casi nada.Y, básicamente con esto ya tienen para tres libros, a lo largo de los cuales se suceden las peripecias sin dejar de escuchar, como dicen en la página de ‘Book a minute’, dados rodando de fondo. Luego se liaron con una secuela (también, como no, trilogía) de cuya trama no recuerdo casi nada excepto que viajaban en el tiempo y había un poco del subgénero “era él”.

Más tarde, seguí leyendo otras series de los mismos autores. Algunas no del todo malas ('El Ciclo de la Puerta de la Muerte' era demasiado largo pero, al menos, no plagiaba a Tolkien) y otras totalmente what-the-fuck ('La espada de Joram', que a eso del tercer libro mutaba como pez de Springfield y se convertía en ciencia ficción con naves espaciales y todo).

Pero era joven, sin criterio, en un pueblo con pocas opciones para comprar libros y tremendamente freak. Lo que todavía no entiendo es cómo, con ya una edad respetable, peinando canas y, sí, todavía freak, me dio por meterme en el estupefaciente mundo de 'Las Crónicas de Thomas Covenant, el Incrédulo'.

Esta serie fantástica escrita por Stephen R. Donaldson es famosa por dos motivos. El primero es que se trata de una de los primeros éxitos en el género de fantasía sobre un mundo secundario después de la fiebre Tolkien. Publicada en 1977, coincidió más o menos en el tiempo con el primer libro de Shannara de Terry Brooks, y ambos arrasaron en ventas aprovechando que en más de dos décadas a nadie se le había ocurrido plagiar a ‘El Señor de los Anillos’.
El segundo motivo es que el manuscrito original fue rechazado por cuarenta y siete editoriales. Lo repetiré en número, por si acaso: 47. Y luego fue un éxito de ventas (e incluso un poco de crítica). Otra muestra clara tanto de que nadie sabe nada en el mundo del entretenimiento, como de que el universo es poliédrico y tiene catorce dimensiones espaciles y dos temporales. Si no, no se explica.

¿Y de qué van las crónicas estas? Pues a ver. Primero tenemos los elementos Tolkien:

- Un mundo fantástico (llamado, en un alarde de economía de palabros, ‘The Land’) con más terreno verde que los fondos del retrete de la casa de mi hermano y con su tierra oscura con menos vegetación que Galicia después del verano.

- Un héroe con un anillo. No, en serio. Cuando me lo contaron por primera vez, creí morir de vicisitud. Donaldson se justifica diciendo que lo del anillo ya estaba en la mitología germánica, y que de ahí es de donde su obra toma la mayor parte de los elementos. Así queda más culto y, al menos, tiene su parte de razón. No como el pesado de Tad Williams que en ‘Añoranzas y pesares’ invocaba al espíritu de ‘Guerra y paz’ en un claro aviso al lector de que la obra no tendrá nada que ver con la narrativa rusa del diecinueve ni, especialmente, con ‘Guerra y paz’. (He de decir que tardé 3 años en leer, de manera intermitente, el primer libro del Williams. Y que, aun así, seguí con el resto de la serie. Porque esto de las sagas fantásticas es como las pajas: una vez que empiezas, ya te las acabas).

- Un malo incorpóreo conocido por el sutil nombre de ‘Amo execrable’. Hay que ser hijoputa para llamar así a alguien. Seguro que los compañeros de clase no se le arrejuntaban y, claro, acabó destrozando el mundo.

- Unos sirvientes de la oscuridad que son espectros y que, esta vez, andan poseyendo a la gente en plan ‘Hidden’, pero sin bichos que pasan de boca en boca. Más higiénico.

- Gente de los bosques que viven en los árboles, los cuales, en acto de contención depredadora de Donaldson, no son elfos, sino humanos.

- Los orcos y goblins de toda la vida, aquí llamados Ur-viles y Cavewights respectivamente, aunque son conocidos cariñosamente por los protagonistas como ‘esos tocapelotas sin pelotas’.

Estos son los elementos tolkiendilis. Donaldson, sin embargo, no es un mero plagiador. Así que aporta su propio punto de vista. Esa visión es lo que hace que le tenga cariño a la obra. Donde Tolkien era un poco meapilas, Donaldson cogió por la vía dura y realizó una versión bestia y, sobre todo, sórdida, de ‘El Señor de los Anillos’. Nada de mariconadas: el tal Thomas Covenant (Tomás Alianza, esto es, Tomás Anillo… ¿sutil, eh?) es un hideputa impresionante. Un tipo extremadamente molesto con serios problemas mentales derivados del pequeño contratiempo que supone ser leproso y que te haya dejado la mujer, probablemente harta de encontrar tropezones en la comida cuando le tocaba cocinar a él. Además, lo primero que hace al ser transportado desde nuestro mundo a The Land y recuperar su sensibilidad en el miembro viril es… ¡violar a la primera que se encuentra! Vaya mierda de embajador terráqueo.
Esto podría hacernos suponer que el resto de la novela es una bonita orgía de gorrinadas en plan ‘Gor’ (fantasía sadomaso para los que no lo sepan. Y espero que seáis todos). Pero no. El amigo Tomás añadirá el sentimiento de culpa a su carga de perturbaciones mentales durante todos los libros (y van siete), convirtiéndolo en todo un coñazo de hombre. Menos mal que, para la segunda trilogía, el autor nos pone a una protagonista (Linden Avery) que, en un alarde de sordidez americana, está inspirada físicamente en Susan Dey, la abogada de ‘La Ley de Los Ángeles’.

Veamos a continuación cómo resume la trama de las dos primeras trilogías la excelente página ‘Book-A-Minute’. Os aseguro que básicamente es eso (¡Ah, sí!: ¡SPOILERS AHEAD!):

LAS PRIMERAS CRÓNICAS DE THOMAS COVENANT

Lord Mhoran: Thomas Covenant, eres el salvador de ‘The Land’.

Thomas Covenant: Que te jodan.

(Thomas Covenant salva a ‘The Land’)

FIN

LAS SEGUNDAS CRÓNICAS DE THOMAS COVENANT

Thomas Covenant: Soy el salvador de ‘The Land’.

Linden Avery: ¿Puedo ayudar?

Thomas Coventant: Sobre mi cadáver. (muere)

(Linden Avery salva a ‘The Land’)

FIN

Ahí lo tenéis: ya os han ahorrado un buen puñado de horas de lectura. Si alguno insiste de todas maneras en someterse a la tortura de aguantar al amigo Tomás a lo largo de seis libros, ha de estar avisado de unas cuantas cosas: De entrada, que esto no va de intrigas palaciegas como ‘Canción de Hielo y Fuego’ o aventuras cortacabezas en plan Conan. Más bien trata de un tipo lamentable que se pasa un puñado de libros siendo un malaje simplemente porque piensa que todo lo que le pasa es producto de su imaginación. En segundo lugar, que son libros difíciles de encontrar en español, por lo que tuve que leerlos en inglés. Y Donaldson, para demostrar que es culto, se mata a utilizar palabros. Después de averiguar cómo algunos angloparlantes tuvieron que dejar el libro porque no entendían ni pijo, mi ego subió más alto que la antorcha humana con un ataque de aerofagia. Más tarde, releyendo los términos de la discordia en Internet (cosas como ‘chasuble’, ‘chrism’ o ‘coquelicot’; efectivamente, hay gente que ha hecho un diccionario en la red de esto), me di cuenta de que yo tampoco tenía ni idea del significado. La diferencia estaba mi determinación de acabar el libraco.
Finalmente, todo buen sórdido ha de saber que se dice que la canción ‘Home by the Sea’ de Génesis (etapa Pil) está basada en un momento de las Segundas Crónicas. Y, sí, es un dato irrelevante. Y no, no me avergüenzo de hacer gala de mi frikismo llamando la atención sobre él.

Lo más curioso de todo es que Donaldson, en un momento Lucasiano, se desmarcó hace unos años diciendo que, realmente, la historia no termina en las segundas crónicas, y que él siempre tuvo pensada una continuación mientras las escribía. Así que, ni corto ni perezoso, ha empezado a publicar ‘Las Últimas Crónicas de Thomas Covenant’, que esta vez, y para ir de original, va a ser una TETRALOGÍA. Y lo peor no es eso. Lo más chungo es que no sólo me he leído el primer libro (en el que, por si alguien se lo pregunta, el impresentable de Covenant vuelve a aparecer no se sabe muy bien cómo y que apunta a viajes en el tiempo con unas secuelas ‘era yo’ de dimensiones psicocósmicas), sino que además sé que continuaré con los otros tres. Porque ya os lo he dicho: las sagas de fantasía son como las pajas. Cuando haces pop, ya no hay stop.

11 mayo 2007

Paul Feig: cómo convertirse en un virgen de 24 años

Una muchacha que te gusta MUCHO tiene un día la ocurrencia de darse una relevante sesión de morreo contigo. Los días subsiguientes, como buen freak de poco éxito con las mujeres que eres, te comes soberanamente la cabeza, pensando que es la mujer de tu vida, pensando en qué hacer a continuación, cuál será el siguiente paso a dar para que todo vaya felizmente a más. Pero los días pasan y parece que nunca hubiese sucedido nada entre vosotros. Cuando no consigues comprender nada más que el hecho de que estás absolutamente pillado, esa muchacha te dice por teléfono “El otro día, un amigo mío con el que se me ocurrió enrollarme me salió, de pronto, con que por qué no estaba enamorada de él después de todo por lo que habíamos pasado. ¿Qué pasa? ¿Es que tengo que enamorarme de cualquier tío con el que me enrollo? ¿No es estúpido?”. Tu cabeza da mil vueltas, te preguntas si, la vez aquella que te enrollaste, no deberías haber aprovechado para ir a más, o si hiciste algo mal que hizo que ella no quisiese ir a más contigo. Sólo puedes responder “Sí, menudo estúpido”. Una vez cuelgas, la cabeza sigue revolucionada. Te planteas estupideces inmaduras como volverla a llamar para excusarte de lo que hubieses hecho mal aquella noche, para pedir una segunda oportunidad, para que sus sentimientos románticos resurjan. Obviamente, te das cuenta de que esa llamada es un acto increíblemente patético que sólo va a hacerte quedar peor, y decides, cabalmente, dejarlo estar.

Y entonces, por supuesto, la llamas.

Esto es sólo un leve apunte de la patética autobiografía sentimental del gran Paul Feig: queda claro lo del “cómo me convertí en un virgen de 24 años”. No me creo que nadie no se haya sentido siquiera un poco identificado con la lamentable escena del primer párrafo – los onvres nunca sabemos darnos por vencidos… - y que, desde luego, nadie haya dejado de sentie las más elevadas cotas de la vicisitud al imaginarse esa llamada telefónica (en la que llantos y otras cosas patéticas acontecieron).

Ahora es cuando tenéis la opción de dejar de leer e impedir el acceso a este sórdido onvre a vuestras vidas. Yo le dejé entrar y las consecuencias psicológicas han resultado devastadoras. Vosotros aún estáis a tiempo.

¿Seguís ahí? Bueno, yo os avisé…

Ente onvre comenzó como actor en la serie “Sabrina, the teenage witch”. Podéis refrescar vuestra memoria con este clip:




El frikismo inherente de su papel no era casual. En su
web pretérita y pluscuamperfecta se relatan una serie de papelones a cada cual más lamentable que, principalmente, implicaban el ser un nerd de primera. Viendo esta antología de vídeos caseros de su juventud, uno no se extraña de por qué las productoras decidieron encasillarle:



La pregunta que os haréis es: ¿Con tanto friki en el mundo, por qué nos enseñas a éste? Y la respuesta es que Paul Feig ha retratado la vicisitud de ser un adolescente nerd como NADIE en toda la puta historia del arte. “Soy adolescente, no muy agraciado, no me como nada, la clase de gimnasia es una tortura a evitar, no me como nada, me pajeo compulsivamente, no me como nada...”. Cualquier ser humano masculino que no se identifique siquiera un poco con esa frase es una presencia ciertamente extraña en este nuestro blog. El caso es que esas vicisitudes no han sido correctamente tratadas en los mitos griegos – esa gente que se empeña en decir que todo está en esas historias tan aburridas y tan peñazamente escritas debería ir al psiquiatra sin más dilación – ni en esa basura llamada “Las cuitas del joven Werther” de Goethe - ¿puede ese libro provocar alguna emoción en pleno siglo XXI? ¿Puede alguien no alienado por el mundo de la “Cultura” soportar ese pestiño? – como mucho, pensaba yo, sólo Woody Allen, en “Play it Again, Sam”, se había acercado al tema. Pero Paul Feig lo bordó con una serie de televisión – cancelada en la primera temporada, of course – llamada “Freaks and Geeks”.

LA MEJOR
SERIE DE LA HISTORIA. PUNTO. NI SE HA HECHO NI SE HARÁ NADA MEJOR SOBRE LA ADOLESCENCIA. Y, volviendo a citar a Alfonso Guerra “Ar que lo le guzte, ez un capuyo”.

Sobre la
terminología acerca de qué es un freak y qué es un geek, podéis leer este excelente post. En viruete, por su parte, podéis ver más detalles sobre esta gran serie. La grandeza de esta serie está en su absoluta autenticidad: nada es particularmente triste ni dramático, nadie tiene toda la razón ni lo hace todo bien. Esa es la clave para que todos nos podamos identificar con esos personajes y, en ocasiones, terminar llorando al final de un capítulo sin saber muy bien por qué. Aquí os la podéis comprar: la edición es la ostia y el precio bueno. Me lo agradeceréis, de eso estoy seguro.

La protagonista, Linda Cardellini está llamada a ser la extraña musa de más de un fistro. Lanavajaenelojo se escandalizaba cuando Paco Fox y yo le comentábamos que tenía un importante atractivo. Más aún, borda su papel de vivir entre el mundo de la sórdidas “mathletes” y la fascinación por ese calientacoños que es James Franco, el cual inconscientemente se aprovecha de ella mientras no renuncia a seguir trotándose a su sórdida tronca. TODOS los matices del outcastismo están en esta serie, de la cual pongo como ejemplo una escena en la cual el hermano de la prota intenta ser cool e impresionar a las nenas comprándose el último grito en moda discotequeira. La vicisitud es descomunal, pero no deberíamos extrañarnos si pensamos que es una escena basada en la biografía del propio Paul Feig. Y así queda todo explicado…



La serie también está en
bittorrent, con lo que me debería ahorrar el describir unas doscientas mil escenas memorables. Furthermore, es tan válida para onvres como para mujeres: Linda Cardellini se encarga de que la vicisitud no sea 100% masculina, como ocurre con los libros autobiográficos de Paul Feig que son, en el fondo, lo que más os debería recomendar en un post de pura vicisitud y sordidez como éste. Eso sí, toda mujer debería leer sus dos libros como forma insuperable de adentrarse en la psique masculina. A pesar de detalles extremos aquí y allí, los onvres somos ASÍ.

Sus dos libros son “
Kick Me” y “Superstud” (en esos links os salen por dos duros, so ratas). El primero – que aún espera a ser leido – es, como os podéis suponer, una pormenorizada crónica de lo que es ser un friki pringao en el colegio y que te curren por deporte. Yo soy un experto en eso, con lo cual no sé si soportaré su lectura. Paco Fox igual lo disfruta como curiosidad: ser el hijo de la directora del colegio te blinda contra según qué cosas…

El segundo, “Superstud: or how I became a 24 year-old virgin” es la crónica de la patética vida sexual del autor. Sus highlights incluyen el día que, subiendo por la cuerda en clase de gimnasia, descubre “the rope feeling”: así comienzan sus visitas al váter. Luego, vergonzosos momentos en los que le pregunta a su madre dónde ha guardado su revista de moda – “Es para un trabajo de clase” “¿Pero qué cosas te mandan hacer en ese colegio?” – ignorante la madre del anuncio de crema reafirmante de senos que entre sus páginas se hallaba. A continuación esa gran declaración de principios “Llega un momento en la vida en el cual el onvre tiene que salir de su casa para procurarse pornografía” junto con el recordatorio de que, si en su setentera infancia, le hubiesen dicho que, en el futuro, escribes
cualquier cosa en un sitio web y lo consigues, eso sería algo más difícil de asimilar que contarle a un señor del medioevo que, en varios siglos, alguien llegaría a la Luna.

“Superstud” era leído, conjuntamente, por un servidor y lanavajaenelojo, porque la vicisitud experimentada era tan alta que se necesitaba el grito solidario. Cuando de la masturbación – que incluye diálogos con Dios, tales son las taras de una educación ultracristiana – se pasa al “Hellooooo ladies…” los gritos subieron de volumen. Momentos como el de conseguir invitar a la tía con las tetas más grandes de la clase – “my big prize date” – a un concierto de REO Speedwagon (toma sordidez) sólo para que los borrachos de detrás te la levanten antes que pudiese rozar nada eran duros. Pero el momento en el que Paul Feig intentaba usar su talento “artístico” y “literario” para sorprender a las féminas (aquí es cuando yo me ruborizo) es todavía peor: tal es el caso de una compañera de teatro, Maura, novia de un amigo suyo. Ese amigo llamado Matt, más guapo y con más talento actoral que Feig, siempre le robaba los mejores papeles, conseguía a la chica que a él le gustaba… Por ese motivo, causa regocijo el flashforward del libro en el cual Feig, ya casado, se reencuentra con Maura. “¿Eres Paul Feig?” (cómo una mujer puede preguntar eso si huir, me supera) “¡Hola! Voy a presentarte a mi hija y a mi marido”. Feig da por hecho que va a ser Matt, pero… ¡Sorpresa! ¡Es otro señor! “Hey, Matt me arrebató todos los papeles que yo había deseado en mi vida. Ahora, podía disfrutar del hecho de que había un papel que ninguno de los dos consiguió: el de marido de Maura. Una cosa es que ahora ser mayor, pero nunca dije que fuese más maduro”. Ya veis: tirando hacia atrás con ira.

Para el final de este novelón, Feig se guarda dos cargas de profundidad: el capítulo penúltimo se titula “Please, do not read this chapter”. Sigo arrepintiéndome de haberlo leído: la única pista que doy es que implica tener un cuerpo elástico. El último capítulo, por su parte, está redactado con estilo bíblico, con sus capítulos y versículos y se titula “El libro de los milagros: Cómo el autor perdió su virginidad”. Vivo con el convencimiento de que Ratzinger himself redactó ESTO. Nada quita más las ganas de follar que las descomunales vicisitudes de Paul Feig evolucionando en la cama. Needless to say, Feig nos describe problemas eréctiles, ganas desaforadas de mear, miedo a empelotarse (ella ya estaba en bolas y ahora le tocaba a él), dudas acerca de cómo practicar el sexo oral (es lo que había aprendido “que había que hacer” pero “En Playboy, esa parte de la anatomía salía desenfocada, y no se me ocurría cómo pedirle a ella que hiciese un viaje allá abajo”)… Bueno paro ya. A estas alturas, o ya os habéis comprado “Superstud” sólo por euro y medio o bien habéis decidido que tenéis suficiente Paul Feig en vuestras vidas. La pregunta, por supuesto es “¿Por qué alguien querría recordar con tanto detalle tales momentos de su vida?” o “¿Por qué ese alguien, además de escribir sus proezas amatorias y masturbatorias decide luego
leerlas en público en eventos varios?”

Para redondear la grandeza de este señor, decir que emula a nuestro querido UBA al haber logrado introducir su largometraje “Unaccompanied Minors” en el bottom 100 de la imdb. Un sórdido del renacimiento nuestro Paul Feig, sin duda. Hace unos días, lanavajaenelojo y yo veíamos la serie “Undeclared”, creada por Judd Apatow, el cocreador de “Freaks and Geeks”. El capítulo estaba siendo especialmente bueno y pletórico de vicisitud. De pronto, un título de crédito lo explicó todo: “Directed by Paul Feig”. Nuestros gritos no cesaron hasta el final

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