El Héroe de No Follarás en la Vida 4: Me gustan las Sylvanian Families

Pues parece ser que estamos viviendo el alzamiento de los Villanos de No Follarás en la Vida. Era lógico: como nos enseñó Mr Noche Shamalama Ding Dong en ‘El Protegido’, todo héroe necesita su némesis. En este caso, nuestro paradigma de los valors ha encontrado su antagonista en un grupo de subnormales misóginos que vaya usted a saber por qué se han unido para formar un grupo. Efectivamente: lo peor que ha pasado en este campo de agrupaciones no es ya ni La Liga de la Justicia de Snyder ni (y esto es duro de admitir), Taburete.

Los incels, esto es, imbéciles que son tan desgraciados que le echan la culpa de sus males a que las mujeres no les follan como si eso no se debiera a que son gilipollas, han hecho más necesario que nunca reivindicar la figura del Héroe del No Follarás en la Vida (tm). Lo malo es que este post, en origen, no iba de ésto. Vamos, que se trataba de volver a practicar mi deporte favorito: meterme conmigo mismo. Pero claro, por coherencia con la nueva introducción, ahora me elevo a la categoría de súper héroe. Del no follar. Pero súper héroe al fin y al cabo. Que me da a mí que el Doctor Extraño mucho de tener la voz sesssssy y dominar los planos de existencia, pero a ver qué ligue le hace caso a un tío con una capa de Drácula que se mueve sola y accede a ir con él a esa mansión tan rara en medio de Manhattan. Sí, amigos: no todos los héroes follan.

Pero refresquemos el concepto de Héroe de No Follarás en la Vida. Una figura muy querida del blog que nació a raíz de mi amigo que quedará sin identificar pero que, en plena sequía de mojar, se puso a jugar al Skyrim y no consiguió ni prespitar virtualmente por elegir a un NPC que resultaba ser una mujer lobo que no dormía por las noches y se iba a devorar gallinas. Más tarde se refinó el concepto: el verdadero héroe con valors es aquel que vive su frikismo sin complejos aunque eso limite sus posibilidades de poner su pica en Flandes. O en Alcorcón. Incluso en Albacete. ¿Que eres tan fan del progresivo como para llevar un colgante de Emerson Lake And Palmer a ligar en las raves?¡Bravo! ¿Que eres tan fan de Star Trek como para ir a una fiesta de disfraces con orejas y peinado de Spock y ese traje de la Flota Estelar de hace diez años del que sobresale la barriga? ¡A mis brazos! ¿Que le enseñas a las mujeres que conoces tu colección de cartas intercambiables de asesinos en serie? ¡Aléjate de mí, pero ole tus gónadas!

Una vez estaba claro de qué iba la cosa, realicé la performance definitiva de abandonar cualquier esperanza de mojar con mi serie de posts englobada en el arco temático de “La Trilogía del Héroe”: un vídeo sobre un ambientador para la caca, una defensa de comerse los mocos y, en un salto mortal sin red al abismo del desprecio femenino, insultar inmisericordemente con la habilidad psicológica de un becario escribiendo en ‘Más Allá’ la estabilidad mental de las mujeres locas por los gatos.

Pero, claro, llegó mi cumpleaños de hace un año y les dije a mis amigos que a mí me gustaban las Sylvanian Families. Me regalaron un set, pero a fecha de hoy al menos uno de ellos piensa que era una broma. Spoiler alert: no lo era. Me encantan esos muñecajos monos. Pero mucho. Cosa que las mujeres con sentido común no consideran especialmente adorable. Más bien preocupante. Porque a ninguna persona le parecería normal que con 43 años te haga feliz tener esta estantería en tu casa:
¿Mono o aterrador? La respuesta está clara: Lamentable

Pero lo siento: me da igual que lo sepa todo el mundo. Yo soy feliz con cualquier cosa que implique un animalillo del bosque con ropa humana. ¿Quién dijo que había que crecer en todos los aspectos? La sociedad nos dice que lo único monérrimo que nos puede fascinar a partir de cierta edad son los bebés. Que también.
La felicidad hecha afoto
Pero yo tengo una tara. No, no es que mida 1’68’’ y decreciendo. No: no es que me de caca cuando me pongo nervioso. Ni siquiera que, en lugar de tocar la guitarra, me guste tocar la flauta irlandesa para el terror de mis vecinos y el descenso de mi atractivo. Mi tara es que me gusta lo ñoño y estoy orgulloso de ello. Mientras que mis amigos y amigas (joder, parezco de Podemos usando esa expresión) disfrutan con AC DC y Nine Inch Nails, yo me pongo cosas como ésta:

O, peor todavía, canciones que son como cuentos infantiles:


Mientras mis conocidos hablan de cómo les mola Nolan, yo me compro el Blu Ray de importación de El Último Unicornio.
Colección de narices raras
Y mientras la gente viaja a Venecia, India o Amsterdam (iría-no iría-me encantaría ir), yo me cojo un avión para ver el museo-tienda-pastelería dedicada a Beatrix Potter.
Ésta ya ha caído en el blog, pero estoy MUY orgulloso de ella.
No es que tenga el síndrome de Peter Pan. Tener una cierta edad es mucho mejor. No quiero ser un niño otra vez. Odiaba ser un niño: tenía gafotas con cordón a lo Sophia Petrillo  (no como ahora, que tengo sólo gafas a lo Buenafuente), la pisha invisible (no como ahora, que sólo es hobbit) y era tan torpe que me rompí la pierna, el brazo y la muñeca (no como ahora, que sólo tiro cualquier objeto delicado que agarro). Pero me emociona lo que me recuerda a los cuentos de hadas y las fábulas. Sí: Me emociona. No sólo me gusta. Me hace enormemente feliz. Hoygan, que hay gente a la que le gusta algo tan horrible como Bacon. ¿No será mejor que te flipe estéticamente Ida Rentoul Outhwaite?
¡Sí tío! ¡Flipo en colores! ¡Es muuuuy fuerte esta mierda!
Lo de Peter Pan, sin embargo, sí tiene un lugar en esta triste historia. Porque en algún momento de mi infancia, no sé por qué, mientras que el resto flipaba con la estética Disney o los Thundercats, yo estaba secretamente alucinado con la iconografía infantil eduardiana.

El periodo eduardiano inglés se llama así por este señor:
Más medallas que Michael Phelps
Es el rey que vino después de la maratoniana era victoriana, así llamada en honor a Judi Dench, quizir, a la reina Victoria. Una época tranquila a medio camino de las glorias anteriores y los desastres por venir. Por supuesto, marcada por ese repulsivo clasismo inglés que todavía continúa a pleno rendimiento. Pero, sin embargo, dio muchas cosas bonicas en literatura y arte: Vaughan Williams y Holst hacían cosas que luego influirían mucho en el renacer del folk (el primero y tras tomar el testigo de Cecil Sharp) y en la música de cine (el segundo). Y por allí rondaban Wells, Conrad o Kipling. Pero, y es a lo que voy, en un periodo de tiempo reducido, aparecieron tres obras fundamentales para el pequeño Fox: ‘El cuento de Peter Rabbit’ de Beatrix Potter, ‘El viento en los sauces’ de Kenneth Grahame y, en mucha menor medida ‘Peter Pan’ de Barrie.

Con ‘en menor medida’ me refiero a que Peter Pan no tenía conejos y tejones con chalecos y reloj de bolsillo (cosa que sí aparecía en la victoriana ‘Alicia en el País de las Maravillas’, con sus también muy influyentes ilustraciones que me fascinan). Y es que nada me gusta más en la vida que los animalitos con chaleco tomando té. Esto es así, por mucho que duela. Que los animalitos tengan o no pantalones es un tema irrelevante: es importante el chaleco. Y, de todas maneras, yo siempre he sido muy defensor de hacer como Donald Duck:


Tras este interludio sórdido que os recuerda que esto sigue siendo Vicisitud y Sordidez y no una ducha orgiástica de gominolas y arcoíris, volvamos al tema. ¿Por qué demonios desarrollé esa obsesión por la estética infantil eduardiana? Tengo mis hipótesis. La verdad estará en una especie de suma de los siguientes cuatro factores:

En primer lugar, mi anglofilia. Creo que surgió por mi proximidad a Gibraltar. Era como viajar a otro mundo a 20 minutos de casa. Otro mundo en el que la gente cantaba Camarón por la calle para luego pasar a hablar en 'anglé'. Magia...

En segundo lugar, tener un vecino inglés con el que pasaba mucho tiempo. El buen onvre me regalaba libritos y objetos muy británicos. Todavía hace unos meses su viuda me cedió la huevera en forma de casa inglesa en la que solía comer huevos hervidos. Ahora la uso de vez en cuando. Cuando no estoy con la de Peter Rabbit que me compré en la tienda-museo:
Ésta no se la dejo a mi sobrina. ES MÍA.
En tercer lugar, que mi juguete favorito de pequeño era una colección paralela de Lego llamada Fabuland. Se trataba de una serie de casitas de una ciudad de animales antropomórficos. Y jugaba con ella sin parar. Antes de que mi mayor ilusión en la vida fuera ampliar el número de muñecajos de Star Wars, el regalo por antonomasia era una ampliación del pueblecito en cuestión.
El ayuntamiento era mi favorito. En ninguna historia era corrupto. Eso es más fantástico que el hecho de que el alcalde fuera un señor con cara de león.
Fabuland fue el inicio, la anglofilia era el contexto. Pero, ¿qué lugar ocupan 'Winnie The Pooh' y 'La aldea del Arce' en todo esto, pensaréis los más versados en hard-ñoñismo y en ser neverfuckers?

Pues poco, extrañamente.

Por algún motivo, Winnie the Pooh no me gustaba. Y ese motivo era que la estética Disney no me llamaba tanto la atención. Sus cuentos en el Don Mickey me daban igual. ¿Cómo es posible, siendo un oso con camiseta y, efectivamente, sin pantalones? Muy sencillo. No apestaba a inglés. Éste es el Winnie the Pooh que a mí me gusta:
Que nadie se extrañe que mi saga de tebeos favorita se ‘Bone’.
La aldea del Arce, sin embargo, parece ser la cumbre del fandom de ‘El viento en los sauces’ hecho serie japonesa. De hecho, normalmente se piensa que las Sylvanian Families son un producto relacionado. Pero no. Ambos salieron casi a la vez en Japón, pero no pertenecen a la misma línea. La cosa se confunde más porque las dos tuvieron serie de televisión. Pero la de Sylvanian, estrenada como ‘El Bosque Mágico’ no logró la resonancia de ‘La Aldea del Arce’ por un motivo claro: Que la canción original no era de Monano y su Banda. ¡La mano mágica de la familia Aragón está sobre todos tus recuerdos de la infancia!

Todo esto no tiene absolutamente nada que ver con mi afición a los muñequitos, dicho sea de paso. Sí: veía las aventuras de la coneja Patty porque tenía un collar de perlas en la oreja, una absurdez sólo comparable a las pulseras de tobillo y los piercings en el clítoris. Y me acabo de dar cuenta de lo sórdido que queda escribir la palabra ‘Clítoris’ a continuación de ‘La conejita Patty’. Me siento sucio. Corramos un tupido velo. O mejor un muro estilo Trump. Y pongamos unos minutos musicales:


Pero, por mucho que me gustara ‘La Aldea del Arce’, ese no era el tipo de estética que me hacía feliz. Era joven y lo achacaba a que estaba a punto de entrar en la adolescencia. Yo no me dedicaba con esa edad a sobreanalizar mis gustos con la posible excepción de por qué no me acababan de convencer los juegos de Spectrum de Ultimate que todos los demás consideraban obras maestras. Fue años después cuando me di cuenta de lo que pasaba, una vez me compré una edición de 'El Viento en los Sauces'. Curiosamente no por el recuerdo de la adaptación a mediometraje de Disney ni la película de Terry Jones, sino por motivos más absurdos: como fan establecido de los cuentos y las leyendas, me llamó la atención el uso de la figura del dios Pan en un disco de The Waterboys, lo cual me llevó a investigar qué era eso de The Piper at the Gates of Dawn del que hablaba el primer y muy muy drojado disco de Pink Floyd. No era otra cosa que el título de un capítulo muy muy drojado de ‘El Viento en los Sauces’. Desconozco si Grahame se metía humo de la risa (y no penséis que por ser de principios del XX la gente no probaba estas cosas, que Samuel Taylor Coleridge se escribía a finales de XVIII sus buenos poemas bajo los efectos de los estupefacientes), pero, una vez leído, el segmento en cuestión resulta una extrañísima ruptura en un cuento para niños sobre lo que mola la campiña inglesa.
Que es algo, y aquí viene el cuarto factor de mi obsesión, importante. O acaso pensábais que me había equivocado al enumerar hace unos párrafos. ¡NO! ¡En Vicisitud y Sordidez tenemoz eztudioh! La última pata de la mesa de mi obsesión por lo rural inglés en mis años formativos llegó tarde en mi infancia: la lectura de 'El Hobbit'. No es secreto que La Comarca es una especie de arcadia rural británica y los Hobbits representa lo que Tolkien pensaba que eran sus compatriotas. Lamentablemente, Ronald nunca fue a Magaluf ni leyó ‘Chavs’.

Pero los cuentos no son estudios sociológicos. Y si J.R.R.R.R.R. Tolkien quería que Inglaterra fuera como despreocupados personajes rurales eduardianos, pues así sería. Pobriño, que suficiente sufrió en la guerra. Yo, que soy un hobbit de corazón a pesar de que la cerveza me de gases incontrolables (recordemos: este artículo va de autoinmolación en lo que se refiere a mi imagen como objeto de posible interés de visssio), sueño con vivir en un mundo imposible en medio del campo, en un pueblo lleno de gente simpática (quizá con un señor sapo loco que se compre un coche) y con cuadros de patos yendo al colegio. Por ejemplo.

Todo muy preindustrial, claro. Cosa que, a propósito, no cumple del todo las Sylvanian Familes, puesto que más bien se sitúan en unos idílicos años 50. Es por ello que no me gustan los sets con complementos excesivamente modernos. Si hay un muñecajo de una ardilla con un coche, se lo pueden meter por su culo peludo. Yo quiero chalecos, hornos de hierro, cunas de madera elaboradas y, por supuestos, retretes con grifería de cobre.
Caca. Por supuesto.
Así que ya sabéis qué regalarme si algún día surge la ocasión. Así aumentaré mi colección que aterrará a cualquier mujer que aterrice en mi casa y a la que, ni lo dudéis, le enseñaré mis muñecos con total y no irónico orgullo. Y seré un Héroe. Un Héroe del No Follarás en la Vida.

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Lo único que salva esa estantería es que al parecer tiene puertas, con lo que protege a visitas de su existencia. A no ser que sean cristaleras, lo que añadiría un plus de friquismo-del-malo...

Para futuros capítulos del heroísmo nofollístico:
- Coleccionar ordenadores y consolas viejunas.
- Comprarte una recreativa.
- Desmontarlas para juakearlas.
- Meter todo eso en tu salón.
- Seguir comprando tebeos... y seguir llamándolos tebeos.
- Comprara más libros de los que jamás serás capaz de leer.
- Escribir durante 26 años un juego de rol
- Tener un blo desde cuanto se llamaban weblogs.

Mantener conversaciones en un bar sobre si Turin era más badass que Ecthelion te hace ganar muchos niveles.

Hoy quizá menos porque la gente pensará que jugamos al LOL o al WOW pero hace 25 años en un pueblo te restaba atractivo.

Genial. En dos segundos, además, mi cerebro ha hecho un intenso recorrido que ha ido de: 1. Compadecer a Dr. Extraño/Cucumberto por sus problemas de ligoteo (¿?) con esa ridícula capa y esa ridícula perilla. 2. Imaginarlo tirando fichas a una tía y de repente, consciente de su voz y de la primera impresión que, en efecto, puede dar su casa, diciéndole: "Cierra los ojos y tócame la polla" (mi cerebro no tan límbico está siempre alerta, ¿eh?) y 3. Dr. Extraño/Cucumberto detenido en alguna comisaría neoyorquina, acusado de pertenecer al incel. Gracias por tanto.

Acaba de caérseme un mito. Y mira que tenía a Paco en un pedestal... :-P

Tengo yo un libraco en ca mis padres que se llama algo así como Enciclopedia de Tolkien. Tiene unos dibujillos que me encantan y que me recuerdan muchérrimo a los de la tal buena señora Ida Rentoul Outhwaite aunque tengan un punto más tétrico. Gracias una vez más por soltar nombres de cosas estupendas de las que no conocía nada nadita.

Un poco pequeños esos muñecotes para perversiones Furry, ¿no Sr Fox?.
No se qué es más inquietante, tu afición por los tejones con chalecos o descubrir la mano oscura de los Aragón detrás de una copro-ducción entre TVE y la TOEI.

A mí también me gustan las Sylvanian Families. No tengo la suerte de tener una colección tan bonita como la tuya, pero tengo algún que otro set y me relaja simplemente el contemplarlos.
Aclaro para que no se interprete erróneamente como ironía, que soy un hombre heterosexual de 37 años adaptado socialmente, con pareja, amigos y trabajo. Y sí, me gustan las Sylvanian Families. Paco, no estás sólo!

Se me olvidaba decir que también me gustan Lego y Fabuland. La foto que has puesto no el set del ayuntamiento, sino el set "vecinos ruidosos", que creo que no llegó a salir en España. El ayuntamiento de Leonard Lion es muy parecido pero tiene dos vehículos en lugar de uno. Para que veas que somos muchos los perturbados sobre este planeta... jaja :-)

Mira que te lo habías currado para alcanzar el neverfaquerismo extremo y vas y lo estropeas totalmente con esa foto con barbita Shon Connery y cara de éxtasis con bébé en brazos que te convierte en seductor otoñal kid-friendly de primera. Ha caído un mito...

Soy un hombretón hecho y derecho de 36 tacos, pero inspirado por tu ejemplo, me atreveré a confesar que siempre me han gustado mucho los Pinyppón, y todavía tengo la canción de La aldea del Arce en mi Mp3

¡Salgamos todos del armario ñoño!

Por lo que me han dicho, la barba me da un toque seductor, pero sólo en territorio gay. Y como que no es mi target. So...

¿El otro era rojo? Creo que yo también tenía dos vehículos.

¡Jrande Paco! Una vez más haces que nos sintamos identificados contigo. Mejor coleccionar Sylvanian Families y estar orgulloso de las pasiones que uno tiene que ser un amargao y no disfrutar de la BIDA.

Por fin alguien planta cara a la tiranía de los Funkos! (en la que yo mismo he caído, pardiez)

En mi casa yo Playmobil y mi mujer los Sylvanian y Lego. En mi caso ha sido ver que te gustan los Sylvanian y subirte más en el pedestal.

Mi sueño es que cuando te jubiles te apuntes a un curso de marquetería del ayuntamiento y te hagas con una jartá de contrachapados, nomasclavos y pintura una casa rollo Phoebe Buffay para tus Sylvannian... Aunque lo mismo te pones a escribir un libro y todo.

Besotes

Consolas, Tolkien... Paco, tus fanses intentan pero no consiguen.

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