Vicisitud y sordidez

Nuevas vicisitudes

¡Un post breve! Ese invento que pusimos en marcha cuando cambiamos el diseño de la web en un vano intento de mantenernos relevantes en la era del click bait e hilos de twitter. Pero a veces es necesario escribir cosas cortitas. Concretamente cuando descubres a un persono que te fascina. No porque te gustaría quedar con él, charlar sobre el tiempo, pasar a hablar de intereses íntimos y dejarte llevar por el ritmo de la noche para amanecer con el culo escocido. No. Es porque cuadra con tu discurso de valors, aunque tengas sospechas de que la persona en cuestión pueda ser un impresentable e incluso te de grima verlo en fotos. Case in point: Thomas Mace-Archer-Mills.
Profesión: Inglés
Thomas es un experto en la monarquía británica. Algo que suena más o menos tan admirable como ‘Experto traductor bosquimano a klingon’ o ‘Catador de cachopos’. Esto es, MUCHO. Porque aquí defendemos a la gente que es feliz con su frikismo, aunque tal afición nos pueda parecer una imbecilidad. Pero, por supuesto, hay más en lo que se refiere a este señor. No hablaríamos de un fanboy monárquico por gusto.
Si no, ya habríamos dedicado un artículo a ESTO
Si bien considero que la monarquía es algo que da mucha risa y come mucho dinero público, no soy un furibundo apologeta de su derogación. Yo soy más como decía Yulio Anguita, el segundo Yulio más importante de la historia de Espppaña: el rey, mientras no moleste… Yo sé que hay gente que es fan, y no seré yo quien quiera joderles sus cositas que les hacen ilusión. Eso es aquí en Espppaña, claro. En el Reino Unido creo que es una institución totalmente necesaria porque nos ofrece muchos momentos de risa y oportunidades para que Helen Mirren haga más funciones teatrales haciendo de reinas de allí.
 NUNCA hay demasiado del concepto ‘Helen Mirren’
Thomas Mace-Archer-Mills es el fundador de la British Monarchic Foundation, una especie de club de rol, pero dedicado a hablar y flipar mucho con los Windsor. Lo de los múltiples apellidos es importante, porque tener guiones entre ellos HACE pijo. Es como esos galos obsesionados por todo lo que HACE romano en ‘El Combate de los Jefes’ de Asterix. Porque, y ya llegamos al punto de la cuestión, Thomas no se llama así. No.

Su nombre es Tommy Muscatello.

Y es de Nueva York.

Ente onvre con apellido de vino de Chipiona se ha pasado los últimos años siendo un experto en la corona y llevando la web de su fundación, dedicada a patrocinar la monarquía como concepto, amén de sacar unas perras y ser el experto al que acudir para las entrevistas sobre el tema. Por lo tanto, cuando llegó la pasada boda del Principote Con Pelo con Actriz Que Demuestra Que La Mezcla Genética Es Lo Puto Más, el tío se pasó los días concertando apariciones en teles de todo el mundo dando su opinión. A menudo, en modo marica mala ON criticando y dando consejos a la nueva princesa. Todo ello con ese claro tufo elitista tan tan británico de ‘A ver qué hace una plebeya metiéndose en nuestras cosas’.

Su nivel de locura por su afición le ha llevado incluso a crear una criptomoneda pasada en la monarquía británica. Su nombre es "el Royl", así sin ‘a’ porque él será tradicionalista, pero la mercadotecnia poochie moderna del branding gilipollas no se le puede escapar a alguien de su estatus. Está tan metido en su frikismo que sueña incluso con pagar con la realeza también virtualmente. Porque no olvidemos que la moneda real ya tiene a la reina grabada. ¡Imaginad lo molón que sería para mí una moneda con la cara de Rick Wakeman! Él ya tiene eso, pero quiere más. Por eso no piensa dejar su ocupación. Al ser descubierto, sólo dijo que él nunca había mentido sobre su procedencia. Y, joder, tiene razón. ¿Por qué enfadarse por ello? De hecho, es mejor aplaudirle.

Al saberse el pastel, el Wall Street Journal investigó la historia de tan curioso onvre. Martin ya dio muestras de su obsesión desde el colegio , empezando a hacer acentos ingleses y apareciendo en obras escolares interprentando el papel de inglés estirado. Desde pequeño, él quería ser un pijo británico. Era su sueño. Y lo ha cumplido.
Tommy, en el centro, entrenando para Upper Class Twit of the Year. PHOTO: JIM MILLER
Es exactamente la misma trama que ‘Búho Gris’ de Richard Attenborough. Una peli que hoy en día está muy olvidada y en la época fue vilipendiada. Claro que a mí me encantó. ¿Por qué? A ello: se trata de la historia de un señor con pinta de Pierce Brosnan que es un indio guía en una reserva. ¡Whitewashing!, dirán los ofendiditos. Pues no: resulta que Brosnan (haciendo de un tal Archie Belaney que vivió a principios del XX y que inspiró la película) era un chaval inglés flipado con el mundo de los indios americanos que se fue a vivir allí, se casó con una india, escribió libros sobre naturaleza y hasta participó heroicamente en la Primera Guerra Mundial. ¡Apropiación cultural!, dirán los ofendidos.
El verdadero Archie, en deliberada actitud de molar.
¿Que qué es eso de la ‘apropiación cultural’? Tranquilos, que es una moda anormal importada de EEUU que pronto se impondrá en España al nivel de gente española en twitter diciendo de un negro de Albacete que es ‘Afroamericano’. Al tiempo.

En resumen, viene a decir que si una persona blanca del primer mundo se frika con algo de cualquier minoría o cualquier otro país no blanco, está haciendo el mal. Si te pones un vestido japonés para ir a un sarao: eres el mal. Si te pones rastas: haces el mal. Si te vistes como La Tigresa de Oriente, haces el mal.Si te pones a escribir Tintín en el Congo… bueno, eso sí que está mal. Joder, qué vergüencita de tebeo. Hay cosas por las que el tiempo pasa a lo duro.
Humor se escribe con R.
Esa actitud me parece totalmente gilipollas. Porque, ¿acaso no hay nada más bonito que fliparse con algo ajeno a tí y querer vivirlo? Mi sueño es irme a pasar mis días a la Isla de Skye, tirarme todo el año escuchando aires escoceses y probablemente ser más celta que un pelirrojo con púbis pelirrojo untándose de haggis para follar con una pelirroja fea que está bebiendo Irn Bru. Claro que, como ambos somos blancos, eso no sería apropiación cultural. Un momento: que yo soy latino para los americanos y andaluz vago tocapalmas para los peninsulares. Ya me estoy liando. Me duele la cabeza... ¿soy ofendido y ofensor? ¡Organización!

El caso es que en España la tontería ha empezado con una cani catalana que ha hecho una canción flamenca y algún gitano se ha cabreado. ¡Mal! ¿Acaso no hay cosa más bonita que exportar las cosas que te gustan? Mi vida entera en internet gira en torno a este concepto: A que la gente descubra el amor de las cosas que me gustan. No a guardármelas sólo para mí cual frikipster que ve pelis cutres ignotas y le jode que ahora sean disfrutadas por el común de los mortales, a los cuales pasa a acusar a su vez de hipsters (y no estoy pensando en Jesús Palacios… nooooo). Cuando era joven, en Andalucía había un señor llamado El Pollito de California’, un guiri flipado del flamenco que cantaba como si fuera un nota del Sacromonte aficionado a los cubatas cargaditos. ¿Producía rechazo? Ni de coña. Sólo proyectaba AMOL. Igual que los locos británicos del grupo Carmen, de los que hablé en el primer año de vida del blog. Y ahora. Porque nunca es mal momento para poner esta canción:


Por supuesto, me he dejado llevar y esto ya no es el post breve que empecé a escribir. Como le comentaba a una amiga el otro día, yo empiezo con una idea general en la cabeza, y luego ya descubro a dónde me lleva. Es más divertido así. Como tener la ilusión de un plan vital que incluye cumplir hasta tal punto tu sueño de otra vida que hasta cambias de país y cultura. Eso sólo puedo aplaudirlo de pié, con las palmas de las manos rojas, gritando desgañitado y con la polla sacada. Porque se hacen pocas cosas con la polla sacada, así en general. Al menos yo. Y todos dais gracias por ello.

Tommy Muscatello no es Tommy Muscatello. Por mucho que los aguafiestas piensen ofendidos que es un farsante, él ES Thomas Mace-Archer-Mills, incluído (y esto no me lo invento) el señor mayor inglés que aceptó ser su falso abuelo porque al chaval le hace ilusión tener familia británica. Como persona que ha padecido a veces esa curiosa melancolía por cosas que no he vivido al escuchar los recuerdos de la infancia de PIL Collins en el tema  ‘Blood on the Rooftops’, puedo y debo empatizar. Nunca enfadarme con su trola, sino aplaudir su mentira, por muy idiota que me pueda parecer. Thomas es todo un onvre.

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(Nota: Éste es un artículo que escribí en su momento para un libro de varios autores sobre el Madrid alternativo coordinado por Pablo Vázquez. Lo que ocurrió es que sólo yo entregué el texto. Así que, un año después, acabó apareciendo en la web La Paz Mundial. Pero dicha web está caída desde hace varios meses. Como me da pena que el post no esté disponible, lo vuelvo a publicar aquí. - Paco Fox)

Viajar desde el pueblo hacia la capital (cesta con viandas pilladas con una guita y boina opcionales) es un periplo que suele concluir de una misma manera para muchos: saliendo del armario. Pero no me refiero necesariamente al despertar homosexual. Existen muchos otros armarios con mucho menos fondo, más amables e incluso con baño, ducha y las revistas porno que guardaba mi padre. Esto es, en los que se está relativamente cómodo. Con tu placer solitario particular. El de los gustos que se disfrutan en la intimidad. Quiero decir, el de pasiones ocultas. No relativas a las revistas porno. Joder. Esta introducción se me ha ido de las manos. Empecemos otra vez.

Me refiero a gustos que, en era pre internet y en la vida de provincias, se vivían en soledad onanística.

Y con esto, dejo las metáforas masturbatorias.

Cosas como ser fan del cómic europeo en un mundo de superhéroes de kioskos y Mortadelos. O reírse viendo cine de mierda. O ser gótico en la Alcarria. Pocas cosas puedo pensar más solitarias que un gótico en la tierra de Perales. O más adecuadas. No sé.
En mi caso, yo era, sin saberlo, fan del rock progresivo. Mis amistades, tanto en mi pueblo (Algeciras) como en mi lugar de acogida universitaria (Sevilla), consumían cosas más normales y, por qué no decirlo, recomendables para el ser humano medio. Sus Ramones o su Nirvana en el lado rockero, sus Spice Girls (de las que me gustaría ser fan), sus Pet Shop Boys (de los que sigo siendo fan) o su pop español (el cual sigue produciéndome estreñimiento emocional) en la tribu más calmada. Incluso su Sonic Youth o The Smiths para los pocos alternativos que había en mi facultad en Sevilla. Porque ser cultureta (en mi época no existían los hipsters) en Híspalis sólo está un paso por encima que ser gótico en La Alcarria.
Aunque me fascinaría el concepto de un gótico sevillano.
Sin embargo, yo tenía otros intereses. A mí me gustaba ‘Telegraph Road’ de Dire Straits y los primeros discos de Mike Oldfield con temas de 20 minutazos. En unos 90 marcados por una música que me daba mucho igual (los temas de baile me recordaban a drojas,  la música grunge me recordaba a más drojas y el sonido madchester me recordaba a demasiadas drojas), yo miraba al pasado. En toda la década, creo que el único CD de un grupo de éxito del momento que me compré fue el ‘A Pocketful of Kryptonite’ de Spin Doctors, lo más ñoño e inofensivo de todo el rock surgido de los EEUU en los 90. Sigo defendiendo ‘Two Princess’ como una gran canción chorra. Pero ese es otro tema mucho más triste que incluye una formación tan perdida líricamente como para hacer una canción dedicada al tan importante tema especulativo de que Jimmy Olsen se quisiera follar a Lois Lane. Pocas cosas menos cool que eso en 1991, el año del grunge. Quizá hubieran sido más felices en la sociedad actual en la que lo que mola es ‘The IT Crowd’, ‘The Big Bang Theory’ y hacer referencias a DC y Marvel.

Por supuesto, llegué a Madrid y se produjeron dos hechos coincidentes en el tiempo y liberadores para cualquier persona que vivía su frikismo aislado: internet y el efecto LA CAPITAL.
...Pues si quiere hablar de música, en frente de Madrid Rock hay dos chavales muy apañaos.
En Madrid tuve mi primera conexión a la red, mi primera visita a un cine en VOS y mi primera fiesta en la que una aspirante a actriz se lió con todos los hombres asistentes excepto mi amigo Manu y yo. No es que haya asistido a más reuniones con tanta alegría labial, pero esa única experiencia es de las que marca. Sobre todo el momento en el que la chica se subió al balcón y empezó a gritar “¡Que me tiro!”, ante lo cual la anfitriona contestó con un correcto “Pues siendo sólo un segundo piso, lo mismo lo único que haces es partirte la pierna”.

La vida del estudiante de la ECAM.

Porque todo esto de conocer la bohemia local viene por el hecho de estudiar en la Escuela de Cine rodeado de aspirantes a famosos y artit-tas. Otra gente entre las que no vas a encontrar precisamente fans de Yes o Jethro Tull. Pero, si pasas los de la especialidad de dirección o, sobre todo, los aspirantes a actores, y te concentras en la gente que de verdad vale la pena (esto es, depravados que se dedican al sonido o el montaje), puedes darte de bruces con joyas y almas gemelas

En mi caso fue un compañero de montaje y posterior colega de aventuras en internet, el cual me dijo:

- ¿Cuál es tu grupo y canción favorita?
- Mike Oldfield y Telegraph Road de Dire Straits
- Tú eres un depravado al que le gusta el progresivo. Vas a ser un paria musical toda tu vida. Ahora, escucha este CD de Camel

Y ahí la jodimos. Porque creo que es el momento de explicar para los que no lo sepan qué es esa cosa anatémica para la prensa musical desde los 80 hasta los 2000 que se conoce entre los fans de viejo cuño como ‘Rock sinfónico’, entre los fans más expertos como ‘Rock progresivo’ o, entre las novias de los aficionados como ‘Por dios, Paco, quita eso y pon a Roxette o me abro las venas’.

No hay mucha gente que sea sólo aficionada casual a la música que conozca el progresivo o ‘prog’, que es como nos referimos a él en reuniones en las que todo el mundo liga menos uno (sí: sigue doliendo). De hecho, en la época en la que yo descubrí la palabreja, lo más normal es que el resto de mis amigos lo asociaran con un tipo de música de baile que hace que tus tímpanos intenten huir de tu cuerpo confundidos por vía rectal.

El género nació a finales de los 60 cuando los Beatles empezaban a aburrirse. Paul McCartney (el miembro bueno del grupo) decidió que lo de siempre le daba sopor y, mientras que Lennon (el miembro atormentado-icono cultureta- pero no tan bueno del grupo) se volcaba en ligar con japonesas avant garde, él pensó en una especie de disco conceptual en el que experimentar con varios géneros, tipos de canciones y orquestaciones más atrevidas, con un ojo puesto en lo que habían hecho los Beach Boys con ‘Pet Sounds’.

Ringo, por su parte, estaba ocupado en molar y no creerse su suerte de poder follar groupies con esa cara. Pero eso es otra historia. Otra historia probablemente más interesante.

Un par de meses más tarde, la discográfica Deram (subsidiaria de Decca) quería probar un nuevo sistema de sonido con un disco en el que un grupo pop interpretara con orquesta una pieza de música clásica. Los elegidos, unos recién reformados The Moody Blues, decidieron que al carajo. Que serían sus propias canciones. Así se grabó ‘Days of future passed’ y, con el éxito del single ‘Nights in White Satin’ se comprobó que esto de hacer canciones largas podría ser comercialmente viable. Sorprendentemente, el mundo constató que se puede gritar ‘Oh how I love you’ con toda una sección de cuerda detrás sin resultar lamentablemente ñoño. Claro que ese es el tema: el ‘ser cool’ todavía no existía, y en la época se podían expresar sentimientos más arrebatados que toda la discografía de Camilo Sesto sin que un tipo con barba y gafas sin cristales te mirara por encima del hombro calificándote de hortera por no aceptar que lo que molan son las emociones contenidas de Morrissey o la “agradable impericia instrumental” y actitud contestataria carente de todo sentimiento de The Clash.
O nos metemos a rockeros o con estas jetas aquí no folla nadie.
Luego llegó un grupo como King Crimson, que la armó gorda, y estableció definitivamente el género. El género cultureta por antonomasia de aquellos años. El de largas suites, complejos cambios de ritmo, instrumentación extravagante y letras sobre reyes y princesas o, en el caso de Jon Anderson de Yes, sobre absolutamente nada inteligible. Lo gracioso es que la gloria apenas duró hasta el 76, cuando la prensa empezó a cansarse de Emerson Lake and Palmer o Genesis y decidió que había que volver a las canciones rock cortas y preferiblemente mal tocadas en aras de una supuesta frescura que, si escarbabas un poco, olía tan fresco como la pescadería de Ordenalfabétix.

De esta manera, lo que fue la cumbre de lo cool y de mirar por encima del hombro al resto de aficionados a la música se convirtió, como Robert Neville en ‘Soy Leyenda’, en un anatema del pasado a destruir. Gente que no cabía en el nuevo mundo de los Sex Pistols o, gracias a peich que el punk también pasó rápido, el de los sintetizadores de Vince Clarke o el de las gloriosas hombreras de Spandau Ballet.

Así quedó, durmiente, durante un par de décadas. Con fogonazos de respiración asistida en el Reino Unido (Marillion) o en EEUU (Rush). Porque los aficionados a D&D que no acababan de convencerse con el heavy metal necesitaban algo con lo que alimentarse en sus respectivos armarios de frikismo.

Pero ocurrieron dos cosas. Primero, llegó internet de calidad. Sabéis lo que eso supuso: Efectivamente, porno. Pero también otra cosa: porno fetichista. Y, secundariamente, que freaks de cosas extrañamente específicas se pudieran poner en contacto. Los fans del progresivo descubrieron que no estaban solos. Se acabó ocultar tu amor por Gentle Giant. Resultaba que no estabas solo con tu depravación. Por lo tanto, se empezó a reeditar toda la gloria sinfónica en CD y a surgir grupos nuevos de sitios tan absurdos como Suecia o Hungría. Se crearon listas de correo y redes de intercambio de CDs. Yo formé parte de una. Estaba llenita de depravados que te daban explicaciones claras sobre cómo fotocopiar el librillo del disco y con qué tipo de papel.

Por otra parte, la prensa empezó a darse cuenta de que había grupos que hacían canciones largas y complejas. Ellos lo llamaron ‘Post Rock’. Porque, recordémoslo, ‘Rock progresivo’ seguía siendo una palabrota mucho más fea que ‘Potorro’ o ‘Génova 13’. El líder de Radiohead se desgañitaba en internet diciendo que no hacían prog. Pero nada podía ocultar que, tras unos lustros, muchos se habían vuelto a cansar de lo de estrofa - estribillo - estrofa - puente - estribillo y querían otra cosa. El heavy, de hecho, empezó a orquestarse, a citar a Bach y a declarar por lo bajo que siempre habían sido fans del ‘Thick as a Brick’ de Jethro Tull.
¿Y quién no? ¡Si en la portada hay una chavala enseñando entrepierna!
Llegados a este punto, retomamos las aventuras del Paco Martínez Soria de Algeciras en la Gran… ¿Manzana? No. La forma de Madrid es un tanto más amorfa. La Gran Ameba. Sí. Queda mejor.

En La Gran Ameba la vida cultural ofrecía más posibilidades. De entrada, por pura matemática, era más probable que alguien que pululara en los foros de progresivo de internet viviera en tu barrio. Yo conocí así a Charlie Marlow, escocés fan de Camel, Pink Floyd y, aunque parezca una depravación, Greenslade (no preguntéis) que acabó escribiendo en Vicisitud y Sordidez, destrozando así toda posibilidad de contacto carnal con chicas jovenes deseables o aspirantes a actrices que se enrollan con todo el mundo.

Sí: el rechazo sigue doliendo.

A partir de estos encuentros con gente como Marlow o mi compañero José Ramón Lorenzo, co creador de ente vloj, se fue formando un grupillo que siempre coincidía en los pocos conciertos que se daban. Muchos de ellos organizados por un puñado de fans jugándose su dinero, los cuales venían a las colas para entrar en los recitales de las formaciones más populares intentando propagar la palabra de su pequeño grupo que con tanto esfuerzo habían traído a Madrid. “¿Conoce usted la palabra de Nuestro Señor Jadis?” “Estamos aquí para darle la Buena Nueva de Pendragon. Dentro de tres semanas en la sala Ritmo y Compás”.
Otra cosa no, pero el género tiene portadas de FANTASÍA a raudales
Entre los más activos dentro de este círculo de fans había un señor surgido de los 70 reviviendo viejas aficiones llamado Luis Adiego. Su nivel de quijotismo le llevaba no sólo a coincidir con los Sospechosos Habituales del prog (de concierto a concierto ya iban sonándonos las caras, entre las cuales estaba el futuro amigo y realizador Norberto Ramos) u organizar conciertos: incluso abrió un sótano-pub-zulo donde se podía escuchar sinfónico mientras se tomaban unas cervezas. Una visión de negocio de las que me gustan: impulsadas no por las neuronas, sino por un corazón al que le han crecido dos cojones. El concepto, si no me falla la memoria, se llamó ‘La cara oculta de la luna’, por aquello de Pink Floyd. Digo ‘concepto’ y no ‘bar’ porque el local se mudó en una ocasión de sitio. Siempre con idéntico resultado: no más de tres locos con su mahou mientras en la pantalla se ponían espantosos vídeos de la etapa de ‘The Piper at the Gates of Dawn’ o del cantante más fea del rock: Geddy Lee.

Fueron tiempos gloriosos.

De hecho, uno de mis recuerdos más dulces de mis primeros años en Madrid se produjo en ese local de Adiego. Estando en la cola para ver Camel (posiblemente el grupo más infravalorado de la historia de la música), una joven rubia muy guapa se acercó a mi corro de amigos. Nos dio unos folletos de publicidad de un concierto de versiones de Yes y Genesis. “Probablemente sea la desgraciada novia del cantante”, comentamos conscientes de lo que había.

Y lo que había es que apenas conocíamos a mujeres que escucharan sinfónico. Mi propia novia tuvo un leve desmayo de pura desesperación durante un concierto en La Riviera de Yes (gira The Ladder y momento memorable que, dado lo triste del evento, llevó a Jon Anderson a querer hacer un CD con orquesta y abandonar las giras cutrongas). En un concierto de Tull, a un amigo mío le metió mano una chavala. Dos meses después, él salió del armario. ¿Casualidad? Claro que sí, puñetas. Pero todo esto viene a decir que un evento de prog no es que sea básicamente un campo de nabos: es que se trata de un ESTADIO de nabos. Un COLISEO de nabos. Una SELVA TROPICAL sólo de zanahorias. Con el tiempo y la popularidad de las composiciones largas en el chochi-metal (ya sabéis: Edenbridge, Lacuna Coil, Nightwish…), la cosa ha mejorado sustancialmente. De hecho, recientemente estuve en un concierto de Fish en el que a mi lado estaba una chica guapísima. Con su novio en actitud protectora tan pegado a ella que haría falta un microscopio atómico para comprobar si se podían separar y si, efectivamente, al hacerlo se producía una explosión nuclear.

Pues estábamos con la chica que repartía panfletos. No era la novia del cantante. Era LA cantante.

Obviamente, todos nos enamoramos de ella.
Vicisitud, a la izquierda, intentando acercarse a la chica en cuestión como fuera.
Así que arrastramos a nuestras amistades a los conciertos que daba el grupo, llamado Topographic en homenaje al más aburrido disco de Yes. Hasta hacían ‘Close to the Edge’ entera, según expertos como yo mismo, la mejor canción para follar. Porque hacerlo al ritmo del tópico Bolero es repetitivo y aburrido. Sincronizarlo a una canción pop supone acabar en cuatro minutos con gran insatisfacción y sensación de no haber amortizado el precio del preservativo. Sin embargo, los cambios de ritmo y ambiente de esta canción propician un polvo mucho más variado (incluyendo preliminares) que, por ejemplo, hacerlo a ritmo de música dance. Imaginaos ser mujeres y tener que aguantar a un bakala perforando durante veinte minutos a todo meter y sin variar el ritmo. Se acaba con las paredes vaginales como un acordeón. Yes propicia mucha más imaginación. Dónde va a parar.

El grupo, de una calidad técnica para quitarse el sombrero y bajarse los pantalones, duró poco. Del prog no se puede vivir y varios miembros, en un momento profético de lo que sería la Esppppaña de la siguiente década, tenían que emigrar. Naturalmente, mi compañía de proggers formábamos su único club de fans fatales sin lazos de consanguineidad. Así que acabamos todos juntos en el bar de Adiego tras la actuación de despedida. Tomando una birra mientras sonaba ‘The Dog The Dog, He’s at it Again’ (una canción de Caravan con letras tan sutiles como ‘It’s coming on and on and on’), me di cuenta de que una cosa así, con un grupo local y sus pocos fans, podría pasar en Algeciras, Albacete o Alpedrete. Pero hacerlo con gente de progresivo, en un bar de progresivo y poniéndose progresivamente más borrachos sólo podría ocurrir en Madrid.

Y sí: he tenido que hacer un juego de palabras obvio con lo de ‘progresivo’. Porque tanto internet no sólo consiguió que conociera la vida alternativa sinfónica sino que también me llevó a ser un escritor mediocre de blogs desesperado por parecer ocurrente. ¿Podría haber invertido mi tiempo, en lugar de escribir, en ir a fiestas con actrices locas que no se enrollarían conmigo? Evidentemente. Pero en una ciudad con tiendas como La Metralleta (para tiempos con poco dinero) o la desaparecida Melocotón (para cuando quería soltar 30 eurazos en un CD de progresivo japonés de importación), siempre he preferido quedarme en casa escribiendo mientras escucho mi absurdamente grande colección de discos.
Porque, efectivamente, ya sé que está internet. Incluso en aquellos primeros años 2000. Pero pocas cosas me gustaban más entonces que pasar mis horas en las tiendas de Tres Cruces (que fueron progresivamente - dios mío, lo he vuelto a hacer - cerrando) o Melocotón. Sobre todo pidiendo en ésta última que me pusieran un poco de un cd tan oscuro que no estaba ni en Napster ni en Audiogalaxy. Gastarse todo tu presupuesto en ese clon de The Moody Blues del que habías escuchado sólo 3 minutos, llegar a casa y descubrir, aliviado como cuando te viene una biopsia de pólipos de colon negativa, que el resto del CD estaba a la altura. Me llamaréis viejo, pero esa ruleta rusa de invertir un pastizal tras tirarte una tarde entera buscando el disco para el que tienes presupuesto ese mes, para luego descubrir que era bueno, es un subidón que, con el cierre de casi todas estas tiendas decentes y la posibilidad de encontrar casi todo en internet, se ha acabado. Era como vivir en el VietNam de ‘El cazador’, pero usando reediciones de discos oscuros de los 70 de los que se hicieron 99 copias en su momento como munición.

Poco a poco, el progresivo empezó a dejar de ser una palabrota. Steve Wilson se convirtió en un señor de culto que no se avergonzaba de sus fuentes y que es apreciado hasta por compañeros míos de trabajo de 27 años. Los kioskos de Sol empezaron a vender la revista ‘Prog’ justo al lado de sus hermanas ‘Blues’, ‘AOR’, ‘Classic Rock’ y, espero que algún día ‘Polka From Hell’. La comunidad del sinfónico se amplió con Facebook y la gente no dudaba en reconocer que ‘Godspeed You Black Emperor’ era un grupo al mismo tiempo prog y con el nombre más acojonante de la historia.

La locura ha llegado a su zénit cuando descubres que vienen King Crimson y Alan Parsons y hasta tus amigas se pelean por ir a verlos. Naturalmente, lo que ha pasado no es que a todo el mundo le gusten las canciones con cambios de compás sacados de la chorra, sino que, del mismo modo que la descarga de libros, cine y tebeos ha hecho que los freaks pongan de moda los juegos de mesa otra vez como vía en la que gastar sus cuartos, la disponibilidad de toda la música a sólo un golpe de ratón ha generado grupos de gente que van a todos los conciertos de la ciudad. Les gusten o no los grupos que tocan.

Lo cual está bien. No soy elitista. El prog mutó de ser la música de los que se creían superiores y no follaban a ser la de los que se reían de Rick Wakeman y seguían sin follar. El baño de humildad de los 80 y 90, el tiempo como corriente underground le vino bien. Justo cuando yo me apunté al carro. Gracias a vivir en Madrid, conocer a gente y no perder el tiempo en ir a fiestas en las que aspirantes a actrices se enrollan incluso con tus amigos gays, pero no contigo por ser bajito y freak.

A lo mejor si hubiera sido fan de Genesis, habría tenido algo de que hablar con ella. Claro que habría dicho que Phil Collins es mejor que el cultureta-artit-ta de Peter Gabriel y me hubiera escupido.

Con razón.

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Pues parece ser que estamos viviendo el alzamiento de los Villanos de No Follarás en la Vida. Era lógico: como nos enseñó Mr Noche Shamalama Ding Dong en ‘El Protegido’, todo héroe necesita su némesis. En este caso, nuestro paradigma de los valors ha encontrado su antagonista en un grupo de subnormales misóginos que vaya usted a saber por qué se han unido para formar un grupo. Efectivamente: lo peor que ha pasado en este campo de agrupaciones no es ya ni La Liga de la Justicia de Snyder ni (y esto es duro de admitir), Taburete.

Los incels, esto es, imbéciles que son tan desgraciados que le echan la culpa de sus males a que las mujeres no les follan como si eso no se debiera a que son gilipollas, han hecho más necesario que nunca reivindicar la figura del Héroe del No Follarás en la Vida (tm). Lo malo es que este post, en origen, no iba de ésto. Vamos, que se trataba de volver a practicar mi deporte favorito: meterme conmigo mismo. Pero claro, por coherencia con la nueva introducción, ahora me elevo a la categoría de súper héroe. Del no follar. Pero súper héroe al fin y al cabo. Que me da a mí que el Doctor Extraño mucho de tener la voz sesssssy y dominar los planos de existencia, pero a ver qué ligue le hace caso a un tío con una capa de Drácula que se mueve sola y accede a ir con él a esa mansión tan rara en medio de Manhattan. Sí, amigos: no todos los héroes follan.

Pero refresquemos el concepto de Héroe de No Follarás en la Vida. Una figura muy querida del blog que nació a raíz de mi amigo que quedará sin identificar pero que, en plena sequía de mojar, se puso a jugar al Skyrim y no consiguió ni prespitar virtualmente por elegir a un NPC que resultaba ser una mujer lobo que no dormía por las noches y se iba a devorar gallinas. Más tarde se refinó el concepto: el verdadero héroe con valors es aquel que vive su frikismo sin complejos aunque eso limite sus posibilidades de poner su pica en Flandes. O en Alcorcón. Incluso en Albacete. ¿Que eres tan fan del progresivo como para llevar un colgante de Emerson Lake And Palmer a ligar en las raves?¡Bravo! ¿Que eres tan fan de Star Trek como para ir a una fiesta de disfraces con orejas y peinado de Spock y ese traje de la Flota Estelar de hace diez años del que sobresale la barriga? ¡A mis brazos! ¿Que le enseñas a las mujeres que conoces tu colección de cartas intercambiables de asesinos en serie? ¡Aléjate de mí, pero ole tus gónadas!

Una vez estaba claro de qué iba la cosa, realicé la performance definitiva de abandonar cualquier esperanza de mojar con mi serie de posts englobada en el arco temático de “La Trilogía del Héroe”: un vídeo sobre un ambientador para la caca, una defensa de comerse los mocos y, en un salto mortal sin red al abismo del desprecio femenino, insultar inmisericordemente con la habilidad psicológica de un becario escribiendo en ‘Más Allá’ la estabilidad mental de las mujeres locas por los gatos.

Pero, claro, llegó mi cumpleaños de hace un año y les dije a mis amigos que a mí me gustaban las Sylvanian Families. Me regalaron un set, pero a fecha de hoy al menos uno de ellos piensa que era una broma. Spoiler alert: no lo era. Me encantan esos muñecajos monos. Pero mucho. Cosa que las mujeres con sentido común no consideran especialmente adorable. Más bien preocupante. Porque a ninguna persona le parecería normal que con 43 años te haga feliz tener esta estantería en tu casa:
¿Mono o aterrador? La respuesta está clara: Lamentable

Pero lo siento: me da igual que lo sepa todo el mundo. Yo soy feliz con cualquier cosa que implique un animalillo del bosque con ropa humana. ¿Quién dijo que había que crecer en todos los aspectos? La sociedad nos dice que lo único monérrimo que nos puede fascinar a partir de cierta edad son los bebés. Que también.
La felicidad hecha afoto
Pero yo tengo una tara. No, no es que mida 1’68’’ y decreciendo. No: no es que me de caca cuando me pongo nervioso. Ni siquiera que, en lugar de tocar la guitarra, me guste tocar la flauta irlandesa para el terror de mis vecinos y el descenso de mi atractivo. Mi tara es que me gusta lo ñoño y estoy orgulloso de ello. Mientras que mis amigos y amigas (joder, parezco de Podemos usando esa expresión) disfrutan con AC DC y Nine Inch Nails, yo me pongo cosas como ésta:

O, peor todavía, canciones que son como cuentos infantiles:


Mientras mis conocidos hablan de cómo les mola Nolan, yo me compro el Blu Ray de importación de El Último Unicornio.
Colección de narices raras
Y mientras la gente viaja a Venecia, India o Amsterdam (iría-no iría-me encantaría ir), yo me cojo un avión para ver el museo-tienda-pastelería dedicada a Beatrix Potter.
Ésta ya ha caído en el blog, pero estoy MUY orgulloso de ella.
No es que tenga el síndrome de Peter Pan. Tener una cierta edad es mucho mejor. No quiero ser un niño otra vez. Odiaba ser un niño: tenía gafotas con cordón a lo Sophia Petrillo  (no como ahora, que tengo sólo gafas a lo Buenafuente), la pisha invisible (no como ahora, que sólo es hobbit) y era tan torpe que me rompí la pierna, el brazo y la muñeca (no como ahora, que sólo tiro cualquier objeto delicado que agarro). Pero me emociona lo que me recuerda a los cuentos de hadas y las fábulas. Sí: Me emociona. No sólo me gusta. Me hace enormemente feliz. Hoygan, que hay gente a la que le gusta algo tan horrible como Bacon. ¿No será mejor que te flipe estéticamente Ida Rentoul Outhwaite?
¡Sí tío! ¡Flipo en colores! ¡Es muuuuy fuerte esta mierda!
Lo de Peter Pan, sin embargo, sí tiene un lugar en esta triste historia. Porque en algún momento de mi infancia, no sé por qué, mientras que el resto flipaba con la estética Disney o los Thundercats, yo estaba secretamente alucinado con la iconografía infantil eduardiana.

El periodo eduardiano inglés se llama así por este señor:
Más medallas que Michael Phelps
Es el rey que vino después de la maratoniana era victoriana, así llamada en honor a Judi Dench, quizir, a la reina Victoria. Una época tranquila a medio camino de las glorias anteriores y los desastres por venir. Por supuesto, marcada por ese repulsivo clasismo inglés que todavía continúa a pleno rendimiento. Pero, sin embargo, dio muchas cosas bonicas en literatura y arte: Vaughan Williams y Holst hacían cosas que luego influirían mucho en el renacer del folk (el primero y tras tomar el testigo de Cecil Sharp) y en la música de cine (el segundo). Y por allí rondaban Wells, Conrad o Kipling. Pero, y es a lo que voy, en un periodo de tiempo reducido, aparecieron tres obras fundamentales para el pequeño Fox: ‘El cuento de Peter Rabbit’ de Beatrix Potter, ‘El viento en los sauces’ de Kenneth Grahame y, en mucha menor medida ‘Peter Pan’ de Barrie.

Con ‘en menor medida’ me refiero a que Peter Pan no tenía conejos y tejones con chalecos y reloj de bolsillo (cosa que sí aparecía en la victoriana ‘Alicia en el País de las Maravillas’, con sus también muy influyentes ilustraciones que me fascinan). Y es que nada me gusta más en la vida que los animalitos con chaleco tomando té. Esto es así, por mucho que duela. Que los animalitos tengan o no pantalones es un tema irrelevante: es importante el chaleco. Y, de todas maneras, yo siempre he sido muy defensor de hacer como Donald Duck:


Tras este interludio sórdido que os recuerda que esto sigue siendo Vicisitud y Sordidez y no una ducha orgiástica de gominolas y arcoíris, volvamos al tema. ¿Por qué demonios desarrollé esa obsesión por la estética infantil eduardiana? Tengo mis hipótesis. La verdad estará en una especie de suma de los siguientes cuatro factores:

En primer lugar, mi anglofilia. Creo que surgió por mi proximidad a Gibraltar. Era como viajar a otro mundo a 20 minutos de casa. Otro mundo en el que la gente cantaba Camarón por la calle para luego pasar a hablar en 'anglé'. Magia...

En segundo lugar, tener un vecino inglés con el que pasaba mucho tiempo. El buen onvre me regalaba libritos y objetos muy británicos. Todavía hace unos meses su viuda me cedió la huevera en forma de casa inglesa en la que solía comer huevos hervidos. Ahora la uso de vez en cuando. Cuando no estoy con la de Peter Rabbit que me compré en la tienda-museo:
Ésta no se la dejo a mi sobrina. ES MÍA.
En tercer lugar, que mi juguete favorito de pequeño era una colección paralela de Lego llamada Fabuland. Se trataba de una serie de casitas de una ciudad de animales antropomórficos. Y jugaba con ella sin parar. Antes de que mi mayor ilusión en la vida fuera ampliar el número de muñecajos de Star Wars, el regalo por antonomasia era una ampliación del pueblecito en cuestión.
El ayuntamiento era mi favorito. En ninguna historia era corrupto. Eso es más fantástico que el hecho de que el alcalde fuera un señor con cara de león.
Fabuland fue el inicio, la anglofilia era el contexto. Pero, ¿qué lugar ocupan 'Winnie The Pooh' y 'La aldea del Arce' en todo esto, pensaréis los más versados en hard-ñoñismo y en ser neverfuckers?

Pues poco, extrañamente.

Por algún motivo, Winnie the Pooh no me gustaba. Y ese motivo era que la estética Disney no me llamaba tanto la atención. Sus cuentos en el Don Mickey me daban igual. ¿Cómo es posible, siendo un oso con camiseta y, efectivamente, sin pantalones? Muy sencillo. No apestaba a inglés. Éste es el Winnie the Pooh que a mí me gusta:
Que nadie se extrañe que mi saga de tebeos favorita se ‘Bone’.
La aldea del Arce, sin embargo, parece ser la cumbre del fandom de ‘El viento en los sauces’ hecho serie japonesa. De hecho, normalmente se piensa que las Sylvanian Families son un producto relacionado. Pero no. Ambos salieron casi a la vez en Japón, pero no pertenecen a la misma línea. La cosa se confunde más porque las dos tuvieron serie de televisión. Pero la de Sylvanian, estrenada como ‘El Bosque Mágico’ no logró la resonancia de ‘La Aldea del Arce’ por un motivo claro: Que la canción original no era de Monano y su Banda. ¡La mano mágica de la familia Aragón está sobre todos tus recuerdos de la infancia!

Todo esto no tiene absolutamente nada que ver con mi afición a los muñequitos, dicho sea de paso. Sí: veía las aventuras de la coneja Patty porque tenía un collar de perlas en la oreja, una absurdez sólo comparable a las pulseras de tobillo y los piercings en el clítoris. Y me acabo de dar cuenta de lo sórdido que queda escribir la palabra ‘Clítoris’ a continuación de ‘La conejita Patty’. Me siento sucio. Corramos un tupido velo. O mejor un muro estilo Trump. Y pongamos unos minutos musicales:


Pero, por mucho que me gustara ‘La Aldea del Arce’, ese no era el tipo de estética que me hacía feliz. Era joven y lo achacaba a que estaba a punto de entrar en la adolescencia. Yo no me dedicaba con esa edad a sobreanalizar mis gustos con la posible excepción de por qué no me acababan de convencer los juegos de Spectrum de Ultimate que todos los demás consideraban obras maestras. Fue años después cuando me di cuenta de lo que pasaba, una vez me compré una edición de 'El Viento en los Sauces'. Curiosamente no por el recuerdo de la adaptación a mediometraje de Disney ni la película de Terry Jones, sino por motivos más absurdos: como fan establecido de los cuentos y las leyendas, me llamó la atención el uso de la figura del dios Pan en un disco de The Waterboys, lo cual me llevó a investigar qué era eso de The Piper at the Gates of Dawn del que hablaba el primer y muy muy drojado disco de Pink Floyd. No era otra cosa que el título de un capítulo muy muy drojado de ‘El Viento en los Sauces’. Desconozco si Grahame se metía humo de la risa (y no penséis que por ser de principios del XX la gente no probaba estas cosas, que Samuel Taylor Coleridge se escribía a finales de XVIII sus buenos poemas bajo los efectos de los estupefacientes), pero, una vez leído, el segmento en cuestión resulta una extrañísima ruptura en un cuento para niños sobre lo que mola la campiña inglesa.
Que es algo, y aquí viene el cuarto factor de mi obsesión, importante. O acaso pensábais que me había equivocado al enumerar hace unos párrafos. ¡NO! ¡En Vicisitud y Sordidez tenemoz eztudioh! La última pata de la mesa de mi obsesión por lo rural inglés en mis años formativos llegó tarde en mi infancia: la lectura de 'El Hobbit'. No es secreto que La Comarca es una especie de arcadia rural británica y los Hobbits representa lo que Tolkien pensaba que eran sus compatriotas. Lamentablemente, Ronald nunca fue a Magaluf ni leyó ‘Chavs’.

Pero los cuentos no son estudios sociológicos. Y si J.R.R.R.R.R. Tolkien quería que Inglaterra fuera como despreocupados personajes rurales eduardianos, pues así sería. Pobriño, que suficiente sufrió en la guerra. Yo, que soy un hobbit de corazón a pesar de que la cerveza me de gases incontrolables (recordemos: este artículo va de autoinmolación en lo que se refiere a mi imagen como objeto de posible interés de visssio), sueño con vivir en un mundo imposible en medio del campo, en un pueblo lleno de gente simpática (quizá con un señor sapo loco que se compre un coche) y con cuadros de patos yendo al colegio. Por ejemplo.

Todo muy preindustrial, claro. Cosa que, a propósito, no cumple del todo las Sylvanian Familes, puesto que más bien se sitúan en unos idílicos años 50. Es por ello que no me gustan los sets con complementos excesivamente modernos. Si hay un muñecajo de una ardilla con un coche, se lo pueden meter por su culo peludo. Yo quiero chalecos, hornos de hierro, cunas de madera elaboradas y, por supuestos, retretes con grifería de cobre.
Caca. Por supuesto.
Así que ya sabéis qué regalarme si algún día surge la ocasión. Así aumentaré mi colección que aterrará a cualquier mujer que aterrice en mi casa y a la que, ni lo dudéis, le enseñaré mis muñecos con total y no irónico orgullo. Y seré un Héroe. Un Héroe del No Follarás en la Vida.

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Aquí Paco Fox: Hacía tiempo que no teníamos una firma invitada. Así que os presento a Lady Di. Juro que el alias no tiene nada que ver con lo que pasó hace unos días en el Reino Unido. Os dejo con enta munhé:

Habla Lady Di, nueva en el bloj (aunque no leyéndolo) y humilde invitada del señor Fox. Vengo a hablaros de un mundo paralelo que, ahora que viene el buen tiempo, muchos de nosotros visitaremos: ¿La playa? ¿La montaña? ¿El hospital tras tomar una ensaladilla rusa que olía raro? No: os voy a hablar de los festivales de música.

Y no de los pequeños festivales más cercanos a las fiestas de pueblo a los que vas con esa misma actitud: beber en porrón y ver bailar mujeres con mujeres. Los que verdaderamente son una experiencia cercana a la muerte son los macrofestivales en pleno verano en zonas de España donde se puede freír un huevo en el suelo. Sin sartén. De noche. Porque la imagen que nos venden del Coachella es FALSA.

Llevo desde los dieciocho años (ya tengo más de 30) acudiendo a estas citas como si de una mosca a la mierda se tratase y siempre con la misma premisa: “Ya no vuelvo más nunca al AVE” (léase esto con voz de folclórica fenecida), y sin embargo, cada año repito.

Voy a intentar contaros las fases por las que una persona pasa: antes, durante y después.

Primera fase: conseguir abono

¡Empieza el estrés! Y esto es un año antes de que se celebre el festival. Si realmente eres del núcleo duro de asistentes, te vas a comprar el abono antes de conocer el cartel Y LO SABES. ¿Por qué? Pues porque el precio de salida de los abonos es sensiblemente inferior y porque EL ANSIA. Estos últimos años los abonos se agotan con meses de antelación, así que más vale que corras.

Vale, ya tienes tu abono ¿y ahora qué?

Segunda fase: preparar viaje

Si tienes suerte y el festival se celebra en tu ciudad, pasa a la casilla siguiente. Si no, haber elegido susto.

Te toca conseguir alojamiento y transporte. Porque ya tenemos una edad y lo de dormir en camping NO ES UNA OPCIÓN. Igual que con los abonos, como no te des prisa vas a pagar una pasta.

Ahora te esperan unos meses de relax, de dejar que la cuenta corriente se recupere después de lo que te has gastado en las dos primeras fases. Algún pico de estrés te va a tocar pasar cuando el cartel empieza a completarse y ves que no conoces nada más que a los cabezas de cartel (o ni eso). Recurres a estudiártelo todo en plan atracón como cuando tenías exámenes finales. Y así, a lo tonto, va pasando el tiempo y llega el Día D.

Tercera fase: llegar al festival

Después del viaje de ida, llegas al hotel/apartamento (recordemos que no vamos ni a pasar cerca del camping), te acercas al súper más cercano para comprar provisiones y te vistes para la batalla: ropa que estarías dispuesta a quemar, te embadurnas de crema fotoprotectora SPF50 y, un must: la riñonera. Tu fiel compañera de viaje y principal arma contra los enemigos que vas a encontrarte: precios abusivos de comida y bebida, baños insalubres y gente que va a intentar arrimarte la cebolleta.
Elegansia y utilidad a partes iguales

Cuarta fase: el festival

Porque a eso es a lo que has venido. Tú: enamorada de la música e ilusa pensando que sólo va a ser una reunión de gente con tus mismas inquietudes. Antes de que sigas con esas ilusiones, ya te digo yo que NAIN.

No voy a dar el nombre de ningún festival, pero pensad en algunos que están pegados al mediterráneo. En julio. Repletos de hooligans (no ingleses, hooligans). Horarios de conciertos empezando a las seis de la tarde y terminando a las seis de la mañana. Y esto durante tres días.

Según llegas al recinto con tu flamante pulsera comienza la locura: ¿dónde voy?. Si es la primera vez que vas al festival, buscas desesperadamente un mapa, que la organización del mismo ya se ha preocupado (o no) de imprimir con los horarios de los conciertos en el dorso. Este desplegable lo vas a proteger con tu vida. Aprenderás a orientarte, pero desengáñate: no vas a ser capaz de recordar en qué escenario y a qué hora toca cada grupo.

Vale. Has conseguido llegar al escenario donde toca el grupo que quieres ver. Pero claro, no lo vas a hacer con las manos vacías: tienes sed porque recordemos que es verano (y porque a lo mejor tienes un ligero problemilla con la bebida). Quieres acercarte a una de las muchas barras que hay dispuestas por todo el recinto y no sabes dónde empieza la cola siquiera. Y ojo, que puede que haya DOS colas: una para adquirir “tokens” o monedas del festival y otra para pedir. Gracias a peich cada vez son más los festivales cuya pulsera incluye un pequeño chip que te permite pagar on-the-go y que probablemente controle tu ritmo menstrual para mandarle los resultados a Amazon para los anuncios personalizados. Y para la futura limpieza étnica cuando dominen el mundo.

Ambas opciones son peligrosas: si son “tokens” sueles comprar un montón de ellos cuando llegas al festival para no tener que volver a esperar cola y claro, tienes que consumirlos antes de irte, porque no vas a regalar más dinero a la organización (efectivamente: así empiezan los comas etílicos), y si llevas un chip donde puedes recargar dinero desde tu móvil, no vas a tener sensación de la pasta que te estás gastando, o algún desalmado puede usar tu brazo para pagar sin que te des cuenta (esto lo he visto yo con estos cuatro ojos míos que me ha dado la genética defectuosa).

Cuando ya has conseguido superar la prueba de ir a la barra a por algo de beber, puedes llegar a plantearte si quieres algo sólido en lo que empapar. Porque un festival es una carrera de fondo: tienes que aguantar muchas horas de la mejor forma posible. Recordemos que has ido a ver grupos tocar, no a emborracharte. Que para eso ya está la botella que tienes debajo del fregadero para ahogar el vacío existencial. Eso sale más barato y el alcohol no es de esos que ha destilado Cletus mezclándolo todo con trementina.
Los festivales y sus proveedores de alta calidad
Ahora se han puesto de moda los food truck, muy bonitos ellos, muy temáticos, como las distintas partes de Terra Mítica. Pero con la comida del 99,99% de ellos se puede desatar el Ragnarok en tu estómago. Y no sé yo si sería bonito estar viendo a uno de tus grupos favoritos en primera fila y hacer eye contact con un músico al que admires mientras te estás aguantando las ganas de hacer caca. Que no hablo por mi ¿eh? a mi me lo han contado...
Eh, tú: ¿no te estarás cagando?

Y así van pasando las horas: Cerveza. Concierto. Otra cerveza. Otro concierto. Perrito radioactivo. Cerveza. Desgraciadamente no somos anfitriones de Westworld, sino más bien algo parecido a Concha Velasco. Es entonces cuando tienes que subir al máximo el nivel de tu armadura y armas para enfrentarte al final boss: los baños. Los onvres que leáis esto vais a sentir un poco de repelús pero, a no ser que tengáis algo rugiendo en vuestro interior, si se da muy mal la cosa podéis miccionar en una esquina apartada.

Otra cosa es en el caso de las féminas.
¿Voy al baño o me lo hago encima?
Si eres una munhé festivalera, el peor rato que vas a pasar va a ser ir a hacer pis. Simplemente esperar una cola de cientos de hembras meonas y entrar a un baño químico ya es algo encomiable. Si además te pasa como a mi y eres de vejiga retráctil si algo huele mal o da mucho asco (porque en estos baños puedes encontrarte mucha FANTASÍA: desde una ETS hasta ADN de una especie extinta), ya son +100 puntos de XP.  Y si encima te visita tu tía Irma, que es muy de visitar cuando más jode, ya vamos para bingo. Quizá sea peor que entrar en un bar de la periferia de Madrid donde sólo suene bachata. Pero no estoy del todo segura.

Quinta fase: la retirada

Una vez superados todos los escollos de la cuarta fase, y de madrugada (recordemos que has llegado a las seis de la tarde) empiezas a hacer balance de todo lo que te duele (porque VEJEZ) y decides que es hora de retirarte. Ahora toca buscar la manera de conseguirlo. Aquí hay subfases:

Primera: bomba de humo. Un clásico básico cuando vas con un grupo más o menos grande de amigos (más los que se han ido acoplando a lo largo de la jornada). Si avisas con normalidad de que te vas a ir va a ser imposible: que si “quédate que ahora nos vamos a la carpa electrónica”, que si “joder, con lo que tú  has sido”, que si “espérate que creo que a mi colega le molas”, etc. Así que para evitar todas estas situaciones lo mejor es irte sin decir nada y cuando ya estés fuera del recinto mandar un whatsapp a alguno de los amigos que dejas dentro más que nada para que no te vayan a buscar a la morgue. Pero tú sal corriendo y no mires atrás. Ve saltando por encima de gente que está tirada y de toda la basura que hay en el suelo (si eres capaz de distinguirlos, bien por ti). Y así hasta llegar a...

Segundo: el taxi. Porque sabemos que no te has llevado el coche (no deberías, ¡cobarde!). El transporte público a esas horas de la madrugada es una ilusión óptica, y las lanzaderas, en caso de haberlas, suelen ser lo más parecido al metro de japón en hora punta con el riesgo añadido de que al lado te puede tocar alguien a punto de gomitar. Así que, como persona fina que eres, te vas a buscar un taxi a la parada que viene dibujada en el mapa del recinto (¿veis como era útil?) y ¡oh, sorpresa!: otra cola interminable. Aquí, o bien esperas estoicamente o puedes dejar la poca dignidad que te queda atrás e intentar colarte. No os voy a decir cómo, que ya sois mayores.

Tercero: home sweet home. Por fin llegas a tu lugar de pernocta. Con lágrimas en los ojos y piernas temblorosas abres la puerta y te arrastras hasta la cama. Te sientas en el borde y mientras reúnes fuerzas para levantarte y meterte en la ducha (highly recommended), con la mirada perdida piensas si te ha merecido la pena todo esto. Pues claro, y aún te quedan tres días, JA JA JA.


Sexta fase: balance de daños

Has conseguido llegar con vida a tu humilde hogar después de, como mínimo, cuatro días  que probablemente te van a quitar tiempo de vida por todo lo que ha acontecido en las fases anteriores.

Peeeeeeeeero

Todo esto además lo tienen montado de tal manera que cuando transcurre un mes desde que terminó el festival y ya se te han pasado todos los males por los que has pasado e incluso los hongos que pillaste en el retrete público, sacan los abonos para el año siguiente. Y PICAS.

¿Por qué? ¿Por qué después de todo lo que has pasado repites? ¿Cuál es la respuesta a todas las dudas del universo? ¿42? Pues al final repites porque lo positivo (y sórdido) que te llevas supera a lo negativo: has visto tocar en directo a un montón de grupos que no tendrías oportunidad de ver en tu lugar de residencia, has pasado tiempo con tus amigos (muchos de ellos sólo coincidentes contigo en estos eventos), normalmente vuelves con tipín y oye, a lo mejor hasta has ligado.

Os dejo que tengo que buscar mi riñonera.

Besis
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Aquí Paco Fox. Lo digo porque la mayoría de la gente no lee la firma al final de los artículos. Y bien que hacen. Porque en ente bloj somos una hidra multicéfala. Un mecanismo en perfecto funcionamiento unidos por la fascinación por la chunguez.

Y luego está Marlow, que vive en su propia república mental.
En la foto: la mente de Marlow en un día normal.
A veces os mostramos un pequeño vistazo al proceso de confección de Vicisitud y Sordidez...
En la foto: El proceso de confección de Vicisitud y Sordidez en un día normal.
... como ya ocurrió con el viejo artículo 'Cómo escribir un post de Vicisitud y Sordidez', el cual, quitando el tema de las carreras de F1, sigue estando vigente. Hoy simplemente se trata de la típica actualización vaga para tapar el hecho de que no he podido escribir un post tal y como tenía previsto. Cava Baja y Vicisitud acaban de hacer los suyos, Marlow tiene uno a medio terminar y Guille está atascado en una apuesta sofista sobre intentar alabar a un onvre insalvable (no revelaré su identidad). Así que básicamente me tocaba a mí. Pero ayer empecé a escribir un artículo-secuela tardía a lo 'Tron: Legazpi' de la saga 'El Héroe de No Follarás en la Vida' (tm) y... vaya; que como que no veía el enfoque gracioso habida cuenta de cómo está el patio en redes sociales con el tema de ligar.

Pero vamos, que como me conozco y reciclo más que Bruno Mattei y David Goyer juntos, no tardaré en rescatar lo escrito.

Así que pensé en publicar un artículo que escribí para otra web cuyo dominio ha caído. Pero en esto que estaba buscando fotos para ilustrarlo y me invadió ese familiar e imposible de aplacar deseo de rascarme el sobaco. Y, luego, el de exhibir mis masturbaciones.

A ver: no las de verdad. Me refiero al término 'onanismo' como metáfora de exhibicionismo de los propios gustos en internet sin otro afán que propagar mi frikismo. Te lo digo a ti, bot de google a la caza de censurar este artículo en las búsquedas o flaguearlo como blog no apropiado para la publicidad (nos ha pasado y nos sigue pasando).

Tal exhibicionismo se ha traducido en empezar a alimentar más todavía mi canal de Youtube. Algunos recordarán que lo abrí hace tiempo para poner mis gameplays de Spectrum, algo que empecé sólo para escribir un post sobre el tema, pero que he seguido haciendo vaya usted a saber por qué problema mental enparticular y falta de decoro en general.

El caso es que me dio por hacer alguna grabación en plan vlog (o, en nuestro idioma, vloj). A mis años. Que no hay nada más patético que un señor con barba blanca haciendo cosas de Youtuber.
Pongo el meme yo antes que lo hagáis vosotros.
Pero nadie ha dicho que yo sea coherente, y mucho menos mi psiquiátra. De lo que se trata es que hay muchas cosas de las que me gusta hablar con la gente cuando no tienen escapatoria, pero que no son del todo adecuadas al tono de ente sacrosanto bloj. A veces hasta he pensado en escribir aquí de Dire Straits, pero hasta yo reconozco que sacarle la gracia al guitarrista más soso del mundo es complicado. Porque básicamente por ahora se trata de hablar de música que me gusta. No descarto en el futuro rajar sobre cine, juegos o, sí: pintura. A gusto del consumidor. Que dudo que sobrepase el mágico número de 200 reproducciones, pero qué más da. Esto se hace por lo mismo que el resto de Youtubers de cierta edad:

Para luchar contra el oscuro vacío existencial.

Empecé con uno sobre mis vinilos de la adolescencia, básicamente inspirado por uno similar que hizo mi amigo Julián Almazán:


Luego continué con mis singles. También de la infancia en su mayoría, porque comprar esas cosas en la era de Youtube, pues como que es raro:


A continuación, me metí con mis discos favoritos de rock progresivo porque así dejo clarísimo que no tengo la más mínima intención de que me vea un público más amplio:


Naturalmente, tenía que complementarlo con los NO progresivos, para demostrar que soy una persona poliédrica, compleja y, para desesperación de los que quieren encasillar los gustos, a la que le encanta Erasure.


Finalmente, ya envalentonado como adolescente de los 90 entrando por primera vez en un sex-shop para comprar un butt plug, me lancé a hacer una lista. Concretamente, de toda la discografía de Mike Oldfield:


¿Qué será lo siguiente? Probablemente siga con listas. Una del mentado Mark Knopfler. De Jethro Tull. Incluso de clones de Mike Oldfield. Quizá me pase a hacer otra de Estudio Ghibli. O de mi colección de las Sylvanian Famili... Ah no. Que ese es el artículo que no pude escribir y que ha sido sustituido por esta actualización vaga.

Si es que la sociedad ofendida actual te quita las ganas de hacer chistes. Y sí: voy a acabar por primera vez un artículo de Vicisitud y Sordidez en tono bajo. Porque este bloj es casi tan viejo como yo y ya hacemos con él lo que queremos.
En la foto: Vicisitud y Sordidez.
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Ya que estamos de puente, que mi nuevo artículo sobre literatura sórdida se retrasa porque aún no tengo el libro que ando buscando desde hace tiempo, y que tengo vecinos que disfrutan poniendo a toda pastilla El secreto de Puente viejo, me gustaría escribir un articulillo de esos para tirar del hilo.

Pongámonos en situación: una mujer rubia, que comenzó de forma modesta y recatada, que decidió seguir su propio camino, llegó a lo más alto, cayó en el abismo y, finalmente, se unió a un gallego barbudo para, de nuevo, resurgir de sus cenizas hasta que su estela se apagó y, supuestamente, nada se volvió a saber de ella.

No. No es quien estáis pensando.

Sí. A veces sois unos maliciosillos.

Se trata de Amaya Saizar.

A nuestra sociedad le encanta erigir mitos con pies de barro -o con los cimientos de Calatrava, que viene a ser parecido- para ver cómo se derriten bajo el sol de una nueva moda, un nuevo mito de repuesto o, simplemente, una crema de Olay. Pensando en grandes mitos de la música patria que llegaron a lo más alto para desvanecerse en las nieblas del tiempo (véase al ínclito RAULITO), la carrera de Amaya Saizar no llega a tanto, pero la munhé ha tenido más evoluciones que un Pokémon, se ha metido, con y sin calzador, en todo tipo de agrupaciones y se ha codeado con todo bicho sórdido y viviente. Su historia es un periplo curioso que todos debemos compartir para que, como quería Tolkien, existan nuevos héroes que nos enseñen los VALORES y rehagan la mitología de nuestro siglo.

No tengo claro que el concepto "nuestro siglo" quede en muy buen lugar después de esto, pero... ¡Qué carallo! Aquí hemos venido a jugar, y jugar no es otra cosa que divertirse.

CAPÍTULO I. TRIGO LIMPIO

Nuestra historia comienza con una joven de voz prodigiosa que, con tan solo dieciséis años, se une a un señor con una mandíbula tan rígida que haría sonrojar a Silvester Stallone (Iñaki) y a otro ser humano con biogotillo que pone siempre cara de intenso (Carlos). Este trío se llamaba Trigo limpio, y comenzó como un grupo folk en 1975.
Joven adoleciendo con dos intensos en el balcón. Óleo sobre lienzo.

Si ya el hecho de hacer un grupo de folk vasco podría dar puntos de vicisitud en la actualidad, recordemos que estamos en los años setenta, y el folk y la polifonía se habían puesto de moda ya desde la década anterior. Pensemos en ABBA o Mocedades para hacernos una idea. Pero que tu repertorio incluya títulos que van desde “Aurtxoa Seaskan” a “Yo nací en Oregón”, así, a bulto y de primeras, nos da una idea de que aquellos jóvenes intensos tenían mucha fe en sí mismos, como poco.
Y no les faltaba mucha razón. En sus inicios, Trigo limpio se caracterizaba por hacer canciones de impecable factura, pero con letras ñoñas a más no poder. Es decir, eran un puro grupo de la Transición, con letras en la línea de Jarcha o Nuestro Pequeño Mundo, pero con un poco menos de vergüenza.

Además, los Trigo limpio eran bastante conservadores, por lo que no tardaron en cosechar sus primeros éxitos con canciones anti abortistas como “Adiós, mamá” o “Pequeño Juan”. No sé cuál de las dos letras es más efectista, pero ambas son de un costumbrismo dramático que, así a priori, da un poco de cosa. Sumemos a todo esto temas con metáforas ramplonas de la recién adquirida libertad, como “Txikita”, y tenemos el equivalente musical al batido de proteínas que se prepara el Chuache en su apartamento mugroso en las primeras escenas de El fin de los días.

El caso es que tenemos a un grupo folk polifónico con una voz femenina alucinante que no termina de despegar, hasta que los escucha el ínclito Juan Carlos Calderón. Y en 1977 comienza todo.
Juan Carlos les debió decir que era muy bonito hablar de no al aborto en un saloon del Far West mientras gritas “Soy celtibérico, aprendiz de caballeroooooooooo”; pero que para convencer al público había que centrar un poco el tiro. Y así, el gran compositor le otorgó al grupo folk-country-transición- ñoño la que sería su nueva seña de identidad: El morbazo.

Con “Rómpeme, mátame” Trigo Limpio se presenta en el festival de la OTI, quedando en tercer puesto. Su fama en América va creciendo, y pronto llegarán el chingle definitivo que los catapultará a la fama en España: “María Magadalena”, que va seguido del no menos curioso “Ven a Jerusalem”. ¿Por qué aquel giro de trama inesperado? ¿Se trataba de canciones tipo iglesia? ¿Se habían pasado los Trigo limpio a los cristianos de base y se marcaban misas campesinas? ¿O serán acaso los precursores de la Biblia enseñada a los Sórdidos que traerían Amistades Peligrosas bajo el brazo años después?

Lamento decir que no habéis acertado ninguna. Recordemos que Juan Carlos Calderón dijo que Trigo Limpio debía basarse en el MORBAZO, así que no. ¿Hablamos de que ahora el grupo era del club de fanses de Jiménez del Oso? Un nuevo error. Escuchadlo vosotros:

En efecto. Como habéis deducido, Jerusalem podría haber sido Valdemorillos de Abajo, y María Magdalena, los pitufos makineros. Se trataba de un vulgar cebo para atrapar a cuantos más peces, mejor. Y así fue. Trigo limpio lo petó como nunca antes en su historia. Era ya 1979 y el futuro se presentaba sumamente alagüeño para nuestros intensitos de pro.

Pero Amaya no estaba conforme. Algo en su interior le decía que tenía una misión en el mundo de la música. Que algún día debía responder a la llamada de la sordidez. Y así, con su maleta llena de sueños y su voz de porcelana, Amaya dejó Trigo limpio  y quiso sacar un disco en solitario.

Mientras el señor del bigotillo y el que no tenía mandíbula encontraban a otra cantante (Patricia), Amaya preparaba su disco Autorretrato, compuesto y producido por Juan Carlos Calderón.
Por su parte, Trigo limpio había decidido seguir la estrategia de la OTI. Si en América había funcionado, ¿qué había de malo en probar en Europa? Dicho y hecho, José Antonio Martín les compuso “Quédate esta noche”, cumbre del morbazo patrio, que cuenta con un crescendo a galope tendido que ríete tú de la obertura de Guillermo Tell. Los tres seres marcharon al festival de Eurovisión nada menos que en 1980, uno de los mejores años ever.

A pesar de que interpretaron el tema con gran intensidad -¡Claro!-, no fue suficiente, y quedaron en un discreto décimo segundo puesto.  Ni siquiera pudieron ser ganadores morales del festival con su falsete de “Juntos veremos los dos/ por este gran ventaNAL/ LA MAÑANA LLEGAR Y SENTARSE A TUS PIES/ CUANDO ESTÉS DISFRUTANDO MI AMOOOORRR”. Para eso estaban los sordidazos de TELEX, que siguen siendo uno de los mejores grupos pre-hipsters de la historia eurovisiva.

Morbazo cañí
Imaginad el jeto que se le debió quedar nuestra Amaya contemplando todo esto. En 1983, después de ver que Autorretrato había sido escuchado por ella y los que estuvieran en el estudio de grabación, la discográfica le dijo que pasaba de hacerle más discos. Estaba desolada, nadie comprendía su potencial ni su talento, pero había una salida. La empresa le daba la opción de crear un grupo con dos onvres y otra munhé, al estilo ABBA, para ir a lo seguro y sacarse una perrillas.

Y de un casting que debió ser la envidia de aquel que hicieran las Spice Girls en los noventa, surgió Bravo.

CAPÍTULO II. FRAFO

Bravo fue un grupo de cuatro buenas voces que bien podía haberse llamado “Amaya y otros tres”, que básicamente fue lo que pasó. Sin embargo, lo bueno que salió de aquel nuevo mejunge musical fue para enmarcar.

De entrada, Amaya ya estaba empezando a crecerse como artista y estaba harta de que la ningunearan, por lo que comenzó a practicar el molarse mucho a sí misma con la fuerza de los mares. Yolanda Hoyos era una chica muy jovencita con cara de TRONCA que había participado en Miss Universo y que sudaba kilos de laca de la música melódica. Esteban  aportó un buen bigotón y un pelazo cardado que, unido a sus ojos azules y su Mirada Seductora TM lo convertían en un dandy de los de cadenuca de oro al cuello y copita de coñac. Luis, por su parte, era un estudiante de medicina que aportó una melenilla lacia y una carusa olvidable. Eso sí, tocaba muy bien el piano.
Welcome to the spanish 80's
De la mano de aquella improvisada Lija de la Gustizia, Amaya Saizar compuso una coplilla sobre una mujer mayor que vivía paseando entre las ilusiones de un amor perdido. Y, de esta vicisitúdica forma, Bravo fue a Eurovisión en 1984, otro de los mejores años de la historia, con “Lady Lady”. Quedaron terceros, mejor que Trigo limpio, y triunfaron sobre todo en Alemania, además de petarlo en América Latina, adonde el grupo salió de gira de inmediato. Amaya, la rubia mágica, lo había conseguido. Su valía había sido probada.
Bravo sacó un segundo disco en 1985, llamado Noche a noche, que tiene un temaso sideral tan maravilloso como “Secreto”. Dejo el videoclip, que no tiene desperdicio. Bolas mágicas, trajes de mago del todo a cien de la esquina, planos plagiados de diversos videoclips de ABBA, refrito de imágenes de sus actuaciones en América… pero con Segovia de fondo, que parece que aporta más cercanía… y menos presupuesto.


Sin embargo, no todo fue un camino de rosas. Finalmente, las tensiones entre los componentes de un grupo que ni eran amigos, ni casi conocidos, y que pasaban mucho unos de otros y de la propia música que hacían, desintegraron la formación, de tal suerte que, salvo Amaya, ninguno de los otros tres se dedicó a la música tras su paso por Bravo. Una pena, porque los dos discos que sacaron son bastante decentes, todo hay que decillo.
Amaya Saizar, cual Atila, no dejaba crecer la hierba en su camino hacia la conquista del mundo musical. Eurovisión no había sido suficiente. Quería más.

CAPÍTULO III. VENUS DE MORATALAZ

De nuevo, Amaya estaba sola, pero nadie confiaba aún en ella para sacar un disco en solitario. Y, como si de una Cossette de Dumas se tratara, la vasca de oro tuvo que aceptar entrar en otra formación, bastante distinta del glamour de Bravo, pero mucho más divertida.

Los directores de casting deben seguir con el cachondeo a día de hoy, porque no se les ocurrió otra cosa que Amaya fuera implantada en medio de… ¡las dos hermanas Abradelo! Sí, aquellas presentadoras-cantantes-jamelgas que tenían la boca como un buzón de correos. Y que a finales de los ochenta eran jóvenes y lozanas, y con un estilismo que daba más miedo que vergüenza.

 De esta guisa, nació Venus. En realidad se trataba del típico grupo de chicas que cantaban temas del verano, pegadizos y con letras picantes. He ahí el estupor que genera ver a nuestra Amaya, la rubia que lo había sido todo, la mujer de la voz de porcelana, poniendo cara de “yo en realidad no estoy aquí” mientras canta algo sobre una ola traviesa que le arranca un tanga de cuajo o algo así, y las Abradelas bailan como puestas de speed. Impresionante documento.

Inquitetante. Apocalíptico.

Huelga decir que las Venus no sacaron más discos.

CAPÍTULO IV. GALICIA CONECTION
Los años noventa habían llegado, y Amaya había pasado ya por demasiados grupos. Como Sara Montiel cantando en El Molino en El último cuplé, sentía que su carrera se iba a pique. ¿Qué podía hacer? ¿Quién confiaría en ella, después del fiasco de Venus, para sacar su tan ansiado disco en solitario que le permitiera demostrar de una vez todo lo que ella valía?
Entonces llegó ÉL.

Sí, hamijos. Hemos hablado de morbazo, Barón dandy, puros y coñac. Solo un onvre podía confiar en Amaya para rescatarla y hacerle un disco digno de su talento.

Aquel caballero de brillante armadura no podía ser otro que Juan Pardo.

La pruefffa del delito
Juan Pardo, uno de nuestros gallegos favoritos, conocía el potencial de Amaya Saizar y, no contento con escribirle una canción, le hizo un disco entero para que brillara como merecía. El álbum, llamado Tengamos la guerra en paz (1990), tiene todos los elementos de los discos de nuestro onvre: épica, subidones e historias de cuernos.

Uno de los más bellos detalles fue que Pardo le regaló a Amaya un tema de despedida de un amigo que había muerto, llamado “Sin ti, Manuel”. Es una joya de gran valor sentimental, que honra a Juan Pardo como persono y como ente cósmico. Si a eso le sumamos la balada “Aufwiedersehen”, ya tenemos la contribución absoluta de Juan Pardo y Amaya al idioma mundial. ¡Grandioso!

Amaya en los 90
El disco que Juan Pardo le hizo a Amaya Saizar tuvo un éxito relativo, pero no fue ni un fiasco, ni un desastre, y tras este inicio de década realmente JLORIOSO, Amaya no volvió a sacar un disco en solitario, aunque se puso a colaborar en discos del propio Juan Pardo, Manzanita, Bertín Osborne y Rafaela Carrá. Incluso fue requerida por Demis Roussos en un momento dado para una canción. Lo que pasa es que lo que ella denomina “arropar las canciones con su voz” en su blog es algo más parecido a “hacer los coros”, cosa que no es para nada deshonrosa, pero que nos hace ver que esta mujer en solitario nunca terminó de cuajar.

En 1996, visto que como solista seguía sin comerse un colín a pesar de lo mucho que molaba, decidió tomar cartas en el asunto y hacer lo que mejor sabía: montar grupos de la nada. Con su hermano y unos cuantos ex Mocedades, formó Txarango, como quien hace un grupo de mercenarios con ex combatientes de la guerra de Vietnam. Folk vasco de nuevo, que tampoco tuvo mucho éxito. Aunque versionan a Bob Dylan. Sacaron un disco y, de nuevo, nuestra rubia indómita salió por patas buscando nuevas oportunidades de triunfar.




CAPÍTULO V. EL SIGLO XXI
A partir del nuevo siglo, la carrera de Amaya es un batiburrillo un poco complejo de seguir. Más que nada, porque ella sigue luchando. Es incombustible y busca cualquier idea para seguir cantando, buscando el triunfo que cató en el pasado y que está segura de poder encontrar en el presente. Como veis, su tenacidad y sus inquietudes no dejan títere con cabeza.

En 2000, Amaya pensó que resucitar Trigo limpio sería una buena idea. Carlos e Iñaki no. Pero daba igual. Ella se plantó en México con dos mexicanos jóvenes y todos se fueron de gira por Hispanoamérica porque EL ÉXITO.

Ya os aviso que Trigo Limpio ha tenido más movimiento de integrantes que Infinity War, así que no es de extrañar que primero salga con dos señores diciendo que son Trigo limpio…

Y que luego plante sus huellas en México con estos otros dos señores, diciendo exactamente lo mismo.

Ya os avisé de que el siglo XXI nos trae a una Amaya desaforada, dando más vueltas que un ventilador.

En 2005, Amaya se juntó con otros tres seres para grabar un disco con letras de… ¡Santa Teresa de Jesús! Tengo que decir que en todos los lados de la intenné me sale que el disco es de 2005, pero algo en mi interior no se fía de este dato –los arreglos me parecen de los 80 o incluso 70. Si alguien puede confirmarlo, os estaría agradecida. Pero no hablemos de mí. Hablemos de este discazo que, con semejante materia prima, no podía salir mal ni por asomo. Dejo el tema principal que está de un rebonico que de verdad de fuá. Vale, algunas canciones, más que a Renacimiento, suenan a grupo de parroquia con guitarrita, pero el disco está bien.
En 2007, a Amaya le sigue dando por volver al pasado, y se planta en Misión Eurovisión para ver si puede volver a ir al festival. El resultado es un derroche de molarse mucho con una maravillosa voz en decadencia. Porque lo mejor de todo es que ella SE SIGUE MOLANDO A PESAR DE TODO. Pero bueno, si veis el vídeo podéis intentar explicarme por qué no fue, porque yo, desde luego, le habría dado todos los puntos solo por el entusiasmo.


En 2008, sacó un chingle muy bonito llamado Sin ti. Versión de una canción de Omar Alfanno, un cantautor panameño que, para los que no sepáis quién carajas es, se trata de la persona que compuso ESTO.

Se supone que el tema que versiona Amaya fue compuesto en 2001, pero qué queréis que os diga, a mí me suena un pelín viejuno. No sé si será porque parece grabado en el garaje de su casa o porque los arreglos dan la impresión, a ratos, de haber sido realizados por ella misma en un arrebato de porque-yo-lo-valgo, pero bueno.

Y ya en 2011, llegando a la década en la que estamos, ¿qué se cuenta Amaya Saizar de su carrera? Pues que, según wikipedia y gúguel, dijo en el programa de María Teresa Campos que quería formar de nuevo Trigo limpio, pero esta vez de verdad,sin hacer lo que llevaba haciendo durante el noventa por ciento de su carrera: inventarse compañeros para ponerse ella de estrella del grupo. Total, que, al parecer, Carlos y Amaya estaban de acuerdo en volver al sarao de la copa de brandy y el morbazo folk; pero al final quien apareció en la gira fue Iñaki, y de Carlos nada más se supo.
¡Traisión!
Lo último que he visto por ahí de nuestra incombustible protagonista ha sido una breve entrevista sobre los candidatos a Eurovisión de este 2018. En unas declaraciones, que harían palidecer de envidia a la Bruja Lola y a Aramís Fuster juntas, dijo que las dos Amayas que habían ido a Eurovisión habían quedado muy bien (Bravo quedaron terceros y Mocedades, de donde procede la otra Amaya, segundos), y que por eso Amaia y Alfred tienen que quedar muy requetebién también. ¡Maldición! ¿Por qué no me pondrían mis padres Corín Tellado en lugar de Cava?

Así, como tantas otras buenas historias, la de Amaya Saizar termina en este post con un interrogante sobre su futuro, porque ni ella misma puede predecirlo, a pesar de su nombre y de lo mucho que mola. Visto que ABBA va a sacar un disco tras treinta y cinco años de separación artística, quién sabe. A lo mejor Maluma la llama para marcarse un reguetón melódico. O puede que Bravo haga una gira revival para pagarse los vicios. Vaya usté a saber.

Solo espero que, por lo menos, honréis la memoria de Amaya Saizar como se merece y a partir de ahora os dediquéis a gritar “Lady Lady” por la calle cuando tengáis la menor ocasión. Creo que un personaje de su magnitud no mecere menos. Y ella también lo cree.

¡Hasta la próxima!
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