25 diciembre 2008

Cine-colonoscopia: Todo es más divertido con un váter

Hay películas malas. Hay películas malas-colonoscópicas. Y por encima de todas están aquellas cuyo visionado plantea la duda de si su repetida exhibición podría desembocar en una repentina implosión del universo. Aunque los efectos quizá se circunscribieran sólo a nuestra galaxia.

La frase que encabeza este post se puede escuchar en esa ¡ÉPICA! de la vicisitud fílmica que es ‘The Spirit’, justo después de que el villano le calce al héroe un retrete por la cabeza. Uno de los mejores momentos de ésta , la obra cubre de la carrera de Frank Miller. Aunque sólo en el caso de que el dibujante y casi-director fuera un mago adorador de Cthulhu a en busca del fin de la civilización tal y como la conocemos. O como la conoce la gente que no se pasa en internet y jugando a la Play todo el día como yo.

Pero no sólo son diálogos como “Está muriendo más rápido que el papel higiénico”, “Tampoco soporto pisar un chicle en invierno”, “Huele a material de dentista” o “¡Buscadme una corbata! ¡Y que sea roja!” las que hacen que esta cosa sea una obra cumbre de la vergüenza ajena. La realidad es que, exceptuando lo esteta que se ve, todo lo referente al flim es sonrojante y/o hilarante. Desde la dirección de actores hasta la propia trama. ¿En que estaba pensando Miller cuando hizo esa escena con The Spirit colgando de un edificio con pantalones caídos? ¿O al crear esos secuaces que parecen sacados de ‘El milagro de P.Tinto’? Es más, ¿estaba pensando?

Esa, amigos, es la gran duda. Es muy sórdidamente hermoso comprobar cómo un tipo ha sido capaz de hacer tanto ‘El señor de la noche’ como esta película. Sólo Joel Schumacher podría comparársele, y este último ni siquiera ha hecho ninguna cosa reconocida como ‘obra maestra absoluta’ ™. En la escena más delirante del flim, Samuel L. Jackson, vestido de nazi, pronuncia una de esas frases que surgen de la nada y terminan incrustadas en el cerebro: “Estas acabado como Star Trek”. Muchos pensarán que eso mismo podría aplicarse al amigo Frank. Yo, que a esas alturas del metraje ya estaba pensando en cuándo saldría Bigote Arrocet y cómo redondearía el conjunto una aparición de Chiquito, no estoy de acuerdo. Alguien con tan poca vergüenza todavía tiene mucho que ofrecer. Si no a la parroquia de fans del comic o a los cinéfilos, por supuesto que sí a los sórdidos. Porque películas malas hay muchas. Pero, ¿en cuántas se puede ver al héroe preguntando a porteros de hoteles si reconocen una fotocopia del culo de Eva Mendes que ella misma se hizo hasta que, por fin, le contesta afirmativamente un enano? La respuesta está clara: sólo en una, gracias.

Han pasado muchos años desde que, tras el estreno de ‘Robocop 2’, alguien me dijera que seguro que un corbatín del estudio se había cargado el guión original de Frank Miller, que ese sí que es un genio, que tú no lo sabes porque no lees tebeos de superhéroes. Yo le creí. Pero para eso están las fiestas de navidad y año nuevo: para replantearte las cosas que creías ciertas. Y para ir al cine un día 25 a ver una bazofia a sabiendas de en qué embrollo te metes. Porque las viejas ideas pueden cambiar, pero los hábitos de disfrute de cine vicisitúdico son difíciles de abandonar.

22 diciembre 2008

Turismo sórdido: Anne Igartiburu y los tres peores sitios donde he dormido JAMÁS

Tercer retraso del próximo post épico. Pero por un buen motivo: tenemos una firma invitada. Y no sólo eso: Es de un periodista pofesioná. Y no sólo eso: ¡Es de un periodista pofesioná serio! Y no sólo eso: ¡¡Es de de un periodista pofesióná serio que deja que le toque el trasero cada vez que le veo!! Y no sólo eso: ¡¡¡Es un periodista profesioná serio que deja que le toque el trasero cada vez que le veo y que ha hecho un artículo cojonudo!!!
Ente onvre se llama, digamos, Mierdón Herodes Muerte. Es el tipo con el que más me reía en mis tiempos de facultad. De hecho, apareció disfrazado de bebé con barba en mi espantoso corto ‘El ataque de las televisiones asesinas’, producto colonoscópico-audiovisual inconcluso que nunca verá nadie. Hoy en día es un hombre serio y respetado. Una prueba más de que todos tenemos un pasado. Sólo que algunos tienen MUCHO pasado. Y Mierdón, que ha vivido muchas aventuras absurdas, os relatará a continuación algunas de sus experiencias:

Lo confieso: soy la única persona a quien Anne Igartiburu le suscita tres imágenes simultáneas: bingo infantil, agua oxidada y paloma muerta. Y no por afán de describir respectivamente los motivos de su llegada al mundo televisivo, la apariencia de su materia gris y su concepción de la simpatía. Sino porque anunciaba aquello de Marina d'Or, Ciudad de Vacaciones, el mejor lugar del mundo para desparramar nuestros hábitos horteras de hipotecados (nótese la aliteración de la 'h'), una nueva manifestación de la españolada de toda la vida, en plan ladrillazo. Pero, oiga, señora, un sitio muy limpio y muy soleado para alojarse. Aquellos balnearios como subterráneos, los salones de juego, los minigolfs... qué gran diferencia con los tres peores lugares donde he dormido jamás. Anne, no te lo perdono, aunque hablas euskera sin faltas de ortografía, que me lo han contado.

Llegué a Ciudad de México un 26 de diciembre. Me bajé del avión con las gafas de sol, para que todo el mundo fuera consciente de mi homenaje a Rocío Dúrcal. En el taxi que tomé en el aeropuerto (intenté 'cogerlo', pero determinadas parafilias no suscitan simpatía en según qué países), uno de esos escarabajos verdes que convierten al DF en el lugar más irrespirable del planeta, noté un ligero picor en la nariz que terminó en hemorragia nasal. ¿Sería por la altitud? ¿La sequedad del ambiente? ¿Ya era mujer? Ni idea. El caso es que hice mi entrada triunfal en el hotel más barato que había encontrado, en plena calzada Zaragoza, saliendo hacia Puebla, en la colonia de Santa Martha Acatitla, un lugar conocido por albergar la mayor cárcel de mujeres de México, y con los brazos chorreando sangre como un Cristo. Buena prueba de mi apariencia daba el reflejo de mi imagen en el espejo de la recepción. Imagínate una ventanilla de Hacienda, de esas con el circulillo horadado en el cristal para que te escuche el del otro lado sin que le contagies el dengue, pero del espejo traslúcido que se usa en las ruedas de reconocimiento policial. Estaba reventado y confuso (eran las 2 de la mañana y las 7 de la tarde a la vez) y no me quise hacer muchas preguntas. Me dieron la llave y entré en la habitación, pintada de unos colores que harían saltar la virginidad de Pilar Urbano por los aires. Rosas 'pink flamingos', verdes 'calipo', amarillos 'te juro que no he bebido tanto'.

Un ligero detalle: es verdad que el hotel era barato (unos 15 euros, al cambio), pero de ahí a que no hubiera armarios... ¿Burda estrategia de 'outing' hotelero? En fin, colgué la ropa de las manivelas de las puertas, me di una ducha y me eché a dormir. (Sí, y una mierda para mí). A los 15 minutos, suena por megafonía, en el pasillo: "¡¡245!! ¡¡DOSSSIENTOS CUARENTA Y SSINCO!!" (cito de memoria). No le quise hacer mucho caso. "Cada país tiene sus costumbres", me dije, compaginando el espíritu multiculti con un sueño que te torras. Pero, al poco, oigo: "¡¡125!! ¡¡SSIENTO VEINTISSINCO!!". El resto es fácil de imaginar: me pasé toda la noche escuchando aquellos gritos y aquellos números, mientras pensaba quién sería el guapo que jugaba al bingo a las tantas de la mañana ("Son otras culturas, otros modos de entender la vida"", me rumiaba, mientras deseaba que la Leyenda Negra lo hubiera sido aún más para borrar estos rastros digamos aztecas). Por la mañana, con unas ojeras a juego con la Semana Santa, me acerqué a recepción. Me veía a mí mismo, claro, pero le pregunté a quien estuviera detrás de aquel espejo infranqueable que por qué cantaban los números por megafonía. "Es para el servicio de limpieza". ¿Ein? "Sí, para que sepan qué habitassión acaba de quedarse libre y vayan a asearla". Saca tus propias conclusiones: ¿qué clase de hotel prepara una habitación a las 3 de la mañana? Me sentí de golpe solo, sin perro que me ladrase, para vestir santos, ayudante hetero de Benedicto XVI. En fin, como un alumno castigado del comandante Cousteau: el único que no había mojado.

Otro alojamiento interesante a efectos de autolisis se encuentra aún más a trasmano que DF. Está en Barentsburg, una población minera rusa colgada de las islas Svalbard, a 1.000 kilómetros del Polo Norte, sin aeropuerto, ni carreteras, ni casi gente (y, la que había, salidos de 'Andrómeda Cero'). Un sitio para demostrarte a ti mismo que la vida ya no tiene sentido. De hecho, que lo mejor es que se acabe YA. Llegué después de pasarme 22 días subido en un buque, el Hespérides, dando tumbos por el Ártico, viendo agua, agua, agua y niebla, y aguantando la vomitona del mareo para hablar en directo, con algo de dignidad, para el Hoy por Hoy de la SER. Y, oigue, conviviendo con militares de la Armada e independentistas catalanes (a la vez, a lo bestia). En Barentsburg pensaba hacer un reportaje. El tema: el sitio más feo del mundo. El lugar no es más que una excusa para albergar a hordas de mineros ucranianos que arañan carbón a una tierra helada y con casi seis meses de noche al año, sin una tienda ni un alma por la calle. Eso sí, cómo no: tenía un hotel. Digo, un hotel. ¡Un hotelazo! Un bodoque de cinco pisos en mitad de la calle principal de Barentsburg. Nos recibieron a los tres miembros de la comitiva: un fotógrafo sueco, un camarero de Tarragona que vivía en otra ciudad de la isla (sic) y a menda, con la tradicional hospitalidad rusa: "Son 45 euros por noche y persona, en una triple". Subimos por las escaleras. Creo que a los tres nos vino el mismo nombre a la mente: "redrum, redrum, redrum...". El caso es que dormimos en un cuarto que sería el sueño del director artístico de 'Cuéntame'. La práctica ausencia de mantas y el olor a momia de Lenin hacía desear el aroma de otros cuerpos, con tal de que estuvieran vivos. Eso sí, pudimos cenar antes (por veintitantos euros, no vayas a creer). Unos magníficos guisantes derretidos. Soñé con la deliciosa comida de los astronautas y con la mancha en la frente de Gorvachov. Miento: no soñé nada. No pude pegar ojo en aquel sitio con vistas a una boca de mina negra como mi corazón. Al levantarme, tuve una sensación de lo más hogareño: sentí mis ingles pegadas por el hollín. Pero como no soy nada sentimental me dirigí a la ducha a quitármelo. Craso error. De aquel grifo, de aquella bañera otrora usada para efectuar autopsias a premios Nobel disidentes, sólo manaba agua oxidada. Lo juro. Es físicamente posible. Al menos en aquel maldito y pútrido sitio. Y aun así, hay lugares peores. En una ocasión, en Londres (hablando de alojamientos cochambrosos, esta ciudad no podía faltar), acudí a la boda de una de mis mejores amigas. El caso es que me había gastado toda la pasta en el viaje y le pedí que me alojara. El asunto era: 1º) ella y su chorbo vivían en una habitación, en una de esas casas 'polialquiladas' en las que los muebles de la cocina tienen candado y la luz se mantiene con un contador al que hay que echarle monedas. 2º) Se acababan de casar y resulta habitual en algunas culturas que haya arrejuntamiento carnal esa noche. 3º) Soy idiota y tenía que haber unido los hechos mencionados en los puntos 1º y 2º. Total: que habló con su casero para que pudiera dormir en algún lado. Y el señor le ofreció por una cantidad que ignoro a dejarme una habitación libre, a unas cuantas calles de allí.


Fui arrastrando mi maleta de ruedas por unos adoquinados. Las farolas serían eléctricas, pero la luz que daban era de gas. No había gatos. Ojalá hubiera habido gatos. El motivo lo explicaré enseguida.

Resulta que llegué a la casa, la típica 'shitty brickhouse'. Carecía de llaves de la puerta principal. Llamé al timbre durante unos diez minutos. Ya me veía yo volviendo a casa de mi amiga, en plan "disculpad que interrumpa lo que es este coito, pero es que hace mucho frío". El caso es que al final apareció un tipo, clavadito al señor Ropper. Llevaba una bata como de guatiné. Lo recuerdo bien porque no podía aguantar su mirada de bibliotecaria del III Reicht. Me franqueó el paso y subí mi maletón por esas escaleras tan estrechas y llegué a la puerta de la que sería mi habitación. Estaba abierta. Con la triste luz azul que entraba por la ventana (con un encantador cristal roto, y estábamos a 0ºC), busqué el interruptor. Di con él al cabo, pero para qué, si no había electricidad. La moqueta del suelo no es que tuviera bultos, es que hacía olas. De las paredes colgaban decorativas telarañas. Me consolé pensando que eran demasiado viejas como para que todavía vivieran sus propietarias. La cama estaba cubierta de polvo. Soplé y descubrí con horror que bajo el polvo había algo así como un betún incrustado en la colcha. En fin, la cosa era dormir. Con la ventaja que eso tiene: ser inconsciente durante unas horas del asco de sitio donde estaba. Además, la habitación tenía una ventaja incontestable: no había ni un solo búho. Eso sí, tampoco había gatos. Y qué bien me habrían venido. Porque así se habrían llevado de allí la paloma muerta que me aguardaba en el suelo justo al apoyar mi pie descalzo para meterme en la cama. Me metí en el saco de dormir diciéndome a mí mismo: no te muevas mucho ni te salgas de él, no vayas a tocar con la cara el betún de la almohada. Pensé en ese capítulo de Oliver Twist donde tiene que dormir rodeado de ataúdes, aunque sin palomas ni betunes. ¡Tú sí que lo vales, Oliver!

Sobra decir que al día siguiente preferí NO DORMIR. Me tiré toda la noche en un café de Piccadilly, hablando con unas putas rusas un rato y pidiendo cada media hora la consumición más barata posible.

En resumen, Anne Igartiburu, qué suerte tienes con tus destinos, y no lo digo sólo por presentar el mejor programa que se haya hecho jamás en España.

15 diciembre 2008

El retorno de los clones de combate: Actualización I

(Lamentamos comunicar un nuevo retraso en el anunciado post épico. Les dejamos con un interludio clónico-lamentable)

Vale. Si hasta yo sabía que volvería a hablar de clones. Sobre todo porque, tras tan larga saga, se ha instalado en mí un cierto sentimiento de responsabilidad. Cada vez que veo un nuevo caso de plagio, siento la necesidad de compartirlo con todos vosotros. Algo así como aquello de que no has practicado realmente el fornicio hasta que se lo cuentas a los amigos.

Sí: acabo de comparar las pelis malas con hacer la prespitación. Y no: no me siento orgulloso de ello.


Una nueva compañía clonadora: Halcyon pictures
Justo cuando me planteé hacer la serie original, se puso de moda hablar de ‘The Asylum’, la compañía especializada en clones. Les dediqué su correspondiente apartado, pero sin ponerme a ver ninguna de sus bazofias. Al fin y al cabo, tengo otra vida aparte del blog: ser el habitante del Refugio 101 en busca de mi padre en el Yermo Capital (mierda: tengo que dejar el Fallout 3 antes de que me afecte cual Bender de la vida).

Lo que pasa es que, a excepción de ciertas cosas de bárbaros, los plagios americanos no me transmiten tanto cariño como los lunáticos clones italianos. Rogué al cielo para que los del país de la bota volvieran a hacer cine de género en lugar de esas cosas de pandilleros napolitanos a los que no se les entiende hablando. Pero como soy un ateo perdido (la mia mamma dixit), ningún dios me hizo caso. Así que lo que descubrí fue una nueva compañía americana. Y, por lo que se adivina, más cutre todavía que The Asylum.

Estos desaprensivos se llaman Halcyon International Pictures. Claro que por ‘International’ quieren decir ‘hechas en el patio trasero de la casa de alguien’ y por ‘Pictures’, ‘caspa rodada en video con efectos digitales de un Amiga’. ‘Halcyon’, a propósito, significa ‘idílico’. No voy a ser yo el que le saque punta al nombre de la compañía, no vaya a ser que el nivel de sorna haga que este blog se autodestruya. Al menos los de ‘Asylum’ tuvieron el detalle de no engañar a nadie con el nombre.

El genio detrás de esta empresa es el viejo conocido Brian Yuzna, anatema de este blog. El motivo es muy sencillo: fue el principal responsable de que Vicisitud no montara ‘Romasanta’, y, desde entonces, tiene mi odio eterno. Bueno, por eso y por haber perpetrado ‘Bajo aguas tranquilas’, esa maravilla de cine-colonoscopia en la que David Meca consigue una interpretación que, sorprendentemente, es peor cuando actúa de zombi que cuando hace de ser vivo.

Su catalogo es una maravilla de la vergüenza ajena. Aparte de haber relanzado la antigua caspa medieval ‘Quest of the Delta Knights’ (‘Magos y hechiceros’ en los videoclubes noventeros españoles) con portada-clon de ‘El señor de los anillos’, se ha especializado en distribuir chungueces con mucha peor pinta que las películas de la finiquitada Fantastic Factory.

De entrada, tenemos ‘Pirates of Ghost Island’. La cosa se vendió como ‘Lost + Piratas del Caribe’. Una muestra del porqué prefiero a los italianos. Esta gente te pone una carátula para que te confundas, pero no tienen el valor ni la poca vergüenza de hacer una película de piratas con tres pesetas. En lugar de ello, se marcan una de zombis con adolescentes en una isla desierta. ¡Lo que habría hecho Luigi Cozzi en su lugar! Pues una mierda, claro. Pero seguro que más divertida.

También ofrecen un clon de ‘Starship Troopers’ titulado ‘Battlespace’ que apuesto a que ni siquiera tendrá la gracia de esa terrible tercera parte directa a video (‘Marauder’) en la que un señor es devorado por un bicho con forma de coño gigante. Además, al contrario de los productos de The Asylum, aquí hasta la portada de vicisitud. ¿Soy yo o la chica tiene las proporciones descuajeringadas de un dibujo de Todd MacFarlane? Menudo cabezón.


Pero las cosas se ponen duras de verdad a partir de aquí. Tras un finstro cuyo póster parece un clon de ‘Doomsday’ (pero que parece ser un remake de 'House of the Dead'), aparecen cosas mucho más vergonzosas. Al fin y al cabo, la trama de la de los piratas no era un plagio, y cualquiera está en su derecho de hacer una peli de soldados espaciales. Pero hay que tener mucha poca vergüenza para sacar plagios rodados en video de Iron Man y The Dark Knight. Bueno, poca vergüenza y valor, porque con lo beligerantes que son los fanboys de esta última, me imagino las amenazas de muerte que pueden recibir los jefes de la compañía por haber osado tomar el nombre de Batmannolan en vano.

La de Iron Man, titulada ‘Metal Man’ (el eslogan podría ser: “¡No es hierro!¡El nuestro es más genérico!”) tiene además la poca vergüenza de copiar el póster original sin muchos problemas. Es sin duda la que más me ha llamado la atención, pues el trailer me ha traído recuerdos de plagios de ‘Robocop’ como ‘R.O.T.O.R’. Perdón. Recuerdos no. Quería decir pesadillas.


La de ‘The Black Knight Returns’ gana puntos extra de estilo por utilizar la palabra 'Knight' y por intentar el doble mortal del engaño de hacerse pasar por una secuela mediante un ‘Returns’ absurdamente colocado en el póster con otra tipografía.

Pero no van a parar ahí. Para el futuro tienen previstas nuevas cosas, quizá diseñadas por las compañías productoras de antiácidos con el fin de aumentar sus ventas:

Por un lado, tenemos un clon de Star Trek que, lógicamente, tendría que estar preparadita en Mayo. Dado que en la web sólo pone que se encuentra ‘en preproducción’, no hay que ser un mago de la producción cinematográfica para darse cuenta de que el resultado sólo puede ser uno: una bosta. El título es ‘StarQuest’. Está claro que los directivos de la compañía siguen un complejo plan de clonación consistente en coger el título de la película original y cambiar una de las palabras por un sinónimo. ¡Cuántos genios del marketing sueltos por el mundo merecedores, como mínimo, de una hondonada de hostias!
Claro que, ¿qué hacer cuando la peli a plagiar sólo tiene una palabra en el título? La respuesta está clara como una charca en Las Barranquillas, y se enuncia tal que así: 'Alien Uprising'. Lista para ser estrenada en 2009. Crisis económica y clones desfasados. Vaya perspectiva de futuro. Este año no alegra la nochevieja ni unas campanadas presentadas por Xosé Toxeiro borracho y con la capa de Ramón García.


Zodiac meets Fassbinder’s friend:
El principal trabajo del productor de clones es elegir qué película plagiar. Los estudios, malandrines ellos, no paran de ponérselo difícil produciendo cosas espectaculares con superhéroes, lo cual supone una molestia a la hora de rodar versiones con el presupuesto de una visita al Mac Donalds. Así que no vean ustedes la alegría que les tienen que dar las majors de Hollywood cuando se ponen a hacer una superproducción basada en hechos reales más o menos contemporáneos. No sólo no hay que molestarse en hacer efectos digitales cutres, sino que encima… ¡puedes incluso ponerle el mismo título!

Ahí entra ‘Zodiac’, esa extremadamente aburrida película del próximo ganador del Oscar David Fincher (o eso dicen). Con un título que no se puede registrar y una historia al alcance de todos, no es de extrañar que surgiera la absurda cifra de tres clones de combate.

Para ser justos, tengo mis dudas de que ‘The Zodiac’, dirigida por un tal Alexander Bulkeley, sea un clon. Ciertamente, a pesar de que se estrenó antes, podría haberles dado tiempo a rodarla desde que se anunció la de Fincher años antes. Pero hay una cosa que me escama: no es del todo mala. Tampoco se trata de la película más original o maravillosa de la historia, pero parece estar hecha con cuidado.

No puedo decir lo mismo de ‘Zodiac Killer’ o ‘Curse of the Zodiac’, ambas (sí: AMBAS) dirigidas por Ulli Lommel, conocido casposo que, curiosamente, nunca había aparecido en este blog. La carrera de este tipo es de lo más simpática: protegido de Fassbinder durante varios años, se marchó a Estados Unidos y realizó un par de películas producidas por Andy Warhol. A continuación, hizo ‘Satanás, el espejo del mal’ (The Boogeyman), una especie de mezcla de ‘La noche de Halloween’ con temas parasubnormales que funcionó la mar de bien. Pero no tanto como para que se haya pasado el resto de su carrera anunciando en las carátulas de sus DVDs ‘Del director de Boogeyman’. Últimamente el tipo se ha especializado en realizar caspa a destajo: 16 películas en cinco años (¡chúpate esa, Jesús Franco!), la mayor parte de ellas sobre asesinos psicópatas. Uno pensaría que, con tanta repetición, al menos le cogería el tranquillo al género. Pero, según parece, no.

La existencia de este señor se puso de relevancia hace poco en España gracias su clon de combate de ‘La Dalia Negra’, el cual tuvo una impresionante y ubicua distribución nacional que me hizo recordar todos mis traumas con Falomir juegos: ¡cuántos cayeron en la trampa mientras buscaban su ración de DePalma!. El truco para ahorrarse realizar una película de época como la de Brian fue hacer que la suya estuviera protagonizada por unos asesinos imitadores en la actualidad. Ahí tienen una hermosa paradoja metalingüística ¿Será que es un… artit-ta?

Lommel volvió a utilizar esta trampa en ‘Zodiac Killer’ (también conocida, por supuesto, como ‘Ulli Lommel’s Zodiac Killer’). Se ve que no quedó del todo satisfecho con ella (número 23 en el bottom 100 de la imdb, superando incluso a su compatriota Uwe Boll), por lo que más tarde rodó ‘Curse of the Zodiac’. Esta vez sí que se dedicó a hacer una película sobre el caso real, pero agregando los que Fincher no tuvo el genio de añadir: una protagonista con conexión psíquica con el asesino.

Tengo que reconocer que no he visto ninguna película de este tipo. Ni siquiera su, ejem, clásica ‘The boogeyman’. Pero mi deber es avisaros. O convenceros para que seáis vosotros los atolondrados que acaben perdiendo el tiempo con estas cosas. Pero aviso: todo lo que he leído apunta a que Lommel es el peor tipo de director-colonoscópico: el pretencioso. Ya me contaréis. Si sobrevivís. Por mi parte, me voy a dar un paseo por Washington postapocalíptico en busca de la fábrica de Nuke-Cola. A ver si esta vez no me salta otro bug de los que plagan este puto juego.

09 diciembre 2008

Breve interludio cómico-religioso

El próximo post ¡ÉPICO! se está retrasando un poco. Pero no os preocupéis, que aquí no somos George R.R. Martin. Tarde o temprano, llegará. Así que, por aquello de no tener en portada la imagen de una obra de Duchamp, os dejo mientras tanto con dos cosas que vi hace un tiempo y me parecieron hilarantes. Y lo mejor es que no sé muy bien explicar el porqué.

Primero tenemos este fotograma:

Es de la película ‘The Order’ y, sí: es Jean-Claude Van Damme.

Luego os ofrezco un video maggggnífico. Lo curioso es que los autores han estado rastreando todas y cada una de las copias que fueron colgadas en youtube a lo largo del año para eliminarlas. Cuando lo vi por primera vez en verano, había cerca de siete versiones del video. Pero hoy, cuando lo he buscado, ya no quedaba ni rastro. Ni siquiera en Google. Pero los muy simpáticos siguen teniéndolo en su web para iluminar a los visitantes de su página. Quizá piensen que sólo se ríen de él aquellos que no buscan la jracia de Jesús. Y tendrían razón en parte: estoy seguro de que los que la buscan también se tienen que descojonar. Porque es verdad que pienso que dios probablemente no exista. Pero siempre me ha gustado la frase de John Ritter en ‘Una cana al aire’ cuando exclama: “¡Dios existe! ¡Y escribe chistes!”.

Aseguraos de llegar hasta la parte final. El baile que se marca el señor es imprescindible.
http://www.theway.org/Current/M07/Mar07Flash4.html *

(*El link directo a veces no funciona, pero debería de ir bien si se usa un corta-pega en el navegador)

02 diciembre 2008

Mis vicisitudes en el baño de la oficina

Como algunos sabréis, tengo un aparato digestivo con sus propias ideas. Que suelen resumirse en un mandamiento principal: jodámosle la vida al Paco. Últimamente, ha decidido divertirse con ese maravilloso juego conocido como ‘me da igual donde estés, tú vas al baño ahora por mis cojones’. Y normalmente, ese lugar es el trabajo. Por lo tanto, últimamente he tenido que pasar más tiempo del deseado en ese extraño y mágico espacio que es el retrete del curro. Donde cualquier cosa puede ocurrir excepto ver a un empleado utilizando la escobilla de la zurraspa.

El urinario y tú:
Como ya hemos dicho muchas veces, una de las grandes verdades de la humanidad es que, aunque te la sacudas como un martillo, la última gota va al calzoncillo. Supongo que por eso existe el concepto de urinario meaenpié: ¿para qué limpiarse con papel la punta del finstro, si de todas maneras vas a sentir el frescor de la última gota según sales por la puerta? (espero que con la cremallera ya abrochada, aunque hay gente muy peculiar a la que le gusta que todo el que pasa por el pasillo sepa qué acaba de hacer). Lo que es más curioso de este tipo de elemento de los servicios públicos es que son una demostración de uno de los grandes misterios de la naturaleza: la anti-alopecia púbica.

Efectivamente, los hombres tienden a sacarse la churrilla con tal fuerza y desparpajo que con todo el vello de los urinarios de una empresa podría hacerse, como mínimo, una peluca. Una muy asquerosa, eso sí.
Lo que es un misterio es que, por mucho que se caiga el pelo del pubis, nunca queda una calva. Muchos hemos hecho la prueba en momentos de extremo aburrimiento (esto es, estudiando física o matemáticas): te rascas, sacas unos pelillos, vuelves a meter mano y sacar sin esfuerzo otra pizca. Repites el proceso. Siguen saliendo pelillos. Te preguntas hasta donde llegarías si siguieras así. Repites el proceso. Te das cuenta de que eres un guarro y que no sabes dónde poner los pelos. Compruebas acojonado que estás en un sitio con moqueta. No quieres saber qué han tirado allí tus antecesores. El mundo se convierte en un lugar aterrador.

El caso es que, por algún motivo, los pelillos púbicos nacen, crecen y se caen más rápido que The Flash con un ataque de colitis. Y los urinarios quedan como repugnantes pruebas de este hecho. Aunque, bien mirado, ofrecen posibilidades lúdicas. Esas dianas que a veces ponen para que apuntes al centro son una chorrada, debido a la facilidad de la tarea. Lo realmente divertido es ir arrastrando poco a poco los pelillos de tus antecesores, guarreando más si cabe todo el… ay. Creo que estoy pasándome de repugnante. ¿Debería parar?

¡Amos ya!, sabéis que no.

Tu peor enemigo:
Jugar a ahogar pelos o borrar zurraspa ajena está bien. Bueno, no. Pero la visita al retrete es para muchos trabajadores que no hacen blogs en su horario laboral un esperado momento de asueto que hay que aprovechar. Pero hay que tener cuidado y no ponerse excesivamente jovial. Antes de jugar con el chorrito, mejor comprobar que todo fluye bien. Nunca sabe cuándo hará acto de presencia ese temible acontecimiento:
La meada bifurcarda.

Una muestra de que la evolución no tiene en cuenta las vicisitudes derivadas de tener una manchilla acuosa en los pantalones. Por algún motivo, a menudo los hombres sufrimos de lo que en algunos círculos de cachondos se conoce como ‘pis estrábico’ o su variedad más peligrosa aun, ‘chorro potente con gotitas sin fuerza que van directamente al pantalón, las muy jodías’.

Supongamos que vamos a reunirnos con el jefe. ‘Un momento’, dices: ‘voy antes al baño’. Y luego apareces con una mancha inmensa a la altura del muslo. No vale la pena intentar decir que el grifo soltó el agua a presión estilo corrida de Peter North (tal y como le ocurrió a Mr. Bean en su vicisitúdica primera película). Primero porque no te creería. Y segundo, porque no sabría quién es Peter North. Que no todo el mundo es tan freak como vosotros, leñe.

Entonces, ¿qué se puede hacer? ¿Echarte agua y convertir la manchita en algo más diluido, pero igualmente incriminatorio? ¿Quedarte y llegar tarde a la reunión alegando una cagalera repentina? ¿Y yo qué sé? Esto no es un blog de soluciones caseras a las vicisitudes de la vida cotidiana. Es de hablar de cochinadas como si los autores fueran mentalmente niños de cinco años. Cosa que es falsa: yo tengo la edad mental de una niña de catorce. Tía, jo tía.


El onvre más guarro: ¿Qué falta en esta secuencia?:
Claro que no toda la guarrería te tiene que pasar a ti. Lo maravilloso del retrete laboral es observar cómo se comporta el resto de la gente y comprobar que no eres tan guarro como tu madre y novia dicen. De hecho, eres el puto amo.

Alguien debería hacer un estudio sobre cuántos hombres se lavan las manos después de hacer sus cosas. El resultado podría ser más aterrador que ver a Darth Vader bailando una sardana. Curiosamente, cuando el retrete está lleno de gente, el lavadero suele tener hasta cola. Pero basta esperar un poquito para comprobar cómo el jabón se convierte en un extraño para muchos. Algo mucho más divertido cuando, además, trabajas con famosetes. Como cierto presentador deportivo al que NUNCA he visto lavarse las manos. Ni siquiera mojárselas. Claro que eso no es nada comparado con… ¡El caso del sonido ausente!

Estando haciendo sus cosas en el servicio, un compañero de trabajo me comentó anonadado la siguiente secuencia de acontecimientos:
-Sonido de pis
-Sonido de puerta abriéndose
-Sonido de papel para secarse las manos siendo arrancado
-Sonido de puerta cerrándose.
¿Qué falta aquí?

Puedo comprender que alguien se agarre la churrilla recién lavada en la ducha matutina y luego pase de lavarse las manos. Pero si tienes que secártelas, es que aquello… se ha mojado. Por el amor de San Feck, échale un poquillo de agua. So cochino.

Y menos mal que se trataba de un pis. Porque tal anécdota me trajo a la cabeza esa conversación que me comentaron sobre las posibilidades de explotación del porno en móvil, con alguien argumentando, con toda la razón del mundo, que un trabajador puede estar aburrido en su despacho, tener un calentón, echarle un vistazo al móvil para no visitar páginas cochinas, e ir a desahogarse en el baño.

Desde entonces, no le doy la mano a la gente con la misma confianza.


La pesadilla del Dog bacon:
No es que sea un obsesivo-compulsivo de la vida. Pero me da muchísimo reparo usar un retrete público. Claro que, tirándote en un mismo lugar más de ocho horas y media al día implica que tendrá que ceder o reventar. Sobre todo si acabas de tomar un sandwich de la máquina, esos conglomerados de margarina y guarrería que garantizan visitas al excusado cuales cubatas de evacuol (que diría El Reno Renardo). En mi trabajo, una combinación realmente letal es la de café junto con el maravilloso ‘Dog Bacon’, una cosa hecha con trocitos de salchicha congelada y beicon blanducho que, sí: sabe como suena.

Así que, ahí voy yo, muerto del asquito, a realizar ese complejo ritual de desperdicio de papel que ha acabado con más bosques que el gobierno brasileño: limpieza de la taza, limpieza de la zona en la que podría tocar el dingdingdong, papel rodeando el asiento, papel en el agua por si la cosa chapotea al caer y, muy importante, papel extra colgando en la zona pichal para parar cualquier tintineo del badajo. Que mi madre me enseñó a ser precavido y ‘Mejor Imposible’ que ser obsesivo compulsivo no es óbice para quedarte con la chica, ser felices y comer perdices.

Además, eres consciente de que tú no estás inaugurando el trono. Muchas veces he intentado sincronizarme con la salida de la señora de la limpieza. Pero la magia del Dog Bacon o la maldad de los aceites asesinos que utilizan en el comedor de mi empresa hacen que la probabilidad de estrenar taza recién lavada sea mínima. ¿Reventar o asquito? La terrible decisión de todos los días.


Hasta aquí llega este repugnante post. Tampoco es necesario seguir poniéndonos escatológicos. Todos tendréis vuestras propias vicisitudes laborales que compartir. Como mi amigo Carlitos y ese momento en el que coincidió en el baño con un presentador de informativos que le ponía mucho. Mientras él se lavaba las manos altamente excitado, el buen hombre entró en un retrete y, como no podía ser menos, ¡chof!. Plantó un pino de esos con un olor apocalíptico. El fin de erotismo y la mitomanía en un día conocido desde entonces como ‘La Muerte del Mito’. O el increíble misterioso del rastro de gotas desde el retrete hasta ninguna parte (la teoría de que era una fregona se derrumba al no estar el suelo mojado ni el resto del baño limpio). Un enigma tan complejo que hace que la teoría de cuerdas parezca El Libro Gordo de Petete y que todavía no he sido capaz de resolver.

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