27 noviembre 2012

Exclusiva: Kimi Raikkonen protagoniza el nuevo anuncio de Apple Maps para el iOS 6.1

¡Saludos a todos! Mientras un subidón de trabajo me impide dar todavía las copiosas puntuaciones de Brasil en el desenlace de la liga fantástica, para matar el tiempo les ofrecemos esta exclusiva reién salida del horno. El JRAN Raicoñen aspira a la star of the race tras su ÉPICA actuación en Brasil. ¿Creen que merece más puntos que Hulkenberg? Esperamos ansiosos su respuesta.

video

(Kimi se merece todo lo que quiera pagarle Apple... ¡Y más!)

25 noviembre 2012

¡Sigan en directo el sórdido desenlace del campeonato!



Las cosas serían mucho más fáciles de no existir Fernando Alonso.


Desde el inicio de su carrera ha hecho, mejor que nadie, lo que un amante del '¡¡¡Drama y sufrimiento!!!' como es un servidor de ustedes admira más: no tener ninguna posibilidad y, a pesar de todo, hacernos creer que todo era posible.

Cuando obligué al pobre Paco a tragarse las carreras allá por el 2003, vi cómo Alonso lograba removerle sus mayores traumas de adolescencia. En un GP de Bélgica en el que, de manera épica y absurda, aparecían opciones de victoria, al final Alonso terminaba patinando con su propio aceite - y no el de Tootsie - tras haber roto el motor. Paco exclamaba "¡Si es que es como una Algecireña, calentándote lo máximo posible para luego dejarte tirado!".


Hoy vuelve a pasar lo mismo: tirando de calculadora, Alonso sólo tiene un 6% de posibilidades de ganar (que, bien pensado, eran más posibilidades de las que Paco tenía de ligar con una algecireña en su adolescencia mientras le recitaba las sentencias de Battiato: "Tornerà la moda sedentaria/ Dei viaggi imaginari/ E della masturbazioooooooneeeeeee"; o las que yo tenía de ligar en mi adolescencia. Period). Sin embargo, el asturiano ha logrado vendernos que bien valdría la pena perder el tiempo delante de la tele por si acaso lo consigue. Aunque sea con una cochambre de coche y saliendo séptimo.


Eso, se mire por donde se mire, se llama ser un jrande. Y tiene más mérito que un más que posible tercer título de Frigodedo que sólo le servirá para que ¡POR FIN! haya un tricampeón menos respetado que Nelson Piquet. Cosa que me parece muy bien: Nelson era un gigante, un putero, un titán en una época en los que los pilotos tenían bigotón y, de vez en cuando, se mataban. Sólo la literatura inglesa le ninguneó. Hoy en día, todos tienen claro que Frigodedo no es más que un chiste y que el único interés posible del GP de Brasil es que Alonso vuelva a ser la mejor de las algecireñas.

Y por todo eso queremos compartir ese momento en directo con ustedes. Para festejar lo imposible, para ser rencorosos en la derrota o, mejor aún, para tener la miel en los labios y perderlo todo en la última curva. Por favor no falten a la cita.

(Eso sí: una cosa les decimos. En el momento que se cruce la línea de meta, si el resultado no nos gusta, apagaremos la tele. En eso somos como Enzo Ferrari).

Mientras, sigan con sus plegarias al Ecce Homo. ¡Entre todos, podemos!

19 noviembre 2012

Cine Basura, temporada 3, episodio 3: Mis vicisitudes deportivas


Como siempre, primero los datos: Gratis. El viernes 23 a las 22:45 en la dirección www.canalplus.es/cinebasura y, a partir de las 23:00h, la película en Canal+ Xtra, con los comentarios por el audio 2. ¡Animaos a comentar en el chat, que es lo que le da vidilla a esta aventura!

Y, ahora, paso al artículo en sí. Porque claro: después de tres temporadas, no apetece especialmente volver a explicar de qué va el programa. Lo importante es que sigáis viéndolo. Cuantos más, mejor. La audiencia, la participación en el chat y los tweets son lo que hacen que sigamos adelante con esta cosa.

Pero lo cierto es que cada mes toca escribir algo sobre el Cine Basura. Y a mí me gusta que cada texto sea especial. Quizá ‘especial’ en el sentido Forrest Gump del término. Pero me agrada buscarme cualquier excusa para anunciar de pasada la película y el invitado, pero, al mismo tiempo, hablar de lo que me de la real gana. Dado que la putrícula es ‘2019, tras la caída de Nueva York’, una cosa muy divertida (¡con Romano Puppo!) que se vende sola, la excusa la voy a encontrar en Iñaki Cano, que es el finstro que vendrá al comer tortilla con Viru y conmigo.

Iñaki es, atención, comentarista de fútbol y, sobre todo, de la NBA en Canal+. Efectivamente: no nos hemos ido muy lejos esta vez para el invitado. Pero queríamos romper una lanza en favor de la existencia del frikismo en el fandom deportivo. Dos mundos que muchos quieren mantener separados, pero que ya hace tiempo que me di cuenta de que pueden ir perfectamente tan juntos como Sergio Pérez y un alerón saltando en pedazos.

Porque hay que reconocerlo: el frikismo y el deporte no siempre han sido los mejores aliados. Pero pueden serlo. Deben serlo. Al fin y al cabo, saberse todos los nombres de los jugadores de la NBA es tan absurdo y lesivo para la mente como dominar la filmografía de Albert Pyun. Además, ambos casos aseguran una cosa: que si no paras de hablar de ello en las fiestas, puedes convertirte en un Héroe del No Follarás en la Vida ™. Eso, lectores, es algo que une mucho.

Naturalmente, yo tengo una relación de odio/ligero-moderado-sin pasarse amor por los deportes en general. Como espectador, siempre he visto a las selecciones apañolas de furgo y baloncesto por aquello de entender el patriotismo de la única manera correcta posible. Pero las competiciones de equipo siempre me han importado un carajo.

Aunque de pequeño tenía un póster de Butragueño en mi habitación.

Era joven y tenía excusa: mi padre era del Parchelona, mi hermano del Atleti y yo del que fuera que más jodiera a ambos. Armonía en el hogar: ese concepto tan querido en mi familia. Lo curioso es que, a pesar de que siempre ha sido un freak de esos que se encerraba en casa a jugar al ‘Bruce Lee’ de Spectrum o a leerse ‘La Espada de Joram’, a veces intentaba socializar jugando al furngo. Normalmente de portero. Lo que sólo quiere decir una cosa:

Era muy, muy, muy mal jugador.

Evidentemente, lo del baloncesto, teniendo en cuenta que me quedé estancado en 1’68 metros, no era una opción, por mucho que me inspirara la existencia de aquel base americano muy bajito famoso cuyo nombre he olvidado porque nunca llegó a dirigir una película de zombis ni a hacer un disco de rock progresivo.

Así que, mientras mis compañeros de colegio se dedicaban a pasar su clase de gimnasia con juegos de equipo, yo era el único tío que se marchaba con las chicas a hacer atletismo. ¿Era porque se me daba bien? ¿Era porque quería cuidar mi cuerpo adolescente entumecido por horas de Spectrum y pajas? No, joder:

Era porque, a pesar de estar muy cascado, era el segundo mejor corredor de fondo.

Y la primera era la chica más guapa de la clase.

Resultado: un kilómetro corriendo en segunda posición con la vista fijada todo el rato en el pandero de la muchacha. Como la zanahoria y el burro. Como una bola de lana y un gato. Como una gótica y un dibujo de Tim Burton.

Este entrenamiento calenturiento me llevó, durante un brevísimo periodo de tiempo, a tener cierta forma física. Incluso llegué a correr la Milla Urbana de Algeciras, un buen lugar en el que hacer competiciones en circuitos de ciudad porque no hay nada que te distraiga. Más bien, el espanto que te rodea te incita a llegar a la meta cuanto antes con tal de no volver a ver edificios feos, no tener que sortear yonkis ni pasar otra vez por delante de esa escultura tan bonita que todos conocíamos como ‘La Cagada de Mazinger’.

Conseguí terminar la carrera en una posición sólo medianamente vergonzosa e incluso llegué a saber lo que se siente al querer expulsar todo lo que es el bazo por el esófago. Los años siguientes los pasé intentando jugar de vez en cuando con los amigos, pero dejé de lado todo deporte con la excepción de un breve periodo en un gimnasio durante el cual conseguí llevar a cabo mi gran ilusión vital: conocer a Carlos Pacheco y mover las tetas. Luego me fui a estudiar la carrera, comencé mis vicisitudes estomacales, me dediqué a perder el tiempo en blogs y nunca volví a jugar a ningún deporte.

Pero una cosa me quedó en el recuerdo. Que por mucho que odie el furngol como concepto por ser, debido a sus precios, el causante de los problemas económicos del cine de Canal+, tengo que tener un respeto por la gente que se dedica a ser freak del deporte. Sobre todo si son capaces de retransmitir partidos de baloncesto y, como Iñaki, ponerse a hablar de la Marvel. Porque del mismo modo que descubrí gracias a Bryan Singer y a mi amigo Carlitos que se puede ser maricón perdido y fan de los X-Men, el ser experto en deporte no quiere decir que seas un patán incapaz de disfrutar de una buena sesión de cine-colonoscopia.

Así que ahí estaremos el viernes. Luchando contra los estereotipos. Dos freaks del cine chungo y uno del baloncesto que, contra todo pronóstico, demuestran una gran higiene personal. Os esperamos a todos. Y si faltáis a ver con nosotros este maravilloso clon de combate de ‘Rescate en Nueva York’, que vaya Romano Puppo a vuestra casa juegue a las canicas con vuestras pelotas.
Romano Puppo desayuna todos los días testículos de Chuck Norris.

05 noviembre 2012

Cinco valores positivos que, en realidad, son una mierda

Generalmente, cuando conozco a una chica y quiero parecer interesante, tiendo a decirle que soy un tipo que desprecia la moral, pero que se preocupa por la ética. Esto podría parecer que no tiene sentido. Y no sólo no lo tiene, sino que además no sirve ni siquiera para que me acepten en Facebook.

Dicho esto, sí que tengo más o menos claros los valores que rigen mi vida. Por supuesto, hay uno que se impone sobre los demás: comprar discos de progresivo cutre. Y, a continuación, analizar absolutamente todo y no creerme nada porque sí. Esta máxima me lleva a pensar que existen conceptos vitales que, con sólo nombrarse, se espera que se entiendan automáticamente como algo positivo. Ideales a los que intenta aspirar cualquier persona moral de bien.

Claro que yo no soy una persona de bien. Y, según algunos que me han visto en fiestas de Halloween disfrazado de hada diabólica, ni siquiera persona.
Pues sí: sé hacer trenzas.
Así que voy a presentar esos valores en principio buenos, cojonudos y chachipirulis que aquí en Vicisitud y Sordidez consideramos simplemente una puta mierda.


5.- Patriotismo
a) ¿Qué es?
Ya hemos dejado claro en alguna ocasión lo que nos parece el concepto del nacionalismo: algo que está bien para pasárselo bien en un partido de fútbol o aburrirte un poquito menos en una carrera de fórmula 1. Pero el nacionalismo, definido como ‘apego a la nación’, se relaciona más con temas políticos. Así que cuando se dice que alguien “es nacionalista”, automáticamente se piensa en una determinada posición a la hora de meter tu papeleta en una urna. Y esa posición es a cuatro patas y con ganas de que te den por culo aprovechándose de que eres lo suficientemente corto de luces como para darte cuenta de que la NACIÓN siempre es invocada por los políticos cuando quieren practicarte un tracto rectal a traición.

El patriotismo, sin embargo, siempre es algo que se presenta como positivo. Es bonito amar a la patria. Aunque es mucho más amar a una pelirroja de grandes pechos o a un macizorro tipo gladiador de ‘Spartacus’. Elija la opción que más le guste. O las dos.

Hasta quienes niegan el derecho a la gente a ser nacionalista reconocen que la palabra ‘patriota’ es algo positivo. Sin embargo, yo digo que no. Que qué coño de base racional hay para amar una puñetera delimitación territorial. Mi nación es Esppppaña como podría serlo Inglaterra, que tiene música mucho mejor, o Invernalia, en el que todo el mundo es tan pupas como yo. De la tierra no emana ninguna fuerza mística que cause mi apego instantáneo. Nada surge de los campos que me dé ganas de meter la polla en un agujero en el suelo y hacer el amor con mi país.

Madre mía: tengo que limitar mis metáforas repugnantes.

Sentir orgullo de haber nacido en un sitio determinado es tan idiota como sentir que eres distinto de los demás porque posees unas orejas más larga de la media o tienes un lunar en forma de gato chino de la suerte a la altura del escroto. Aunque bien pensado, eso sería la hostia. La hostia, pero un accidente de nacimiento al fin y al cabo. Nada que te haga diferente al resto de la humanidad en lo que importa. Esto es: tanto tú como tu vecino del quinto quiere tener comida en el plato, porno en internet y jabón en la ducha. Espero.

b) ¿Por qué es el mal?
Algunos podrían decir que sentirse unidos a los de tu tribu es un rasgo evolutivo. Pero, en la sociedad actual, la tribu es todo el mundo que comparte contigo valores positivos de defensa de los derechos humanos y de no ser un capullo en general. La delimitación territorial es arbitraria. Por dios: si hasta la Sociedad Tolkien de Madrid se dividió en dos grupos. ¡Si no hay comunidad de vecinos que se ponga de acuerdo en algo! ¿Cómo coño esperan que me sienta más unido a Esperanza Aguirre por ser de aquí que a mi amigo italiano Daniele, que se comió un chuletón para tres personas de primer plato y un solomillo de ternera de segundo?

Así, esa creencia de que la patria es lo mejor del globo no hay que tomársela muy en serio. Claro que hay gente que, como no tiene aficiones, escoge precisamente el patriotismo como su hobby. Y todos sabemos que, dado que la identidad de la patria no tiene ningún sentido más allá de cuatro tópicos mal contados, a lo que lleva al final es a definirse por oposición. Nojotro zemo menjore que los del otro lado de la frontera. Eso conduce a lo de siempre: odio, guerras y, lo peor de todo, chistes de ‘un francés, un inglés, un alemán y un español’.

Todos queremos evitar ese mal.

c) ¿Pero puede aportar algo bueno?
Pues lo dicho: ayuda enormemente al disfrute de los deportes. O a ver ‘Skyfall’ y sentirse de puta madre porque el malo es un tipo que ni te hablaría si te lo encontraras en la cola de los cines Ideal, pero que cómo mola que un español sea el segundo malo Bond gay de la historia y probablemente el mejor.


4.- Guardián de las tradiciones
a) ¿Qué es?
Se dice que alguien “respeta y guarda las tradiciones” cuando coge lo que debería ser arqueología y lo convierte en dogma de fe (palabreja a la que volveré en un par de puntos).

Lo de ‘respetar las tradiciones’ es algo que tiene mucho que ver con la falacia lógica del “argumento a la antigüedad”, también conocida por sus amigos como “apelar a la tradición” y por mí como “búscate una excusa mejor para no dejarme atravesar la procesión de vuelta del videoclub, vieja, porque mi casa está al otro lado de la calle”. El que algo sea viejo y se haya hecho durante años no quiere decir que sea necesariamente bueno o que valga la pena ser conservado. Excepto la receta de las croquetas de mi abuela.

Pero el caso es que siempre se ve como alguien digno de respeto todo aquel que defiende mantener tradiciones en vías de extinción o francamente discutibles, casi siempre unidas a cierto tufillo patriótico.

b) ¿Por qué es el mal?
Esos pesados que se nombran guardianes de la tradición suelen pensar que algo es bueno simplemente porque lleva años haciéndose. Si quieren perder su tiempo en rescatar del olvido tradiciones (o, si su afición los lleva a ser patriotas, lenguas) que se abandonaron o están cayendo en desuso, pues que se lo pasen bien. Pero lo malo es que no suelen contentarse en celebrarlas en su puñetera casa. No. Hay que imponérselas a todo el mundo.

Así que, si hay que tirar una cabra del campanario, eso mola porque siempre se ha hecho. Si hay que cortar el prepucio a todos los bebés para que de mayores tengan menos placer sexual, pues adelante. ¿Ablaciones? Genial. ¿Arrancar cabezas de pollos? Cojonudo. ¿Hacer una nueva temporada de Gran Hermano? Apocalíptico.

Pues no. Esas son gilipolleces. Si una cosa es una bestialidad, hay que abandonarla y punto. Que por algo hemos avanzado como sociedad a nivel general, con la excepción de los países teocráticos y ciertas zonas de Valencia. Y si algo empieza a dejar de ser popular, pues que se muera. Para eso están los libros de historia. ¿Es que nadie piensa en los pobres historiadores? ¡Tantos años de estudios en las facultades tienen que servir para algo más que para aprender a jugar al mus!

c) ¿Pero puede aportar algo bueno?
Pues sí. De hecho, bastante. Dos cosas claras: la juerga y la zampa. Si me quitan la fiesta de Reyes, me da un patatús. Pero bueno: si ha de morir por falta de popularidad, pues que palme. Ya me buscaré otra excusa para hacer regalos.

Eso sí: como desaparezca la receta de la croquetas de mi abuela, la humanidad será un lugar tan triste como un libro sin dibujos en Gandía Shore.


3.- Abstinencia
a) ¿Qué es?
En algún momento de la historia, alguien que probablemente follaba poco decidió que NO follar era una virtud. Que aclaraba la mente. Que hacía que no descendieras a una orgía de hedonismo.

Pero, al contrario que la gula o la avaricia, que pueden tener serias consecuencias para sus practicantes (ataques al corazón en un caso, convertirte en un banquero en el otro), follar lo que quieras, o en el caso de lectores y redactores de este blog, lo que puedas, no supone necesariamente ningún problema para la salud. A no ser que estés tan loco como para intentar echar seis polvos seguidos. Pero eso no es lujuria. Eso es chulería. Follar, lo que se dice echar un polvo, es bueno.

Sin embargo, la abstinencia puede ser muy mala. Si lo haces porque ni te apetece ni quieres perder el tiempo y necesitas muchas horas del día para escribir artículos innecesariamente largos en tu blog, pues me parece genial. Pero si te dedicas a no follar porque se supone que tu educación generalmente religiosa te ha dicho que es bueno suprimir lo que te pide el cuerpo, puedes acabar con un grave caso de bolas azules.

Porque lo importante aquí es preguntarse: ¿Para qué? ¿Por qué no follar? Es como esa etapa juvenil que ya comentaba en este artículo en la que siempre había un compañero de clase que presumía de no machacársela.

¿Y?

Anda ya y folla. O machácatela cuando te lo pida el cuerpo. Nunca llegarás a ser un asceta encerrado en una cueva rehuyendo de los placeres terrenales y meditando sobre la vida. Una vida de mierda, claro. Porque te aseguro que no quieres ser ese tipo. Que de todas maneras, también se la machacaría de vez en cuando.

b) ¿Por qué es el mal?
Los casos de bolas azules son un grave problema psicológico a la altura de disfrutar secretamente el programa de los niños chistosos de Juan y Medio en Canal Zur. Aguantarse las ganas de folgar o, en su defecto, de tener un bonito orgasmo de vez en cuando, convierte a la gente en amargados y los encamina a una vida de mal y perdición. Esto es, a dedicar todas sus fuerzas a evitar que el resto de la gente sea feliz con su sexualidad. Y, como le dijo la sonda anal a la uretra, yo por ahí no paso.

c) ¿Pero puede aportar algo bueno?
No. La abstinencia no es tan mala como otros falsos valores positivos de esta lista, porque los casos de bolas azules no tienen porqué acabar necesariamente en persona cabrona o explosión testicular. Pero desde luego, de no orgasmar nunca sale nada bueno.

Y ahora toca hacer un comentario graciosete e idiota sobre las cosas que sí salen del cuerpo cuando se orgasma. O poner una foto de Cytherea. Pero no perdamos el tiempo, porque hay que pasar a uno de mis infra valores más odiados.
Qué coño. La pongo de todas maneras. ¡Qué chorros más monos echa!

2.- Fe
a) ¿Qué es?
En un momento de la película, el protagonista lo ha perdido todo. Y, en su hora más oscura, una mano amiga le dice:

“Ten fe”.

Y él se levanta, mata el malo, salva el mundo y consuma su matrimonio con la cabra de su vecino que siempre le miraba picaronamente.

En la realidad, la frase sólo sirve para deprimirte más, crear la falsa expectativa de que las cosas se solucionan por arte de magia o, peor aun, con sólo pensar mucho en que todo saldrá bien. Pero mucho mucho mucho. Como en el mojón ese de ‘El Secreto’.

Yo, al idiota de turno que le toca decir lo de ‘ten fe’, le preguntaría si no sería mejor que le pasara unos euros o le ayudara un poco con su problema. Pero eso soy yo. Siempre un escéptico materialista de mierda.

La fe, por otra parte, es uno de los aspectos más repugnantes de la supuestamente positiva cultura judeocristiana, especialmente representada en el texto más estúpido de la Biblia (el libro de Job) y la película fantástica más aburrida de los últimos años ('Las crónicas de Narnia: El príncipe Caspa'). Por no hablar de la gran superproducción de cine gitano evangélico logronés ‘Mis quejas hacia Dios’, en la que un orondo señor descubre, gracias a un ángel, que hay que confiar en el Todopoderoso. Pero al final, el banco le embarga la casa de todas maneras.


b) ¿Por qué es el mal?
Tomada por el lado laico, es una actitud pasiva sólo superada en su inutilidad con leer ‘Cincuenta sombras de Grey’.

Pero por el lado religioso es otra cosa.

Uy, qué cosa.

El origen de un buen puñado de males de la historia. El creer porque sí y sin pensamiento racional en textos sagrados puede llevar a que el candidato a la presidencia de Estados Unidos lleve calzoncillos mágicos y crea que dios es un extraterrestre del planeta Kolob. Claro que ese señor es un imbécil independientemente de su fe.

Pero hay creencias irracionales mucho más peligrosas. De esas que piensan que hay que matar a infieles o condenar a los homosexuales a la hoguera no questions asked. Miedito, vamos.


c) ¿Pero puede aportar algo bueno?
Puede servir como placebo a la hora de tener alguna enfermedad, lo cual no está nada mal y sale la mar de barato a la Seguridad Social. Pero no lo digamos muy alto, que son capaces de aplicar el copago sanitario cada vez que alguien diga que tiene fe en que se encuentre una curación definitiva a sus almorranas crónicas.


1.-Honor
a) ¿Qué es?
¿Qué coño es el honor? No, en serio. Cuando se dice ‘Es un tipo de honor’, ¿a qué se refieren?

Según la RAE, no hay manera de ponerse de acuerdo. Puede ser “Cualidad moral (moral: ya vamos mal) que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y uno mismo”. ¿Qué deberes? ¿Quién dice cuáles son? ¿Por qué me pongo deberes a mí mismo si no soy capaz ni de hacer más de dos artículos al mes?

Otra acepción es “Gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea.” Pero, ¿para qué se quiere la gloria? Está claro: para que te hagan la pelota y puedas ligar.

Pero lo peor es eso de que se contagia a las familias. Algo muy bonito cuando se conviene que apagar un incendio es heroico. O sufrir un maratón de pelis de James Ivory. Pero entramos en terrenos cenagosos cuando lo heroico se entiende como ponerse un simpático cinturón de explosivos. O cuando la virtud o el mérito es que no te vea nadie sacándote una teta en público. Entonces puede resultar que, porque un buen día se te rompió el tirante del sujetador, toda tu familia podrá ser escupida cuando vaya a comprar el pan.

Veamos la tercera acepción de la RAE, que pone las cosas un poco más chungas todavía: “Honestidad y recato en las mujeres, y buena opinión que se granjean con estas virtudes”.

Efectivamente. Confirma lo anterior.

Que si te sacas una teta, eres una guarra.

Así que esto del honor depende de quién lo utilice. Pero, a nivel general y sin mirar ningún diccionario, al final lo que significa es más o menos ‘orgullo’. Y eso sí que todos sabemos que es algo negativo. Pero, encima, es un orgullo que se pega como un tofee a los empastes. Que se transmite como una candidiasis a tu glande.

El honor, siempre que se utiliza en la sociedad actual, se entiende como si todos fuéramos raperos: “Yo soy la leche”. Y si alguien dice o piensa algo feo de mí, tengo que cabrearme. Es la acepción general que se acepta en esas chorradas conocidas como ‘atentado contra el honor’. Incluso hay leyes que protegen a la gente de que alguien diga que NO es la leche y que, en realidad es gilipollas. Se llaman ‘delito de injurias’.

Y son una soberana soplapollez.

Si alguien te insulta, la única reacción lógica y racional es decir: “¿Y qué coño importa?” Si alguien te dice que eres imbécil en público, hay dos opciones:

-Analizar tus actos y darte cuenta de que, efectivamente, eres imbécil (sería más fácil encontrar una ardilla cabalgada por chewacca luchando contra tropas del III Reich renacido)

O sea, esto.
-Analizar tus actos y concluir que es mentira. Sólo tienes que decirle al resto del mundo por qué no eres imbécil.

Si es que te importara lo que pensaran, claro. Porque no somos ingleses y no necesitamos vivir con el sambenito de estar todo el día ponderando qué pensarán los vecinos.


b) ¿Por qué es el mal?
El honor, además de crímenes de honor, duelos por honor, lapidaciones por honor, millones de soldados muertos por salvaguardar el honor de la nación (eso vale doble puntuación) y, en general, guerras por honor, nos ha dado algo mucho peor. Algo más terrible:

La peli acaba con un tío con espada de madera contra 100 samurais. Y no le hacen nada ni le dan una patada en las partes. Y luego resulta que es una obra maestra.
c) ¿Pero puede aportar algo bueno?
No. En serio. No.


Y así se acaba un nuevo artículo polémico de ente bloj. Ojalá se cumpla la tradición y acabe en algunos foros fuera del círculo habitual de nuestros lectores para que empiecen a llegar comentarios atentando contra mi honor. Tengo fe en que ocurrirá para regocijo de nuestros lectores. Por España, que ojalá puedan leer decenas de veces en los comentarios las expresiones ‘graciosillo’ y ‘¿quién se ha creído este idiota que es para decir lo que está bien y lo que está mal?’.

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