31 agosto 2007

Los grandes inútiles de la F1 (y por qué Lewis Hamilton sigue siendo un mierda)


Sólo los fans del bigotón sabemos que el mejor nadador de la historia era Mark Spitz. Para el resto de la gente, que sabe que la única aportación memorable – no porno –de las piscinas a la humanidad ha sido la consagración estelar de Fernando Esteso, está claro que el mejor nadador de la historia fue aquel onvre africano que, apenas sabiendo nadar, se presentó a unas olimpiadas. La participación de Eric Moussambani, deambulando por la piscina olímpica en solitario, y a punto de ahogarse, es, para todos los que lo presenciaron, uno de los hitos indiscutibles de las olimpiadas.



Admitámoslo, todos preferimos a los inútiles: es más fácil tenerle cariño a Uwe Boll que a John Ford, a Santiago Rouco que a Elvis... Y es que esta gente no son realmente inútiles, sino artistas supremos de la sordidez que necesitan la atención de los medios para poder transmitir su mensaje de amor al mundo. Es un mensaje alternativo que cuestiona la imbécil épica del deporte y sus absurdos sacrificios.

Recientemente, en el formidable Gran Premio de Nurbugring, un patético piloto, llamado Markus Winkelhock – hijo de otro piloto alemán igual de incompetente – consiguió, a golpe de talonario, que le dejasen correr en el gran premio de su casa. Después de recibir varias críticas tras sus lamentables esfuerzos en la clasificación, las delirantes condiciones meteorológicas – y un acierto estratégico de su equipo – le colocaron en primera posición del gran premio de su país... ¡a más de medio minuto de Felipe Massa, el segundo clasificado! Por supuesto, las mentes mediocres de la FIA no podían tolerar aquella “vergüenza” (sobre todo porque Hamilton se había salido de pista) y sacaron, por primera vez en muchísimos años, la bandera roja para anular la carrera (y una grúa para ayudar a Hamilton de la cual todos los seres humanos no ingleses – toma pleonasmo – ya han fecho la debida chanza).

Después de haberme dejado la voz animando a Winkelhock, me toca ahora quemar la poca que me queda en aplaudir las catorce – ese número - maravillosas carreras automovilísticas de los siguientes príncipes de la sordidez. En mi proceso de búsqueda, descubrí la magnífica página f1rejects que me descubrió mundos nunca jamás soñados de incompetencia. He aquí el hall of shame:

14. Tardó nueve años en darse cuenta de su inutilidad: Piercarlo Ghinzani.

Luca Badoer, a día de hoy reputadísimo primer piloto probador de Ferrari, tiene el maravilloso honor de ser el piloto que más carreras ha disputado – 56 - sin lograr jamás un mísero punto (ese séptimo puesto en San Marino ´93 aún le debe estar escociendo). Creo que Luca aún se pregunta por qué me abalancé hacia él tan desaforadamente en pos de su autógrafo...

Pero creo que, muchas veces, cantidad equivale a calidad. Y, así, nuestro amigo Piercarlo Ghinzani, probablemente el piloto más feo de la historia de la F1, armado con su traje y corbata logró innúmeros patrocinios que le permitieron exhibir su majestuoso paso de tortuga durante la friolera de 111 carreras. Entonces, sólo había 16 grandes premios al año. Iba a decir “do the math”, pero esa frase es más aplicable al hecho de que, a lo largo de su mastodóntica carrera, sólo logró 2 puntos. Y por aquello de que “toca estadísticamente”.

13. Nunca llegaron a la parrilla de salida: Alberto Colombo y Otto Stuppacher

Dos son los momentos históricos donde encontrar avalanchas de inútiles en la F1: los 70 y los primeros 90. Las dos eran épocas en las que, sin necesitar mucho dinero, y alquilando el coche – o ensamblando el tuyo cutremente en el taller de tuning de Amalio – podías personarte para disputar un gran premio. El cutrerío llegaba a estampas tan bellas como Frank Williams desmontando un F1 y facturándolo en un avión como equipaje de mano. O pidiendo calderilla para irse a una cabina de teléfonos en pos de nuevos patrocinadores.

Evidentemente, la FIA (o FISA o FOCA en su momento) sabía que, por razones elementales de seguridad, había un máximo de coches que podían correr en un circuito. Así pues, se inventaron la mítica “Sesión de preclasificación”. Quienes no lograsen un tiempo determinado (a partir de un número de la parrilla) no correrían. Ni que decir tiene que no son pocos los que JAMÁS pasaron de esa primera sesión. De entre ellos, elegimos dos:

Alberto Colombo lo intentó tres veces sin éxito. Si bien no parece inutilidad suficiente, su maravilloso peinado afro-italiano hace que merezca nuestra reverencia y le otorga su lugar en la posteridad. Coñe, que quería poner su foto...

Otto Stuppacher también lo intentó tres veces sin éxito alguno. Pero con un maravilloso matiz de calidad: el día de la carrera, dos pilotos no pudieron presentarse en la parrilla de salida. De esta manera, Otto el piloto (como diría Medem en su forsálico chiste) podría, por fin, disputar el gran premio. El equipo corrió precipitadamente al box para que pudiese dar la vuelta de formación. Pero Otto ya había cogido un avión de vuelta a casa.

Eso sí que se llama salir de la F1 por la puerta grande.



12. El inútil de la era de Internet: Alex Yoong

Pedro J. eligió el momento justo para que Exuperancia le mease encima y aluego le sodomizase. De haberse puesto el corpiño rojo – lo único que me escandalizó del mítico vídeo por lo mal que le quedaba - un año más tarde, la apoteosis interneteira del evento hubiese sido inimaginable.

Bien, pues Alex Yoong, también conocido como el callo malayo, eligió mal el momento para debutar en la F1. De haberlo hecho unos pocos años antes, hubiese sido otro piloto más con un patrocinio bien gordo debajo del brazo (de relevantes empresas malayas, en su caso). Pero, en plena era de Internet, sin el calvario de las preclasificaciones, y teniendo como compañeros de equipo nada más y nada menos que a Mark Webber y Fernando Alonso, el pobre chaval se dedicó a sufrir el escarnio público de un equipo que pilló el cheque del patrocinio sin darle un mísero día de entrenamientos para que aprendiese a pilotar un F1.

¿El resultado? Pues que, durante varias carreras, no logró cumplir la regla del 107%. Esto es: tu tiempo tiene que ser, como mucho, el 107% del tiempo de la pole position. Los internautas – sinónimo habitual de “gente sin la más mínima memoria histórica previa a internez” – decidieron que Alex Yoong era el “worst F1 driver ever”. Mentira podrida: a continuación vienen once peores.

11. El verdadero príncipe de la destrucción: Andrea De Cesaris

Su apodo era “Andrea de Crasharis”. ‘Nuff said. Muchos pilotos llegaron casi al extremo de recoger firmas para que le echasen de la competición, pero Andrea, impertérritamente, se dedicó a seguir estrellando su coche, bien contra las barreras, bien contra quienes intentasen adelantarle o incluso doblarle.

Su estancia en McLaren en 1981 ostenta un pequeño gran récord: 18 monoplazas destruidos. En McLaren decidieron poner buena cara al mal tiempo y decir que De Cesaris había sido un excelente piloto de pruebas que les había permitido diseñar el chasis más rígido de toda la parrilla.

Sí: era rápido, aunque se estrellase a la vuelta siguiente de lograr su mejor tiempo. Sí, logro una pole, aunque no acabase esa carrera. Pero sus más de doscientas carreras siempre depararon ACCIÓN.




10. Correr a cualquier precio: Hans Heyer

Sólo disputó una carrera, pero a veces todos los seres humanos vivimos para ese momento de gloria.

Thing is, Hans no había conseguido superar la sesión de preclasificación por muy poco: se había quedado a dos míseros puestos. Su espíritu no estaba dispuesto a admitir que había fracasado por tan poco, así que decidió hacer, cual Lewis Hamilton de la vida, una interpretación “creativa” de las normas. El día de la carrera preparó su coche en los boxes. Una vez dada la salida, el bigotón Clay Regazzoni colisionó con Alan Jones, con lo cual Hans razonó “¡Dos coches menos! ¡Ya puedo salir!”. Y, con dos cojones, se plantó en la pista.

Lo gracioso es que fue el público, y no los comisarios de pista, los que se dieron cuenta. Antes de que pudiesen descalificarle, Hans ya se había retirado con un problema mecánico. Los freaks de las estadísticas aún se plantean “¿Pero participó en la carrera o no?”. Mi respuesta es clara “¿Es que hay alguna forma mejor de participar?”.

9. La carrera más corta de la historia: Marco Apicella

El piloto de Jordan sí que logro preclasificarse – y no como otros... – pero su única participación en el gran premio de Monza de 1993 pasará a la historia por su magnífica brevedad. En la salida, Marco colisionó con JJ Letho, con lo cual no consiguió ni siquiera tomar la primera curva.

De todos los pilotos que han logrado tomar la salida en una carrera de F1, ninguno disputó menos metros que Marco Apicella. Sin duda alguna, eso lo convierte en un artista minimalista mucho más interesante que el grueso de muermos que integran ese movimiento.

8. Solo ante El Corte Inglés: Jorge de Bagratión

Una historia tan gloriosa a la par que chapucera como la de Don Jorge sólo podía ocurrir en España. La sutileza burocrática de sus desventuras daría pie a una novela de Galdós. Quienes crean que la historia del automovilismo español comienza con Fernando Alonso deberían pararse a leer la historia – cortesía de Félix Muelas - del único participante cuyo nombre NO aparece en ninguna lista de entrada oficial de la FIA. Ya saben, esas cosas de que hay que inscribirse para participar...

Jorge de Bagratión era uno de los muchos pilotos “locales” que únicamente participaban en el Gran Premio de su país. Alquiló un Surtees TS16 y lo pintó con los sórdidos colores de sus patrocinadores: la escudería Calvo Sotelo y El Corte Inglés. Con los dineros que estas empresas aportaban, pudo inscribirse.

La semana antes de la carrera, El Corte Inglés decide retirarse de la aventura. Teóricamente, eso da igual: Jorge De Bagratión ya está inscrito. Pero, en un españolísimo giro de acontecimientos, el presidente de la federación automovilista española fracasa en su intento de reelección, con lo cual abandona su despacho. Al irse de éste, recoge todos los papeles de cualquier manera. Entre ellos, la lista de participantes en el Gran Premio de España.

Así pues, hubo que elaborar otra lista a toda prisa, con lo cual Jorge, sin patrocinadores, ya no pudo estar en ella. Still, la historia ha decidido recordar su “participación” en esta carrera con la distinción “DNA” (“did not arrive”).

Para que digan que no somos un país de inventores...


(EDIT: Véase la sección de comentarios donde Monolito Lunar nos explica cómo Don Jorge de Bagratión se postula como legítimo heredero del trono de Georgia. No, no es coña)

7. Llegué, me fostié e hice historia: Jean Louis Schlesser

1988 fue el año en el que el equipo McLaren-Honda iba a hacer historia. Entre Alain Prost y Ayrton Senna estaban a punto de ganar TODAS las carreras del campeonato. Pero hubo algo que no pudieron prever: Nigel Mansell contrajo la fiebre del pollo.

Así dicho suena lamentable. Y, efectivamente, lo fue. El equipo Williams buscó un piloto que sustituyese a Mansell durante un par de carreras. Consiguieron a Brundle, pero cuando se suponía que Mansell iba a ponerse bueno, nuestro bigotón británico favorito decidió seguir enfermo. En Williams se volvieron locos buscando un sustituto decente (hasta intentaron que el bigotón de Keke Rosberg volviese a las carreras), pero no encontraron nada mejor que Jean-Louis Schlesser...

El gran gabacho demostró que era la “última opción” por algo: su falta de experiencia le hizo salvarse in extremis de la preclasificación. Además, iba dos segundos más lento que su compañero de equipo. Pero pensaron “seguro que tiene un segundo más de velocidad en la recámara”. Craso error.

Jean-Louis se arrastró miserablemente por Monza y, en el momento en el que Senna paseaba tranquilamente hacia la victoria, le tocó dejarse doblar. Vean el vídeo del mítico momento:



Para añadir dolor al insulto a McLaren, el abandono de Senna significaba un doblete de Ferrari... ¡en Italia!. Vivo convencido de que a Jean-Louis le ponen la alfombra roja en todos los restaurantes italianos y que el Gobierno de la República le ha regalado un bono-putanas ilimitado para todos los clubes de carretera de Calabria.

6. De tal palo... tal carallo: Gary Brabham

Todos los hijos de campeones suelen tener un mínimo de calidad. Pero el vástago del tricampeón Jack Brabham no era uno de ellos. Su palmarés – con el desastroso equipo Life – consiste en dos intentos fallidos por preclasificarse. Si está tan alto en la lista es por lo glorioso de esos dos intentos.

El primero de ellos duró tan sólo 400 metros antes de que el motor estallase. Pero el segundo supone la que, probablemente, sea la vuelta de clasificación más lenta de todos los tiempos, a casi 50 segundos del tiempo de pole. Como seguidor de Remedios Amaya que soy, apoyo el esfuerzo de Gary: no tiene sentido no preclasificarse por poco. Si no vas a disputar la carrera, por lo menos que sea quedando de último y con ganas. ¡Dí que sí, Gary!

5. Gloria en el safety car: Eppie Wietzes

El canadiense Eppie Wietzes disputó dos carreras en F1 separadas entre sí por siete años. No logró terminar ninguna de ellas, pero su lugar en la historia está asegurado por lo que hizo entremedias.

Eppie, en efecto, fue el primer conductor del safety car. Si, hoy en día, se crean situaciones de caos y confusión a la que el safety hace acto de presencia, imagínense la primera vez que saborearon aquella “novedad”.

El caso es que, en una carrera lluviosa, Jody Scheckter y François Cevert colisionaron, con lo cual se sacó el safety car a pista. En ese momento dejó de llover, con lo cual la mayoría de los pilotos se apresuraron a cambiar neumáticos. Como en aquella época no había ordenadores, nadie tenía muy claro quién iba con vuelta perdida y quién no. Así pues, nuestro gran Eppie Wietzes, en una de esas decisiones tipo “Un 16,66% de posibilidades de que me toque la bala en la ruleta rusa, no puedo tener tan mala suerte...”, hizo un gran esfuerzo intelectual, jugó a pito pito gorgorito y decidió que el líder de carrera iba a ser... ¡Howden Ganley! ¿Lo conocen? ¡Yo tampoco! Para rematar el caos, decidieron que, al carallo, todos iban a tener la misma vuelta, con lo cual Peter Revson se desdobló mágicamente y terminó ganando la carrera.

Es posible que, si un día vuelven a doblar a Hamilton, la FIA decida que Eppie vuelva a pilotar el safety car. Y hablar del coche de seguridad nos conduce indefectiblemente a...

4. ...Taki Inoue

Ya hablé de él en su momento, pero me resisto a aceptar que el animal de cuadra de Ukyo Katayama fuese más inútil que Taki. Después de todo, Ukyo pilotó bastante bien en 1994. Igualmente, Yuji Ide fue excluído de la competición antes de que pudiese demostrarnos por dónde irían sus “trazadas creativas” en Mónaco. Eso hace que Taki Inoue, el único onvre en ser atropellado por el safety car, tenga este lugar de honor a ras de pódium.

3. Big time ridicule: Michael Andretti

La mayoría de los inútiles aquí citados tienen algo en común: los armarios que pilotaban no ayudaban, precisamente, a ocultar su miseria como pilotos.

El caso de Michael Andretti es distinto: con un McLaren que Senna llevó a la victoria en seis ocasiones, Michael se dedicó a realizar el equivalente automovilístico de mear en la piscina desde el trampolín.

Mientras su compañero Senna conseguía, en ocasiones, liderar el campeonato del mundo, Michael se dedicaba a hacer trompos con alegría y, sobre todo, ver dónde había vidilla en la primera curva para apuntarse jovialmente.

Pero, el ganador de nuestra medalla de bronce no se limitó a facer alarde de incompetencia. No, eso lo hago yo todos los días poniendo un pie detrás de otro para hacer esa cosa que llaman “andar”. Michael Andretti era un incompetente ORGULLOSO. Mientras cualquier mediocre intentaría practicar más, dar vueltas y vueltas para intentar acercarse a los tiempos de Senna, Michael no caía en esas obviedades. Desde el inicio del campeonato, Andretti decidió que seguiría viviendo en los Estados Unidos y que sólo se trasladaría a Europa para las carreras. Como debe ser.

Dicho sea de paso: Senna tenía un sexto sentido para detectar inútiles. Ayrton creía firmemente en que un equipo sólo debería tener un piloto número 1 y, aluego, un incompetente que no crease problemas. A Senna deben su pública humillación pública pilotos como Satoru Nakajima y, sobre todo, Johnny Dumfries. Pero ninguno tan maravilloso como Michael Andretti. Seguro que Ayrton vio esta maravillosa actuación suya cuando obligó a Ron Dennis a que le contratase:




2. El noble arte de conducir a 60 Km/h : Al Pease

Normalmente, solemos asociar la inutilidad con la total imposibilidad de conducir al límite. Y con el consiguiente accidente. Y solemos tener razón.

Pero los genios son los que, contra todo pronóstico, piensan de otra manera: como cuando Battiato dice “El animal que tengo dentro de mi/ me quita todo/ hasta el café”. O como cuando Uwe Boll intenta contar cabalmente una historia. Bien, Al Pease, el ganador de nuestra medalla de plata, es una eminencia del pensamiento alternativo.

En el demencial diluvio que fue el Gran Premio de Mosport de 1967, Al logró conducir su coche a una fascinante media de 69,4 Km/h. Creo que mi amigo Fran, yendo con lluvia por Cangas do Morrazo con evidente riesgo de aquaplaning, y con un servidor tirándose pedos en el asiento de al lado, logró una media superior.

Al final, terminó a 43 vueltas del vencedor, Jack Brabham. Es cierto que perdió mucho tiempo intentando reparar su batería en los boxes... ¡y hasta aparcando el coche en una curva para intentar repararla el propio piloto! Pero 43 vueltas son todo un record...

La siguiente de sus tres carreras también incluyó “reparaciones en la pista” cuando descubrió que uno de sus habilidosos mecánicos se había dejado olvidada una llave alen dentro del motor.

Pero la tercera y última de sus participaciones es una forma majestuosa de “cerrar el círculo”. Al Pease volvió a Mosport, el escenario de su gloria pasada, dispuesto a que la historia no se repitiese. El día era soleado, la lluvia no podría hacerle quedar a 43 vueltas del vencedor. Bien, a veces la historia se repite.

El coche que usó Al para la carrera de Mosport era un trastajo anticuado que desempolvó el día anterior. Ni que decir tiene, pronto comenzaron a doblarle. Con lo que los líderes de la carrera no contaban es que Al estaba inmerso en su particular duelo con la historia, así que dejarse adelantar no era algo que estuviese en sus planes. Los volantazos violentos de Al Pease lograron sacar de pista a varios participantes. Otros se salieron simplemente porque Al iba tan lento que no tenían tiempo de esquivarlo.

Cuando Al casi saca de pista a Jackie Stewart, Ken Tyrrell se dirigió airado a los comisarios y logró que estos adoptasen una decisión única en la historia de la F1: le sacaron la bandera negra (desclasificación fulminante)... ¡por ir demasiado lento!).

Un caso único, pero aquí sólo damos medallas de plata a los talentos extraordinarios. Además, lució orgullosamente el número 69 en sus bólidos hasta el final de su carrera.

1. Perry McCarthy y el maravilloso equipo Andrea Moda

Cuando los anuncios de promoción de tu equipo consisten en una tía en pelotas con botas de cowboy tocando el saxofón, todo el mundo debería tener claro que estás predestinado a alguna clase de grandeza.

Cuando el jefe de tu equipo es un magnate de la moda que se llama Andrea Sassetti y, a la vez, dicho jefe está más preocupado de que no le asesinen a la salida de su mansión camino del prostíbulo antes que de saber si tiene camiones para llevar sus bólidos a las carreras...

Cuando intentas salir de boxes y tu coche sólo puede avanzar 18 metros...

Cuando miembros de otros equipos dicen que tu coche no tiene motor que son los mecánicos los que, en realidad, están haciendo los ruidos con la boca...

... ¿Quieren seguir leyendo o ya se han acojonado?

Ese era el equipo Andrea Moda. Y nuestra medalla de oro es para Perry McCarthy, el onvre que tuvo las pelotas de meterse ahí y vivir para contarlo.

Durante el campeonato de 1992, el equipo Andrea Moda se pusó a intentar fabricar un chasis que pudiese resistir los más elementales “crash test”. El resultado: no pudieron disputar las dos primeras carreras, con lo cual sus pilotos titulares – Caffi y Bertaggia - comenzaron a quejarse. Naturalmente, fueron despedidos. Sus sustitutos fueron la pareja con menos pelo de la historia de la F1: Roberto Moreno y Perry McCarthy.

Lamentablemente para Perry, eso significaba que el equipo no podía efectuar más cambios de piloto, así que cuando Roberto Bertaggia (fistro importante con un palmarés que consistía en seis intentos fallidos para preclasificarse) apareció con un espónsor de un millón de dólares y el equipo no podía aceptarlo “porque Perry ya estaba como piloto titular”... Ya pueden imaginarse que el “Voy hacer que tu vida sea un puto infierno” se queda corto para describir las posteriores andanzas de Perry en el equipo.

Sí, a veces en este blog hacemos oda al genio individualista. Pero cuando somos muchos los que cooperamos para el bien común, el resultado SIEMPRE es mejor. El caso del equipo Andrea Moda es insuperable.

En su primer gran premio, Perry consiguió completar 18 metros en la preclasificación. Por supuesto, le esperaban tiempos más felices cuando logró dar ¡7 vueltas! en Imola. En preclasificación, of course, pero nunca volvió a recorrer más distancia. En Monaco, por ejemplo, Roberto Moreno logró lo imposible: conseguir preclasificarse, así que el equipo paró a Perry McCarthy cuando sólo llevaba dadas 3 vueltas al circuito para que su coche no sufriese ningún daño y pudiese ser el coche “de reserva” de Roberto Moreno.

En los grandes premios de Canadá y Francia, Perry no pudo participar... ¡porque el equipo no había conseguido hacer llegar sus coches al circuito a tiempo! Las cosas mejoraron en el gran premio de su casa, cuando estuvo a punto de completar una vuelta antes de que el motor fallase. De cualquier manera, aprovechó el pararse al borde de la pista para vender mil camisetas que él mismo había diseñado y en las que se cagaba en el equipo por la forma en la que le estaban tratando (Sí, quiero que Alonso haga lo mismo en plan “Ron Dennis fucks with a horse”. Pagaré lo que me pida). Eso sí, luego fue más que comprensible que, en la siguiente carrera sólo le dejasen salir de boxes a 45 segundos para el final de la sesión.

Por supuesto, el momento álgido de la temporaba fue cuando, para ahorrar, el equipo de mecánicos le instaló al bueno de Perry la transmisión defectuosa del coche de Roberto Moreno (se había medio estropeado en el gran premio anterior). Basta decir que, en la cuerva más rápida y peligrosa del mundo (Eau Rouge) la transmisión se rompió y Perry se salvó de la muerte por centímetros.

De todas formas, ya no hubo más carreras para Andrea Moda. Su patrón fue detenido por delitos fiscales y el equipo fue expulsado sin mayores ceremonias de la F1. Los ingleses – que, mal que nos pese, son los hijos de puta que escriben la historia de la F1 – siempre dirán que Perry era un onvre con mucho talento y muy mala suerte al que el equipo puteó. Personalmente, creo que Roberto Moreno era mejor que él y que también puede que sea cierto que hubiese pilotos peores. Pero nuestra medalla de oro es un premio, no un castigo. Y Perry se la merece porque, después de haber tenido la peor carrera en F1 de la historia... ¡tuvo los santos cojones de escribir un libro humorístico sobre ello! Eso le convierte en uno de los más grandes apóstoles del cachondeo en este mundo de lloricas y de papás de Hamilton en el que nos ha tocado vivir. Y, como todo grande del cachondeo, se merece un lugar de honor en este nuestro blog. Su gran libro “Flat Out. Flat Broke. F1 the Hard Way” merece estar en todas vuestras listas de navidad. Really.

Y ahora el bonus track obligado:

Por qué Lewis Hamilton sigue siendo un mierda.

Pilotos que hacen cerdadas los ha habido de múltiples y variadas clases. Schumacher viene a la mente al instante, pero hay que recordar que sus momentos más estelares siempre acontecieron en la pista y siempre supusieron ACCIÓN. Incluso Senna, que era mucho peor – porque Schumacher hacía el cerdo en el calor del momento, mientras que Ayrton lo facía con premeditación y alevosía – también era bello y plástico cuando estampaba su McLaren contra el Ferrari de Prost.

Frente a todo esto, Hamilton se contenta con faltar a la palabra dada – qué queréis, yo soy un caballero español, tú no eres extranjera... – y lloriquearle a su papá para que luego la prensa inglesa y la FIA hagan el lamentable resto. O, mejor aún, poner la clásica carita de cona de niñato sonriente que dice “No sé porque Alonso no me habla...”.

Pero el hit definitivo se produjo tras el gran premio de Hungría. Después de haber reñido por vez primera con Ron Dennis, Hamilton decidió proteger su posición... ¡ligandose a la hija del otro “jefe” de McLaren, Manssour Ojjeh! Para que os hagáis una idea: sólo Ecclestone tiene más pelas que ese buen señor. Ese fue el día en el que Lewis Hamilton se conviertió en Alejandro Agag. Y creo que, puestos a ser un vividor, no necesito explicar la diferencia entre un olímpico como el conde Lecquio y un trepas como Agag. Y, si alguien necesita que se lo explique, que se largue.

Sí, Hamilton saca lo peor de mi. Tengo el hábito de desearle la muerte a le gente e incluso me alegro y brindo cuando mueren ciertas personas. Cuando Lewis se estrelló en los bellos entrenamientos de Nurburgring, terminé pensando si a su papá le harían una oferta de 2x1 en la compra de sillas de ruedas. O si Lewis le copiaría la telemetría a su más experimentado hermano tontaco cuando compitiesen en carreras paralímpicas. Pero no hubo esa suerte.

De todas formas, vivo con una esperanza: Courtney Love, en una sobredosis de lo que fuese, decidió que Hamilton era el ser más sexy del planeta, y que tenía que follárselo como fuera. Es posible que lo logre y que Lewis conozca el mismo lamentable destino de Kurt Cobain. No me refiero a la muerte, sino a que un director pretencioso te ruede dos horas sacándote las pelusas del ombligo en el box para que, al sector de la humanidad que se haya tragado ese pestiño fílmico, le parezca de puta madre que ¡por fin! la hayas palmado.

Vosotros mismos podéis disfrutar escribiendo el guión. Enviad una sinopsis a:

http://www.myspace.com/gusvansant
media@mclaren.com

25 agosto 2007

Televisión de culto: El dream team de Chicho y la doctora Ochoa

Como casi todas las gentes de mi generación, de niño veneraba el Un dos tres y lo consideraba la mayor cumbre de la historia audiovisual. Hoy día sigo pensando que no se debería de considerar delito el asesinato de cualquiera que ose hablar mal de Mayra Gómez Kemp o las hermanas Hurtado pero, aunque suene snob, la explotación de la nostalgia de la televisión de los 80 le ha quitado la gracia a reivindicar este programa al haber pasado de verse como algo sórdido a la posición de entrañable y cool (algo parecido me ocurre con el festival de Eurovisión y con La bola de cristal). Ver anuncios tan vomitivos como esta publicidad de Coca-cola de somos guais por haber sobrevivido a las hombreras me refuerza en mis posiciones; además, las imágenes del Un dos tres suelen ir acompañadas en los popurris del recuerdo de otras de programas de la misma época de desigual calidad: poner a un beato cutre y ñoño como Miliki o cualquiera de los 800 miembros de su estomagante familia al lado de personajes tan insignes como Raúl Sender o La Bombi es intolerable. Por lo tanto me permito recordar que Chicho Ibáñez Serrador tiene más obras maestras en su haber casi igualmente dignas de homenaje y que además no pertenecen al género catódico familiar (recordemos las sabias palabras de John Waters: decir familia es decir censura). Y no me refiero sólo a las Historias para no dormir, sino también a no uno, dos programas al lado de una mujer con la que formó un dream team que (oh sacrilegio) puede ponerse a la altura del que protagonizó con Mayra: la gran Elena Ochoa.

Si Chicho fue a su manera un pionero de la telebasura con la eliminatoria del Un dos tres, ensayo de lo que serían más adelante los concursos de humillación, y siempre tuvo una vena populachera considerable, la doctora Ochoa era su contrapunto perfecto: seria, profesional y distante. No soporto a los presentadores de televisión que hacen la pelota a la gente ni mucho menos que tratan de tú a la señora que llama para concursar en la gilipollez de turno y que fingen interesarse por su mediocre vida; así mismo que un cantante en un concierto diga cosas del tipo sois un público genial sólo me parece admisible si viste de smoking blanco y lleva a cabo versiones de Bisbal o Julio Iglesias en la verbena del pueblo, de lo contrario debe ser fusilado sin contemplaciones. Un buen showman sabe que debe ser hierático y dosificar su sonrisa, para cuentachistes ya está el borracho del bar. El concepto del entretenimiento de Chicho logró pues una química con la televisión didáctica falangista/estalinista representada por Elena Ochoa que resultó perfecta para el primer programa de divulgación sexológica de la historia de la pequeña pantalla en España: Hablemos de sexo fue todo un hit de audiencia.

Por si no lo recuerdan, el programa comenzaba con una música un tanto siniestra y un primer plano bergmaniano de la presentadora que, con rostro grave y pelo recogido, anunciaba que el tema del día era la impotencia o la sífilis. Ver a aquella señora fina y elegante hablar de forma tan científica y rigurosa de erecciones, clítoris o coito anal me producía un gozoso sentimiento de depravación sólo comparable al momento de esa obra maestra que es Anatomía de un asesinato en el que James Stewart muy serio, con traje y corbata y en blanco y negro pregunta: ¿Diría usted que la señora aquí presente es un pendón verbenero?

Para quitarle hierro al asunto, las asépticas y precisas explicaciones de la doctora se intercalaban entre encuestas tomadas a pie de calle en las que las masas respondían a preguntas del tipo ¿Qué es un orgasmo? Recuerdo a un señor con voz levemente gangosa manifestar sin mayores ambajes que un orgammo e' una buena follá. Al plano del un tanto orejudo paisano le siguió otro de la señora Ochoa que, imperturbable, opinó que lo que este hombre ha explicado de forma un tanto zafia es muy correcto. Su profesionalidad y savoir faire volvían a quedar patentes cuando abría las líneas del teléfono y escuchaba impertérrita las rocambolescas dudas de los espectadores: Si orino después de tener relaciones sexuales, ¿me puedo quedar embarazada? o He descubierto que mi hijo se masturba, ¿debería pegarle? La doctora no sólo era capaz de escuchar estas consultas con rostro serio y atención sin reírse ni proferir insultos, sino que además sonreía durante la respuesta para dar confianza al despistado paciente catódico. Cuanta sabiduría. ¿En serio alguien prefiere a una histérica como la Lorena esa?

Pero Elena Ochoa no era sexóloga sino algo aún más depravado, especialista en psicopatologías, por lo que Hablemos de sexo no la satisfacía plenamente. Así pues, años más tarde el tandem Ochoa/Chicho generó Luz roja, un programa más variado en el que la doctora podría dar rienda suelta a su pasión por el psicodrama. En el día de la presentación explicó el concepto de forma muy sincera: verán ustedes imágenes impactantes y comportamientos extremos, pero no nos limitaremos simplemente a exhibirlos como un Pepe Navarro cualquiera (vale, esto último es un añadido mío) sino que los explicaremos y analizaremos.

En efecto, Luz roja arrancaba siempre en quinta. El primer programa, con la snuff movie de un tipo que se pegaba un tiro en directo delante de una cámara; el segundo, con el cliente de un ama sadomasoquista que recibía latigazos, cera ardiente y era sodomizado con gran gustirrinín por su parte; el tercero, con la decapitación de un gallo durante un rito vudú cuyo hechicero se restregaba con alegría la sangre por la cara .... Estas escalofriantes presentaciones daban paso a un rosario de patologías, traumas, fetichismos y adicciones equivalentes a toda una retrospectiva completa del cine de Polanski. A la cuarta semana TVE debió de darle un toque a Chicho y el tono del programa se dulcificó un poco. Más adelante incluso dedicaron la noche a hablar de la felicidad y temas más ligeros, lo cual nos permitió ver a la doctora con el pelo suelto, algo que hasta el momento me parecía tan antinatural como imaginar a Ana Blanco con permanente.

No obstante, las audiencias de Luz roja fueron disminuyendo progresivamente; a pesar de haber sido muy atrevido en su tiempo, con la presencia de las televisiones privadas el concepto de televisión de Chicho se había vuelto demasiado amable o tal vez demasiado sofisticado. Había que adaptarse a los nuevos tiempos, así que él repetiría éxito con El semáforo pocos años más tarde, mientras que ella, que no se veía apta para tales lides, se retiraría discretamente de la tele para liarse con el famoso arquitecto Norman Foster. Actualmente nuestra amiga trabaja en la publicación de una revista muy pija para profesionales de la fotografía. Hablemos de sexo y Luz roja tienen, por su parte, su lugar de oro en la historia de la televisión de culto y la sordidez.

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