26 junio 2009

Historia de la huevera

Primera fila en un concierto de Kiss: a escasos centímetros de mis extasiados ojos Gene Simmons menea su huevera plateada mientras proclama que es el dios del trueno y del Rock’n’Roll. Por si alguien del público se lo había perdido, proyectan dicha huevera en la pantalla gigante del escenario. En ese momento, pienso que, de poder viajar al pasado para ver un concierto legendario, a lo mejor no iría a ver a Queen con Freddie o a Deep Purple en Osaka, sino que vería, por sexta vez, a Jethro Tull ¡pero en los 70 y cuando Ian Anderson era el rey indiscutible de la huevera!

Es curioso: siempre consideré que mi desprecio absoluto hacia la ropa, mi cara de asco cada vez que la gente habla de cosas textiles y el vómito que me produce el ir de compras (antes prefiero sufrir una hora la tertulia de Jiménez Losantos en un taxi atascado en el que me estén tangando un pastón) era uno de los pocos reductos que le quedaban a mi heterosexualidad. Sin embargo, los momentos en los que puedo escribir algo que no sea F1 (para el blog o para Grand Prix Actual) los dedico o hablar de Hierro y Albero o, en el caso que ahora nos ocupa, a hablar de algo tan hetero como las hueveras. Ante esto, Paco suele tener siempre una palabra a mano.

Maricón.

Asumámoslo pues, pongámonos de rodillas ante el tra-la-la y el ding ding dong, y glosemos la historia del mejor atuendo indumentario que un ONVRE de verdad haya podido conocer.

Al principio de los tiempos, la gente fue feliz al ponerse unas pieles de animal a las que se les había practicado un agujero para, así, poder resguardarse del frío. Pero, claro, conforme la vida se va haciendo más fácil, uno pasa de preocuparse por sobrevivir a preocuparse por FARDAR. Y por “fardar” quiero decir no sólo el demostrarle al prójimo que puedes tirarte a alguien que está más bueno/a que su compañero/a sino que, además, tienes más dinero, estás más bueno/a y puedes obligarle a hacer cosas como guardar el ayuno en cuaresma, no follar si no es para procrear, tener derecho de pernada con su cónyuge e, incluso, forzarle a que anime a Lewis Hamilton. Evidentemente, ello implica demostrar, también con la ropa, que eres superior ¡Qué poco hemos evolucionado desde las cavernas hasta “Física o química”!

De esta forma, surgió la moda y, mal que les pese a todos los fans de llevar los huevos colgaderos o de poder cagarte en la chilaba sin que se note, la evolución lógica de la moda siempre tendió a ser ceñida (¿O es que alguien quiere ver al Duque o a Amaia Salamanca en túnica no semitransparente?) y, lo que es más importante para el caso que nos ocupa: la moda tenía que ayudarte a ser ALTO (sí, Paco, esa maldición ya venía de antiguo). Ahora piensen: ¿Qué ocurre si, en una época en la que no existen los calzoncillos, haces que los señores lleven medias ceñidas y, progresivamente, recortas la longitud de la túnica/protocamisa? ¡Acertaron! Si se pasase sobre la boca del metro tendríamos una escena como la de “La tentación vive arriba” pero con señor medieval en vez de con Marilyn. Y con carallo al aire en vez de con braguitas. ¿O es que se creían que en esa época existía el pantalón, pudiendo llevar unas calzas bien ceñidas? ¿O que se iba a cubrir toscamente el carrallo con pieles ceñidas para convertir el acto de sacársela para mear en una compleja labor de hora y media? ¡Que estábamos en la Edad Media, for feck’s sake! Allí la gente tenía prioridades de verdad y, entre la metrosexualidad de sufrir indumentarias cool imbéciles para posar en el Sonar o la comodidad de poder, simplemente, agacharte para cagar en medio de la carpa central del Sonar, tenían clara su elección. Y yo también.

Vale, sé que no había metro en la Edad Media, pero llegaba con subirse a un caballo para enseñar tus poderes a la concurrencia: se subía un poquitillo la túnica y...

Obviamente, este perenne estado de erotismo festivo, con los señores enseñando sus encantos cada dos por tres, no podía ser tolerado por la Iglesia, siempre dispuesta a cargarse una de las pocas cosas buenas de la Edad Meda (junto con cagarse de forma instantánea en el Sonar). El escándalo fue mayúsculo y ya en obras maestras como “Los cuentos de Canterbury” podemos deleitarnos con párrafos como el siguiente:

“la desordenada y horrible parvedad en el vestir se refleja en esos menguados vestidos o jubones, que al ser tan cortos, con depravado propósito, no cubren las partes vergonzosas del hombre. Por desgracia, algunos de ellos muestran el bulto de los órganos genitales y los repelentes testículos henchidos, de modo que se parecen a una hernia, envueltos en sus calzones; y también hacen ostentación de sus nalgas como si fueran las posaderas de una mona en plena luna llena.(...) El espectáculo que proporcionan sus posaderas resulta horripilante, pues esta zona del cuerpo por donde se evacuan los fétidos excrementos se muestra a los demás con orgullo, en detrimento de la modestia que Jesucristo y sus seguidores guarda¬ron en vida de modo palpable.”

¿Creen que a la gente le importó? Of course not: la moda continuó su curso inexorable – y, por una vez, lógico – y las túnicas siguieron reduciéndose hasta que, a principios del siglo XV la gente ya vivía en la perenne exposición del carallo por la vía pública. Así que alguien terminó tomando medidas (nunca mejor dicho). La primera de ellas, en un alarde de clasismo inglés - no podía ser de otra forma -autorizaba sólo a las clases más altas el privilegio de vivir a carallo sacado pero, ya se sabe, la gente siempre quiere aparentar estatus social, y el efecto terminó siendo el contrario. Al final, surgió una idea más simple: “¿Y si ponemos un trozo de tela con un lacito que no impida que los señores puedan acceder inmediatamente a la minga y, de aquesta manera mear sin mayor dilación en medio del escenario del Sonar?”. Y así nació la huevera.

¿Fue un triunfo de los moralistas frente a una visión Güntheriana del universo? La historia nos ha demostrado que no. El pene – no cubierto de requesón, claro - de cualquier señor – que no sea tipo Roldán, claro – ha terminado por resultar una imagen más casta y limpia que la de, por ejemplo, estos clásicos retratos de Enrique VIII.


Y es que lo que empezó siendo algo chungo de tela tuvo una evolución a todas luces fantástica. No podía ser de otra forma: como sabemos los fans del cock rock, “donde hay una polla hay acción”.


¿En qué consistió dicha evolución? Pues en la transición lógica del “carallo al aire” hacia el “paquete”. Mucho antes de que Parada dijese su mítico “Hombre, tú me dices paquete, eso es más bien un paquetíns”, los onvres de verdad sabían que el volumen importaba. Así, con la excusa de “hacer más cómoda” la huevera, los señores comenzaron a poner sutiles rellenos para acomodar sus atributos con todo el mimo que merecían. Lógicamente, quien ponía un poco de tela podía sentirse tentado de poner un poquito más... ¿Adivinan la cómo termina la historia? La rivalidad más mítica de esta época se produjo entre Enrique VIII y el duque Fabrizio de Bolonia. En una rivalidad anglo-italiana anterior a la de Max Mosley y Luca Cordero di Montezemolo, el rey Enrique decidió que “Mis hueveras deben compararse de forma favorable a las de Fabrizio”. Esa es la verdad verdadera sobre el volumen de su huevera, y no la teoría de que se ponía vendas con medicamentos contra la sífilis: así solo piensan los que creen que Letizia Ortiz es “delgada natural”.



Siguiendo la senda de Enrique VIII, pasamos de paquetes sobredimensionados a hueveras que indicaban que su usuario vivía en un permanente estado de erección. Y no, no se crean que esa huevera erecta era una invención de los episodios clásicos de “Black Adder”. (black, his codpiece made of metal) Cualquier museo de armaduras que se precie mostrará hueveras de metal que demuestran que la frase de “La chaqueta metálica” de “A Dios se le pone dura cuando matáis” no iba tan desencaminada.

Ojo, que no solo de ingleses vive la huevera. Hay que resaltar que, en la época en la que España era una sórdida superpotencia, también los conquistadores del nuevo mundo tenían su necesidad de decir “baby baby” posando con hueveras que no tuviesen nada que envidiarle a las de Enrique VIII. Still, deber es reconocer que los ingleses han definido un sinónimo de minga en función de un rey y una huevera, lo cual no es poco: al rey Rihard III (llamado con su diminutivo “Dick”) se le desabrochó un día la huevera y... el resto es historia de la lengua inglesa.

Visto el espectáculo de las hueveras, es posible que más de un Papa añorase aquellos tiempos en los que la prístina pureza de un penecillo al aire desterraba la desaforada sordidez de la huevera, pero el mal ya estaba hecho. La humanidad, por mal que la pongamos, siempre tiene una bella tendencia a seducirse por y aferrarse a lo sórdido y sólo la lucha de una élite de diletantes puede intentar convencer a alguien de que “Los Soprano” no es un pestiño. Afortunadamente, al final “Sin tetas...” triunfa. Y también la huevera, claro. Probablemente el usarla sea condición sine qua non para la obtención de la grandeza absoluta. Por eso “Sueñan los androides...” es mejor que “Blade Runner” porque, en ningún director’s cut de la película se atreven a añadir lo más importante de la novela: que el polvo radiactivo que cubre la tierra hace que todos los onvres de verdad lleven hueveras de plomo para evitar el quedarse estériles. De igual forma, si bien Metallica se meriendan a los WASP, está claro que imágenes como esta hacen que queramos a Blackie un poquito más que a James. Y que, por supuesto, idolatremos a Ian Anderson, Tom Jones, Batman Forever Gay, Manowar, Gene Simmons y, por qué no, a Enzo G. Castellari. Porque lo de sus hueveras en el flim-colonoscopia postapoclíptico “The New Barbarians” no tiene nombre.



O sí lo tiene: JGRANDIOSO.

22 junio 2009

Mi final favorito en una película-colonoscopia

Hace ya un tiempo, en aquellos días felices en los que la mayor parte de los artículos de ente blós apenas llegaban a los cuatro párrafos, hice un pequeño post con mi comienzo favorito de una película colonoscópica. A continuación, pensé en hacer el del final que más gracia me había hecho. Pero el plan se pospuso por un motivo: que no podía pensar en ninguno que resaltara especialmente.

Obviamente, eso cambió hace poco. En una reunión de cine-colonoscopia que celebro un par de veces al mes junto a tres perturbados amigos, descubrimos una maravilla inesperada: el final de ‘Staying Alive: la fiebre continúa’. O, con su título extraoficial, ‘Staying Alive: Aceite, bombillas de colores, canciones malas de los Bee Gees y temas ochenteros chungos de Frank Stallone’.

Dicha película es la bastante ridícula y tardía (¡1983!) secuela de ‘Fiebre del Sábado Noche’, con Travolta repitiendo su papel de Tony Manero, pero cambiando las campanas y las solapas de chaqueta de dimensión épica por la cinta para el pelo y un gaycismo hilarante. Dirigida y escrita por Sylvester Stallone, la trama…

Un momento.

No, en serio. Stallone la dirige. ¿O acaso creíais que la presencia de su hermano en la banda sonora era por méritos propios? Curiosamente, el famoso actor de cara paralizada ni siquiera sale. Bueno, hay un cameo para dejar claro que él puede molar más que Manero:

Pero antes de que penséis que los lumbreras ejecutivos de Paramount que tomaron esta decisión estaban hasta arriba de coca, tened en cuenta una cosa: que probablemente estuvieran hasta arriba de coca. Pero tampoco se trataba de una opción alocada. Pensad que, por entonces, el amigo Sylvester todavía aspiraba a ser un artit-ta serio. En primer lugar, había dirigido, además de Rocky 2 (hagamos lo mismo que la primera, pero que ahora gane, joer) y Rocky 3 (soy la hostia y le puedo a Mr T.), un drama titulado ‘La cocina del infierno’. El cual, aunque parezca lo contrario, no va de Stallone en plan cocinero vengador matando a malos a sartenazos. Ese concepto idiota tendría que esperar años a que Steven Seagal hiciera su plagio de Jungla de Cristal.

En segundo lugar, nunca olvidemos que Stallone obtuvo una nominación al Oscar por su guión de ‘Rocky’. Así que los cocainómanos trajeados vieron lógico que el creador de la película más exitosa sobre un underdog llevara a cabo la gran historia de Tony Manero saliendo de Brooklyn y reclamando Manhattan para él solito.

Stallone planteó la película como la historia de un Tony Manero que tiene que aceptar que es sólo un chulo de barrio. Un desgraciado que, fuera del mundo de las discotecas de barrio, no es más que un don nadie buscando triunfar. A medida que avanza la trama (es un decir), vemos como el objetivo del guión es mostrarnos como el protagonista se humaniza y aprende de sus errores.

Y, al final, pasa absolutamente de todo y sigue siendo el de siempre.

En serio. No hay moraleja. Tras discursos sobre la importancia del trabajo, el valor de la humildad y el saber trabajar en equipo con el director y la protagonista de la obra de Broadway en la que está trabajando, Tony Manero hace exactamente lo que mejor se le da: el chulo. En el increíble número final, un espectáculo de sadomaso y rayos láser que está sólo a un paso de elegancia y contención estética de todos los de ‘The Apple’ de Menahem Golan (y quien no conozca esa maravilla, por favor, que vea este trailer), Travolta se adueña del escenario y se marca un solo desobedeciendo las órdenes del director.



Tras la actuación, deja a la bailarina principal y estrella del espectáculo, a la que se había follado y en parte gracias a la cual consiguió el papel, con un palmo de narices. Y se va a besar a su novia corista (¡interpretada la preñada de Dirty Dancing!). Cuando creemos que, al menos, va a celebrar su triunfo con la chica a la que lleva toda la película poniendo los cuernos, llega el maravilloso final:

Tony: Quiero que sepas que si no te hubiera conocido, no hubiera podido hacer lo que he hecho esta noche. ¿Sabes lo que quiero hacer?
Novia corista: ¿Qué?
Tony: ¿No sabes lo que quiero hacer? FARDAR.

Deja tirada a la chica. Abre la puerta y entra, tras toda una película de canciones de desecho, esa inmensa melodía de bajo de ‘Staying Alive’:


Garbeo por Times Square menando el trasero, fotograma congelado y fin. ¡Glorioso!

La liga fantástica de F1. Round 8: Silverstone.

En uno de los momentos más críticos de la historia de la F1, con Max Mosley llamando “lunáticos” a gente como Flavio y Luca… ¿Cómo es posible que todos los equipos hayan mantenido la compostura y la sobriedad? ¿Por qué nadie ha hecho bromas con la muerte del hijo de Max por sobredosis? Creo que cualquier gaditano podría asesorar a los miembros de la FOTA con trescientos chit-tes incorrectos sobre yonkis que lograrían que te crucificase una turba de asistentes a conciertos de Manu Chao, Andrés Calamaro o Lou Reed. Aunque todos sepamos que la combinación letal de música y farlopa se da en los shows de las autonómicas. Pero esa es otra historia.

Por ello, ante tanta corrección, esta vez la star of the race va para un onvre que ha decidido insultar usando lenguaje soez ¡y en plena rueda de prensa! Me refiero, claro, al gran Mark Webber. La primera vez que el australiano pisó el pódium y fue entrevistado, aprovechó para contar hasta la parte de la peregrinación al Cristo de Medinaceli que la gentuza de los Oscar no dejó relatar a Almodóvar. En esta ocasión decir “no sé si Kimi iba dormido o borracho o qué cojones le pasaba” es sólo motivo de alegría para todos los que hemos presenciado la aplastante superioridad del nuevo paquete aerodinámico de Red Bull: vamos a tener ruedas de prensa de Mark durante un buen rato. 1 punto de violencia verbal, más 5 por hacerlo en rueda de prensa más 10 de estilazo y otro puntillo por haber sacado la mano desde el monoplaza. Sumando los 10 de star of the race, Mark se lleva 27.

Por lo demás, la acción en pista fue patrimonio exclusivo de Sutil en entrenamientos (2 más 6 de puro estilazo destructivo que incluyó bandera roja) y de Kovalainen en carrera. Heikki cambió suicidamente de trayectoria con un coche que ya no tiraba para gran regocijo de Bourdais (que gana un punto por dedicarle un sonoro “stupid” al finlandés: está claro que beber Red Bull tiene más de un efecto secundario). Que luego no rematase la faena estampándose contra un logo del Santander en su posterior salida de pista fue una lástima, pero nada le quita el botín de 6+6.

No puedo dejar sin elogios, por otra parte, al casco que Button lució con un forsálico “Push the Button” impreso. Que un fan te quiera no significa necesariamente lo mejor para ti. 3 puntos.

En los equipos, tan sólo un deplorable repostaje de Bourdais (en que la manguera tardó media hora en llegar al Toro Rosso) fue lo que otorgó los 10 puntos del star of the race.

Un rollo, en suma, pero… ¡como no felicitarse de la decepción del público inglés! Acudían a Silverstone para presenciar un triunfo patriotero y tuvieron que acabar escuchando el himno alemán. Y ver cómo el Mierda se arrastraba por fuera de la pista, ya fuese empujado por Alonso (1x2 para el asturiano), o por sus propios méritos (1 más 2 de estilo por la excursión y por la cara que se le quedó a su novia).

17 junio 2009

El mundo sórdido de Rick Wakeman, segunda parte

(Lean aquí la primera parte sobre la vida de este ídolo de la vicisitud).

¡Bandas sonoras sórdidas!
La relación de Wakeman con el cine ha estado siempre firmemente anclada en la sordidez. Si bien es verdad que otros miembros de Yes como Trevor Rabin han acabado haciendo bandas sonoras para Jerry Bruckheimer, Rick le dio a la chunguez más dura y terminó con Ken Russell. Pero vayamos poco a poco.

Mi primer contacto con Rick Wakeman aconteció una aburrida tarde algecireña leyendo un suplemento de la revista Empire (comprada en Gibrertá, of course) sobre las escenas de sexo más chachipirulis del cine. La que más me llamó la atención fue la de ‘La pasión de China Blue’, pues describía el fornicio más o menos (han pasado muchos años para que me acuerde verbatim) como ‘espectáculo de sombras y sexo gimnástico variado al ritmo de Rick Wakeman’.

Por qué se me quedó marcado el nombre de Wakeman en lugar de lo de ‘sexo gimnástico’ es algo sobre lo que no quiero reflexionar.

No tardé en unir a tal señor con la portada de ‘The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table’ (¡¡¡¡hell, yeah!!!!), un disco que siempre me había llamado la atención por motivos que resultan obvios para cualquiera que sepa que me había leído los 10 primeros libros de la Dragonlance. Y descubrí que el tal Wakeman había tenido cierta relación con el cine.

Con el cine o con Liztomanía. Que todavía no sé si son la misma cosa. O MÁS.

No me avergüenzo al decir que siento cierta fascinación por las películas de Ken Russell. Bueno, más bien sí. Pero desde un punto de vista de vicisitud, es un director absolutamente esencial. Este peculiar autor, conocido por su curiosa afición de coger el minimalismo y limpiarse el culo con él, siempre ha sido un amante de la música. Pero también de la sordidez. Así que decidió unir sus dos pasiones. Tras tratar la música de Mahler y de Tchaikovski con cierto respeto en sendas producciones, y contento con el derroche de sordidez de 'Tommy', Russell vio la oportunidad de sodomizar la figura de Liszt.

La idea era tratar al músico como si fuera una estrella de rock. Por lo tanto, contrató a Wakeman para adaptar la banda sonora a esos hermosos sonidos de sintetizador progresivo tan primorosamente similares a mis espasmos intestinales tras comer en un indio de Lavapiés. Y, ya de paso, para interpretar a Thor en la película. Pero no al dios nórdico. Más bien a una especie de Frankenstein-Thor-eructador vestido como en los tebeos de Marvel, pero con plataformas y la piel de plata y . Un molesto maquillaje sobre el que comenta Wakeman anecdóticamente que una vez pasó de quitárselo y se fue a un pub a beber. Con toda la suerte de que era un local gay. Con gente maquillada de plata. Que lo siguió en masa cuando se levantó a echar un pis. Desde entonces, no sólo se limpió el maquillaje todas las noches, sino que además (y más importante) cambió de pub.

El flim en sí es uno de los ejemplos más jrandes de cine-colonoscopia sórdido. Una obra maestra del Atchonburike whatthefuck. Para que os hagáis una idea, describiré la primera escena:

Un metrónomo.
Liszt (Roger Daltrey) besando alternativamente las dos tetas de una señora, tumbados en la cama, al ritmo marcado por el aparato. El metrónomo, digo.
Una mano acelera el ritmo. Lizt besa las tetas más rápido. Otra aceleración. Liszt alterna tetas a velocidad Flash con la imagen acelerada.
Entra el marido en la decimonónica alcoba y persigue a Liszt por la habitación con un florete.
Entra canción bluegrass de cateto sureño que va describiendo la acción con versos tan hermosos como ‘se le queman las bolas’ cuando los huevecillos de Daltrey rozan un candelabro.
El marido cornudo pincha los pechos de una estatua-fuente y el agua le cae en la cara, por lo que pincha la entrepierna y abre otro chorro. Mientras, su mujer come voluptuosamente un plátano.


El resto de la película es toda una gran metáfora de la vida del compositor que incluye pollas gigantes (y guillotina adecuada hacia la que cabalga Daltrey sobre su inmenso nardo sobre una fila de mujeres posando como en un musical de Busby Berkeley), Liszt como Chaplin, Ringo Starr haciendo de Papa y una aparición especial de Hitler como el monstruo de Frankenstein. ¿Y he dicho que Richard Wagner resulta ser un científico loco nazi y vampiro? ¿No? A lo mejor es porque todavía me estoy dando cabezazos contra el mando a distancia de la tele. Porque ese es uno de los efectos secundarios, además del descojone agudo, que puede producir esta película. Toda ella, dicho sea de paso, financiada por la Warner. Incluso los últimos diez minutos con Liszt bajando de los cielos en una nave espacial manejada con un órgano para atacar a Frankenwagnerhitler, el cual lleva una guitarra eléctrica ametralladora.
Desde luego, Hollywood ha cambiado mucho desde los 70.

Tras esta inmensa experiencia, Rick volvió al cine con la música para el documental sobre las Olimpiadas de Invierno de 1976. Se trató de una de las primeras veces en las que se utilizó música rock para un evento deportivo. Nunca he visto la película en sí, pero sí que puedo decir que la banda sonora incluye una pista titulada 'Moctezuma’s Revenge'. Un tema que, esta vez sí, transmite exactamente la sensación que se le presupone. No, por supuesto, la de esquiar a toda velocidad, válgame feck, sino la del título. Cada vez que la escucho, puedo crearme talmente la imagen mental de un rabino ruso teniendo espasmos mientras se dirige al retrete con cagalera.

Y ojalá pudiera borrarla de mi mente.

Wakeman haría años más tarde otra banda sonora deportiva. La del mundial de España de fútbol. Que llevó el forsálico título de ‘G’Olé’. No, en serio.

Pero, fuera del documental, nuestro ídolo paseó sus teclados por unas cuantas películas más. La primera, 'The Burning', era un slasher con efectos de Tom Savini y (más importante) guión de los hermanos Weinstein. De hecho, fue la película responsable de que acabaran montando la productora Miramax gracias a su éxito en taquilla. Que los responsables de ‘El Piano’ y ‘El Paciente Inglés’ empezaran con un flim sobre un cateto matando adolescentes con tijeras de podar al ritmo de Wakeman es algo que encuentro fascinante e hilarante.

Este disco es un tanto duro de escuchar. No como el de la banda sonora de 'She'. Ese es directamente imposible, principalmente porque nunca se editó. Algo curioso, teniendo en cuenta que incluía temas de Motorhead y Justin Hayward (una mezcla similar a tomarse morcilla untada en nocilla). La peli era una adaptación del relato de H. Rider Haggard pero en un ámbito post apocalíptico. Por lo tanto, ya estoy tardando en poner la mula a funcionar.
De todas maneras, estoy seguro de que el que la música de esa película nunca se publicara no tuvo nada que ver con su calidad. Porque la de ‘La pasión de China Blue’ sí que salió a la venta. Lo sé. La tengo. Original. Hasta conseguí escucharla entera una vez.

Tras este trabajo, Rick volvió a colaborar en cine y televisión en algunas cosas más desconocidas (excepto un temita para 'Creepshow 2') que ni he visto ni se prestan al chiste fácil. Sin embargo, hay otra banda sonora que sí se puede reseñar por su vicisitud.

Ya contamos en la primera parte de este post que Andrew Lloyd Webber se inspiró en una frase musical de un tema de ‘Criminal Record’ para componer una de las melodías principales de ‘El fantasma de la ópera’. En 1990, Rick decidió poner música a la versión muda de 1925 de la obra de Leroux. Y se marcó un reto. No creo que fuera superar a su compañero en calidad. Más bien supongo que se trataba de ver cuál es el número máximo de veces que puedes decir la palabra ‘Phantom’ en la banda sonora de una película muda sin que el público se descojone. El proyecto, mirado desde esa perspectiva, puede considerarse como un completo fracaso.

La adecuación de las canciones a la acción es bastante vicisitúdica, pero sin duda hace que el film sea mucho más divertido de ver que con la típica música de organillo. Y, si estás con amigos, puedes jugar a tomarte un chupito cada vez que alguien cante ‘¡Phantom!’. Aseguro borrachera y coma etílico al final de la noche.



¡Vicisitudes personales!
Aquí tenemos un rápido resumen audiovisual de la mente de Rick Wakeman:


Wakeman es, claramente, un cachondo con el que siento gran afinidad. Obviamente, no debido a la habilidad tocando el piano, pues, a la hora de machacar las teclas, yo demuestro más bien la pericia de un preescolar manco con apoplejía. Tampoco es que suela ponerme capas más allá de aquellos magníficos estrenos de la trilogía de El Señor de los Anillos. Se trata más bien de que este jrande de la música ha basado parte de su vida en perfeccionar el vicisitúdico arte de contar en público todas sus más deshonrosas anécdotas de vergüenza ajena. Que, si se refieren a sus años de gloria, suelen estar relacionadas con el alcohol.

Porque lo de Wakeman con el bebercio sólo puede describirse como… sí, lo habéis adivinado: ¡¡¡¡ÉPICO!!!! Ya de joven solía engullir pintas y pintas cuando tocaba en bandas amateurs. Al llegar a Yes, resultó que sus compañeros eran fanáticos de la vida sana y Rick era el único que bebía. Así que tomaba alcohol por todos los miembros del grupo.
Y por los roadies.
Y probablemente por todos los que iban a un concierto.

Para hacernos una idea de la cantidad de alcohol que consumía, sólo tenemos que leer la conversación que tuvo con su médico tras sufrir sus primeros tres infartos seguidos:
- ¿Se droga?
- No.
- Pero usted es una estrella de rock, ¿no? No mienta, que de todas maneras saldrá en los tests.
- En los test no saldrá nada.
- ¿Bebe?
- Bebo bastante
- ¿Qué es bastante?
- Pues dos cifras de pintas de cerveza, dos botellas de vino y una de güisqui. Al día.
- Vale. Diremos que es del tipo ‘fuerte bebedor’. Suicida, más bien.

Sin embargo, Wakeman y su grupo (la English Rock Ensemble) eran borrachuzos de los buenos. Esto es, nunca violentos y más bien inclinados a las bromas y a la exaltación de la amistad. Por algún motivo, el propio Rick no solía emborracharse (ese desequilibrio físico y resistencia fue, obviamente, el culpable de su afición, pero, al mismo tiempo, facilitó que dejara la bebida en el 85 de un día para otro. Concretamente, como ya hemos comentado, cuando el médico le dio seis semanas de vida). Lo mejor de todo es que sus compañeros de banda también solían tener comportamientos modelo. A pesar de estar bebidos, siempre cumplían y se comportaban. Daba igual la cantidad de alcohol: el concierto salía adelante. Aunque el trompetista tuviera que dar una nota difícil estando pedo, la daba. Otra cuestión es que luego se cagara encima, como ocurrió en una ocasión.

Incluso tuvo eco en la prensa cómo, durante un viaje a Japón, la banda acabó con toda la bebida del aparato, incluidas las provisiones que subieron durante una escala. Todo ello portándose de una manera espléndida. De hecho, la compañía aérea propuso patrocinar la gira del grupo.

Pero los días de tomar guarrerías como media pinta de oporto mezclado con media de brandy (la bebida favorita de nuestro héroe etílico) se acabaron trágicamente. No porque muriera, sino porque, como hemos visto, coincidió con el momento en el que le dio por hacer discos cristianos.

Y no quiero volver a recordar eso. Ni tampoco dejar la impresión de que todas las vicisitudes de Rick tienen que ver con el alcohol. Tanto en su libro ‘Grumpy Old Rock Star’ como en cualquiera de sus conciertos, se pueden aprender múltiples anécdotas. Desde contrabando de uniformes de la KGB hasta encuentros con prófugos de la justicia. Por no hablar de su ruinoso intento de ser empresario constructor de teclados analógicos (con el simpático nombre de 'birotrones') a finales de los 70, justo cuando estaban a punto de inventarse los sintetizadores digitales. Pero me gustaría detellaros una de mis historias favoritas que escuché en un DVD:

Rick iba a dar un concierto en un lugar con un viejo órgano bajo el escenario. Su intención era que el instrumento saliera por una trampilla durante un solo de ‘Las seis mujeres de Enrique VIII’ rodeado de humo. Gran momento dramático. Además, decidió cambiar el tema que abría el concierto. Pero andaba con la mente algo nublada, por lo que a dos miembros del grupo les dijo sendas canciones distintas y él mismo se confundió. Por lo que una cacofonía de cuatro temas mezclados inauguró el espectáculo. Para cuando llegó el momento trampilla, Rick reptó debajo del escenario. Pero con el humo tardó varios dramáticos minutos. Cuando por fin consiguió darle al botón para elevarse, el mecanismo falló a medio camino y comenzó a bajar. Un miembro del equipo fue a ver que pasaba, pero, una vez más, debido a la humareda no vio el borde de la trampilla y se cayó, dislocando el hombro de Wakeman.

Al día siguiente, el periódico publicó esta crítica:

Normalmente, no me gusta Rick Wakeman. Pero la actuación de anoche fue toda una revelación que me abrió los ojos. La velada comenzó con un brillante pastiche de cuatro de sus temas más conocidos, intrincadamente mezclados en un alarde de jazz-rock-fusión que desafía cualquier convención musical. El teatro en sí también interpretó un importante papel en la revolucionaria actuación. La escena de la muerte de Ana Bolena fue en verdad espectacular. No se pierdan este espectáculo”.

Una anécdota propia de Cultureta Watch que nos lleva a nuestro último capítulo:


¡Espectáculos vicisitúdicos!
Con tanta mala prensa actual en contra de nuestro héroe, pocos recuerdan que durante una época, Rick fue una megaestrella. Hasta los de Yes estaban celosos de cómo el avión de su ex compañero era más portentoso que el suyo. Así que si Rick se proponía los espectáculos más estrambóticos del mundo, conseguía llevarlos a cabo.

El primero de ellos fue el maravilloso tour de ‘Journey to the Centre of the Earth’. Siempre fascinado por contar historias a través de la música (algo que apoyo y que sospecho que está detrás de mi gusto por los discos conceptuales y el progresivo en general), Rick quería cuidar la escenografía.

Y encargó que fabricaran dos dinosaurios hinchables.

Los bichos fueron una molestia para los técnicos. Tenían fugas de aire constantemente. Pero Wakeman quería que se mantuvieran durante la gira. Hasta que, estando en pleno Bible Belt estadounidense, los roadies pincharon a mala idea los muñecos. Y comenzaron a inflarlos y desinflarlos de tal manera que pareciera que estaban follando. Tuvieron que salir por patas y, por supuesto, los dinosaurios no volvieron a salir a escena durante el resto de la gira.

Por supuesto que este momento prehistórico no es lo más reseñable de la carrera vicisitúdica de Wakeman. Ni tampoco el famoso momento en el que, aburrido por ‘Tales of the topographic oceans’ en un concierto con Yes, se puso a comer todo un menú de comida india que le había traído por error el tipo que se encargaba de afinarle los teclados. La magnificencia más vergonzosa aconteció en los espectáculos de presentación de ‘The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table’ (¡¡¡¡hell, yeah, hell, yeah, bring me my sword !!!!).

Una de esas mañanas en las que el cerebro se despierta y decide seguir en cama hasta el día siguiente, Rick se dirigió a las oficinas de sus promotores para hablar de la presentación de su nuevo disco. Allí, propuso su idea:

- ¡Caballos! ¡Un castillo! ¡Caballeros! Todo en Wembley.
- Rick, no puede ser en Wembley.
- ¿Por qué?
- Porque en las fechas del concierto estarán preparando la pista de patinaje, un trabajo que les lleva tres semanas.

Y, sin pensárselo mucho (qué coño: ‘pensar’ es darle demasiado crédito), Wakeman perpetró historia de la vicisitud:

- ¡Lo haremos sobre hielo!

Como ya comenté en este antiguo post, el espectáculo fue una debacle económica. No porque no fuera nadie. Al contrario, llenó todas las noches. Sólo que el coste era mucho mayor que lo que se podía amortizar con las entradas. No sólo había orquesta y docenas de patinadores importados de Europa del Este, sino que además incluía batallas a espada sobre hielo con caballos de cartón:


Con su caída en desgracia, los espectáculos épicos cesaron. Pero hay una plataforma para que los sórdidos que fueron singan demostrando que tienen mucha vicisitud que compartir con el mundo: la televisión. A partir de los 90, Wakeman hizo de este medio su escenario particular para demostrar su capacidad para la vergüenza ajena. Aquí tenemos, por ejemplo, un video reciente de un concurso de música en el que hace pareja con el también ídolo de este blog Bill Bailey, actor que protagonizó el mejor momento de la serie ‘Black Books’ cuando entonó la maravillosa frase ‘I’m a prostitute robot from the future’:

Hoy en día, Wakeman sigue siendo bastante popular en el Reino Unido, sobre todo gracias a su participación en 'Grumpy Old Men', un programa en el que señores viejunos hacen lo que mejor se les da: cagarse en todo. Como si los dos teleñecos del balcón tuvieran su propia serie. ¡Televisión de interés!

Conclusión:

¿Y qué hemos sacado en claro de este largo viaje por la vida de Rick Wakeman? Pues espero que mucho amor. Porque si bien la vicisitud es importante en la vida de este señor, mucho más lo es la pasión por la música. Un hombre entregado a lo que hace, siempre en busca del siguiente reto que, posiblemente, se salde con risas. Pero que, independientemente de lo que nos parezca el resultado, en el fondo siempre es maravilloso. No puede ser de otra forma cuando se arriesga todo, se agarra a lo ‘cool’ y se le da una visita turística por el ojete y se consigue armonizar la afición por los teclados chungos con la pasión por contar historias a mayor gloria de lo único que realmente importa en toda ovra:

La ¡¡¡¡ÉPICA!!!!

15 junio 2009

El mundo sórdido de Rick Wakeman: Post épico en dos partes

Rick Wakeman acababa de terminar uno de los conciertos de su gira en solitario. Pero MUY en solitario: él, un piano y largas introducciones contando anécdotas. Al bajarse del escenario, dos señoras mayores, de esas con una permanente que pronto serán homologadas como cascos para motos, se acercaron a saludarle:

- Nos ha encantado el espectáculo. Y la música también. No sabíamos que tocaba tan bien el piano.

Efectivamente. Uno de los grandes teclistas (si no el que más) de la historia del rock. Y esas buenas damas inglesas habían ido a ver un espectáculo de chistes.

Porque Richard (conocido como Ricky de joven, Rick de adulto y El Tío Más Feo del Rock durante sus días de gloria) ha tenido una de esas vidas que causan, al mismo tiempo, risa y admiración. Que ha culminado en su fama local como contertulio de programas de mesa camilla. Como Ramoncín, pero con una discografía de verdad a sus espaldas.

Y por ‘discografía de verdad’ quiero decir, por supuesto, con valores. En concreto, de esa genialidad que sólo se alcanza cuando te quedas a la distancia de una picha de piojo de la ridiculez. Lo cual está bien. Ya lo hemos dicho muchas veces. Hay que ser pretencioso. Hay que intentar ir a por todas. Y si fallas, al menos todos nos reiremos más.

Porque Wakeman ha sido toda su vida un onvre que, cuando ha hecho cosas, las ha hecho a conciencia:
- No bebía: Más bien engullía entre diez y doce pintas de birra al día, más un par de botellas de vino y otra de whisky.
- Él no era fan del fútbol: se compró un equipo entero.
- Ya puestos a casarse, lo hizo cuatro veces.
- Y se marcaba discos y espectáculos ¡¡¡¡ÉPICOS!!!! con orquestas, patinadores y dinosaurios hinchables follando entre ellos. Los dinosaurios, no los patinadores. Aunque ya me hubiera gustado.

Pero vayamos por partes, pues, inspirado por la recurrente petición y posterior colaboración del lector George Kaplan, esto se va a convertir en otro post de esos que necesitan más de cuatro visitas al baño de la oficina para ser leídos enteros:


¡Música chunga!
Cuando uno piensa en describir la música de Rick Wakeman, una palabra se le viene a la cabeza: Asfrrbuaargs. Alternativamente, puede pensar: ¡vicisitud! Esta es su historia:

Este señor empezó como miembro del grupo de folk progresivo The Strawbs, hasta que el líder se enfadó con él por aparecer en un programa en el que interpretaban una sentida canción sobre el conflicto de Irlanda del Norte tocando el teclado con un rodillo de pintura. Un evento que enfrió un poco la relación con el principal compositor del grupo, Dave Cousins (onvre que se emocionó cuando viajé a Londres para ver un concierto hasta el punto de querer hacerse ÉL una foto CONMIGO). Se ve que sus canciones era lo único que se tomaba realmente muy en serio, porque el que Rick expulsara unos meses antes a Salvador Dalí a empujones del escenario le dio tal que igual. El caso es que tampoco hizo falta que se pelearan de verdad: Wakeman acabó abandonando a The Strawbs por el supergrupo del progresivo: Yes.

Con los que se acabó peleando por lo profundamente aburrido que era el ‘Tales of the Topographic Oceans’. No como la música que él hacía en solitario. Que, al menos durante los setenta, desde luego que no era aburrida. Épica, sí. Sórdida, por supuesto. Hilarante, ni lo dudéis.

Porque lo que causa una audición de toda la discografía de este señor (que, como veremos, nunca puede ser rápida) es, sobre todo, estupefacción. Ya desde el primer disco, las bases están sentadas. En ‘Las seis mujeres de Enrique VIII’, Rick da rienda suelta a su pasión por la historia y, según parece los burdeles del siglo XIX. Porque es la única manera en la que se me ocurre describir los exabruptos musicales que intercala con los momentos más sobrios y evocadores propios del concepto. Por no hablar de su capacidad de poner notas donde parecían no caber. No tengo duda de que Rick es capaz de coger 'El patio de mi casa' y convertirla en un complejo festín de semifusas que se han tomado cafe intravenoso. Un arte del whatthefuck que alcanzó su punto culminante con ‘The Myths and Legends of King Arthur and the Knights of the Round Table’ (lo sé: no me canso de repetir el título completo. Básicamente porque se me llana la boca de ¡¡¡¡ÉPPPPICA!!!!). Por un lado tienes una overtura con orquesta. Al minuto siguiente, un solo que parece interpretado por un abejorro gigante soltando helio por el culo. A continuación, un bello interludio de piano. Y, justo después, los peores cantantes que hayan aparecido jamás en un disco superventas.

Porque si por algo es conocido Wakeman es, además de por salir con capas brillantes al escenario, por su peculiar elección de vocalistas. Cuenta el propio músico que cuando decidió grabar su segundo disco, ‘Journey to the Center of the Earth’ (que, crucialmente, incluiría un cantante), el productor le ofreció grabar con Eric Clapton y John Entwistle. Rick era (y es) un gran fan de los Who. Y Clapton era el guitarrista más respetado del momento.

Pero él eligió tocar con la banda amateur del pub con los que se emborrachaba todos los domingos.

Para ser sinceros, hay que decir que allí había una serie de intérpretes que se podrían describir como ‘la mar de competentes’. En el caso de Ahsley Holt, la cosa cambiaría por un más adecuado ‘objeto de cachondeo de los fans del progresivo en años venideros’.

La fidelidad de Wakeman a este señor es el material del que están hechas las leyendas. En el caso de que las leyendas estén compuestas por cantantes que hacen que exclames ‘¿pero quién está arrancándole los pelos del escroto a este hombre?’. Junto con un tal Gary Pickford-Hopkins (de un grupo fundado por un ex bajista de Jethro Tull), Holt formó un dúo mortal que dejó grandes clásicos de la vicisitud en el segundo y tercer disco oficial de Rick. Más tarde, seguiría colaborando con el teclista, que, a su vez, lo alternó con gente tan extraña como un desconocido cantante de ópera con el muy agitanao nombre de Ramón Remedios, el letrista Tim Rice o incluso un cómico inglés interpretando una oda a la borrachera frente a los controles de alcoholemia en su ‘Criminal Record’. No, no voy a hacer ningún chiste con el título del disco. No porque me crea que estoy por encima de eso. Sino porque, leñe, creo que es de lo mejor que ha hecho ente onvre. ¡Si hasta Andrew Lloyd Webber plagió una frase musical para el tema central de ‘El fantasma de la Ópera!

Pero en sus años de gloria durante los cuales todavía era un señor famoso y, quizá, respetado, Rick se mantuvo fiel a Holt y a su English Rock Ensemble del Pub de la Esquina. Juntos bebían a destajo, meaban en bañeras para simular cataratas en el ‘No Earthly Connection’ y hacían campeonatos de peos. Con puntuaciones y todo.

Más tarde, Rick volvió a Yes, grabó un par de discos con ellos, se mudó a Suiza, su mujer lo mandó a paseo y se quedó en las montañas para hacer un nuevo disco. Doble. Se tituló Rhapsodies, y, además de un tanto de música disco, tenía esta portada:

Ay. Duele.

Tras el obvio castañazo comercial consiguiente, Rick abandonó la discográfica A&M, formó una nueva banda y, en pleno 1981, con todos los grupos de progresivo en desbandada, le dio por grabar un disco conceptual orquestal sobre la novela 1984. El resultado fue un desastre. Aunque la voz de Chaka Khan en una de las canciones está exquisitamente fuera de lugar.

Buscando un poco de dinero, Rick lanzó a continuación uno de sus discos más whatthefuck. Grabado antes que el propio '1984’ con la intención de lanzarlo con seudónimo, al final acabó saliendo con su nombre. Total, tampoco podía devaluar su imagen más. Porque ésta era la portada:


Ay. Dolor. Dolor.

El caso es que:
- No es un disco de Rock’n roll.
- Más bien de sordid-electronic-pop.
- Rick será muchas cosas, pero profeta del rock, más bien no.
- Incluye su tema pop más divertido y vicisitúdico, titulado con toda la gracia y sinsentido del mundo ‘Soy tan normal que soy un raro’.

Un LP extraño, que fue reeditado en CD años más tarde con más temas que tampoco tenían mucho que ver con los originales. Rick dice que, en el caso de que se vuelva a publicar en el futuro (hay gente para todo, dispuesta a tener un CD original de esto. Yo, por supuesto, el primero), cambiará la contraportada. Porque en ella sale una de sus ex mujeres . Esto convierte automáticamente a Wakeman en un profesional del resentimiento, algo que admiramos en este blog.

Tras otro disco conceptual, un par de bandas sonoras sobre las que volveremos más adelante y un LP de esos de ‘¿qué coño hago ahora que he pasado de moda y lo que se hace hoy en día no es lo mío?’, Rick estaba desesperado. Algo a lo que no sólo contribuía que todo lo que hiciera fuera sistemáticamente destrozado por los GSanz de la época o que hubiera tenido que dejar la bebida cuando le dieron seis semanas de vida, sino sobre todo a que sus dos divorcios lo habían dejado sin un puto duro. Fue entonces cuando se dejó seducir por el lado oscuro.

E hizo un disco de New Age.

Lo grabó en dos días, ganó 300 libras y completó su paso a ese mundo chungo de los antiguos músicos de rock respetados haciendo discos de este estilo, que hoy en día sólo rivaliza con ‘progresivo’ como la palabrota más gorda que puedes soltar en reuniones de aficionados a la música. En serio. Te puedes plantar en medio de un grupo de entendidos en el tema y soltar mientras les enseñas el culo ‘¡Lo mejor del mundo es la rumba-regetón con influencias de Wilfred y La Ganga!’ y no causar tanto rechazo como si dices ‘Pues a mí no me parece del todo mal la new age y el rock progresivo’.

Muchos grandes de los 70 cayeron en este género. Jim McCarty (de los Yardbirds y Renaissance), Eddie Jobson o Peter Bardens también se apuntaron a la moda para poder satisfacer ese feo vicio de toda luminaria pasada de moda: comer. Claro que fue Wakeman, con su amor a la música y adicción al trabajo, quien arrasó en las tiendas de incienso con sus cds. Cincuenta y cinco discos entre 1986 y 1999, alternando new age, con algún CD de rock, directos y otras perturbaciones que veremos a continuación. Una lista de discos producidos en serie que alcanzó su punto culminante de vicisitud con ‘Visions’, una obra que (atención) Wakeman declara no recordar haber grabado. Su opinión sobre el resultado, una vez escuchado, no deja lugar a dudas del orgullo que siente por parte del disco: ‘Agradable de escuchar, pero eso también describiría al discurso de la Reina después de un buen plato de pavo asado’.

El cuarto tipo de discos al que me refería antes es algo que hunde todavía más a Rick en las simas de la vicisitud. Pues en algún momento de los 80, posiblemente debido a haber estado a punto de palmarla con sólo 36 años, Rick se hizo cristiano practicante. Y como todos sabemos, descubrir a dios es lo peor que le puede ocurrir a un artit-ta. Henchido de fe, nuestro ídolo grabó una serie de discos cristianos más o menos lamentables como ‘The Gospels’, ‘The New Gospels’, ‘Prayers’ o su remake (sí, también en música los hay) ‘Can You Hear Me’.

Y luego está la trilogía mortal de ‘In the Beginning’, ‘Orisons’ y ‘The Word and Music’

Cuando se hacen estos tipos de puntos y aparte tras una enumeración y se siguen de una frase lapidaria, sólo hay dos opciones. O lo que viene es una excepción y una obra maestra, o es una bazofia vicisitúdica. Y todos sabemos en qué blog estamos.

He de reconocer que nunca he oído ‘Orisons’ ni ‘The Word and Music’. Pero eso es por un buen motivo: escuché primero ‘In the Beginning’. Y fue suficiente. (Además, ahora están los tres descatalogados porque suena la voz de la ex de Rick. ¡¡¡¡Resentimiento!!!!). Se trata de un disco que crea muchas emociones en el oyente. La primera y más intensa es ‘¡Mi dinero!’. Comprar este CD, ponerlo y encontrarse con una señora leyendo pasajes del Génesis con música ambiental de fondo es una experiencia que, sin duda, ilumina tu vida y te muestra el camino recto a seguir. Esto es, no comprar nunca más un compact a ciegas sin informarte antes en Internet.

Fue la Red precisamente la que trajo un cambio en la trayectoria de Wakeman. A finales de los 90, nuestro amigo seguía sacando discos de piano new age (algunos, y lo digo en serio, cojonudos) e incluso grabando discos en napolitano por los que no le pagaban (¡Stella Bianca está en mi top 3 de discos favoritos de Rick!). Pero el internete había empezado a poner en contacto a los parias fans del progresivo, ocultos en sus cavernas (también conocidas como ‘casa de mi madre’) desde que la fugaz moda del neo prog de Marillion pasó a mejor vida a mediados de los 80. Era el momento de que Rick bajara el ritmo de discos para pagar pensiones a ex mujeres y grabara otra vez grandes CDs para un público ansioso de emociones colonoscópicas.

Algo que más o menos hizo. Mientras sacaba todavía un par de triples (¡!) CDs de música para dormir, se metió a grabar un ‘Return to the Centre of the Earth’ con orquesta y el Capitán Picard de narrador, hecho que dispara automáticamente el coeficiente freak de TODA la obra de Wakeman en un 137%. Una ¡¡¡¡ÉPICA!!!! gloriosa y monumental que mantiene los mismos sonidos chungos de teclados y los mezcla con el chico Bruckheimer Trevor Rabin, Bonnie Tyler, Justin Haywarth y el perturbado y gran amigo Ozzy Osbourne.

Quizá su obra cumbre, sólo comparable con el CD que recopila sus mejores chistes entre canciones.

Continúen con nosotros para la segunda (y mejor) parte de la vida y milagros del Richard: sus bebidas favoritas, sus conciertos desastrosos y sus colaboraciones cinematográficas vicisitúdicas en otro post épico que publicaremos muy pronto.

10 junio 2009

Cine-colonoscopia: Fuga del Bronx

Título Original: Fuga dal Bronx
Año: 1983
Director: Enzo G. Castellari
Productor: Fabrizio De Angelis
Guionista: Tito Carpi y Enzo G. Castellari, según un argumento de Tito Carpi.
Fotografía: Blasco Giurato
Música: Francesco De Masi
Intérpretes: Mark Gregory (Trash), Henry Silva (Floyd), Valerua D’Obici (Moon Grey), Giancarlo Prete [acreditado como Timothy Brent] (Strike), Paolo Malco (Vice President Hoffman), Ennio Girolami [acreditado como Thomas Moore] (Presidente Henry Clark), Antonio Sabato (Dablone), Alessandro Prete (Junior), Moana Pozzi (Juana)
Sinópsis:


Trash y sus rizos perfectamente acondicionados regresaron al Bronx por un motivo claro: la búsqueda de dinero. Según el director Enzo G. Castellari, ‘1990: Los Guerreros del Bronx’ fue un gran éxito. En una entrevista a David G. Panadero, declaró que su película estuvo en quinta posición de las más taquilleras en Estados Unidos durante varias semanas. Una sospechosa afirmación que no he podido contrastar pero, qué demonios, que voy a creerme porque sí.

Así que era lógico que Fabrizio de Angelis produjera una rápida secuela. La cual, curiosamente, resultó más divertida que la original. Una vez quitado de en medio la necesidad de plagiar la trama de ‘1997: Rescate en Nueva York’, Castellari se unió a otro guionista para crear una historia un poco menos derivada. El elegido fue Tito Carpi, colaborador habitual del director desde sus inicios (suyos son los guiones de las primeras cuatro películas del director, así como de la reconocida ‘La polizia incrimina, la legge assolve’).

El resultado fue bastante más simpático y demencial. Algo que se pone de relevancia en los primeros minutos de película. Exactamente en el momento en el que el protagonista hace explotar a un helicóptero con un par de disparos de su pistolilla. Y que se confirma cuando el chaval entra en el piso de sus padres, recién carbonizados, los cuales tenían… ¡un póster de su hijo vestido como en la primera parte! Después de ver tanta devoción, la única acción lógica que debería tomar Trash sería tatuarse ‘amor de madre’ en la nalga.

Pero no. En lugar de eso, clama venganza y se convierte en el líder de la revolución de los habitantes del Bronx frente a la malvada corporación™ que quiere derribar el barrio y construir una ciudad del futuro. Efectivamente: se trata de un planteamiento similar al de la futura Robocop. Sólo que, en vez de perder el tiempo experimentando con robots que limpien la zona de gente, aquí empiezan con señores armados con lanzallamas desde la primera escena. Un elemento de la trama que recuerda a ‘2019: Tras la caída de Nueva York’, una de las películas post-apocalípticas italianas más divertidas (y, sí: también demencial) que he visto. Con ella no sólo comparte dicho ejército de malvados eliminadores, el ser un plagio principalmente de ‘Rescate en Nueva York’ y hasta algún miembro del reparto, sino también su empeño en mover las cosas lo suficientemente rápido como para que no nos demos cuenta de lo absurdo que resulta todo.


Una virtud que ya tenía en menor medida la primera parte, pero que aquí se agudiza y mejora. Se abandona la estructura más episódica para centrarse en set pieces más largas y elaboradas. Sobre todo durante la mayor parte del segundo acto, una persecución que se desarrolla en el lugar favorito de todas las películas post apocalípticas italianas: las alcantarillas. Frase metafórica donde las haya, a propósito.

Todo culmina en una nueva batalla campal, esta vez en la superficie, con bastante acción, abundantes visitas de esa vieja amiga de Castellari que es la cámara lenta e, incluso, la explosión de un coche de juguete haciéndose pasar por uno de verdad.


El apartado interpretativo es algo menos reseñable que en la anterior película. Mark Gregory sigue con sus poco masculinas maneras, y, una vez pasada la sorprendente hilaridad que su presencia causaba en la primera parte, es eclipsado por todos los secundarios. Sobre todo por Giancarlo Prete y su hijo Alessandro interpretando a un familiar dúo experto en trampas bombas. Por su parte, tomando el relevo de Vic Morrow como actor-medianamente-reconocible-esperando-su-cheque tenemos a un cansado Henry Silva. Muchos dirán que es un intérprete recordado por la serie Buck Rogers, pero, para mí (y sospecho que para muchos otros), siempre será el tipo que presentaba el segmento ‘Gilipollez o no’ en ‘Amazonas en la Luna ’.

Y ya que lo pregunta Henry y su mandíbula tamaño familiar, habrá que darle una respuesta. ¿Gilipollez? Claro que sí. Pero gilipollez divertida.

Related Posts with Thumbnails