agosto 2013

En breve publicaremos el anunciado y apocalíptico segundo artículo de nuestro “Mes Tocapelotas” que puede conseguir la desaparición del blog y el fin del universo tal y como lo conocemos (aunque el efecto quizá se circunscriba sólo a nuestra galaxia). Sin embargo, en una conversación ayer por Feckbook  se me lanzó un reto: hacer una performance escrita sofista. Un experimento rapidito destinado a demostrar cómo todo es relativo en esta vida excepto el hecho de que no se ha de besar con lengua  a alguien que acabe de potar.

Mi madre me ha dicho siempre que soy un sofista de la hostia. Yo no estoy de acuerdo. Puedo a llegar a ser un sofista de mierda. Pero es cierto que siempre me han fascinado este tipo de ejercicios como el que muestra esa ovra maentra sórdida que es ‘Ridicule’. (*El clip que pongo a continuación está en francés, pero sus jodéis. No saber ese idioma está mal. Yo voy a intentar retomar el aprendizaje por dos motivos: para leer tebeos de Blake y Mortimer antes de que los saque Norma y para hacerme el gracioso con las guapas vendedoras francesas de películas en los mercados. Efectivamente: ninguno objetivo especialmente loable. Sobre todo por el bien de las francesas. Y de mi futuro laboral)
El experimento es el siguiente: voy a hacer dos críticas rápidas de la pinícula ‘El Llanero Solitario’. Como hoy en día, a la hora de juzgar blockbusters, todo es o lo mejor o una puta mierda, me imbuiré de ese zeitsgeist y una será orgásmica y la otra destructiva. Lo importante es que en ningún momento voy a decir lo que realmente me pareció de verdad. Tampoco voy a intentar escribir como yo mismo, sino que estarán redactadas como cualquier crítico de Film Affinity con el fin de crear la ilusión adecuada (posturas de superioridad o de fanboy incluídas).

A ello:

EL LLANERO SOLITARIO, por Manolo Pantunflo

Mezclando nostalgia infantil con el deseo de hacer caja, los creadores de Piratas del Caribe se embarcan en la empresa de aplicar al western la maniobra de resurrección que tan buenos réditos les reportó con el cine de aventuras marítimas. El resultado se ha encontrado con el rechazo de una audiencia que simplemente sigue reacia a quitarle el estigma que arrastra el cine del oeste para el gran público (obviando éxitos más puntuales como ‘Valor de Ley’ o ‘Sin Perdón’ que se enmarcan más bien en el terreno del cine de autor).  El Llanero Solitario es, sin embargo, una gran película que, como ha dicho el propio productor (el mítico Jerry Bruckheimer), será reivindicada en el futuro como le ocurrió a su propia ‘Flashdance’ o ya está pasando con el otro fracaso comparable (en el sentido de alto presupuesto y recuperación del espíritu pulp) como fue ‘John Carter’.

La película supone un oasis de cine volcado al entretenimiento dentro de un panorama general hostil para el escapismo puro. En una situación general el que tanto la crítica como ciertos sectores del público muy vociferantes en internet reclaman el cinismo como único valor de interés, 'El Llanero Solitario' no pide disculpas por ser pura diversión. De hecho, a través del inteligente uso de la figura del narrador, el propio guión de Ted Elliot y Terry Rossio (con Justin Haythe) denuncia la corriente habitual de gran parte de los creadores de opinión obsesionados más por buscar supuestas incongruencias de guión que en suspender su desconfianza y disfrutar del espectáculo. Un anciano Tonto (Johnny Depp), compañero del protagonista, es quien cuenta la historia a un niño en el arranque de la película. En un momento importantísimo a nivel metalingüístico, al ser cuestionado por eventos dudosos fuera de pantalla, el indio deja claro que los detalles dan igual, y que, si tiene que inventarse algo para que la historia sea más divertida, pues mejor. Hay que relajarse y disfrutar.

Depp, por su parte, ayuda a avanzar la trama entre los momentos de acción con su divertidísima interpretación, configurando un personaje totalmente alejado de su icónico Jack Sparrow en manierismos, pero muy parecido en esencia: mucho humor, algo de ambigüedad en sus acciones y momentos que revelan su verdadero yo debajo de sus excentricidades. Para ello toma como modelo al mítico Buster Keaton, en una maravillosa lección de comicidad contenida que habría apreciado el propio genio. Sobre todo en las dos escenas de acción que abren y cierran la película, claros homenajes a ‘El maquinista de la general’.

El título inmortal de Keaton no es, obviamente, la única referencia. Como ya había demostrado en su excepcional ‘Rango’, Gore Verbinski puebla la película de citas a lo mejor del western, desde ‘La muerte tenía un precio’ en todo lo relativo a la trama principal,  hasta John Ford en las localizaciones. La labor del realizador vuelve a ser inmaculada, muy dotada para la comedia en la parte media de la película y con acento especial en una secuencia de acción final que es la que destila mejor hacer cinematográfico de todas las vistas este verano plagado de blockbusters de ciencia ficción. Menos mal que alguien decidió a regalarnos a algunos una muestra de cierto tipo de cine alegre, divertido e inocente (como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta los orígenes del personaje) que tanto echamos de menos a veces.


EL LLANERO SOLITARIO, por Carles Litoral.
Mezclando nostalgia infantil con el deseo de hacer caja, los creadores de Piratas del Caribe se embarcan en la empresa de aplicar al western la maniobra de resurrección que tan buenos réditos les reportó con el cine de aventuras marítimas. El resultado, empero, es un marasmo hipertrofiado que los ha conducido al fracaso.

Lastrado por un metraje excesivo que demuestra la tendencia actual que dicta que una película "importante” no puede durar menos de dos horas, la cinta acaba resultando aburrida, pues presenta apenas tres escenas de acción a lo largo de sus dos horas y media de duración. El resto se ancla en una historia predecible, en la que al malvado principal sólo le falta retorcerse el bigote en la primera escena que aparece, siendo su supuesta revelación una de las no-sorpresas más patéticas de la cartelera veraniega.

Avanzando a duras penas a base de situaciones que no sorprenderían hoy en día ni a un escolar, la película trata de anclarse únicamente en la supuesta interpretación humorística de Johnny Depp, en una especie de variación sobre Jack Sparrow si éste se hubiera tomado un Valium. Su intención de tomar como modelo a Buster Keaton es obvia. Sin embargo, Depp no puede dejar escapar gestos mucho más contemporáneos que rompen la magia. Por no hablar de las numerosas veces en las que el personaje cae en el ridículo más bufonesco, cosa que nunca le ocurría a la estrella del cine mudo. Especialmente dolorosa es la escena en el despacho de una Helena Bonham Carter (que apenas vemos en dos secuencias y cuyo personaje no tiene ningún sentido en la trama). En ella, Depp se dedica a jugar con varios artilugios que decoran las instalaciones en un claro intento de hacer humor visual para sazonar el metraje. Todo ello alcanza su cénit de desesperación cuando mete la cabeza dentro de una jaula, que podría parecer humor surrealista (incompatible con la trama) o infantil (incompatible con el personaje), pero que deja un poso de humor desesperado.

Desesperado también por insuflar algo de vida en una trama que avanza a trompicones mediante diálogos interminables que salta sin parar por abismos de lógica. Problemas de guión obvios que Terry Rossio y Ted Elliot (más en sintonía aquí con el infantilismo de ‘La máscara de El Zorro’ que con la sofisticación de ‘Piratas del Caribe’) intentan justificar haciendo pasar todo por invenciones del narrador. Una salida facilona, cínica y tramposa que no deja de ocultar la realidad: todo pasa en la película porque sí, y cualquier espectador de más de tres años se sentirá molesto por la cantidad de agujeros de guión que ha de sufrir. Admitir el crimen ni lo borra ni te exculpa. No cuela, señores.

Gore Verbinski, por otra parte, parece no importarle en absoluto ni estos problemas, ni la ausencia de interés del personaje principal (ese que debería ser El Llanero, pero que ve secuestrado su protagonismo por la estrella de turno porque el mercado manda más que la historia que hay que contar). Si ya en ‘Rango’ demostró que lo que único que le importan son escenas determinadas (en aquel caso, todo el primer acto), en esta película sólo le mueve el interés por sus escasas dos set-pieces que, encima, se desarrollan exactamente en el mismo contexto de trenes desbocados. Todo ello ambientado con la famosa obertura de Guillermo Tell que se antojará ridícula para muchos. Porque los tiempos han cambiado y no estamos para grandes fanfarrias y pistoleros blancos que no disparan a nadie (Disney y los motivos económicos vuelven a mandar más que una historia interesante)

El mundo estaba preparado para la resurrección del cine de Piratas porque aquella cinta era memorable, divertida y con una duración ajustada. ‘El llanero solitario’ no ha vuelto a encandilarnos con el western por un motivo simple: es mala. Y lo que es peor: aburrida.


Así que... ¿qué creéis que me ha parecido la peli de verdad? Pero, lo más importante: ¿A alguien le importa? Porque, al final, esto de las críticas es como el vvvino. El secreto para recomendar o no una película no está en un análisis general, sino, como hacen los buenos sumilleres, en un diálogo personalizado con un interlocutor a través del cual puedas averiguar lo que le va a gustar y lo que le suele cabrear. Y elegir en consecuencia. Vamos, como los que eran los verdaderos sabios cinematográficos de antaño: los dependientes de videoclub.

Tras mi pausa estival/laboral, tocaría un resumen de las tres últimas carreras de mierda. No hay otra expresión vistos los ganadores y el panorama ético y estético que dibujan de aquí a final de año.
Pero, en vez de eso, voy a arrancar con un momento de mis vacaciones mallorquinas que, creo yo, describe este campeonato – y los tres anteriores  - a la perfección.
Llegando a una recóndita cala poco conocida cerca del gozosamente corrupto – that's the way ah-ha I like it – Port D'Andratx, decidí entablar una competición contra una pareja gayer de nudistas italianos - ¿hay algo mejor? - para ver quién podía sacar más medusas del agua. Yo, armado de mi capaz ganapán, logré capturar 40 y ellos 30.
Sí, gané, ¡pero ellos las cogían con unos plásticos cutrongos para, acto seguido, practicar un espectacular tiro parabólico contra las rocas! No sólo eso: su empelote añadía el dramatismo extra de "A ver si uno de ellos va a tener que salir corriendo del agua en pos de una planta de aloe vera con la que aliviar el escozor de su finstro". Porque yo asumía que los italianos, a pesar de lo que vemos en Ferrari, son capaces de razonar durante una situación de crisis (y no, no había Aloe Vera a la vista: los jrandes siempre saltan sin red). Así pues, yo pude vencer, pero ellos fueron los que convencieron. Porque una victoria que no hace soñar no sirve para nada. 
Y porque ir en pelotas siempre son puntos extra en la liga fantástica.
Bien, eso es lo que es el futuro tetracampeón marca Hacendado: un tramposo como yo que, en su fuero interno sabe que nunca será mejor que un nudista gayer italiano. Alguien que no sólo ni inspira ni hace soñar, sino que provoca atentados gramaticales como juntar las palabras "tetracampeón" y "Vettel" en la misma frase. Porque, en F1, decir "tetracampeón" es decir "Prost". Y juntar su nombre con el de Frigodedo en la misma frase no sólo provoca una reunión de urgencia de la Santa Inquisición para quemar al hereje que ose blasfemar con tanta impunidad, sino que, también, causa el mismo efecto que buscar "Google" en Google: se rompe Internet y el gobierno sirio comete la gilipollez de usar armas químicas.
Hubo quien, ante la victoria alemana de Vettel, quiso aprovechar para reivindicarlos como piloto y convencernos de que aquella no era una carrera marca Hacendado, por aquello de que sudó más de lo habitual. Pues no: la victoria en Alemania se la debió a una triple carambola: primero, que Red Bull evitase el adelantamiento en boxes de Webber merced a un homicida cambio de neumáticos (logrando ser el team of the race en el proceso); segundo, que Grosjean no puediese aprovechar su excelente primer relevo con blandos por culpa de un coche de seguridad que adelantó su segundo cambio; tercero, que Lotus, una vez más, hiciese el indio con la estrategia de un Raicoñen que no necesitaba parar más (como se demostró en Hungría: por lo menos Lotus algo aprendió después de tantos tiros al poste).
La celebración de la victoria alemana por parte de los fanboys de Vettel me hizo pensar en una situación muy de teleserie: preparar una cena romántica para tu novia al final de la cual quieres entregarle un anillo de compromiso. ¿En serio, en una situación así, alguno diría a la que desea que sea su futura esposa "como todas las tiendas estaban cerradas, no tuve más opción que comprarlo todo en el Mercadona así que, una vez te termines ese yogur con bífidus marca Hacendado… aceptarías ser mi esposa hasta que la muerte nos separe"?
Ojo, Vettel no tiene ni la culpa de tener un cochazo ni de que, saliendo tarde del curro, sólo esté abierto el Mercadona. Pero el efecto resultante es el efecto resultante: con la excepción de su primera victoria con Toro Rosso – desde la pole y abriendo hueco, eso sí – este chaval no ha hecho NADA histórico ni inspirador, ni memorable, ni estético. Y en Hungría, para rematarla, Vettel demostró lo que es cuando no llega primero a la primera curva (su adelantamiento low cost en Spa no llega ni a Hacendado, casi ni a producto de chino poligonero): un mierdecilla. Su patética carrera cerró la boca a los que osaron decir que la victoria de Alemania debería silenciar a sus detractores. Aunque, a cambio, cayesen sudores fríos ante la victoria de Hamilton y la posibilidad de que, este mundial, pudiese decidirse entre esos dos seres en un remake inconfeso de la película 'Entre mierdas anda el juego'.
Por supuesto, olviden todo el carisma de Eddie Murphy y cualquier atisbo de risas o alegría, porque el tetracampeonato para Frigodedo es algo tan apetecible como realizarte una autocolonoscopia con el kit do-it-yourself oferta 3x2 de la marca, por supuesto, Hacendado. ¿Y un segundo título para el Mierda? ¿No te haría ilusión que Mercedes se llevase un campeonato de esa forma corrupta que tanto te gusta?
Pues no. Porque la corrupción, per se, no es lo que realmente me hace feliz, sino la corrupción entendida como espectáculo, como alegría, como ACCIÓN… Y, vamos a entendernos, mi amado Bárcenas – que, a estas alturas, ya debería ser declarado un tesoro nacional – ha puesto un listón muy alto que los mingafrías de la FIA y Mercedes nunca podrán soñar con alcanzar. Problem is… ni siquiera se molestan en alcanzarlo. Y eso es inaceptable. 
En su día, ya di puntos negativos de mierdismo a Miercedes por cómo se salieron de rositas de todo el asunto referente al test corrupto en Montmeló. Pero, llegando a Hungría, la escudería ha decidido que, puestos a practicar el Mierdismo, mejor que lo haga EL MAESTRO. Que para eso lo han fichado por un buen dinero. 
Y menuda exhibición nos dio: todo comenzó con las declaraciones previas a la clasificación, en las que el Mierda dejó claro, por activa y por pasiva, que Mercedes no eran candidatos a nada en el abrasivo circuito húngaro y mucho menos en el campeonato. Nada más marcar un tiempazo en la Q3, se marcó un número todavía más sobreactuado de "¿Eso ha sido pole?". Una vez triunfó con autoridad – en un carrerón, eso sí: sus adelantamientos a Webber y Button fueron antológicos – su "incredulidad" en la victoria logró adelantar en sobreactuación al mismísimo Agustín Gonzalez. Pero totalmente carente de gracia, claro. 
Pero la magistralidad llegó cuando tocaba poner la guinda al pastel. ¡Y qué pastel! Después de que su Nicole ya tuviese los ovarios con un grado de hinchazón tal que lograba crear su propio campo gravitatorio, Lewis había decidido poner coto a sus chonifiestas, PERO… ¿Cómo podía resistirse a hacer una visita a la Playboy Mansion? Ignorante de que Nicole sabía sobradamente que "un hombre en la cama es siempre un hombre en la cama", el Mierda intentó disculparse con perlas del nivel de que el había ido a la Playboy Mansion "a analizar con espíritu de entomólogo en diario quehacer de la sociedad de consumo".
Ya lo ven: el Mierda, el piloto que lo arruina TODO. Si vas a la Playboy Mansion… ¡apechuga y márcate un "pues sí, y todas tienen las tetas más grandes que tú"! O, mejor aún, cuando ella te diga "¿Qué hacen esas bragas encima de tu casco?" usa la técnica Julio Iglesias: cogerlas, tirarlas por la ventanilla del coche y decir "¿Qué bragas?". Te dejará igual, pero harán videos en youtube remezclando tuz hazañas de 'faker' con las de Punset. ¿Qué habrá mejor?
Pero no: un buen Mierda tiene que arruinar los golferíos más ÉPICOS utilizando técnicas de pagafantas-nivel-mítico. Sus retahílas de "perdón" en Twitter sólo eran superadas en espanto por el aterrador rumor acerca de… ¡una canción de reconciliación que había compuesto para Nicole! No dudamos de que, en caso de que ESO saliese a la luz, el continuo espacio-temporal se desbarataría y asistiríamos al fin de nuestro universo. 
Pero no pasa nada, porque sería un universo en el que el título mundial de F1 se disputa entre un mierda y un mierdecilla. Seguro que, en otra dimensión paralela, el campeonato es un mano a mano entre los dos pilotos de Toro Rosso: Alguersuari y Sainz Jr. Un universo en el que el gran debate de la presa sería "¿En qué locales de ambiente españoles ficha Marko a dos pilotos con tanto morbazo? ¡Queremos ir allí YA!".
Así pues, el saldo mierdístico final de Hamilton tras el GP de Hungría son unos mareantes -15 puntos que le hunden en la tabla general. ¡Hay que recuperarse con urgencia a golpe de ACCIÓN!
Y, a pesar de todo este mierdismo estratosférico, la respuesta de Frigodedo no se queda atrás. Sus -3 puntos del "¡Kimi me sacó de pista, jo, decidle a Marko que le metan una penalización!" apenas son compensados con el destrozo de su alerón contra Button (2 puntos) 
Quizá la única nota positiva la puso la Star of the Race de Hungría: Felipe Massa. Ferrari ya va comprendiendo que no hay nada mejor que usar a tu segundo piloto como arma. Y Fernando Alonso, en Bélgica, así lo ha remachado: "Necesito que alguien se lleve por delante a Vettel" (si hubiese añadido un "Felipe, confirm you have understood the message" le hubiese dado 20 puntos en vez de 3). En esta ocasión, en la que el patético ritmo del Ferrari condenaba a Alonso a un séptimo puesto, Felipe maquilló el resultado endiñando a Rosberg primero (10 puntos) y sacando de pista a Grosjean después (1 punto) logrando, así, un inmerecido drive-through para el francés (sí, ese drive through es un punto para Massa, por malvado). Romain, por su parte, se lleva 4 puntos por la colisión gilipollesca a la par que innecesaria contra Button. Ahí está la calidad.
En términos de acción y puntuación, el GP Belga fue igual de soso que el húngaro, con el insulto adicional de la exhibición de ritmo del Red Bull. Menos mal que el problema de embrague a la salida (1 punto para la escudería) hundió, una vez más a Webber permitiendo al australiano demostrar lo atroces que son sus "out laps" una vez más. En serio: ni el Mierda destroza tan rápido un neumático. Si no, el doblete estaba bastante al alcance. Still, 3 puntos para Mark por hablar de sus problemas usando la palabra "tractor".
Para salvarnos del marasmo, esta vez tuvo que emplearse a fondo el rey de la regularidad: Pastor Maldonado abandonó su estrategia de "puntuar poco pero variado y en TODAS las carreras" para calzarse una espectacular Star of the race. ¡Y, además, didáctica! Puestos a demostrar esa verdad científica enunciada en el teorema "Que no, cojones, que en esa curva no caben cuatro coches a la vez" ¡qué mejor forma de hacerlo que con ese doble impacto (20 puntos en total, ya añadido el estilazo bolivariano) y 2 por el stop and go!
Al lado de eso, todo lo demás son puntos menores que no voy a detallar – léanlos en Twitter – mientras dejo para el final un nuevo intento de Vettel de intentar comprar en el Mercadona los triunfos que no logra en pista. 
Sí, claro, me refiero al tinte marca Hacendado que logró no sólo reeditar la ya habitual pitada en el pódium, sino también un esfuerzo ímprobo de los activistas de Greenpeace a la hora de desviar la atención de ese atentado estético (la FIA ha emitido un comunicado diciendo que estudiarán dicho tinte después de la carrera). En cualquier caso, viendo cómo protegió el pelo con su gorra durante la rociada de champagne, cabe pensar que estamos ante el clásico tinte Hacendado que decolora progresivamente. O sea, que… ¡lo que veamos en Monza puede ser AÚN peor!
Francamente, lo de ese tinte es tan "si miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada" que prefiero ni puntuarlo.
Respecto a los equipos, poca cosa, 5 puntos para Caterham por el abandono de Pic y 5 para Ferrari por su cagada táctica en la Q3 (Alonso se lleva 2 pos su salida de pista allí), así que gana Lotus porque sus 4 puntos por problemas de frenos tienen 3 de psicodrama por todo el show de humo y por acabar de una puta vez con el récord de regularidad de Raicoñen (dicho esto, lo tiene por la caraja del décimo puesto, así que respeto más el de Chumáquer). Y añado: los récords de regularidad sólo sirven para que el pobre Heidfeld pueda presumir de algo.
Así pues, con el ánimo bajo, con pocas ganas de ver este espectáculo deplorable y carente de valores en que se ha convertido la F1, repitiendo la frase que decían mis amigos cuando les arrastré a ver el 'Tommy' de los Who en español y cantado por Barón Rojo y Eva Amra "¿Por qué nos hacemos esto?", les emplazo a Monza para ver si, como ocurrió a finales del 2007, los milagros existen y la F1 puede salir ya de este mal sueño marca Hacendado.
Ni a pesadilla llega.

Por una parte, soy un tipo de orígenes normalitos, pues nunca tuve ni siquiera el típico tío rico, mi madre era maestra de escuela y mi padre una mezcla impía de Chandler Bing y Homer Simpson (en serio: el buen hombre trabajaba en una fábrica y nunca supe de qué). Por la otra, soy una persona apasionada con todo. Así que, una vez rechacé toda mi herencia natural (marcada por tebeos de la Biblia, flamenco y reuniones familiares en las que mi tía echaba leche con la teta a mi madre), mi vida en lo cultural estaba condenada a elegir entre dos caminos extremos: el primero era enmascarar mis orígenes más o menos humildes y convirtiéndome en un esnob. 

Pero claro: soy un poco gilipollas, pero no tanto. La otra opción era convertirme en un gruñón extremo estilo los dos viejos de los Teleñecos empecinado en poner en evidencia toda muestra de lo que mi abuelo llamaba con gran acierto y sutileza “peer más alto que el culo”. Esto es: como persona de familia media, siempre he odiado las actitudes de superioridad y elitismo en cualquier terreno. Por eso tardé tanto tiempo en reconocer la valía de, por ejemplo, muchos directores culturetas. Si me miraban mal porque me daba pereza ver cierta peli, rápidamente tenía una reacción similar a un israelí frente a un palestino y me cerraba en banda. La evolución mental me llevó a enfrentarme a esta gilipollesca tara con una sutil táctica que poca gente pone en práctica: mejor me lo tragaba todo independientemente de lo que dijeran, reflexionaba por qué le gustaba a la gente y luego, si no me había convencido, me iba a ver ‘Star Trek IV’ y a leer ‘Las Crónicas de la Thomas Covenant’, que son las sordideces que me gustan de corazón. Y así con todas las disciplinas.

Con el tiempo y la bajada de actividad hormonal, me he calmado un poquito. Las actitudes snobs ya no me sientan como una patada en la boca del estómago, sino como un cariñoso bofetón de Terence Hill. Eso sí: hay un ámbito del esnobismo que me puede. Una disciplina que me genera la misma reacción que un litro de leche con el estómago vacío. Una afición que hace que me entren más deseos de depilarme los pelos de los pezones a pellizcos que cuando escucho a alguien proferir la frase ‘rollito canalla’:

Las catas de vvvvvvvino. Y, si en lugar de decir “vvvvvvino”, escucho que les llaman ‘caldos’, me dan ganas de sacrificar pequeños cachorros a Kali-má. En serio: cuando oigo el palabro en un informativo entro en modo berserker y empiezo a gritar como un perturbado. Hay quien ha dicho que hasta me pongo a hablar en lenguas. En palabrotas de otras lenguas.

Todo este odio irracional empezó cuando comencé a ir a restaurantes en los que te dan a probar el vvvvino, momento en el que se crea un instante de absoluta vicisitud con varios posibles cauces de acción:

a) Avergonzarse ante las amistades, poner cara de interesante y decirle al camarero que está bien con el mismo arrastre de palabras a media voz con la que yo hablo normalmente a una actriz pelirroja. Algo así como “psisibuenoyasiesodejala”.
b) Dar un trago y decir “¡Echa vino montañés, que lo paga Luis de Vargas!” para horror del camarero y tus acompañantes.
c) Tomar la copa, menearla como si estuvieras acariciando una teta, olisquear, sorber un poquito, decir que ‘excelente’ y, a continuación, proferir las palabras equivalentes a leer ‘hoy toca ducha’ en el orden del día en un campo de exterminio:

“Interesante vvvvvino, con cuerpo. Porque es que yo he hecho varios cursos de catas y mi vvvvida ha cambiado”.

Es el momento de huir. O de tomarte esa pastilla de cianuro que tenías guardada para cuando tus sobrinos te obligaran a ir a ver ‘Los Pitufos 2’.

Yo no hice ninguna de las dos cosas la primera vez que me encontré con un diletante del vino, el ex de mi mejor amiga que, por otra parte, era un tipo agradable. Pero ese día quise matarlo. Sobre todo porque luego empezó a zamparme sus teorías sobre cómo la nación surge de la tierra así en plan mágico. De esas ideas idiotas ya me encargué en otro post. Ahora voy a por toda la tontería que rodea a los vinos. Vvvvino. Vvvvvvvvvvvvino.

Al principio, pensaba que era cosa mía. Que miles de libros escritos sobre el tema no podían estar equivocados. Que me dejaba llevar por las mismas filias y fobias irracionales que me hacen babear con jóvenes francesas bajitas y eróticas y salir corriendo ante una gigantesca diosa de ébano (decidme racista, pero uno no puede combatir lo que le dicta su posha). Y  no me dediqué a investigar. Hasta que un día, hace más o menos un año, llegó a mis manos cierto estudio gracioso. Uno que abría la puerta al cachondeo:

Frédéric Brochet (con Gil Morrota y Denis Dubourdieu) pillaron un vino blanco y le pusieron un tinte rojo, sirviendo sendas copas de cada color. Llamaron a unos 54 expertos y todos describieron con alegría ambas como si fueran dos vinos distintos. Es más: a cada uno se le asignaron palabros que normalmente describen a vinos de su supuesto color. La conclusión del estudio: que hay una percepción ilusoria entre el olor y el color del vino. Esto es: nada concluyente, porque no se trataba de un experimento a ciegas y lo que concluyeron los especialistas no era que no se pudieran distinguir las clases de vinos (tal y como se dice si lees por internet artículos basados en este experimento), sino que lo visual se impone a lo olfativo, quedando este sentido descartado. Eso sí, plantaba en mí la duda razonable de que todo fuera una soplapollez, sobre todo porque se puede inferir mucho cachondeo de la terminología vinícola (obsérvese que obvio decir ‘enología’ para intentar mantener la calma, pues no puedo evitar, sea o no cierto, que la palabra me recuerde a otras maravillosas pseudociencias que añaden “-logía” a cualquier palabra para molar más).
Al Stewart se gastó todo el dinero que le dimos por 'Year of the Cat' en sus vinos. Y luego encima hizo un disco conceptual sobre ello. El muy desaprensivo.
Y es que pocas cosas son más divertidas que ir a un restaurante y leer las abigarradas descripciones de cada uno de los vvvinos. Auténticas obras maestras de la chorradología (¿lo véis? Con –logía todo suena mejor) y, al mismo tiempo, de la literatura de ciencia ficción.

Porque, como pude comprobar cuando seguí investigando, frases como “Polvoriento, con aromas a tiza, seguidos por menta, ciruelas, tabaco y cuero; sabrosa cereza con acentos de roble”…están llenas de chorradas. Y no sólo porque a ver quién puñetas quiere beber algo que SEPA A TIZA. O, ya puestos, que mezcle ciruelas con tabaco. Puñetas: no parece un vino, sino el famoso triffle de Rachel en ‘Friends’.
Y la gilipollez se hizo anuncio.
Algunos dirán que soy un polemista y que ellos sí que notan los sabores en sus cursos de catas a las que les llevó su novio esnob. “Pues, con entrenamiento, yo sí que he llegado a distinguir el sabor a grosella con un ligero regusto a banana, cardamomo, roble y pipí de gato”. Pues vale. Sólo tengo que deciros: sumad vuestra evidencia anecdótica con algo mucho más poderoso: la sugestión. Con el adecuado ambiente y las adecuadas técnicas de persuasión, estoy convencido de que se puede convencer a cualquiera con una polla en la boca que eso que está chupando sabe a panqueque a las rosas con culís de fresa.

Así que ¿cómo cojones va a saber un vino a manzana, moras o sobaco de luchador de sumo si es sólo un conjunto de uvas? Según los expertos, existen tres tipos de aromas. Los que da la uva, los que se producen durante la fermentación (que ahí es donde entran todos esos que nos dan tanta risa cuando leemos una carta de vinos) y un tercer grupo que engloba a los olores ambientales procedentes de cómo se ha conservado el vino, los que varían con el tiempo y los que han sido producto de un hechizo del profesor Dumbledore.
El Terror No Tiene Forma
Y, obviamente, esto, con páginas y páginas de literatura a sus espaldas y miles de profesionales y gentes faltas de  aficiones más edificantes que pagan dinero por echarse vinos a la boca y a veces a escupirlo (menudo desperdicio: cuanto más vino ingieras en una cata, mejor sabe todo; hasta el la taza del váter en la que estás potando), es cuanto menos que dudoso.

Un estudio del Journal of Experimental Psycology de 1996 demostraba que incluso los expertos no son capaces de identificar más de tres o cuatro componentes. Así que ya podéis hacer avioncitos de papel con las cartas llenas de descripciones que no cabrían en un twit.

“Bueno, pues se inventan algunos de los sabores. Pero otros son totalmente ciertos, ¿RIGHT?”


Pues va a ser que no. ¿Recordáis el ejemplo ese de la tiza y la menta que puse hace unos párrafos. Pues ahí va otro: “Aromas prometedores de lavanda, hierbas tostadas (¿hierbas tostadas? ¿Pero alguien se come hierbas al horno si no van acompañadas de un pollo?¿O se refiere a otro tipo de hierbas que se fuman?), arándanos y grosella”. ¿Cuál es la gracia? Pues que, tal y como recoge el propio estudio, ambas descripciones son del mismo puto vvvvino. Siete sabores por un lado y cuatro por otro y no coinciden ninguno.

Pero, claro. Errar es humano. Los catadores no son máquinas. Y existen, de hecho, Maestros Sumilleres que ganan una pasta por su trabajo y apenas superan las dos centenas de personas debido a lo escrupuloso de su selección. Pero entre sus capacidades reales no está el detectar estas humorísticas listas de sabores. Lo que sí parece ser que pueden hacer, además de detectar enfermedades del vino, (y de esto no he encontrado ningún estudio científico al respecto, pero parece razonable) y lo que, según he leído, es lo que les hace ganarse el título, es  detectar ciertas propiedades del vino que le permiten delimitar la región y variedad a la que pertenece. Pero la clave es que inferir que eso signifique que un vino sea mejor o tenga un sabor espectacular es un non sequitur nivel afirmar que porque te llevas calzoncillos ajustados, te gusta practicar sexo anal con los calcetines puestos.

Así que pasamos a lo más importante de la cuestión. Que te dejes llevar por colores, ambientes o incluso la música que suena mientras tomas un vino (o, por extensión, cualquier alimento) para inventarte sabores me parece gracioso y da para hacerse el ingenioso delante de los amigos a la hora de pedir la carta de bebidas en un restaurante. Lo chungo de verdad es cuando todo eso se convierte en un circo de mercadotecnia. Porque todos damos por hecho que, independientemente de grosellas y mentas, vinos blancos y tintos, los más caros han de ser mejores que los más baratos. ¿RIGHT?


Frédéric Brochet, el del estudio del tinte, no paró con esa muestra de hyper-trolling, sino que hizo otro experimento. Pilló un vino de calidad media y lo metió en dos botellas diferentes. Una en plan superchupi la mar de pija y otra con pinta de haber sido arrebatada de las manos de un sin techo a las puertas del Mercadona. Y se las dio a varios expertos.

A estas alturas del artículo, no os tengo que decir los resultados.

Bueno sí, que es bueno regocijarse de las vicisitudes ajenas de gente que cree que pee más alto que el culo. Al beber de la botella pija, se describió el vino con palabras como ‘complejo’, ‘equilibrado’, ‘agradable’ y, en definitiva, ‘para llenar de amor viscoso mis Calvin Klein de 100 dólares’. Cuando se probó el supuestamente barato, los adjetivos variaban entre ‘flojo’, ‘plano’, ‘defectuoso’ y ‘puaaaaaj’.

Pero, claro: este experimento tiene los mismos problemas que el del tinte: realmente habla de cómo el entorno puede afectar la percepción, anulando las capacidades. Seguro que en condiciones experimentales con protocolo ciego sí que se distinguen con claridad los vinos normales de los caros, ¿RIGHT?

(Ya está bien de poner el video de Kevin Sp...

…no pude resistirme)

Según un artículo de The Wall Street Journal (porque no he podido rastrear en este caso el estudio original), Robert Hodgson, un profesor de estadística dueño de un viñedo, se planteó averiguar si las notas que se le ponen a cada vino (y que son esenciales para los posteriores precios) eran consistentes o no superaban al azar. Así que hizo un experimento distinto, esta vez totalmente ciego. En el sentido científico del término, joder. Que tengo que hacer el chiste malo antes de que alguien lo ponga en los comentarios.

El procedimiento ciego era el mismo utilizado por los jueces que anualmente califican los vinos. Evidentemente, como en todo concurso, no saben qué vino están bebiendo. La diferencia malandrina es que Hodgson sirvió a los 70 jueces unos 100 vinos a lo largo de dos días, pero la gracia es que cada vino se daba tres veces (siempre de la misma botella, claro).

El resultado: los puntos otorgados a cada uno de los tres vasos de cada vino variaban a lo loco y que rara vez superaban el azar. Y los jueces que consiguieron más consistencia un año, la cagaban al siguiente.

Así que las catas que dictan los precios y el prestigio de un vino son un fraude. Todo ello quiere decir que, obviamente, da igual el vino que se baba, porque todos saben igual, ¿RIGHT?

All together now: WROOOOOOONG!!!

Claro que no, joder. Cada vino sabe distinto, aunque sea de manera sutil. Lo único es que hay mucha tontería alrededor. Pero eso no es culpa del producto en sí, sino de gente que se aburre lo suficiente como para elevar a cotas absurdas de pseudociencia lo que es simplemente una bebida que mola desde tiempos inmemoriales. Así que la conclusión es obvia: ¿Te gusta el vino? Pues me alegro. Prueba varios de un precio razonable. Y quédate con el que más te guste a ti, sin matarte a inventarte supuestos sabores que hacen que parezca que estás hablando de la nueva carta de polos de Frigo. Mi madre, por ejemplo, ahora que ya ha superado el trauma de ser agredida por leche materna de mi tía, siempre se dedica a pedir vino que le agrada para sus tintos de verano sin importarle que sea un poco más caro del normal. Porque no hay que tenerle miedo a la policía del vino ni nadie te va a arrestar por atentado al falso buen gusto. El vino no es dios. Al menos no en cantidades moderadas.

Pero por supuesto que no has de decantarte obligatoriamente por la botella que cueste más dinero o la que se diga que es más chachipiruli. Y si resulta que el que el vvvvino que te gusta más es uno de mesa cutre de 2 euros la botella, pues mejor para tu bolsillo. Feck, cierta publicación llamada Journal of Wine Economics reconoció en un estudio de 2008 que cuando los consumidores no saben el precio de lo que están bebiendo, tienden a disfrutar más los vinos más baratos. Así que bebe. Emborráchate. Aseguro que tras ocho copas te va a importar un cojón lo que digan los críticos y estarás más concentrado en entrarle a la espectacular pelirroja de la mesa de enfrente. Que es en realidad un turista inglés rubio de cuarenta y ocho años.

Son las ventajas de la intoxicación etílica: Ayudando a ligar desde el neolítico.

Es jodido decirle a alguien que esa disciplina en la que ha invertido tiempo, dinero e ilusión está llenita de tontería. Por eso espero airados comentarios e insultos a este post. Y por eso yo he estado meses leyendo sobre el tema y añadiendo a favoritos los enlaces a los estudios y artículos. Que no pienso poner, porque, como siempre en estos posts escépticos, os invito a que no creáis lo que yo digo, sino a que investiguéis por vuestra cuenta. Al resto, sólo tengo que decirles una cosa: Aquí ya hemos sufrido el nerd rage. BRING ME THE OENOLOGIC RAGE! BRING IT ON!

En breve grabaremos el próximo Videofobia. Mientras tanto, aquí tenéis otro corto vídeo con una película que, una vez vista, pensamos que no daba para un programa completo. Feck: el clímax es básicamente la apasionante secuencia de eventos protagonizada por un coche cambiando de sentido, bajando una cuesta, tomando una curva, llegando a un aeródromo y aparcando. La cosa coge emoción cuando vemos cómo una avioneta avanza lentamente, gira, toma velocidad y despega. Para sacarse las neuronas una a una con cera hirviendo.

Se trata de 'Kárate contra mafia', filme de, obviamente, artes marciales, rodado en Canarias y que muestra la lista de seudónimos más delirante de la historia del cine español:
¡Suscribíos a nuestra página de Youtube: https://www.youtube.com/user/TheVideofobia!

Este verano no haré crónica de mis vacaciones. Lo cual acaba de ser recibido con un aplauso por los lectores del blog. Eso sí: en mi periplo (palabro que aprendí gracias a Superlópez) irlandés hice parada en Dublín, lugar en el que quedé con dos personas encantadoras residentes allí que incluso leen ente vlog y todo: el finstro (por ser informático) Jaime y la finstra (por ser informática) Clara Khachan. Mientras tomábamos unas hamburguesas que consiguieron producirme un +7 de hinchazón de estómago en un pub alejado de la ruta turística (esto es, maravilloso: oscuro, feote, lleno de borrachuzos que acababan de salir del trabajo y sin mujeres guapas que llevarse a la vista), convenimos que Irlanda es, como no podía ser menos, un lugar sórdido. Ante la idea de una colaboración, Jaime se ofreció a escribir un texto. Y ahí va:


Si preguntamos a un amante del cine qué le viene primero a la mente cuando habla de Irlanda, quizá nos hable de "El hombre tranquilo", con esa escena de John Wayne besando a Maureen O'Hara una hora antes de aceptar una vara “para azotar a la bella dama”. Si se lo preguntamos a un amante de la literatura, a lo mejor saca a colación alguna cita del 'Ulises' de Joyce, algo que pueda aplicarse a estos tiempos, como "Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema". Si nuestro contertulio es un melómano, traerá a colación a Van Morrison o a U2. Si, por el contrario, es un lector habitual de ente blog, dirá sin dudar un segundo, “Feck! Arse! Drink! Girls!
Best blog mascot ever
Y es que Irlanda es mucho más sórdida que los que sus campos verdes repletos de ovejas puedan parecer. Que ya lo parece bastante.

Uno de esos detalles sórdidos que resultan interesantes es el hecho de tener un idioma propio. Esto quiere decir que, aunque cualquier cosa razonablemente conocida que se pueda decir sobre Irlanda suele venir por el hecho de que la gente habla inglés, de puertas adentro se toman muy a pecho el idioma irlandés.

Y no, por irlandés no me estoy refiriendo a hablar con acento de por aquí y decir cosas como “feck” o “shite” (pronunciesé sait), en vez de “fuck” and “shit”. Porque el hecho es que existe un idioma sórdido, al margen del inglés, dentro de enta isla.

El irlandés es un idioma gaélico muy antiguo. De hecho hay escritura en irlandés del siglo IV.  Antiguamente (y esto quiere decir hace bastante siglos) en la isla se hablaba de forma mayoritaria, pero poco a poco fue perdiendo paso por la expansión del inglés y actualmente apenas hay un número pequeño de hablantes que lo hablen como lengua materna, localizados sobre todo en determinadas partes de la costa oeste. No tiene relación ni con el inglés ni con el español, aunque sí con ciertos sonidos de expectoración, por lo que suena bastante extraño y ligeramente repulsivo a nuestros oídos.
Gaeltacht, zonas donde se habla irlandés como primera lengua. Como se ve, poco a poco se van tirando al mar.
Todos los niños los aprenden en el colegio (aunque de adultos la mayoría lo utilice entre poco y nada) e incluso hay un canal en la televisión, TG4, que se dedica a pasar la programación en irlandés. Sus espacios estrella son los deportivos de GAA (deportes gaélicos), algún culebrón y apasionantes programas de entrevistas donde algún cartero rural de una remota región del condado Mayo (Mhaigh Eo) nos cuenta su día a día. En irlandés. Con subtítulos en inglés. Por si te pierdes algo.

Otros programas interesantes son los infantiles. Siempre es divertido escuchar invocaciones a seres marinos de las profundidades abisales como “Cé chónaíonn in anann I mbun an aigéin? Spongebob Squarepants!
Bob Esponja fhtagn
Y sí: yo tampoco sé por qué a Bob Esponja le dejan el nombre en inglés. Supongo que será por la misma razón que dejamos Wolverine en inglés en los cómics y no como Carcayú o Glotón. A Patricio también le llaman Patrick y no Pádraig, anyway.

Aunque la mayoría de la gente no lo usa diariamente... Perdón, dejadme reformular la frase. Aunque la mayoría de la gente tiene entre poco o nada de idea de cómo hablarlo, tiene su influencia en muchas palabras que se utilizan en inglés. Cosas como garda y gardai (policía y policías, Garda se usa también para el cuerpo de policía), Taioseach (el equivalente al primer ministro, pronunciesé tísok) o craic (diversión, pronunciesé crack). “What’s the craic?” es una frase de saludo muy común. Pero lo más divertido del asunto, y el tema que (por fin) nos ocupa, es la influencia que tiene en los nombres irlandeses, especialmente los tradicionales.
Haha, soy la monda. Con esta camiseta y la de “Me encanta que los flanes salgan bien” hoy ligo fijo.
Ya sabemos todos que el tener un nombre u otro no es lo mismo. No es igual llamarte Borja o Francisco Javier que llamarte Kevin Costner de Jesús o Yusneivi. El poner a tu hijo un nombre u otro puede ser considerado una declaración de intenciones por parte de los padres. “Quiero que esta persona, que va a continuar el legado familiar, se llame Pancracio. Sí, Pancracio es el nombre que logrará destruir la felicidad de mi hijo, sin importar lo mucho que intente huir

Sin embargo, los nombres a los que estamos acostumbrados por la península suelen cumplir al menos uno de estos dos parámetros, si no los dos:

- Uno suele saber cómo pronunciarlo si lo lee con cuidado.
- Uno suele saber cómo escribirlo si lo escucha con atención.

En Irlanda, ninguna de estas dos cosas es cierta. Por el amor de feck, es posible que ni siquiera puedas entender si lo que han dicho es un nombre o han tosido.

En primer lugar, realmente hay mucha gente por aquí que tiene nombres ingleses habituales. Que ya tienen sus complicaciones, pero al menos suelen estar más vistos. Y ser consistentes. Cosas como John, Mary, Louise, David, Brian, Emma o Jonathan (este último, asimilado también con entusiasmo por padres y madres españolas que habrían hecho mejor llamando a su retoño ‘Pancracio’)

Pero, a partir de que empezamos con los nombres irlandeses tradicionales, comienza la juerga. Just for the craic, vamos a escribir las cosas en fonético en negrita y el escrito en cursiva.

Incluso con casos tan “comunes” como Shon, podemos bailar. ¿Se escribe Sean, Séan o Seán (o casos más raros como Shaun)? Esto puede ser un caso en el que, normalmente usando Sean, entremos dentro de la zona de seguridad. Feck, escribir acentos tiene su complicación en teclados ingleses, así que tampoco pasa nada si no los ponemos.

¿Qué hacer en el caso de encontrarnos con una chica que se presenta como Áshlin? Nuestra primera impresión es que se llama Ashey, sobre todo si lo escuchamos en un pub después de habernos tomado dos Guinness mientras suena música celta, pero entonces se cabreará con nosotros y echará por tierra nuestras posibles oportunidades de ligar. Que al final es de lo que se trata todo. De ligar con guiris. Así que tendremos que entender bien el nombre y escribirlo propiamente como Aislin, Aisling o Aislinn. Cuál de los tres es un misterio que puede requerir tirar 1d3.
Hola, me llamo Seán Óg Ó hAilpín y me dedico a jugar deportes ancestrales sólo conocidos en Irlanda.
Vamos viendo un patrón. Lo que se trata es de buscar un nombre, escribirlo como se pronuncia, y entonces empezar a añadir letras y acentos más o menos al azar para darle “lustre”. Por ejemplo, tomemos el nombre de chico Óin. Si lo escribimos tal cual queda soso. Así que la cosa es añadir letras, una hache por aquí, eso de que salga una i al final no es divertido, añadamos gs, que siempre hacen mucho.... ¡Tachán! Ya tenemos Eoghan. Que, repito, se pronuncia Óin. No confundir, por cierto con Eoin (también de chico), que se pronuncia muy parecido, pero más bien tirando a Óen. Es decir, el que se pronuncia con un sonido más parecido a la “i” no la tiene, y el que se pronuncia sin ella la lleva. ¿Quién dijo que aprenderse nombres no era divertido? Pues no lo sé. Pero tenía razón. Es una tortura.

El caso más paradigmático es Ruaidhri (nombre de onvre). Muchas letras, pero se pronuncia Ruri. Al menos en este caso uno puede ver todas las letras a pronunciar enterradas dentro del nombre. Al final va a ser normal que a los Pádraig (Podric, nombre de onvre) les llamen Paddy. Porque pretender que lo escriban bien en un Starbucks es como encontrar una pelirroja guapa y que nos haga caso. Extremadamente complicado, pero uno no puede dejar de intentarlo, como puede apreciarse en este Tumblr.
Fionnghuala “Fionnula” Flanagan. Porque el nombre real puede ser mejor que el artístico.
Pero si uno no está atento, puede perderse en los detalles. ¿Cómo debería pronunciarse entonces Enda? Mmmm, menos letras, cambiar vocales.... Pues no, en este caso se pronuncia tal cual: Enda. Y también es de onvre. Lo mismo con Conor (Conor) o Cormac (Cormac).

¿Por qué escribo si son de onvre o de munhé? Pues porque no es nada evidente tampoco. Dara (Dara) y Séadna (Seina) son nombres de onvre, pero Caoimhe (Kiva, Kiva! por amor de feck!) es de munhé. Vale, ya tenemos asumido que Sinéad es de munhé, pero se pronuncia Shined y no Sidni. Porque en mi barrio la gente decía Sidni Oconor entre interesantísimos debates juveniles de si te follarías o no a una calva.

Y dejamos mi favorito para el final. Durante mucho tiempo estuvimos viendo tarjetas con este nombre (es un nombre de chica relativamente común) y nos preguntábamos cómo se pronunciaría: Aoife. Pues al final nos enteramos: Ifa ¿A dónde irán las vocales escritas no pronunciadas? Supongo que a la olla de oro de los Leprechaun (leprecon). Por eso es que ponen tantas.

Para rizar el rizo, una nota sobre los apellidos. Todo el mundo tiene en la cabeza que los apellidos típicos irlandes son los que empiezan con O’. O’Sullivan (Maureen), O’Brian (Miles),  O’Donnell (Metro de), etc. Pero también son típicos los Mac, como McLoughlin (Mac-loc-lin). Esto es porque, tradicionalmente, Mac quiere decir “hijo de” y O “nieto de” o , más genéricamente, “familia de”. En caso de usarlo de “manera tradicional”, la forma adecuada es traducir además el apellido a su forma irlandesa: Ó Dónnaill y cambiarlo si eres onvre o munher Por ejemplo Séan Ó Murchú / Sinéad Ní Murchú, Eoghan Mac Lochlainn / Aoife Nic Lochlainn.
Aoibhinn Ní Shúilleabháin. Tardaron 3 meses en completar su nombre en el título del doctorado en matemáticas.
Pero, ya digo, esto no suele ser lo común, salvo que tengas un interés especial en demostrar tu irlandesidad sin mácula. Con grados, claro. Sígase la siguiente tabla para entender cada uno. Ojo, que en los tres casos se pronuncian igual.
   

Nombre
Nivel
Qué quiere decir
Rina O’Sullivan
1
Soy una persona normal de la calle, con un nombre típicamente irlandés.
Ríona Ní Sullivan
2
Me siento orgullosa de ser irlandesa y quiero demostrarlo a través de mi nombre
Ríoghnach Ní Súilleabháin
3
Soy una cantante de folk en irlandés o una candidata del Sinn Féin (o ambas)

A lo que, por cierto, se puede contestar que el apellido más común en Irlanda es, de largo, Kelly. De lejos. Pero uno siempre puede escribirlo como Ó Ceallaigh, en un momento de apuro.

Una Healey. Vale, Úna no es un nombre tan complicado. La estoy incluyendo sólo porque pensé que a Paco Fox le resultaría de interés.
Así que ya sabéis. En caso de que paséis por Irlanda y queráis entablar conversación con alguna chica en un pub, podréis debatir ampliamente sobre cuantas Gs, Hs y vocales extras sin pronunciar tiene su nombre. Probablemente el resultado será el mismo que hablando de discos de rock progresivo. Follar, lo que se dice follar, como que no. Pero se capturará el saborcillo local.

Perpetrado por: Jaime

En un principio pensaba hacer un mini-post de sólo dos párrafos titulado ‘Ente onvre: Michael Reventar'. Un actor que se une al panteón de gigantes del cine poblado por gente como Nick Rotundo, los hermanos Pang y Franka Potente. Pero luego me fui a ver ‘Lobezno: Mental’. Y descubrí que el viejo protagonista es…

¡Hal Yamanouchi!

(Se hizo un absoluto silencio)

Repito: ¡HAL YAMANOUCHI! ¡En una superproducción de Marvel!

(El silencio no sólo se hizo incómodo, sino que además se hurgó la nariz distraído)

Probemos otra vez:
En todas las pandillas infantiles de este país había motes variados para los integrantes. Pero siempre (siempre) había un “Negro” (el más moreno), un “Manteca” (el Gordi del grupo) y, sí: un ‘Chino’. Pues Hal Yamomouchi era EL CHINO de todas las películas cutres italianas de los 80. Dentro de mi educación videoclubera, Yamanouchi fue mucho más importante que Jackie Chan o Bruce Lee. Porque estos dos jrandes no aparecían en películas con carátulas como ésta:
Vaqueros contra indios futuristas. Luego no había ni vaqueros ni indios, pero sí un chino.
Yo siempre he sido más de cine fantástico que de kárate. Así que las películas que me atraían en el videoclub eran esos clones de combate de Conan o Mad Max perpetrados por Joe D’Amato, Sergio Martino o incluso Lucio Fulci. De ellos ya hablé hace en estos posts hace mucho tiempo, en la era Hiboria del blog.

Pues bien: en todos salía siempre el que yo consideraba que debía de ser el único actor chino que vivía en Roma. Resulta que era más bien japonés, pero, como nos dijo el eminente José Viruete, todos los asiáticos son chinos. Y punto.

Sin Haruhiko “Hal” Yamanouchi, no se puede concebir el cine postapocalíptico italiano. Lo cual sería bueno para gente aburrida, pero para los sórdidos significaría una pérdida irreparable. Feck: hasta salía brevemente en uno de los últimos Cine Basura que hicimos. Que, a propósito, está aquí completo gracias a unos señores que no conozco, pero que amo:


Pero, como siempre, este tipo de figuras curiosas tienen historias interesantes detrás. Durante años, Yamanouchi (quizá el único señor que firmaba sus participaciones en estas ovras con su apellido real) ha sido una figura irremplazable dentro de la traducción y el doblaje de películas en Italia. Por sus manos han pasado cintas de Ozu o Imamura. Claro que eso no es todo. El loco canijo protagonista de ‘La Espada Salvaje de Krotar’ (que también pasó por Cine Basura) es un bailarín y coreógrafo de alto nivel. Cómo es posible que pasara de trabajar con Lindsay Kemp en Londres a aparecer en ‘Bronx Lucha Final’ es algo que me fascina. Los bandazos que da la vida. Bandazos de borracho, claro.

A lo largo de los 90 siguió apareciendo en películas (sobre todo italianas), trabajando como lingüista y cultivando una carrera teatral de alto nivel. Esto es, de esas obras de teatro y óperas tan gordas que conoce hasta alguien tan lamentable como yo, que cada vez que escucho a un tenor pienso ‘¿Por qué cojones grita tanto?’.

Y, de repente, me lo encuentro hace un par de años como malo en ‘Push’. Un clon de combate de ‘X-Men’ de medio presupuesto con  Chris Evans haciendo lo que podía mientras los pederastas de la audiencia pensaban que Dakota Fanning no estaba creciendo mal del todo.
Yo no, claro. No porque no sea un guarrete de sucia mente, sino porque me fascinaba ver a Hamanouchi en una pantalla de cine tras tantos años. Feck: quizá por primera vez, que lo de ente onvre era ser carne de videoclub y no de salas. Una vez en casa, descubrí que había salido en ‘The Life Aquatic’, peli que nunca he visto por un motivo muy obvio: porque no. “Será que el tipo volvió a Japón y tuvo una buena carrera de largometrajes desconocidos en occidente”, pensé. Pues tampoco. Sólo Italia y una aparición en ‘Robot Jox’. ¡Si hasta participó en la versión de allí de ‘Doctor Mateo’! (¿Os he dicho alguna vez que vi rodar la versión original británica? ¿No? ¿Sabéis por qué? Porque es un dato que no me interesa ni a mí.)

¿Cómo consigue un onvre así colarse en una producción solvente americana rodada en Tokyo? ¿Es que no hay suficientes actores japoneses que hablen inglés como para tener que pillar a uno que vive en Italia y que había aparecido en ‘Sinbad, el rey de los mares’ del tándem Lou Ferrigno-Cannon?

Cuatro años pasó esa pregunta alojada en mi cabeza demostrando que debería existir un software CCleaner para los cerebros humanos. Y, de repente, el tío aparece como uno de los cuatro personajes principales de ‘Lobezno: Innormal’. La pregunta se repite. Y no tengo respuesta. Sólo sé que me alegro muchísimo. Me encantaría encontrar a George Eastman en ‘Thor 3’, a Romano Puppo en ‘El Señor de Acero se encuentra con Batman en Malasaña’ o a Fred Williamson en ‘Los Bengadores Gusticieros 2’ haciendo de Luke Cage.  Pero no es más que un sueño. Y uno muy normalito. Los míos suelen ser más en plan “ayudo a salir a varias personas y un troll de las Minas de Moria y luego me voy a echar un partido de fútbol con Cüneyt Arkin, el cual se dedica a saltar y atacar a mi hermano pellizcándole los pezones”. True story. Mi psique a veces me da miedo.

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