junio 2018

Damos muchas cosas por sentado. Por ejemplo, que tu interlocutor en una conversación está interesado en lo que vas a decir. O que si la gente se ríe tras un chiste tuyo es porque ha sido gracioso. O que esa persona a la que acabas de intentar besar en los morros se ha apartado porque le das grima.

A menudo, la verdad es que tu interlocutor está pensando más bien en qué cosa decir para parecer más inteligente que tú; que lo cierto es que el chiste era una mierda, pero tienes la bragueta abierta; y que en realidad ha apartado de tí porque… bueno, sí: eso fue una cobra. Ni lo dudes. Lo fue.

Yo suelo dar por sentado que nuestros lectores conocen más o menos las mismas cosas que yo. Sin embargo, como ya hemos dicho muchas veces, ente bloj es…
Exacto: cojonudo. Y viejo. Pero también cojonudo.
Por lo tanto, puede que tenga lectores que no tienen ciertos conocimientos comunes a gente de, como dice Marlow, cierta edad. Uno de ellos fue la mítica historia de Trevor Horn-y y Yes. Otra que rescato hoy es la del truño de referencia ‘Ishtar’.

Cuando comencé la muy poco cultivada saga de ‘Clásicos olvidados del cine colonoscopia’, precisamente pretendía no hablar de películas como esta, sin o de ovras como La historia de la humanidad, Shanghai Surprise, The Pirate Movie o At Long Last Love. Mierdas que no han quedado ni siquiera como de culto del cine cutre. Pero me he dado cuenta que una que para mí es un referente está bastante más olvidada de lo que creía. Porque el tiempo no pasa en balde y dentro de nada la nostalgia de los 80 sólo se cultivará en los viajes del Imserso. Así que...

Hechos del caso

Desde finales de los 80 hasta un punto indeterminado de los 2000, la palabra sinónimo con ‘desastre en taquilla’ era ‘Ishtar’, hasta ser sustituida por ‘Hermanos Wachowski’, luego por ‘Hermano y hermana Wachowski’, más tarde por ‘Hermanas Wachowski’ y no dudo que pronto por ‘Johnny Depp’. Y si pensábais que en la era de los ofendidos iba a hacer un chiste con un supuesto siguiente estado de las Wachowski, andáis apañados. Que yo ya me las sé todas.

La película se puso en el imaginario de Hollywood por encima incluso de eventos tan monstruosos como ‘La Puerta del Cielo’. Y eso que la monstruosidad del artista conocido entonces como ‘Michael Cimino’, más tarde sustituido por ‘Desastre de Bisturí Mal Entendido’ y finalmente como '¿Pero estaba vivo?', hundió todo un estudio. Lo cual no es de extrañar cuando un señor se asoma a un decorado de toda una ciudad y sugiere que la calle es demasiado estrecha. “Pues movemos el lado de la derecha”, contestó el jefe de construcción. “No, moved las dos filas de casas”, contestaron los testículos de Cimino mientras éste se metía la cabeza por el culo fascinado consigo mismo y su grandeza.
Y, aunque parezca mentira, nunca apareció en 'Cuentos de la Cripta'
Sin embargo, la hostia de Ishtar no fue para tanto. Desde luego, no hundió a la Columbia, aunque sí formó parte del cúmulo de factores que pusieron en marcha la retirada de Coca Cola del negocio del cine y la venta de la major a Sony. El fracaso comparado a los costes de producción inició una serie de ventas y particiones de compañías, así como la despedida del por entonces director del estudio por un breve periodo de tiempo, el inglés David Puttnam, afectado también por el asunto, a pesar de no haber tenido nada que ver con la película.

¿Pero cómo pudo una comedia chorra ambientada en “País Moro de Turno (™)” costar tanto como para que incluso con un número uno de taquilla en su primer fin de semana la cosa fuera grave? Tres nombres: Elaine May, Warren Beatty y Dustin Hoffman. Mezclar a ese trío en una película era como meter a Sheldon Cooper, el Doctor House y Melvin de ‘Mejor Imposible’ a montar un mueble salón de Ikea.

Vamos por orden. Elaine May, la directora y guionista del evento, era una vieja colaboradora de Mike Nichols (el de ‘El graduado’ y ‘Armas de mujer’) que durante los 70 se había ganado la fama de maniática en sus rodajes. Todos se iban de presupuesto y se eternizaban en el montaje. Tal era su manía en este tema, que cuando se tiró más de un año editando su tercera película, ‘Mickey and Nicky’, el estudio le dio un ultimátum, que ella aprovechó para pillar dos rollos del filme y esconderlos en el garaje de un amigo. A los jefes de Paramount les importó un huevo izquierdo tan astuta táctica y lanzaron la película así, sin un cacho, sólo para satisfacer contratos y olvidarse del problema. May pasó a ser una apestada.

Pero claro: en Hollywood vales lo mismo que tu última película (o, como dijo la propia directora, “A Hollywood no le importa lo que hayas hecho mientras les hagas ganar dinero”). Y May tuvo la suerte de hacerse amiga de Warren Beatty, quien la pilló para su remake de ‘El difunto protesta’ titulado ‘El cielo puede esperar’, que fue un gran éxito aunque hoy esté un poco olvidado. Ello hizo que trabajara no acreditada en ‘Tootsie’, otro taquillazo que consiguió lo impensable: conseguir que Dustin Hoffman diera el pego como mujer petable. Y allí conoció al minúsculo actor. El triángulo obsesivo compulsivo se cerraba.

Warren Beatty es uno de las estrellas más inexpresivas de la historia y, mucho más importante, el ser humano que más ha follado en la historia sólo superado por Genghis Khan. Pero el mongol, que tenía que ser un tipo la mar de curioso, si entendemos por ‘curioso’ algo así como ‘aficionado a lanzar cabezas putrefactas a las ciudades que quería conquistar’, no puede contar una anécdota tan inmensa como la que sufrió su ex Carly Simon. La cantante fue un día a su psicóloga y le habló de sus dudas sobre su relación con Beatty. Ésta le contestó: “Ni siquiera eres mi primera paciente de HOY que ha pasado la noche con Beatty AYER”.

Valors.

En los 70, Warren era una gran estrella, por lo que hizo lo que muchos actores sueñan: pasarse a la dirección. Tras la nombrada ‘El cielo puede esperar’, acabó ganando el Oscar a mejor director por la hoy también olvidada ‘Rojos’ (el de mejor película lo perdió a manos de… David Puttnam y su ‘Carros de Fuego’, que aunque no hable de comunismo, tiene música de Vangelis, lo cual la hace automáticamente un 18% mejor). Eso fue en 1981. Se puso a buscar un nuevo proyecto. Con Elaine May crearon la idea de 'Isthar' como homenaje a las antiguas comedias ‘exóticas’ de Bing Crosby y Bob Hope… en 1986.

Dejar pasar cinco años, máxime siendo tu anterior éxito una película de prestigio alejada del público masivo no fue una buena idea. Meterse a hacer una comedia para LA CHAVALERÍA basada en un concepto viejuno a sus 49 años no era mucha mejor ocurrencia, cosa que entendieron rápidamente todos los estudios de Hollywood. ¿Cómo rejuvenecer el proyecto?

Desde luego NO llamando a Dustin Hoffman.
Somos Yutubers que van a un concierto de Mark Knopler de eso que escuchan los jóvenes. Que somos nosotros.

El enano de manos largas (como soy bajito, es políticamente correcto que le diga ‘enano’ a otro bajito, pero como no tengo las manos largas no sé si estoy incumpliendo algún tabú de internet) era un poco más famoso que Beatty, principalmente porque todos habíamos visto Tootsie en el 82 y a algunos hasta nos había parecido algo atractivo en el pap¡LES! ¡LES! ¡A algunos LES había parecido atractivo en el papel principal! Pero Hoffman también desapareció del frenético panorama del cine ochentero a continuación.

Así que teníamos a una directora obsesiva y dos señores cerca de los 50 que no le iban a la zaga. Sobre todo Beatty, que en ‘Red’ había repetido algunas tomas entre 70 y 100 veces (según cuentan Gene Hackman y Paul Sorvino), contribuyendo de sobremanera a un mayor florecimiento de la industria de ansiolíticos en los EEUU. ¿Qué película iban a realizar? Pues una comedia sobre dos aspirantes a cantantes de variedades que se ven involucrados en el norte de África con la CIA y unos terroristas.

Obsérvese tres problemas con tal punto de partida. El primero es lo de ‘aspirantes’. Con 49 años, lo de hacer de dos pipiolos buscándose la vida como que no. Luego está lo de ‘a cantantes’. Ninguno de los dos habría llegado ni a los vídeos recopilatorios de Operación Triunfo en los que se cachondean de los que son demasiado malos. Finalmente, está lo de ‘Norte de África’. Las películas de Hope y Crosby se rodaban en estudio fingiendo ser lugares exóticos. Pero en los 80 eso no colaba. Así que había que irse a Marruecos a pasar calor, pillar alguna cagalera y peinar el desierto.

No, no estoy haciendo una referencia a ‘Spaceballs’. Bueno, sí. Pero lo que quiero decir es que, después de encontrar el cacho de desierto adecuado, con dunas bonitas y cerca de un hotel sin cucarachas, May decidió que había cambiado de opinión e, imbuida del espíritu Cimino, ordenó allanar el desierto, que quedaba así como que más bonito. ¡ARTE!
Tuvo que ser tan divertido como rodar en alta mar. Pero con más arena en partes absurdas del cuerpo.
Esa fue una de las varias con las que salió la mujer. Porque se dice que el ser humano aprende de sus errores, pero también que si has sido una vez una maniática egocéntrica incapaz de tener perspectiva, siempre serás una maniática egocéntrica incapaz de tener perspectiva. Los temores de algunos de los que avisaron que meterse en esta película era un riesgo se confirmaron. ¿Pero quién demonios aceptó producir esta premisa con un guión que posiblemente no fuera nada más que ‘flojo’? Pues una persona a la que despidieron, evidentemente. Guy McElwayne, el jefe de Columbia que aprobó el proyecto, fue invitado cordialmente a largarse durante la producción. Entonces llegó el nuevo. Un inglés con ganas de entrar a hachazos en el mundo de los proyectos absurdos con tratos demasiado ventajosos para estrellas a las que el resto de Hollywood pelotea.
"¡O ellos o yo!" (SPOILER ALERT: Ganaron ellos)
De hecho, Puttnam quería rechazar el trabajo únicamente porque odiaba el tipo de estrellas como Hoffman y Beatty. Más concretamente, con “tipo de estrellas” se refería específicamente a Hoffman y a Beatty. Y a nivel personal. El primero le había puteado cosa fina en el rodaje de la película ‘Agatha’, una historia sobre la desaparición de Agatha Christie que tuvo que reescribirse a tocapelotez del enano cuando entró en el proyecto. La relación con Beatty era casi peor a raíz de cruces de declaraciones coléricas en la batalla por el Oscar entre ‘Rojos’ y ‘Carros de fuego’. Así que exigió no tener nada que ver con el desastre que se estaba fraguando en Marruecos.

Situados en el tablero: una directora tirando celuloide como si fueran toallitas biodegradables tras comer en un turco, dos actores divos y un jefe de estudio que se desentiende de los posibles problemas que puedan surgir.

El rodaje fue una sangría presupuestaria. May rodaba más material que Kubrick en un día tonto. Para simples escenas que en su mayoría iban de dos señores hablando en medio del desierto (sin dunas). Que no estamos hablando aquí de secuencias de acción en plan 'The Hurt Locker' (otra que...). Como no se fiaban de las aduanas, hacían que hasta los recambios de las lentes las trajera en mano un ejecutivo del estudio desde Los Ángeles. El plan de rodaje venía a ser más bien una guía vaga de recomendaciones que seguir cuando venía en gana. Todo muy del Hollywood más loco. Además, el trío de estrellas impuso un set cerrado a la prensa y un rodaje totalmente secreto. Que es algo que se entiende de una secuela de Indiana Jones. ¿Pero una comedia en la que el principal atractivo es un camello ciego que no hace gracia y poner a Isabelle Adjani (por entonces una de las amantes de Beatty) lo más tapada posible? No se entiende. Por lo tanto, la prensa decidió que nada bueno se cocía allí. Así que empezó a escribir que la cosa iba a ser un desastre.

Sí, amijos: antes de internet también existía el anti hype. Bueno: es posible que este sea el paciente cero de un anti-hype masivo que nos asola hoy. Los artículos se sucedían poniendo de relevancia el dispendio y la actitud de May, porque al final todo se acaba filtrando. ¿Y sabéis que no ayudó?

Exacto: May y Beatty se tiraron milenios editando la película. Lo cual no es de extrañar con todo el material rodado. No quiero ni pensar las horas de trabajo que tuvo que echar el ayudante de montaje, puesto que no olvidemos que esto se editó en moviola.
Dolor anal-ógico
Beatty se hizo cargo de la campaña de publicidad frente a la curiosidad un poco malsana del público y la total indiferencia de Puttnam. Pero también se eternizó con las decisiones. No daba con un tráiler (quizá porque la peli no tenía gracia) y tampoco daba con un póster, decantándose al final por ESTO:
A Beatty le dio un esguince de cerebro del esfuerzo de repensar esta cosa.
Eso sí, se lanzó a la promoción en televisión de la peli. Pero MAL. El follarín era tan vanidoso que no solía conceder entrevistas. Y cuando lo hizo para 'Ishtar' rompiendo su norma habitual, exigió que se rodara en 35 mm y con iluminación de cine. Naturalmente, muchas cadenas le recomendaron la introducción rectal involuntaria de dicha entrevista. Sin duda, Beatty habría sufrido mucho en los tiempos de Youtube y estrellas leyendo los Mean Tweets.

Llegado un punto de absurdez, el director del estudio rompió su promesa de no comentar la película y estalló. Básicamente porque los recursos dedicados a repensar la promoción de la comedia estaban robando tiempo y dinero de otros estrenos. Esto ayudó a elevar la atención de la prensa, porque no hay mala publicidad: lo que importa es que hablen de uno. ¿No? Al fin y al cabo, en 1987 no había redes sociales...

¿Qué pasó en su estreno?

En contra de lo que se ha dicho a menudo, la película no acabó segunda el fin de semana de su estreno. Movidos por la curiosidad, bastantes morbosos acabaron clavados en las butacas de los cines con ataques agudos de no reírse en absoluto, por lo que sí se alzó con la primera posición.

Eso sí, la segunda película se quedó a menos de 100.000 dólares de distancia. Se trataba de 'La Puerta', una de esas cintas fantásticas ochenteras que los hermanos Duffer han visto unas tres mil quinientas veces antes de escribir absolutamente ninguna escena que esté libre de referencias en ‘Stranger Things’. Pero no dejes que la realidad eche a perder una buena historia de alegrarse de la miseria ajena: los medios que habían estado como buitres esperando la hostia abrazaron la noticia y dictaminaron que 'La Puerta', película independiente canadiense sin estrellas, le había dado con la puerta en las narices a Columbia (¡Juegos de palabras! ¡El veneno del periodismo!). Algo que se confirmó con la estrepitosa caída en el segundo fin de semana cuando los curiosos que se acercaron a ver si de verdad era tan mala comprobaron que era simplemente una mediocridad. Muchas revistas bautizaron el caso como “Warrengate”, quitando de paso responsabilidad sobre los otros dos vértices del trío. Hoffman, de hecho, salió indemne. Nivel “Al año siguiente ganó un Oscar” de indemne. Pero May recibió la segunda tarjeta amarilla y no volvió a dirigir una película. Se hizo historia y, a partir de entonces, cualquier filme más o menos gordo con problemas de producción y expectativas de hostiazo en taquilla empezó a llamarse “Un Ishtar”
Ejemplo de un Ishtar. O se le puede llamar “Travoltagate”. Para mí, es “Un bebé Psychlo en una dieta estricta de kerbango”.

¿Por qué tanto odio?

‘Ishtar’ fue una de las primeras películas que recuerdo cuyo rodaje fue objeto de mucha especulación negativa. Antes incluso de la existencia de RRSS, también había gente con ganas de ver el mundo arder. Yo, sin embargo, fui a verla… y salí satisfecho. Recuerdo que tampoco tenía gran interés, sobre todo porque, como medio Hollywood sabía, esos actores no eran los que precisamente me llevaban al cine. Pero en la otra sala estaban poniendo “El Corazón del Ángel” (película faustiana llena de sutilezas como pollos descabezados, sexo mientras paredes se llenan de sangre y, mucho más importante, un prota que se llama Angel enfrentándose contra un hombre de uñas largas que se llama “Louis Cyphre”... sutil todo).

Huelga decir que yo lo que quería ver era a Lisa Bonet desnuda y cosas rodadas como un videoclip, pero no me daba la edad. Así que camello ciego.

Porque toda la campaña de publicidad se centró en lo del camello ciego que no sirve para nada en la película. Veréis: en la trama, para huír de Ishtar capital (que ni recuerdo si dicen cómo se llama), los héroes compran un camello. Que es ciego. ¿Hilaridad a partir de entonces? NO. Porque a la tercera vez que el camello va dando tumbos porque no ve, pues el chiste como que deja de tener mucha gracia.

Y es que la comedia es un género muy complicado. Que se lo pregunten a John Smith, que escribió El Libro del Mormón y la gente pensó que era literatura dramático inspiracional en lugar del libro parodia con chistes políticamente incorrectos que realmente es. Sobre el papel, a May y Beatty tuvo que parecerles hilarante lo de que el gimmick de la peli fuera un camello ciego . Pero el problema es que no lo era. Sobre el papel tampoco, claro. Pero es que es muy difícil compartir tu sentido del humor con el mayor número de personas posible. Que se lo digan a Bruce Willis, que defendió su Ishtar personal, ‘El Gran Halcón’ proclamando en todas las entrevistas que “Esto es lo que a mí personalmente me hace gracia”. El resto del público disintió no muy amablemente. Aunque luego, porque la nostalgia nos convierte en gilipollas capaces de seguir escuchando el único disco de Eighth Wonder aun con 43 años, ha sido reivindicada por mucha gente.
Kit Kat. Se llama Kit Kat. Como la chocolatina. LA RISIÓN
Naturalmente, ‘Ishtar’ también ha tenido sus reivindicadores. Gente, según la IMDB, tan poco sospechosa de inutilidad como Edgar Wright (QUIERO CASARME CON TU CEREBRO), Martin Scorsese (QUIERO HACER EL AMOR CON TUS NEURONAS) o Quentin Tarantino (QUIERO ESTAR LEJITOS TUYA QUE NO ME PARECES MUY NORMAL) ha declarado ser fans de la peli. ¿Estamos en realidad ante un clásico incomprendido?

Joder, no. Claro que no. ‘Ishtar’ comete el pecado que más temo en una película cuando en el trabajo me pongo lo que sea para evaluar su compra: La mediocridad. ¿Se puede ver? Psé. ¿Hace gracia? Psé. ¿Es mala que hasta te ríes? Nope. Es la nada.

Curiosamente, es uno de los primeros casos que recuerdo en el que un elemento de una gran producción es malo a propósito en plan pelis lamentables como ‘Planet Terror’ o ‘CineBasura’. Se trata de las canciones de Paul Williams, que es un todo un jrande del pop. Pero ni eso. Ni son tan malas como para ser graciosas ni tan memorables como para al menos disfrutar con un poco de mierda en plan canción del verano. De hecho, me lo pasé mejor en un concierto de Ladilla Rusa que vi el mismo día en el que revisé la peli.


La intención está. Se nota que títulos como ‘That a Lawnmower Can Do All That’ o ‘Wardrobe of Love’ intentan ser graciosos. Pero Un Pingüino en mi Ascensor te hace una cosa mejor en tres minutos y mientras preparan una tortilla de patatas.

Y así con todo. La experiencia de ver la peli, aparte de la ligera vicisitud de asistir atónitos al espectáculo que dan dos actores dramáticos mayores intentando parecer más jóvenes o de ver a Warren Beatty esforzándose por mostrar alguna emoción en su rostro, es un desfile constante de situaciones y diálogos que intuyes que deberían ser graciosos, pero que el común de los mortales no pilla, desesperándose poco a poco a pesar de que de cuanto en cuanto sale Charles Grodin y levanta un poco la cosa.
Este tío que los millenials recuerdan por Beethoven en realidad es la polla
Por lo tanto, el odio hacia ‘Ishtar’ vino de un rodaje que la gente quería que desembocara en fracaso que no fue apoyado por un resultado más allá de PSÉ. No como ahora, que se estrenan películas que todo el mundo quiere que fracasen, resulta que son solventes habida cuenta del desaguisado de rodaje y, aún así, fracasan. Y NO MIRO A LAS CRÍTICAS EN RRSS DE CIERTA PELÍCULA.
Te echas unas risas, tiene ritmo, está bien realizada y echas un buen rato en general. Fuck the fancistas.

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¡Un post breve! Ese invento que pusimos en marcha cuando cambiamos el diseño de la web en un vano intento de mantenernos relevantes en la era del click bait e hilos de twitter. Pero a veces es necesario escribir cosas cortitas. Concretamente cuando descubres a un persono que te fascina. No porque te gustaría quedar con él, charlar sobre el tiempo, pasar a hablar de intereses íntimos y dejarte llevar por el ritmo de la noche para amanecer con el culo escocido. No. Es porque cuadra con tu discurso de valors, aunque tengas sospechas de que la persona en cuestión pueda ser un impresentable e incluso te de grima verlo en fotos. Case in point: Thomas Mace-Archer-Mills.
Profesión: Inglés
Thomas es un experto en la monarquía británica. Algo que suena más o menos tan admirable como ‘Experto traductor bosquimano a klingon’ o ‘Catador de cachopos’. Esto es, MUCHO. Porque aquí defendemos a la gente que es feliz con su frikismo, aunque tal afición nos pueda parecer una imbecilidad. Pero, por supuesto, hay más en lo que se refiere a este señor. No hablaríamos de un fanboy monárquico por gusto.
Si no, ya habríamos dedicado un artículo a ESTO
Si bien considero que la monarquía es algo que da mucha risa y come mucho dinero público, no soy un furibundo apologeta de su derogación. Yo soy más como decía Yulio Anguita, el segundo Yulio más importante de la historia de Espppaña: el rey, mientras no moleste… Yo sé que hay gente que es fan, y no seré yo quien quiera joderles sus cositas que les hacen ilusión. Eso es aquí en Espppaña, claro. En el Reino Unido creo que es una institución totalmente necesaria porque nos ofrece muchos momentos de risa y oportunidades para que Helen Mirren haga más funciones teatrales haciendo de reinas de allí.
 NUNCA hay demasiado del concepto ‘Helen Mirren’
Thomas Mace-Archer-Mills es el fundador de la British Monarchic Foundation, una especie de club de rol, pero dedicado a hablar y flipar mucho con los Windsor. Lo de los múltiples apellidos es importante, porque tener guiones entre ellos HACE pijo. Es como esos galos obsesionados por todo lo que HACE romano en ‘El Combate de los Jefes’ de Asterix. Porque, y ya llegamos al punto de la cuestión, Thomas no se llama así. No.

Su nombre es Tommy Muscatello.

Y es de Nueva York.

Ente onvre con apellido de vino de Chipiona se ha pasado los últimos años siendo un experto en la corona y llevando la web de su fundación, dedicada a patrocinar la monarquía como concepto, amén de sacar unas perras y ser el experto al que acudir para las entrevistas sobre el tema. Por lo tanto, cuando llegó la pasada boda del Principote Con Pelo con Actriz Que Demuestra Que La Mezcla Genética Es Lo Puto Más, el tío se pasó los días concertando apariciones en teles de todo el mundo dando su opinión. A menudo, en modo marica mala ON criticando y dando consejos a la nueva princesa. Todo ello con ese claro tufo elitista tan tan británico de ‘A ver qué hace una plebeya metiéndose en nuestras cosas’.

Su nivel de locura por su afición le ha llevado incluso a crear una criptomoneda pasada en la monarquía británica. Su nombre es "el Royl", así sin ‘a’ porque él será tradicionalista, pero la mercadotecnia poochie moderna del branding gilipollas no se le puede escapar a alguien de su estatus. Está tan metido en su frikismo que sueña incluso con pagar con la realeza también virtualmente. Porque no olvidemos que la moneda real ya tiene a la reina grabada. ¡Imaginad lo molón que sería para mí una moneda con la cara de Rick Wakeman! Él ya tiene eso, pero quiere más. Por eso no piensa dejar su ocupación. Al ser descubierto, sólo dijo que él nunca había mentido sobre su procedencia. Y, joder, tiene razón. ¿Por qué enfadarse por ello? De hecho, es mejor aplaudirle.

Al saberse el pastel, el Wall Street Journal investigó la historia de tan curioso onvre. Martin ya dio muestras de su obsesión desde el colegio , empezando a hacer acentos ingleses y apareciendo en obras escolares interprentando el papel de inglés estirado. Desde pequeño, él quería ser un pijo británico. Era su sueño. Y lo ha cumplido.
Tommy, en el centro, entrenando para Upper Class Twit of the Year. PHOTO: JIM MILLER
Es exactamente la misma trama que ‘Búho Gris’ de Richard Attenborough. Una peli que hoy en día está muy olvidada y en la época fue vilipendiada. Claro que a mí me encantó. ¿Por qué? A ello: se trata de la historia de un señor con pinta de Pierce Brosnan que es un indio guía en una reserva. ¡Whitewashing!, dirán los ofendiditos. Pues no: resulta que Brosnan (haciendo de un tal Archie Belaney que vivió a principios del XX y que inspiró la película) era un chaval inglés flipado con el mundo de los indios americanos que se fue a vivir allí, se casó con una india, escribió libros sobre naturaleza y hasta participó heroicamente en la Primera Guerra Mundial. ¡Apropiación cultural!, dirán los ofendidos.
El verdadero Archie, en deliberada actitud de molar.
¿Que qué es eso de la ‘apropiación cultural’? Tranquilos, que es una moda anormal importada de EEUU que pronto se impondrá en España al nivel de gente española en twitter diciendo de un negro de Albacete que es ‘Afroamericano’. Al tiempo.

En resumen, viene a decir que si una persona blanca del primer mundo se frika con algo de cualquier minoría o cualquier otro país no blanco, está haciendo el mal. Si te pones un vestido japonés para ir a un sarao: eres el mal. Si te pones rastas: haces el mal. Si te vistes como La Tigresa de Oriente, haces el mal.Si te pones a escribir Tintín en el Congo… bueno, eso sí que está mal. Joder, qué vergüencita de tebeo. Hay cosas por las que el tiempo pasa a lo duro.
Humor se escribe con R.
Esa actitud me parece totalmente gilipollas. Porque, ¿acaso no hay nada más bonito que fliparse con algo ajeno a tí y querer vivirlo? Mi sueño es irme a pasar mis días a la Isla de Skye, tirarme todo el año escuchando aires escoceses y probablemente ser más celta que un pelirrojo con púbis pelirrojo untándose de haggis para follar con una pelirroja fea que está bebiendo Irn Bru. Claro que, como ambos somos blancos, eso no sería apropiación cultural. Un momento: que yo soy latino para los americanos y andaluz vago tocapalmas para los peninsulares. Ya me estoy liando. Me duele la cabeza... ¿soy ofendido y ofensor? ¡Organización!

El caso es que en España la tontería ha empezado con una cani catalana que ha hecho una canción flamenca y algún gitano se ha cabreado. ¡Mal! ¿Acaso no hay cosa más bonita que exportar las cosas que te gustan? Mi vida entera en internet gira en torno a este concepto: A que la gente descubra el amor de las cosas que me gustan. No a guardármelas sólo para mí cual frikipster que ve pelis cutres ignotas y le jode que ahora sean disfrutadas por el común de los mortales, a los cuales pasa a acusar a su vez de hipsters (y no estoy pensando en Jesús Palacios… nooooo). Cuando era joven, en Andalucía había un señor llamado El Pollito de California’, un guiri flipado del flamenco que cantaba como si fuera un nota del Sacromonte aficionado a los cubatas cargaditos. ¿Producía rechazo? Ni de coña. Sólo proyectaba AMOL. Igual que los locos británicos del grupo Carmen, de los que hablé en el primer año de vida del blog. Y ahora. Porque nunca es mal momento para poner esta canción:


Por supuesto, me he dejado llevar y esto ya no es el post breve que empecé a escribir. Como le comentaba a una amiga el otro día, yo empiezo con una idea general en la cabeza, y luego ya descubro a dónde me lleva. Es más divertido así. Como tener la ilusión de un plan vital que incluye cumplir hasta tal punto tu sueño de otra vida que hasta cambias de país y cultura. Eso sólo puedo aplaudirlo de pié, con las palmas de las manos rojas, gritando desgañitado y con la polla sacada. Porque se hacen pocas cosas con la polla sacada, así en general. Al menos yo. Y todos dais gracias por ello.

Tommy Muscatello no es Tommy Muscatello. Por mucho que los aguafiestas piensen ofendidos que es un farsante, él ES Thomas Mace-Archer-Mills, incluído (y esto no me lo invento) el señor mayor inglés que aceptó ser su falso abuelo porque al chaval le hace ilusión tener familia británica. Como persona que ha padecido a veces esa curiosa melancolía por cosas que no he vivido al escuchar los recuerdos de la infancia de PIL Collins en el tema  ‘Blood on the Rooftops’, puedo y debo empatizar. Nunca enfadarme con su trola, sino aplaudir su mentira, por muy idiota que me pueda parecer. Thomas es todo un onvre.

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(Nota: Éste es un artículo que escribí en su momento para un libro de varios autores sobre el Madrid alternativo coordinado por Pablo Vázquez. Lo que ocurrió es que sólo yo entregué el texto. Así que, un año después, acabó apareciendo en la web La Paz Mundial. Pero dicha web está caída desde hace varios meses. Como me da pena que el post no esté disponible, lo vuelvo a publicar aquí. - Paco Fox)

Viajar desde el pueblo hacia la capital (cesta con viandas pilladas con una guita y boina opcionales) es un periplo que suele concluir de una misma manera para muchos: saliendo del armario. Pero no me refiero necesariamente al despertar homosexual. Existen muchos otros armarios con mucho menos fondo, más amables e incluso con baño, ducha y las revistas porno que guardaba mi padre. Esto es, en los que se está relativamente cómodo. Con tu placer solitario particular. El de los gustos que se disfrutan en la intimidad. Quiero decir, el de pasiones ocultas. No relativas a las revistas porno. Joder. Esta introducción se me ha ido de las manos. Empecemos otra vez.

Me refiero a gustos que, en era pre internet y en la vida de provincias, se vivían en soledad onanística.

Y con esto, dejo las metáforas masturbatorias.

Cosas como ser fan del cómic europeo en un mundo de superhéroes de kioskos y Mortadelos. O reírse viendo cine de mierda. O ser gótico en la Alcarria. Pocas cosas puedo pensar más solitarias que un gótico en la tierra de Perales. O más adecuadas. No sé.
En mi caso, yo era, sin saberlo, fan del rock progresivo. Mis amistades, tanto en mi pueblo (Algeciras) como en mi lugar de acogida universitaria (Sevilla), consumían cosas más normales y, por qué no decirlo, recomendables para el ser humano medio. Sus Ramones o su Nirvana en el lado rockero, sus Spice Girls (de las que me gustaría ser fan), sus Pet Shop Boys (de los que sigo siendo fan) o su pop español (el cual sigue produciéndome estreñimiento emocional) en la tribu más calmada. Incluso su Sonic Youth o The Smiths para los pocos alternativos que había en mi facultad en Sevilla. Porque ser cultureta (en mi época no existían los hipsters) en Híspalis sólo está un paso por encima que ser gótico en La Alcarria.
Aunque me fascinaría el concepto de un gótico sevillano.
Sin embargo, yo tenía otros intereses. A mí me gustaba ‘Telegraph Road’ de Dire Straits y los primeros discos de Mike Oldfield con temas de 20 minutazos. En unos 90 marcados por una música que me daba mucho igual (los temas de baile me recordaban a drojas,  la música grunge me recordaba a más drojas y el sonido madchester me recordaba a demasiadas drojas), yo miraba al pasado. En toda la década, creo que el único CD de un grupo de éxito del momento que me compré fue el ‘A Pocketful of Kryptonite’ de Spin Doctors, lo más ñoño e inofensivo de todo el rock surgido de los EEUU en los 90. Sigo defendiendo ‘Two Princess’ como una gran canción chorra. Pero ese es otro tema mucho más triste que incluye una formación tan perdida líricamente como para hacer una canción dedicada al tan importante tema especulativo de que Jimmy Olsen se quisiera follar a Lois Lane. Pocas cosas menos cool que eso en 1991, el año del grunge. Quizá hubieran sido más felices en la sociedad actual en la que lo que mola es ‘The IT Crowd’, ‘The Big Bang Theory’ y hacer referencias a DC y Marvel.

Por supuesto, llegué a Madrid y se produjeron dos hechos coincidentes en el tiempo y liberadores para cualquier persona que vivía su frikismo aislado: internet y el efecto LA CAPITAL.
...Pues si quiere hablar de música, en frente de Madrid Rock hay dos chavales muy apañaos.
En Madrid tuve mi primera conexión a la red, mi primera visita a un cine en VOS y mi primera fiesta en la que una aspirante a actriz se lió con todos los hombres asistentes excepto mi amigo Manu y yo. No es que haya asistido a más reuniones con tanta alegría labial, pero esa única experiencia es de las que marca. Sobre todo el momento en el que la chica se subió al balcón y empezó a gritar “¡Que me tiro!”, ante lo cual la anfitriona contestó con un correcto “Pues siendo sólo un segundo piso, lo mismo lo único que haces es partirte la pierna”.

La vida del estudiante de la ECAM.

Porque todo esto de conocer la bohemia local viene por el hecho de estudiar en la Escuela de Cine rodeado de aspirantes a famosos y artit-tas. Otra gente entre las que no vas a encontrar precisamente fans de Yes o Jethro Tull. Pero, si pasas los de la especialidad de dirección o, sobre todo, los aspirantes a actores, y te concentras en la gente que de verdad vale la pena (esto es, depravados que se dedican al sonido o el montaje), puedes darte de bruces con joyas y almas gemelas

En mi caso fue un compañero de montaje y posterior colega de aventuras en internet, el cual me dijo:

- ¿Cuál es tu grupo y canción favorita?
- Mike Oldfield y Telegraph Road de Dire Straits
- Tú eres un depravado al que le gusta el progresivo. Vas a ser un paria musical toda tu vida. Ahora, escucha este CD de Camel

Y ahí la jodimos. Porque creo que es el momento de explicar para los que no lo sepan qué es esa cosa anatémica para la prensa musical desde los 80 hasta los 2000 que se conoce entre los fans de viejo cuño como ‘Rock sinfónico’, entre los fans más expertos como ‘Rock progresivo’ o, entre las novias de los aficionados como ‘Por dios, Paco, quita eso y pon a Roxette o me abro las venas’.

No hay mucha gente que sea sólo aficionada casual a la música que conozca el progresivo o ‘prog’, que es como nos referimos a él en reuniones en las que todo el mundo liga menos uno (sí: sigue doliendo). De hecho, en la época en la que yo descubrí la palabreja, lo más normal es que el resto de mis amigos lo asociaran con un tipo de música de baile que hace que tus tímpanos intenten huir de tu cuerpo confundidos por vía rectal.

El género nació a finales de los 60 cuando los Beatles empezaban a aburrirse. Paul McCartney (el miembro bueno del grupo) decidió que lo de siempre le daba sopor y, mientras que Lennon (el miembro atormentado-icono cultureta- pero no tan bueno del grupo) se volcaba en ligar con japonesas avant garde, él pensó en una especie de disco conceptual en el que experimentar con varios géneros, tipos de canciones y orquestaciones más atrevidas, con un ojo puesto en lo que habían hecho los Beach Boys con ‘Pet Sounds’.

Ringo, por su parte, estaba ocupado en molar y no creerse su suerte de poder follar groupies con esa cara. Pero eso es otra historia. Otra historia probablemente más interesante.

Un par de meses más tarde, la discográfica Deram (subsidiaria de Decca) quería probar un nuevo sistema de sonido con un disco en el que un grupo pop interpretara con orquesta una pieza de música clásica. Los elegidos, unos recién reformados The Moody Blues, decidieron que al carajo. Que serían sus propias canciones. Así se grabó ‘Days of future passed’ y, con el éxito del single ‘Nights in White Satin’ se comprobó que esto de hacer canciones largas podría ser comercialmente viable. Sorprendentemente, el mundo constató que se puede gritar ‘Oh how I love you’ con toda una sección de cuerda detrás sin resultar lamentablemente ñoño. Claro que ese es el tema: el ‘ser cool’ todavía no existía, y en la época se podían expresar sentimientos más arrebatados que toda la discografía de Camilo Sesto sin que un tipo con barba y gafas sin cristales te mirara por encima del hombro calificándote de hortera por no aceptar que lo que molan son las emociones contenidas de Morrissey o la “agradable impericia instrumental” y actitud contestataria carente de todo sentimiento de The Clash.
O nos metemos a rockeros o con estas jetas aquí no folla nadie.
Luego llegó un grupo como King Crimson, que la armó gorda, y estableció definitivamente el género. El género cultureta por antonomasia de aquellos años. El de largas suites, complejos cambios de ritmo, instrumentación extravagante y letras sobre reyes y princesas o, en el caso de Jon Anderson de Yes, sobre absolutamente nada inteligible. Lo gracioso es que la gloria apenas duró hasta el 76, cuando la prensa empezó a cansarse de Emerson Lake and Palmer o Genesis y decidió que había que volver a las canciones rock cortas y preferiblemente mal tocadas en aras de una supuesta frescura que, si escarbabas un poco, olía tan fresco como la pescadería de Ordenalfabétix.

De esta manera, lo que fue la cumbre de lo cool y de mirar por encima del hombro al resto de aficionados a la música se convirtió, como Robert Neville en ‘Soy Leyenda’, en un anatema del pasado a destruir. Gente que no cabía en el nuevo mundo de los Sex Pistols o, gracias a peich que el punk también pasó rápido, el de los sintetizadores de Vince Clarke o el de las gloriosas hombreras de Spandau Ballet.

Así quedó, durmiente, durante un par de décadas. Con fogonazos de respiración asistida en el Reino Unido (Marillion) o en EEUU (Rush). Porque los aficionados a D&D que no acababan de convencerse con el heavy metal necesitaban algo con lo que alimentarse en sus respectivos armarios de frikismo.

Pero ocurrieron dos cosas. Primero, llegó internet de calidad. Sabéis lo que eso supuso: Efectivamente, porno. Pero también otra cosa: porno fetichista. Y, secundariamente, que freaks de cosas extrañamente específicas se pudieran poner en contacto. Los fans del progresivo descubrieron que no estaban solos. Se acabó ocultar tu amor por Gentle Giant. Resultaba que no estabas solo con tu depravación. Por lo tanto, se empezó a reeditar toda la gloria sinfónica en CD y a surgir grupos nuevos de sitios tan absurdos como Suecia o Hungría. Se crearon listas de correo y redes de intercambio de CDs. Yo formé parte de una. Estaba llenita de depravados que te daban explicaciones claras sobre cómo fotocopiar el librillo del disco y con qué tipo de papel.

Por otra parte, la prensa empezó a darse cuenta de que había grupos que hacían canciones largas y complejas. Ellos lo llamaron ‘Post Rock’. Porque, recordémoslo, ‘Rock progresivo’ seguía siendo una palabrota mucho más fea que ‘Potorro’ o ‘Génova 13’. El líder de Radiohead se desgañitaba en internet diciendo que no hacían prog. Pero nada podía ocultar que, tras unos lustros, muchos se habían vuelto a cansar de lo de estrofa - estribillo - estrofa - puente - estribillo y querían otra cosa. El heavy, de hecho, empezó a orquestarse, a citar a Bach y a declarar por lo bajo que siempre habían sido fans del ‘Thick as a Brick’ de Jethro Tull.
¿Y quién no? ¡Si en la portada hay una chavala enseñando entrepierna!
Llegados a este punto, retomamos las aventuras del Paco Martínez Soria de Algeciras en la Gran… ¿Manzana? No. La forma de Madrid es un tanto más amorfa. La Gran Ameba. Sí. Queda mejor.

En La Gran Ameba la vida cultural ofrecía más posibilidades. De entrada, por pura matemática, era más probable que alguien que pululara en los foros de progresivo de internet viviera en tu barrio. Yo conocí así a Charlie Marlow, escocés fan de Camel, Pink Floyd y, aunque parezca una depravación, Greenslade (no preguntéis) que acabó escribiendo en Vicisitud y Sordidez, destrozando así toda posibilidad de contacto carnal con chicas jovenes deseables o aspirantes a actrices que se enrollan con todo el mundo.

Sí: el rechazo sigue doliendo.

A partir de estos encuentros con gente como Marlow o mi compañero José Ramón Lorenzo, co creador de ente vloj, se fue formando un grupillo que siempre coincidía en los pocos conciertos que se daban. Muchos de ellos organizados por un puñado de fans jugándose su dinero, los cuales venían a las colas para entrar en los recitales de las formaciones más populares intentando propagar la palabra de su pequeño grupo que con tanto esfuerzo habían traído a Madrid. “¿Conoce usted la palabra de Nuestro Señor Jadis?” “Estamos aquí para darle la Buena Nueva de Pendragon. Dentro de tres semanas en la sala Ritmo y Compás”.
Otra cosa no, pero el género tiene portadas de FANTASÍA a raudales
Entre los más activos dentro de este círculo de fans había un señor surgido de los 70 reviviendo viejas aficiones llamado Luis Adiego. Su nivel de quijotismo le llevaba no sólo a coincidir con los Sospechosos Habituales del prog (de concierto a concierto ya iban sonándonos las caras, entre las cuales estaba el futuro amigo y realizador Norberto Ramos) u organizar conciertos: incluso abrió un sótano-pub-zulo donde se podía escuchar sinfónico mientras se tomaban unas cervezas. Una visión de negocio de las que me gustan: impulsadas no por las neuronas, sino por un corazón al que le han crecido dos cojones. El concepto, si no me falla la memoria, se llamó ‘La cara oculta de la luna’, por aquello de Pink Floyd. Digo ‘concepto’ y no ‘bar’ porque el local se mudó en una ocasión de sitio. Siempre con idéntico resultado: no más de tres locos con su mahou mientras en la pantalla se ponían espantosos vídeos de la etapa de ‘The Piper at the Gates of Dawn’ o del cantante más fea del rock: Geddy Lee.

Fueron tiempos gloriosos.

De hecho, uno de mis recuerdos más dulces de mis primeros años en Madrid se produjo en ese local de Adiego. Estando en la cola para ver Camel (posiblemente el grupo más infravalorado de la historia de la música), una joven rubia muy guapa se acercó a mi corro de amigos. Nos dio unos folletos de publicidad de un concierto de versiones de Yes y Genesis. “Probablemente sea la desgraciada novia del cantante”, comentamos conscientes de lo que había.

Y lo que había es que apenas conocíamos a mujeres que escucharan sinfónico. Mi propia novia tuvo un leve desmayo de pura desesperación durante un concierto en La Riviera de Yes (gira The Ladder y momento memorable que, dado lo triste del evento, llevó a Jon Anderson a querer hacer un CD con orquesta y abandonar las giras cutrongas). En un concierto de Tull, a un amigo mío le metió mano una chavala. Dos meses después, él salió del armario. ¿Casualidad? Claro que sí, puñetas. Pero todo esto viene a decir que un evento de prog no es que sea básicamente un campo de nabos: es que se trata de un ESTADIO de nabos. Un COLISEO de nabos. Una SELVA TROPICAL sólo de zanahorias. Con el tiempo y la popularidad de las composiciones largas en el chochi-metal (ya sabéis: Edenbridge, Lacuna Coil, Nightwish…), la cosa ha mejorado sustancialmente. De hecho, recientemente estuve en un concierto de Fish en el que a mi lado estaba una chica guapísima. Con su novio en actitud protectora tan pegado a ella que haría falta un microscopio atómico para comprobar si se podían separar y si, efectivamente, al hacerlo se producía una explosión nuclear.

Pues estábamos con la chica que repartía panfletos. No era la novia del cantante. Era LA cantante.

Obviamente, todos nos enamoramos de ella.
Vicisitud, a la izquierda, intentando acercarse a la chica en cuestión como fuera.
Así que arrastramos a nuestras amistades a los conciertos que daba el grupo, llamado Topographic en homenaje al más aburrido disco de Yes. Hasta hacían ‘Close to the Edge’ entera, según expertos como yo mismo, la mejor canción para follar. Porque hacerlo al ritmo del tópico Bolero es repetitivo y aburrido. Sincronizarlo a una canción pop supone acabar en cuatro minutos con gran insatisfacción y sensación de no haber amortizado el precio del preservativo. Sin embargo, los cambios de ritmo y ambiente de esta canción propician un polvo mucho más variado (incluyendo preliminares) que, por ejemplo, hacerlo a ritmo de música dance. Imaginaos ser mujeres y tener que aguantar a un bakala perforando durante veinte minutos a todo meter y sin variar el ritmo. Se acaba con las paredes vaginales como un acordeón. Yes propicia mucha más imaginación. Dónde va a parar.

El grupo, de una calidad técnica para quitarse el sombrero y bajarse los pantalones, duró poco. Del prog no se puede vivir y varios miembros, en un momento profético de lo que sería la Esppppaña de la siguiente década, tenían que emigrar. Naturalmente, mi compañía de proggers formábamos su único club de fans fatales sin lazos de consanguineidad. Así que acabamos todos juntos en el bar de Adiego tras la actuación de despedida. Tomando una birra mientras sonaba ‘The Dog The Dog, He’s at it Again’ (una canción de Caravan con letras tan sutiles como ‘It’s coming on and on and on’), me di cuenta de que una cosa así, con un grupo local y sus pocos fans, podría pasar en Algeciras, Albacete o Alpedrete. Pero hacerlo con gente de progresivo, en un bar de progresivo y poniéndose progresivamente más borrachos sólo podría ocurrir en Madrid.

Y sí: he tenido que hacer un juego de palabras obvio con lo de ‘progresivo’. Porque tanto internet no sólo consiguió que conociera la vida alternativa sinfónica sino que también me llevó a ser un escritor mediocre de blogs desesperado por parecer ocurrente. ¿Podría haber invertido mi tiempo, en lugar de escribir, en ir a fiestas con actrices locas que no se enrollarían conmigo? Evidentemente. Pero en una ciudad con tiendas como La Metralleta (para tiempos con poco dinero) o la desaparecida Melocotón (para cuando quería soltar 30 eurazos en un CD de progresivo japonés de importación), siempre he preferido quedarme en casa escribiendo mientras escucho mi absurdamente grande colección de discos.
Porque, efectivamente, ya sé que está internet. Incluso en aquellos primeros años 2000. Pero pocas cosas me gustaban más entonces que pasar mis horas en las tiendas de Tres Cruces (que fueron progresivamente - dios mío, lo he vuelto a hacer - cerrando) o Melocotón. Sobre todo pidiendo en ésta última que me pusieran un poco de un cd tan oscuro que no estaba ni en Napster ni en Audiogalaxy. Gastarse todo tu presupuesto en ese clon de The Moody Blues del que habías escuchado sólo 3 minutos, llegar a casa y descubrir, aliviado como cuando te viene una biopsia de pólipos de colon negativa, que el resto del CD estaba a la altura. Me llamaréis viejo, pero esa ruleta rusa de invertir un pastizal tras tirarte una tarde entera buscando el disco para el que tienes presupuesto ese mes, para luego descubrir que era bueno, es un subidón que, con el cierre de casi todas estas tiendas decentes y la posibilidad de encontrar casi todo en internet, se ha acabado. Era como vivir en el VietNam de ‘El cazador’, pero usando reediciones de discos oscuros de los 70 de los que se hicieron 99 copias en su momento como munición.

Poco a poco, el progresivo empezó a dejar de ser una palabrota. Steve Wilson se convirtió en un señor de culto que no se avergonzaba de sus fuentes y que es apreciado hasta por compañeros míos de trabajo de 27 años. Los kioskos de Sol empezaron a vender la revista ‘Prog’ justo al lado de sus hermanas ‘Blues’, ‘AOR’, ‘Classic Rock’ y, espero que algún día ‘Polka From Hell’. La comunidad del sinfónico se amplió con Facebook y la gente no dudaba en reconocer que ‘Godspeed You Black Emperor’ era un grupo al mismo tiempo prog y con el nombre más acojonante de la historia.

La locura ha llegado a su zénit cuando descubres que vienen King Crimson y Alan Parsons y hasta tus amigas se pelean por ir a verlos. Naturalmente, lo que ha pasado no es que a todo el mundo le gusten las canciones con cambios de compás sacados de la chorra, sino que, del mismo modo que la descarga de libros, cine y tebeos ha hecho que los freaks pongan de moda los juegos de mesa otra vez como vía en la que gastar sus cuartos, la disponibilidad de toda la música a sólo un golpe de ratón ha generado grupos de gente que van a todos los conciertos de la ciudad. Les gusten o no los grupos que tocan.

Lo cual está bien. No soy elitista. El prog mutó de ser la música de los que se creían superiores y no follaban a ser la de los que se reían de Rick Wakeman y seguían sin follar. El baño de humildad de los 80 y 90, el tiempo como corriente underground le vino bien. Justo cuando yo me apunté al carro. Gracias a vivir en Madrid, conocer a gente y no perder el tiempo en ir a fiestas en las que aspirantes a actrices se enrollan incluso con tus amigos gays, pero no contigo por ser bajito y freak.

A lo mejor si hubiera sido fan de Genesis, habría tenido algo de que hablar con ella. Claro que habría dicho que Phil Collins es mejor que el cultureta-artit-ta de Peter Gabriel y me hubiera escupido.

Con razón.

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